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audio por: Fr. Nelson Medina, O.P.
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Oremos:
Dios nuestro, tú que abres las puertas de tu Reino a quienes renacen del agua y
del Espíritu, haz fructificar en nosotros la gracia del bautismo para que,
libres de toda culpa, podamos alcanzar la herencia que nos has prometido.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
Lectura
del libro de los Hechos de los apóstoles
7, 51-60; 8, 1
En
aquellos días, Esteban decía a la gente, a los ancianos y a los escribas:
«Ustedes, hombres testarudos, tercos y sordos, siempre se han resistido al
Espíritu Santo. Eso hicieron sus antepasados y lo mismo hacen ustedes. ¿A qué
profeta no persiguieron sus antepasados? Ellos mataron a los que predijeron la
venida del Justo, a quien ustedes acaban de traicionar y asesinar.
Ustedes recibieron la ley por mediación de ángeles, pero no la han cumplido».
Al oír esto, se llenaron de rabia y apenas podían contener su furor contra él.
Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente al cielo, vio la
gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y exclamó:
«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
Ellos, dando grandes gritos se taparon los oídos, se lanzaron como un solo
hombre contra él, lo sacaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los
testigos habían dejados sus ropas a los pies de un joven llamado Saulo.
Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así;
«Señor Jesús, recibe mi espíritu».
Luego cayó de rodillas, y gritó con fuerte voz:
«Señor, no les tengas en cuenta este pecado».
Y dicho esto, murió.
Saulo aprobaba este asesinato.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
En tus
manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Señor,
sé para mí roca de amparo y fortaleza protectora. Tú eres mi roca y mi
fortaleza; guíame y condúceme por el honor de tu nombre.
En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
A tus
manos confío mi espíritu: tú el Dios fiel, me rescatarás; yo confío en el
Señor. Me llenaré de júbilo y alegría por tu amor.
En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Que tu
rostro resplandezca sobre tu siervo, sálvame por tu amor. Al amparo de tu
presencia nos ocultas de las intrigas de los hombres.
En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Aclamación
antes del Evangelio
Aleluya,
aleluya.
Yo soy el pan de la vida, dice el Señor, el que viene a mí ya no tendrá hambre.
Aleluya.
†
Lectura del santo Evangelio según san Juan
6, 30-35
Gloria
a ti, Señor.
En aquel tiempo, la gente preguntó a Jesús:
«¿Qué señal puedes ofrecernos para que, al verla, te creamos? ¿Cuál es tu obra?
Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura:
Les dio a comer pan del cielo».
Jesús les respondió:
«Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre
quien les da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios viene del cielo y da la
vida al mundo».
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de ese pan».
Jesús les contestó:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que
cree en mí nunca tendrá sed».
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Acepta,
Señor, los dones que te presentamos llenos de júbilo por la resurrección de tu
Hijo, y concédenos participar con él de la felicidad eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
El
Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.
En
verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte siempre,
Señor; pero más que nunca en este tiempo en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido
inmolado.
Porque él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo
destruyó
nuestra muerte, y resucitando restauró la vida.
Por eso,
con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y
también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar
el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…
Antífona
de la Comunión
Si
hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Aleluya.
Oremos:
Mira, Señor, con bondad a estos hijos tuyos que has renovado por medio de los
sacramentos, y condúcelos al gozo eterno de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Tabla de Versiones
para estas lecturas:
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Versión 5 |
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1.1 Esteban, el primero de la inmensa legión de los mártires cristianos, mostró en su sabiduría y en su virtud de quién era discípulo; pero sobre todo lo manifestó con su modo de dar la vida. Así como Jesús, también este seguidor de Jesús ruega por sus propios verdugos; y lo mismo que su Maestro, Esteban entrega su espíritu al Creador.
1.2 La semejanza no termina ahí. En los evangelios vimos cómo en Jesucristo se hallaban a la vez una increíble fortaleza y una entrañable misericordia. La compasión no lo hace débil frente al error; la claridad de su denuncia no lo hace feroz ni vengativo son sus mismos adversarios. Así es también Esteban: claro y a la vez intercesor de quienes le traicionan y calumnian. El motivo es simple: a imagen de Cristo, está tan lleno de verdad como de amor.
2.1 En el momento de la máxima humillación, Esteban contempla la máxima glorificación. En este hecho hay una enseñanza para nosotros. Esteban no es un maniático ni un fanático; es alguien que ha entendido que el Crucificado es el mismo Resucitado, y que por consiguiente: abrazar la Cruz de Cristo es ser abrazado por la gloria de Cristo.
2.2 La visión de Esteban, por otra parte, no se limita al
Señor. Él ve <<los cielos abiertos>>. La imagen de los cielos
<<cerrados>> aparece más de una vez en el Antiguo Testamento. El
Deuteronomio amenaza en este sentido por desobediencia a Dios: <<Cuidaos, no sea que se engañe vuestro corazón y os desviéis y
sirváis a otros dioses, y los adoréis. No sea que la ira del Señor se encienda
contra vosotros, y cierre los cielos y no haya lluvia y la tierra no produzca
su fruto, y pronto perezcáis en la buena tierra que el Señor os da>> (Dt
11,16-17).
2.3 Y de hecho, Elías, el gran profeta, obtuvo fama principalmente por haber cerrado los cielos, en castigo a la apostasía generalizada de Israel, pues así leemos: <<Entonces Elías tesbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Ajab: Vive el Señor, Dios de Israel, delante de quien estoy, que ciertamente no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por la palabra de mi boca>> (1 Re 17,1).
2.4 Ahora con Cristo Glorioso los cielos se han abierto. Los bienes de lo alto están prestos a descender, especialmente el bien por excelencia, el don por antonomasia, que es el Espíritu Santo.
3.1 <<¿Cuál es tu obra>>, preguntan los judíos a Jesús. El solo hecho de que esta pregunta se formule atrae nuestra atención. En la perspectiva de Juan la fe no es una apuesta en el vacío, ni una lotería contra el banco de la nada: es el fruto propio de VER una SEÑAL. Las dos palabras aquí destacadas son fundamentales: cuando vemos las señales llegamos a creer. Y una señal es una OBRA; algo que cambia la vida, que trae ser, que hace distinta la historia.
3.2 Este descubrimiento es importante: la fe no es el resultado de un razonamiento elaborado, ni de una emoción cuidadosamente cultivada y encauzada, ni es la consecuencia inevitable d euna costumbre social. La fe brota de VER una OBRA; algo que cambia mi vida; algo que hace distinta la vida.
3.3 Y la obra de Cristo es clara, magnífica, única. Él es el que se da en alimento, el que a través de su suprema donación hace distinta la vida, redimiéndola, salvándola, perdonándola. ¡Bendito Cristo Redentor!
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Tenga en cuenta que no todos los prefacios aquí transcritos son de uso normativo. ***
Estos textos litúrgicos y
bíblicos han sido proporcionados con
autorización
a partir de esta completísima página de lecturas en uso en la liturgia
católica.
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