Textos y archivos de
audio por: Fr. Nelson Medina, O.P.
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Oremos:
Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos,
míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo,
obtengamos la verdadera libertad y la herencia eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
6, 1-7
En aquellos días, debido a que
aumentaba el número de los discípulos, los creyentes de origen griego se quejaron
contra los de origen judío, porque sus viudas no eran bien atendidas en la
distribución diaria de los alimentos. Los Doce convocaron a todos los
discípulos y les dijeron:
«No está bien que nosotros dejemos de anunciar la palabra de Dios para dedicarnos
al servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, elijan de entre ustedes a siete
hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales
encargaremos este servicio, para que nosotros podamos dedicarnos a la oración y
al ministerio de la palabra».
La proposición agradó a todos, y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del
Espíritu Santo, y a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás,
prosélito de Antioquía. Los presentaron ante los apóstoles y ellos, después de
orar, les impusieron las manos.
La palabra de Dios se extendía, el número de discípulos aumentaba mucho en
Jerusalén, e incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Aclamen, justos, al Señor.
Alégrense, justos, en el Señor, que la alabanza es propia de
los buenos. Den gracias al Señor con el arpa, toquen para él con la lira de
diez cuerdas.
Aclamen, justos, al Señor.
La palabra del Señor es sincera, todas sus acciones son
leales. El ama la justicia y el derecho, el amor del Señor llena la tierra.
Aclamen, justos, al Señor.
El Señor se fija en quienes lo respetan, en los que esperan
en su misericordia, para librarlos de la muerte y reanimarlos en tiempo de
hambre.
Aclamen, justos, al Señor.
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Ha resucitado Cristo, el Señor, que creó el mundo y que ha salvado a los
hombres por su misericordia.
Aleluya.
† Lectura del santo Evangelio según san Juan
6, 16-21
Gloria a ti, Señor.
A la caída de la tarde, los discípulos bajaron al lago,
subieron a una barca y atravesaron el lago hacia Cafarnaún. Era ya de noche y
Jesús no había llegado adonde estaban ellos. De pronto se levantó un viento
fuerte que agitó el lago. Habían avanzado unos cinco kilómetros cuando vieron a
Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el lago, y tuvieron mucho
miedo. Jesús les dijo:
«Soy yo. No tengan miedo».
Entonces quisieron subirlo a bordo y, al instante, la barca tocó tierra en el
lugar al que se dirigían.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Acepta, Señor, estos dones que hemos preparado para el
sacrificio eucarístico y transforma toda nuestra vida en una continua ofrenda.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor; pero más que nunca en este tiempo en que Cristo,
nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Porque en él fue demolida nuestra antigua miseria, reconstruido cuanto estaba
derrumbado y renovada en plenitud la salvación.
Por eso,
con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y
también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar
el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…
Antífona de la Comunión
Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los
que tú me confiaste y contemplen la gloria que me has dado. Aleluya.
Aleluya.
Oremos:
Te suplicamos, Señor, que esta Eucaristía, que tu Hijo nos mandó celebrar en
memoria suya y en la cual hemos participado, nos una cada vez más con el
vínculo de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Tabla de Versiones
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1.1 Si otros pasajes nos han presentado una imagen como embellecida de la primera comunidad cristiana, este pasaje de la primera lectura de hoy nos ayudará a cambiar, o mejor, completar esa perspectiva. Ya asoman las tensiones entre cristianos y también la preocupación por los bienes materiales; es decir, los antiguos temas del poder y del dinero.
1.2 ¿Significa esto que la redención es inútil o que la pecaminosidad es invencible? Más bien esto nos enseña que es un error considerarnos <<ya>> salvados. Es verdad que algo maravilloso y único ha llegado a nosostros con la gracia de creer pero de algún modo esa es una especie de semilla que necesita ser alimentada, guardada de mala hierba y cuidada hasta su plena madurez.
1.3 De ese conflicto nació un servicio concreto, un ministerio específico, que al paso del tiempo habría de constituir el diaconado en la Iglesia. Sabemos que fue un proceso y que estos primeros siete hombres no eran exactamente lo que pueden ser los que hoy se ordenan diáconos; sin embargo, es evidente también que hay una realidad de servicio institucional y que hay una intervención específica de los apóstoles para pedir una gracia particular y permanente a favor de los que eran <<ordenados.>>
1.4 Textos posteriores van a mostrar que estos primeros diáconos realizaron muchas más cosas además de aquel servicio elemental aunque muy simbólico de <<atender las mesas.>> Serán ministros de la palabra y enviados del Espíritu Santo y de la Iglesia para atraer a nuevos fieles y para formar poco a poco nuevas comunidades de creyentes. Así nos enseñaba Dios la riqueza del ministerio ordenado en clave de servicio, de autoridad y de envío, en orden a comunicar a todos los bienes del cielo.
2.1 Cristo dirigió muchas veces esta invitación a los hombres con que se encontraba. Esto dijo el Ángel a María: <<No tengas miedo>> (cfr. Lucas 1,30). Y esto mismo a José: <<No tengas miedo>> (cfr. Mateo 1,20). Cristo lo dijo a los Apóstoles, y a Pedro, en varias ocasiones, y especialmente después de su Resurrección, e insistía: <<¡No tengáis miedo!>>; se daba cuenta de que tenían miedo porque no estaban seguros de si Aquel que veían era el mismo Cristo que ellos habían conocido. Tuvieron miedo cuando fue apresado, y tuvieron aún más miedo cuando, Resucitado, se les apareció. Esas palabras pronunciadas por Cristo las repite la Iglesia. Y con la Iglesia las repite también el Papa. Lo ha hecho desde la primera homilía en la plaza de San Pedro: <<¡No tengáis miedo!>> No son palabras dichas porque sí, están profundamente enraizadas en el Evangelio; son, sencillamente, las palabras del mismo Cristo.
2.2 ¿De qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús: <<¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!>> (Lucas 5,8). Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de esta verdad. Todo hombre la advierte. La advierte todo Sucesor de Pedro. La advierte de modo particularmente claro el que, ahora, le está respondiendo. Todos nosotros le estamos agradecidos a Pedro por lo que dijo aquel día: <<¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!>> Cristo le respondió: <<No temas; desde ahora serás pescador de hombres>> (Lucas 5,10). ¡No tengas miedo de los hombres! El hombre es siempre igual; los sistemas que crea son siempre imperfectos, y tanto más imperfectos cuanto más seguro está de sí mismo. ¿Y esto de dónde proviene? Esto viene del corazón del hombre, nuestro corazón está inquieto; Cristo mismo conoce mejor que nadie su angustia, porque <<Él sabe lo que hay dentro de cada hombre>> (cfr. Juan 2,25).
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Tenga en cuenta que no todos los prefacios aquí transcritos son de uso normativo. ***
Estos textos litúrgicos y
bíblicos han sido proporcionados con
autorización
a partir de esta completísima página de lecturas en uso en la liturgia
católica.
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