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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor nos pone en movimiento, más allá de comodidades y seguridades.
Homilía visi006a, predicada en 20130531, con 4 min. y 49 seg. 
Transcripción:
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Esta es la expresión jubilosa, llena de admiración que pronuncia a voz en cuello Isabel, nada más al escuchar el saludo de la Santísima Virgen: ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? Y de estas dos mujeres podemos aprender tantas cosas. Aprendamos de María en esta fiesta de la Visitación, aprendamos de ella que no se queda quieta, lo que recibe lo pone al servicio. Recibe para dar, ama, ama, ama, eso es muy importante. Ama a Dios en alabanza, ama al prójimo en espíritu de servicio.
Y el amor es dinámico, el amor nos pone en movimiento. Tenemos que preguntarnos seriamente si hay amor en nosotros, si hay amor de Dios en nosotros. Dado el hecho de que muchas veces no estamos en movimiento, no estamos en actitud de servicio, nos quedamos recluidos en nuestras comodidades, nos quedamos recluidos en nuestras seguridades. Amar es pasar un poco por la inseguridad, por el riesgo, un poco, por supuesto se requiere prudencia, se requiere sabiduría, obediencia, dirección.
Pero el riesgo, el riesgo de salir de mi seguridad, la que tengo en Nazaret y buscar el camino de la montaña, ese riesgo lo corrió la Santísima Virgen, siendo quien era. Entonces, ahí hay una enseñanza para nosotros. No nos engañemos, si en nosotros no hay movimiento, seguramente es que tampoco hay amor, eso por una parte. Por otra parte, miremos la manera como Isabel recibe a María. En el corto saludo incluido en esas palabras, descubramos el don sobrenatural de la fe. Lo que ella ha escuchado es el saludo de María, muy probablemente el saludo tradicional en aquella época: Shalom, la paz.
Eso es lo único que ella ha oído, los oídos de su cuerpo solamente han oído eso. Pero el oído atento de su corazón ha percibido en la música de ese saludo algo más grande, algo más bello. Ha descubierto que hay una nota nueva de gozo, una nota sobrenatural de júbilo en esa manera de saludar. De manera que esta Virgen bendita es una genuina misionera y una verdadera evangelizadora, y eso lo detecta el oído espiritual de Isabel. Isabel detecta eso, en el saludo de Isabel, en la respuesta de Isabel brilla la fe, brilla también la admiración, la alabanza.
Ella alaba a Dios, reconoce la grandeza, reconoce quién es aquella que está llegando a su casa, es la madre del Señor. Esa capacidad de admiración que es tan importante, porque si Jesús dijo en alguna oportunidad que teníamos que ser como niños, pues una de las características del niño es que se sabe pequeño y por eso tiene tanta capacidad de admiración. El niño sabe admirar la flor y el amanecer y el abrazo y el perfume de la mamá. Y sabe agradecer y sabe admirarse por los colores, porque todos son nuevos para él.
La fe, la admiración, la gratitud, otro elemento en el saludo de Isabel. Ella se reconoce indigna no sólo pequeñas, sino indigna: De dónde a mí que venga la Madre de mi Señor. Fe, admiración y gratitud aprendemos de Isabel. Amor, alegría y servicio aprendemos de María. Qué buenas maestras nos ha presentado la Iglesia en el día de la Visitación.

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