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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La visita de María a su parienta Isabel nos hace ver el espíritu de prontitud y servicio de la Madre de Cristo. Nos enseña también a remitir hacia Dios todo elogio que recibamos.
Homilía visi004a, predicada en 20110531, con 4 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Esta es la fiesta de la Visitación y toma ese nombre, por supuesto, por la visita que Nuestra Señora, la Virgen María, la Madre de Jesús, hace a su parienta Santa Isabel. Hay tanto que aprender de este sencillo acontecimiento de familia. ¿Cómo supo María del embarazo de Isabel? Lo supo porque el ángel Gabriel, que se apareció a María al contarle que ella había sido elegida como madre del Mesías, le dijo también: «Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez ha concebido porque para Dios nada hay imposible».
Estas palabras eran una declaración del poder de Dios, pero eran también una invitación a servir. Y María, como buena oyente de la Palabra, acogió la invitación Entonces, nos dice la Escritura en el Evangelio según San Lucas, capítulo primero: «María presurosa, se puso en camino hacia las montañas de Judea». Es una decisión notable si tenemos en cuenta las circunstancias de la misma Virgen, ella debía tener unos 14, tal vez 15 años, quizás un poco menos. Pero toma esta decisión como persona libre.
Y bien sabemos cómo era la cultura en aquel tiempo y sigue siendo en buena parte en el Medio Oriente con respecto a la mujer. Siempre se mira a la mujer como fundamentalmente dependiente del hombre. María toma esta decisión desde sí misma, obra como persona, diríamos, adulta, pero sobre todo la mueve el anhelo de servir. María en aquella época vivía en Nazaret, que queda en la región de Galilea, tenía que atravesar la hostil región de Samaria para llegar a las montañas de Judea, allí saluda a Isabel. Y entonces, movida por el Espíritu Santo, Isabel reconoce en María a la madre del Mesías.
Las palabras de Isabel las podemos aprovechar nosotros los católicos, dijo Isabel: De dónde a mí que venga a mí la madre de mi Señor. Yo creo que eso tenemos que tomarlo como palabras propias, nosotros, los que hemos recibido el tesoro tan grande que es la Madre de Jesús. Bien, hemos escuchado varias veces cómo al pie de la cruz, Jesús nos dejó como testamento de su amor a su misma y santísima Madre. En aquellas palabras que Cristo dijo a San Juan, nosotros nos sentimos interpelados: «Ahí tienes a tu madre».
Y nosotros recibimos la visita de María, y nosotros, como Isabel, nos alegramos y repetimos: De dónde a mí que venga a mí la madre de mi Señor. Pensemos que siempre, en cada oración nuestra y especialmente en la Eucaristía, la Santísima Virgen está presente. Las palabras de elogio de Isabel, sin embargo, no se quedan en el corazón de María. Ella no se queda con nada, ella solo quiere la alabanza y el servicio a Dios.
Y por eso, al escuchar estas palabras de elogio, ella entona su sublime cántico de alabanza, que la Iglesia suele recordar por la primera palabra de la traducción al latín Magníficat. Engrandece mi alma al Señor, dice la Santísima Virgen, enseñándonos también así que todo elogio, que todo bien que nosotros encontremos en nosotros mismos solo tiene un origen y se llama Dios, solo a Dios honor y gloria. Amén.

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