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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
"Desde ahora me felicitarán todas las generaciones".
Homilía visi002a, predicada en 20010531, con 49 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Una señora tenía un hijito. El niño travieso, como todos los niños, se puso a jugar por la calle y por el campo y se enmugró terriblemente, era un niño muy pequeño. Entonces, la señora dijo: Hay que lavar a este niño porque está demasiado sucio. Tomó una tinaja, la llenó de agua y se puso a lavar al niño. Cuando ya el niño quedó bien limpiecito, bien limpiecito, entonces había que votar esa agua sucia. Pero la señora casi bota al niño junto con el agua sucia. Hay que lavar al niño y hay que botar el agua, pero no hay que botar al agua con el niño, ¿cierto?
Esa pequeña parábola sirve para entender lo que nosotros como católicos latinoamericanos, como carismáticos de corazón, debemos hacer con respecto a la devoción mariana. La devoción mariana es ese niño, pero ese niño se le ha pegado mucha mugre, hay que lavar la devoción Mariana, hay que limpiarla. No todo lo que los católicos hemos hecho con la Virgen está bien hecho, hay muchas cosas que son mugre, porque tienen contaminación de idolatría o de superstición. Y ahí es donde aprovechan los protestantes para criticarnos, para burlarse de nosotros.
Pero entonces, hay algunos carismáticos que hacen lo de la señora está, un poquito torpe. Se ponen a lavar al a la devoción mariana y ya cuando les queda más o menos limpia, entonces botan el agua con el niño. Y resulta que eso va en contra de la Biblia, porque la Biblia nos enseña que hay un amor a la Virgen que no solo está permitido, sino que está mandado. Hoy precisamente hemos escuchado en el Evangelio cómo la Santísima Virgen hace una profecía: Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.
Y hay protestantes que desde que sale el sol hasta que se oculta, no hacen sino hablar mal de la Virgen. Entonces, están desobedeciendo a la Biblia, porque la Biblia dice que ella, María es la bendita entre las mujeres y la Biblia dice que a ella se felicitarán todas las generaciones, se entienden generaciones de creyentes. Por esta razón, mis hermanos, necesitamos limpiar al niño, el niño es la devoción mariana, hay que limpiarlo. Pero hay que sacar, hay que arrojar el agua sucia, hay que quitar lo que sobra, sin por eso perder lo que vale la pena.
Y ¿qué es lo que vale la pena? ¿En qué consistirá una verdadera devoción mariana, cómo podemos realmente integrar este amor, esta fe, este cariño, este fervor, cómo podemos integrarlo dentro de nuestra fe cristiana? Yo tengo un poco de temor porque en Colombia nos ha pasado varias veces que grupos carismáticos, así como efectivamente aquí entiendo que existe la burla, se convierten en el kinder para grupos protestantes. Y ¿sabe por qué? Porque la persona siente que, con la alabanza a Cristo, la predicación de la Palabra y el reunirse junto con otros hermanos para hacer algunas obras buenas y una evangelización, ya con eso tiene.
Por tanto, todo lo que se le agregue a eso es un sobrante, un añadido. Es a lo sumo, como ese lazo, como ese moñito que se le pone a los regalos, es un adorno. Y nosotros debemos preguntarnos si esa manera de ver las cosas es correcta. Porque si nosotros nos equivocamos en esto, entonces ya seremos protestantes de corazón, así nos sigamos diciendo católicos. El amor a la Virgen, la celebración de la Eucaristía, la presencia de ministros ordenados entre nosotros, el reconocimiento del magisterio y la jurisdicción y la autoridad del Papa. En fin, todas estas cosas, pregunto yo, ¿son unos adornos, son unos añadidos?
Ese es el grave problema que viven algunos carismáticos, que en el fondo de su corazón sienten que lo esencial esencial es creer en Cristo, reunirse para alabar a Cristo, llevar una vida buena y hacer algunas obras de caridad o de evangelización. Eso es lo esencial, lo esencial. Pero, a eso se le agrega que hay algunos grupos, por ejemplo, los católicos, que andan por ahí pegando matachitos, dibujitos y que celebran unas cosas que llaman misas y que a los pastores de ellos los llaman sacerdotes y, a veces, son gente muy terrible y otras veces son buenos predicadores.
Así es como nos miran los protestantes y así es como muchos carismáticos se miran a sí mismos. Es decir, lo esencial, lo esencial es creer en Cristo, alabar a Cristo, reunirse para celebrar a Cristo, a hacer obras buenas para que Cristo sea conocido, llevar una vida recta, lo demás son adornos. Así piensa mucha gente, lo demás son adornos. La estrategia que utilizan hoy por hoy los grupos protestantes es exactamente esa. Los grupos actuales no se llaman protestantes, tampoco se presentan como evangélicos, ni como pentecostales, ni como episcopalianos, ni como luteranos, ni como reformados.
Todos esos términos que pertenecen al pasado de ellos, ya no los nombran, porque son términos que suscitan desconfianza en el pueblo católico. Entonces, han tomado un nombre neutro que es cristianos, nosotros somos cristianos, fíjate el equívoco tan terrible que se puede producir ahí. Nosotros somos cristianos significa, lo esencial del cristianismo lo tenemos nosotros, pero ustedes le añaden una cantidad de lacitos, moñitos, adornitos, florecitas, bobaditas y allá ustedes si quieren complicarse la vida con eso, nosotros nos quedamos con lo esencial, nosotros tenemos el cristianismo en su esencia, ustedes son los que le agregan cosas.
Oiga, y nos lo han dicho tantas veces, tantas veces, tantas veces, que finalmente hemos terminado como por creerlo. Yo creo que uno tendría que preguntarse, uno tendría que preguntarse. Bueno, supongamos que sucediera alguna tragedia, claro que algunos protestantes no llamarían a eso tragedia. Supongamos que sucediera una tragedia y se murieran todos los obispos y sacerdotes, por lo menos en muchos kilómetros a la redonda. Pues nosotros nos seguimos reuniendo, seguimos predicando, seguimos alabando, seguimos bendiciendo y seguimos con una vida nueva que nos ha dado el Espíritu.
¿A usted le haría falta comulgar? Bueno, algunas personas parece que sí. Sí, tal vez sí. Otras personas dirían: Hombre, si me consigue usted unos buenos predicadores, gente de esa, pero que sepa predicar. Pues hombre, yo creo que al principio, hasta de pronto sí, por la costumbre, pero después ya a uno, ya a uno le da lo mismo. La persona que diga eso, es una persona que ya es un protestante, ya es un protestante, es decir, esa persona ya hizo el kinder y ya está listo para pasar a primer grado. Pero ¿de dónde surge toda esta confusión? Surge de lo siguiente.
Surge de que uno aporta un presupuesto de ellos y el presupuesto es que la esencia del cristianismo está únicamente en creer en Cristo, alabar a Cristo, cambiar de vida y reunirse para alabar y para hacer obras buenas. Si tú aceptas ese principio, la Virgen María es un adorno y los adornos alguna vez estorban, y la misa será otro adorno, y los adornos alguna vez estorban, y el Papa será otro adorno y todo serán adornos que estorban. Por eso, uno tiene que preguntarse si ese principio, si ese supuesto, si esa manera de ver las cosas es o no es correcta.
O por plantearlo de otra manera, por plantearlo de otra manera. ¿Realmente son adornos, son cosas que nosotros agregamos y las podemos quitar cuando queramos? Me parece que hay personas que ven las cosas así y ahí es donde necesitamos la luz del Espíritu Santo para ver qué es adorno y qué no es adorno, para ver qué es esencial y qué no es esencial. Podemos hacer algo con la flauta, la flauta es, aquí. Ya, no podemos hacer nada con la flauta. Entonces, mis hermanos, preguntémonos sobre lo esencial, preguntémonos sobre qué se puede quitar y qué no se puede quitar y por qué se puede quitar.
Voy a necesitar del tiempo y de la paciencia de ustedes, porque no me siento capaz de explicar esto de una manera demasiado corta, voy a necesitar tiempo de ustedes. Un hombre que me ha aclarado a mí mucho las cosas en este sentido es Santo Tomás de Aquino. Mira lo que nos dice Santo Tomás, dice así. Si nosotros nos fijamos bien qué significa la fe, qué significa creer, descubriremos que creer es aceptar algo porque alguien lo ha dicho. Cuando uno acepta algo, porque uno mismo lo ve con perfecta claridad, eso no es fe. La fe supone que uno acepta algo porque alguien, que es digno de confianza, lo ha dicho.
Un ejemplo típico es la fe humana. Fe humana es la fe que tenemos en algunas cosas que tienen que ver con nuestra vida, por ejemplo, ¿usted en qué fecha nació? Yo nací, supongamos, el 02 de abril de 1943. Ajá. ¿A usted eso le consta? Yo estaba tan chiquito que no me acuerdo. Pero ¿usted sí cree que nació el 2 de abril del 42 o el 43? Sí, sí, creo. ¿Por qué lo cree? Hombre, porque mis papás me lo dicen. Pero eso se llama fe, ese es un caso de fe humana. Yo supongo que mis papás me aman mucho, yo supongo que mis papás no me van a engañar, por eso yo acepto lo que ellos me han dicho, eso se llama fe.
Nosotros por fe sabemos muchísimas cosas, muchísimas. Y la autoridad que hace que nosotros creamos eso, no es otra sino la autoridad de Dios, la autoridad de Dios. Usted ha cometido graves pecados, sí, pero ¿usted cree que sus pecados pueden ser perdonados? Sí. Y ¿usted por qué cree en el perdón de los pecados? Porque Dios, con su autoridad, y eso es lo que aparece, por ejemplo, en esta santa Palabra. Porque Dios, con su autoridad, me habla del perdón de los pecados. Yo creo en el perdón de los pecados, es una cosa maravillosa. Pero yo creo en ese perdón.
¿Por qué creo? Porque Dios me habla del perdón de los pecados. Yo creo en el perdón de los pecados, porque Dios me dice que hay perdón de los pecados, precioso. Bueno, o sea que la grandeza de la fe está ¿en qué? En ese acto por el cual yo me confío, por el cual yo me entrego a lo que otra persona ha dicho. Pero no cualquier persona, sino en el caso de la religión, porque Dios así lo ha dicho. Dios me dice que hay perdón de los pecados, yo creo en el perdón de los pecados. Bien, entonces dice Santo Tomás de Aquino, si la fe consiste en eso, si esa es la fe, ¿puedo yo escoger qué es lo que voy a creer?
Esa pregunta la hace Santo Tomás de Aquino en una parte de esa obra tan importante que se llama la Suma Teológica, suma de teología. Si yo creo, entregando mi confianza a una persona, óigame esta pregunta tan inteligente que hace Santo Tomás, ¿puedo yo escoger lo que voy a creer? ¿Si lo básico de la fe es el acto por el cual yo confío en una persona, por eso puedo escoger lo que voy a creer? Y responde Santo Tomás, si yo escojo lo que voy a creer, entonces no estoy entregando mi confianza.
Por ejemplo, si mi papá me dice: Usted nació el 2 de abril de 1943. Y me dice: Y cuando usted nació, usted medía 49 centímetros de largo. Y yo le digo: Papá, yo le creo que yo nací el 2 de abril del 43. Pero papá, yo no le creo que yo haya medido 49 centímetros cuando nací. ¿Se puede decir que esa persona tiene confianza en el papá? Desde luego que no, porque a ese hombre no le consta ni que nació el 2 de abril del 43, ni que medía 49 centímetros. En el momento en el que yo escojo, estoy destruyendo el acto de la fe. Miren lo importantes que son las cosas, dentro de la fe hay cosas esenciales y cosas no esenciales.
Pues mire, evidentemente que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado según las Escrituras y que resucitó para nuestra justificación, eso es más importante que cualquier otra cosa, que cualquier otra cosa que se enseñe en la fe, eso es más importante. Pero si yo voy a llamar esencial a una cosa y a otra cosa la voy a llamar no esencial, y voy a decir que puedo quitar las cosas no esenciales, estoy traicionando el acto propio de la fe. A ustedes nunca se les olvide el caso de la persona que sí le creía al papá que había nacido en tal fecha, pero no le creía al papá que hubiera medido tantos centímetros.
Es evidente que una persona así no tiene confianza. Pero cómo vas a decir que no tengo confianza en mi papá si yo sí le creí que había nacido el 2 de abril del 43. Pero no le creíste que habías medido 49 centímetros. Pero yo sí le creí que había nacido. Sí, hombre, pero tú no puedes decir que tienes una confianza en tu papá, tú no puedes decir que la razón por la que crees eso es porque tu papá te lo dice, porque cuando te dice otra cosa, tú no la crees. Luego la razón de tu confianza no es tu papá, luego tú no tienes fe en tu papá. Es evidente, si yo escojo qué creer, yo no tengo fe. Esto es gravísimo, esto es gravísimo.
Entonces, si yo tomo la Biblia y digo: Bien, muy bien, a ver este Evangelio me gusta, este también me gusta, este también me gusta, las cartas me gustan, los Hechos me gustan, el Nuevo Testamento me gusta, el Antiguo Testamento no, no me gusta. No, me quedo con el nuevo, listo. En el momento en el que yo hago eso, yo no puedo llamarme cristiano, yo no puedo llamarme creyente. En el momento en el que yo escojo qué parte de la revelación voy a aceptar, yo no puedo llamarme cristiano. Hay un documento que ha causado muchos problemas, pero es que usted sabe que la verdad siempre es conflictiva.
Ese documento del año pasado, del año 2000, lleva por título en latín Dominus Iesus. Es un documento que habla precisamente sobre esto. Y dice, con la autoridad del Papa, el cardenal Ratzinger, que es el encargado de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir, aquella instancia en la Curia de Roma que vela por la integridad de la fe en nosotros los católicos. Dice ahí el cardenal Ratzinger en ese documento: Nosotros no podemos considerar iglesias en sentido propio a las comunidades que han nacido de la Reforma Protestante. ¿Cómo así? Oh, horror.
Pero puede ser una palabra antipática, pero es una palabra cierta. Desde el momento en el que yo escojo, por la razón que sea, yo escojo qué creer, el acto de la fe está herido de muerte. Pero esto puede suceder de dos maneras. Puede suceder de una manera más o menos sin culpa de la persona. Si una persona vive en un ambiente donde la Iglesia Católica prácticamente no hace nada y da muchos malos ejemplos, o las circunstancias se dieron y se encontró con un grupo protestante y en ese grupo le hablaron de Jesucristo con gran elocuencia y lo invitaron a acercarse a Él.
Y esa persona empieza a creer en Jesús, el Hijo de Dios, y cree que Jesús murió por sus pecados y cree que Jesús lo ha salvado, pues esa persona tampoco está en cero. Esa persona tiene muchas cosas buenas y es posible que muchas de las personas que no son católicas se salven y vayan al cielo, eso solo lo sabe Dios, es perfectamente posible. Depende de qué buena fe tenga la persona, depende. Lo que a mí me empieza a parecer difícil es que una persona que se haya detenido a estudiar estas cosas con cuidado y, sin embargo, rechace la fe católica, que esa persona esté obrando de buena fe, eso sí me parece más complicado de creer.
Pero bueno, todo puede suceder. Lo importante para nosotros, y apenas estamos terminando la primera enseñanza de este día, lo importante para nosotros es esto, hermanos, que en el momento en el que yo empiezo a escoger, destruí la confianza en Dios que revela, tan sencillo como eso. Y por favor, jamás olviden el ejemplo del hombre que le creía al papá que sí había nacido, que este hombre había nacido una fecha, pero no le creía cuánto había medido al nacer. Nunca diremos que ese hombre tiene confianza en el papá.
Yo no puedo escoger, eso no significa que todas las cosas de fe sean de igual importancia. No es de igual importancia creer en el ángel de la guarda o creer que Jesús me lavó de mis pecados. Es infinitamente más importante creer que Jesús me ha lavado mis pecados, infinitamente más importante. Pero, en el momento en el que yo por mi cuenta y riesgo, porque se me dio la gana, niego que existen ángeles, en ese momento eché a perder la fe. Pero si los ángeles no son tan importantes comparados con la resurrección de Cristo. Sí, hombre, lo mismo que no es tan importante medir 49 centímetros o 48 centímetros y medio.
Pero en el momento en el que usted se obstina en no creer lo que se le ha presentado como revelado por Dios y que no es un invento de hoy ni de ayer, en el momento en que usted se obstina, su obstinación destruye la confianza propia del acto de fe. Por eso la fe, mis hermanos, tiene una preciosa unidad, la fe tiene una altísima unidad. Y si yo lastimo la unidad de la fe, destruyo el acto de fe. Lo que puede pasar, repito, es que, dadas ciertas circunstancias personales, la persona destruye el acto de fe, digamos así, como un elefante en una vidriería, no se da cuenta de las cosas y rompió muchas cosas. Puede suceder, eso puede suceder.
Pero tengamos claro que romper el acto de la fe, romper la unidad de la fe, es romper la confianza que sustenta el acto de la fe. Este argumento que les acabo de contar y que he tratado de explicar de la mejor manera, lo escribió Santo Tomás de Aquino hacia fines del siglo XIII. Es decir, que de esto ya van siendo unos 700 años, un poco menos o un poco más de 700 años. A uno le puede dar rabia ese argumento, le puede fastidiar, pero hasta ahora no he encontrado una sola persona que contradiga con razones ese argumento. Si tú escoges qué creer, destruiste el acto de la fe, tan sencillo como eso.
Eso no significa que todo sea igualmente importante, no. Pero, en el momento en el que tú te obstinas en no creer algo así sea algo leve, tú estás poniendo tu criterio por encima de Dios que revela y ahí no hay fe posible, tan sencillo como eso. Bueno, teniendo esta aclaración en nuestra mente, pensemos en lo que significa la presencia de María. María, para nosotros los católicos, es varias cosas, es decir, tiene varias entradas en la realidad viva de nuestra fe. Me explico, María es, y en esto están de acuerdo la mayor parte de los protestantes con nosotros, María es un gran modelo de creyente, un gran modelo de creyente.
Es decir, es una persona que nos ha dado ejemplo, eso es así. Y en esto, generalmente no hay mucha discusión con los cristianos no católicos, que María es un gran ejemplo de vida cristiana, un gran ejemplo de fe, un gran ejemplo de santidad, incluso de oración, de abnegación, de confianza en Dios, de alabanza. Esto no ofrece mayor dificultad, ahí estamos de acuerdo más o menos todos. Bueno, número uno. Número dos, María para nosotros es también una gran intercesora. Ahí sí hay problema, ahí sí hay problema, porque para ellos la intercesión solo existe entre las personas que están vivas en el planeta Tierra, al mismo tiempo.
Una cosa que causa dificultades, obviamente, para admitir una intercesión de una persona que ya no está viva sobre esta tierra. Nosotros creemos en la intercesión de María, en el Ave María le decimos: Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte, pedimos así su intercesión. Sobre estos temas uno tiene que hablar tantas veces, que yo no me acuerdo si ya habré dado alguna explicación sobre eso aquí, pero, en todo caso, voy a repetir brevemente. Si una persona mientras está viva en esta tierra puede orar por mí y esa persona está unida a Dios, y porque está unida a Dios, es porque puede orar por mí.
¿Usted le pediría oración a una persona que estuviera en pacto con el diablo? Yo creo que no. La razón por la que uno le pide oración a los hermanos de comunidad es ¿por qué? Pues porque cree que tienen alguna unión con Dios. Supongamos que estuviéramos en el siglo I y que María, la madre de Jesús, estuviera viva entre nosotros en una asamblea. ¿Será correcto o sería correcto decirle a esa señora, la Madre de Jesús: ruega por mí? Claro, eso no lo puede negar ningún protestante, claro, precisamente porque está unida a Dios. Por eso, se puede pedir que ruegue por mí.
Además, la Biblia, el Nuevo Testamento concretamente, está repleto de súplicas de intercesión. Cada rato, San Pablo dice: Y orad por mí, rogad por mí, recen por mí, oren por mí. Es evidente que la intercesión es una realidad viva. ¿Usted por qué pide intercesión, por qué? Hombre, porque creo que esa otra persona tiene alguna unión con Dios. Bueno, si no estuviera unida con Dios, no pediría intercesión, ¿cierto? No, no la pediría. Pregunta: Cuando un cristiano, cuando una persona que es salva, salva se muere. Usted, señor protestante, ¿a dónde cree que va a ir esa persona, a dónde cree que va a ir? Pues al cielo.
Y ¿el cielo es unión con Dios? Pues claro. ¿La unión con Dios en el cielo es más grande que la que se tenía aquí en la tierra? Sí. Señor protestante, entonces, ¿por qué no permite que nosotros pidamos la intercesión de esas personas? ¿Usted por qué le pide oración a las personas que están en esta tierra? Porque están con Dios. Y los que mueren en Cristo y son salvos ¿no están con Dios? Sí, están más con Dios todavía. Y ¿por qué no se puede creer en esa intercesión? No, porque no. Por favor, hermanos, démonos cuenta, es que hay que utilizar la cabeza en esto, hay que utilizar la cabeza.
Si ustedes están aquí porque han venido a oír un torrente de palabras bonitas, igual podrían estar viendo televisión, igual podrían estar viendo u oyendo un discurso de un masón, de un ateo o un protestante. Uno no viene a la iglesia para oír palabras bonitas, uno viene a la iglesia buscando la verdad, la verdad del amor de Dios que se ha revelado en nuestro Señor Jesucristo. Hay que utilizar la cabeza. Entonces, pregunta: si la persona que se muere y está unida con Cristo, sí puede rogar por mí. Y hay un grupo de gente que se llama cristiana y dice que eso no es posible, entonces ¿qué?
Pues que ellos están equivocados y nosotros estamos en lo correcto. Y que hay que dejarse de complejos. Ah, pero es que ellos manejan mucho más dinero y tienen tres programas de televisión y además los que se convierten a ellos, son todos jóvenes y bonitos, y nosotros somos viejos, achacosos y feos, qué tal esos argumentos. Por eso, mi hermano, cuando usted se encuentre con ese protestante que tiene alguna fe en Cristo, usted tiene que hacerle ver que es él, el que está equivocado, no soy yo el que le está agregando cosas a la fe, es usted el que está cambiando las cosas.
Claro, eso hay que aprender a decirlo. Yo lo digo aquí con este énfasis, porque tengo poco tiempo y porque me duele ver lo acomplejados que somos los católicos, acomplejados, asustados, tímidos. Le repito muy cortito el argumento, si la única razón para pedir la intercesión de una persona es porque tiene unión con Dios, y si cuando uno se muere se va al cielo y está con Dios, entonces ¿por qué se va a prohibir eso? Finalmente, dice el protestante: Mire, se debe prohibir porque es que Dios ha dicho que no se debe hacer ninguna invocación de muertos. Y a usted quién le ha dicho que esa persona está muerta, si está más viva que usted y que yo.
Claro, en el Antiguo Testamento había que tener esa prohibición de invocación de muertos, porque en el Antiguo Testamento no había aparecido la salvación por Cristo, claro. Pero en el Nuevo Testamento, donde ya sabemos lo que significa ser salvo, lo que dicen ustedes en todas sus emisoras y todas sus propagandas y todas sus televisiones, en el Nuevo Testamento, donde ya sabemos lo que significa ser salvo, ¿por qué pretende usted aplicar esa restricción? O si es que usted pretende que quede en vigor todo el Antiguo Testamento, pues entonces le toca, hermanito, empezar por circuncidarse usted y sus hijos y deje de comer marrano.
Por eso, mis hermanos, qué tontos y qué acomplejados hemos sido. Ay, sí, eso sí tienen lo esencial y nosotros tenemos lo esencial con un poco de agregados. Pero bueno, ahí nos toca así, agachados, agachados, humillados, agachados, humillados, porque ellos sí tienen lo esencial. Y nosotros pues aquí, sosteniendo la caña. Y resulta que la cosa es al revés. Primer lugar, el que empieza a escoger qué creer, dañó el acto de la fe. Y segundo lugar, si usted, en este caso concreto de la intercesión, si usted no admite la intercesión de los santos, es usted el que está dañando la fe.
No es que yo le agregue, es que usted le quita, que es muy distinto. No es que yo le esté agregando, es que usted le está quitando. ¿Me está diciendo entonces que yo me voy a condenar si yo tengo fe en Jesús? Mire, yo no tengo autoridad para mandar a condenar a nadie, a nadie. Yo no puedo condenar a nadie, el único juez es el Señor. Pero como católico tengo el deber de hacerle ver a usted que no soy yo el que está agregando todo, es usted el que está mutilando la fe. Y, por lo tanto, me permito invitarle, en el nombre de Cristo, deje de mutilar la fe, eso hay que hacerlo.
Nosotros entonces, vemos en María un gran modelo de vida cristiana, vemos en María nuestra gran intercesora, y vemos en María la obra más grande de la gracia de Dios. Me tomaría demasiado tiempo extenderme en qué queremos decir con eso de, obra más grande de la gracia de Dios, pero hay algo que sí quiero decirles. Si nosotros los católicos nos centráramos verdaderamente en lo que significa María, según las Escrituras, nadie tendría nada que reprocharnos. Pero nosotros, aunque tengamos razón, no somos inocentes. Nosotros hemos oscurecido el verdadero rostro de la devoción Mariana.
¿Por qué? Por tres errores. Y si predico de los errores de los protestantes para que salgamos de complejos, también tengo que predicar de los errores de nosotros los católicos para que nos volvamos con mayor amor hacia el Evangelio, en primer lugar, y para que seamos más eficaces en la predicación y el testimonio, en segundo lugar. ¿Cuáles son nuestros principales errores?, en lo que yo he podido ver. Primero, que nosotros le damos tantísima importancia a estas devociones y desconocemos mucho de la Palabra de Dios.
No hay que poner las cosas en estos términos, o devociones o Biblia. No, más bien desde la Biblia, encontrar el verdadero sentido de la devoción. Pero nosotros nos hemos equivocado en eso, no somos inocentes y, sobre todo, en Latinoamérica, no somos inocentes. Muchas veces hay una gran devoción y un gran desconocimiento de la Biblia y eso lo critican con toda razón los protestantes. De manera que esa crítica está bien dicha y esa crítica es verdadera y, aunque nos duela, ahora yo pido un aplauso para esa crítica, así como antes aplaudieron. Luego, ese es un error.
Error número dos que cometemos con María y con casi todos los santos. Nosotros le damos más importancia a lo que el santo puede, que a lo que Dios pudo en el santo, y ese es un error terrible. Desde luego que los santos pueden hacer muchas cosas por la unión que tienen con Dios y eso se puede argumentar perfectamente. A cualquier protestante que le viniera a uno a decir cosas, uno le podría decir: Mire, ustedes casi todos admiran a un predicador que se llama Billy Graham, eso casi todos ellos, Billy Graham es el gran predicador.
¿Usted no cree que Billy Graham ha podido hacer muchas cosas con la gracia de Dios? Sí, sí, claro, el hermano Billy ha hecho cosas fantásticas, el hermano Billy. Y viva el hermano Billy y maravilloso, el hermano Billy. Bueno, entonces ¿qué es su ataque y qué es su burla? Desde luego que los santos pueden hacer muchas cosas, eso nadie lo debe dudar. Si el hermano Billy puede hacer tantas cosas, pues hombre, claro que se pueden hacer muchas cosas. Pero es mala cosa, es mala idea de lo que nosotros los católicos hemos hecho. Es decir, hablar tanto del poder del santo y hablar tan poquito de lo que Dios pudo hacer en el santo.
Y entonces, de tanto hablar de lo que el santo puede hacer, termina por convertirse como si fuera en un dios, en un ídolo. Y en eso hemos llegado a unos extremos ridículos y de esos extremos ridículos se aprovechan los protestantes para criticarnos, y tienen razón y tienen razón. Manera de corregir esto, señores sacerdotes, empezando aquí por el querido hermano. Señores sacerdotes, cuando prediquemos, señores evangelizadores, misioneros, catequistas, cuando hablemos de los santos, hay que hablar más de lo que Dios hizo en el santo, que de lo que el santo puede hacer con nosotros.
Ya, ese es el remedio, punto. Ese es el remedio que hay que aplicar. Claro que muchos católicos, como se le entran unos complejos y ahora yo que, que, que yo, pobrecito y todo agachado, acomplejado, yo aquí escondido. Yo mejor no hablo de los santos, mejor no hablo de ningún santo, porque qué tal que ayude yo a la idolatría, mejor me escondo aquí. Y mejor me escondo es que los ministerios de música carismática no se saben canciones de la Virgen y mejor me escondo es que yo bien podría regalar una caja de humintas deliciosas al Ministerio de Música que se supiera un canto para algún santo.
¿Por qué? Porque ya sienten que eso es como pecado. No, yo cómo le voy a cantar a santo Domingo, cómo le voy a cantar a san Francisco, a san Martín, no, no, Dios mío, después de que ya conocí el Evangelio. Mire, pedazo de protestante con cara de católico, en primer lugar, deje su complejo, deje su complejo. Claro que hay que predicar de los santos, ojalá toda esta gente tuviera santos de qué enorgullecerse, como los que tenemos nosotros, ojalá tuvieran de quien enorgullecerse. Entonces, hay que predicar de los santos.
Pero la manera de predicar de los santos no es el gran poder que tiene este santo y el poder del santo y este santo es poderoso, eso induce a confusión. Siempre hay que predicar más de lo que Dios pudo en el santo que de lo que el santo se supone que puede con nosotros. Ese es el remedio y con ese remedio es suficiente. Y lo tercero es, error gravísimo que también hemos cometido, pedirle ayuda a los santos sin cambiar nosotros nuestra vida. Esto nos lo critican con toda razón los protestantes. Una persona lleva una vida, se dice en mi país una vida perra, una vida puerca, una vida sucia.
Estaba trabajando en el taller y una esquirla, una pequeña pieza metálica se le enterró en el ojo. Voy a hacer la novena a Santa Lucía para que me arregle mi ojito. Ahí es donde el protestante monta en santa cólera y dice: Primero pídele a Jesús que te cambie la vida y luego miraremos a ver si te conviene que te arreglen ese ojo. Y tiene razón el protestante, nosotros acudimos a los santos para que nos arreglen pedazos de la vida. Y resulta que los santos son santos no porque le dieron pedazos a Dios, sino porque le dieron todo a Dios. Y santa Lucía y san Pancracio y san Martín y san Maximiliano y santa Teresita son santos porque fueron todo para Dios.
Y eso es lo que nosotros deberíamos aprender. Entonces, andar detrás de los santos para solucionar problemas, para ponerle parches a la vida, para arreglar pedazos de la vida y nunca arreglar la vida, es un daño que le hemos hecho a la Iglesia Católica, porque así hemos desacreditado nuestra fe católica y con razón se burlan de nosotros y cuando nos critican tienen razón en eso y es una verdad tan grande, que esa verdad también merece un aplauso, como nos aplaudió el otro. O sea que el remedio ¿cuál es? Fundamentarnos más en la Palabra del Señor, sin miedo, sin miedo en la Palabra del Señor, uno no tiene nada que temer, punto número uno.
Punto número dos, necesitamos hablar más de lo que Dios pudo en el santo que de lo que el santo puede con nosotros. Y punto número tres, no acudir a los santos para que nos arreglen problemitas en la vida, sino cambiar de vida, lo cual solo puede hacerlo Jesucristo y, desde esa amistad en Cristo, acudir a ellos como amigos y como hermanos, para que nuestra vida sea plena expresión del Evangelio de Dios. Desde esa orientación vamos a vivir con alegría, sin complejos, nuestra fe.

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