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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La misión de Juan el Bautista, preparar al pueblo para el Señor, se convirtió en su identidad.
Homilía v23d022a, predicada en 20251223, con 12 min. y 2 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, este Evangelio nos presenta el nacimiento de Juan el Bautista, aunque él no empezó a llamarse Bautista desde su nacimiento. La gente lo llamaba así, cuando él empezó a realizar su misión. Y su misión fue bautizar al pueblo de Judá, al pueblo de Israel, para prepararlo porque el Señor estaba cerca. Es interesante ver que la misión de este hombre llegó a convertirse en su propio nombre, lo que él hizo, su misión, se convirtió en su nombre. Y esto es interesante porque esa misión no se la inventó él, no fue una creación ni una decisión suya, sino que fue un llamado, fue un designio de Dios.
De manera que aquello que Dios quería para Él se convirtió en su nombre, se convirtió en su ser. Qué hermoso pensar en esto y pensar en nuestra propia vida que lo que Dios quiere para mí, el designio que Dios tiene para mí, se convierta en mi vida, se convierta en mi nombre, se convierta en mi ser, ese es el primer pensamiento para este día. Que la misión que Dios tiene para mí, que el llamado que Dios tiene para mí, se convierta en mi ser, que yo obedezca de tal manera a Dios, que todo mi ser le responda y yo llegue a convertirme en lo que Él quiere para mí.
Ese es el primer pensamiento para este día. El que empezó llamándose Juan murió llamándose el Bautista, porque la misión que Dios quería para él se convirtió en su ser. Un segundo punto de meditación en este día. Yo sé que este texto lo hemos oído muchas veces, pero tal vez a ustedes les puede pasar lo mismo que me pasa a mí. Y es que uno ha oído muchas veces un texto de la Biblia y no se da cuenta de algunos detalles que son profundos, que son bellos y que están ahí todo el tiempo. A ver ¿qué tal esto? Nos dice la Palabra de Dios: «Preguntaban por señas al Padre, es decir, a Zacarías, preguntaban por señas cómo quería que se llamase».
¿Qué te llama la atención de esa frase? Preguntaban por señas al padre. Nosotros sabemos que ese papá se llamaba Zacarías y nosotros sabemos que Zacarías se quedó mudo. ¿Por qué se quedó mudo? Porque cuando él estaba en el templo se le apareció un ángel, el ángel Gabriel. Y ese ángel Gabriel le dijo que Dios le iba a conceder un hijo. Pero Zacarías no tuvo fe, Zacarías no tuvo fe. Y entonces, como no tuvo fe, el ángel le dijo: «No me has creído, no has dado fe a mis palabras. Te vas a quedar mudo hasta que se cumplan estas palabras». Y Zacarías salió del templo mudo, no podía hablar.
Pero ahora mira lo que dice el Evangelio de hoy: «Preguntaban por señas al padre». ¿Qué deduces tú de ahí? Si le estaban preguntando por señas, quiere decir que no solo estaba mudo, porque le hubieran podido preguntar con palabras. Le hubieran podido preguntar: ¿cómo quieres que se llame tu hijo? Pero, no le preguntaron con palabras porque, por lo visto, tampoco entendía las palabras. Seguramente no nos habíamos dado cuenta de ese detalle, que él no solamente quedó mudo, sino que además de quedar mudo, tampoco entendía.
No es exactamente que se quedara sordo, pero se parece mucho a quedarse sordo, porque no solamente, repito, era incapaz de hablar, por eso pidió una tablilla para escribir. No solo era incapaz de hablar, también era incapaz de oír, era incapaz de entender. ¿Por qué eso es importante? Hermanos, porque eso trae una lección para nosotros. El que se queda mudo, también se queda sordo. Y eso ¿qué quiere decir? Eso quiere decir que el que no habla y no da testimonio de Dios, tarde o temprano se queda sordo y entonces, tampoco entiende el mensaje de Dios.
El que no da testimonio de Dios, se desconecta de Dios y no entiende. Ese es el mensaje que está ahí. El mensaje es, si te quedas mudo, eso significa, si dejas de dar testimonio de Dios, entonces también te vas a quedar sordo, es decir, no vas a poder entender lo que Dios quiere. El que no da testimonio, el que no cuenta a otros, el que no habla a otros de las obras de Dios, se desconecta de Dios y entonces se queda como sordo. Esto es muy interesante y es muy hermoso porque esto tiene que ver con nuestra vida. Yo no puedo, yo no quiero quedarme mudo y yo no quiero quedarme sordo.
Pero, si yo dejo de hablar a los demás, si yo dejo de dar testimonio de mi fe, me voy a quedar también sordo, es decir, voy a perder la capacidad de entender lo que Dios me quiere decir. Esa es la segunda meditación de este día. Primera meditación, que la misión de Dios se vuelva mi nombre, que yo obedezca a Dios de tal manera que mi ser responda a su llamado y a su designio. Segunda meditación, cuidado con quedarse mudo, porque si me quedo mudo, también me quedo sordo, también voy a perder la capacidad de entender lo que Dios quiere.
Tercer punto y último punto de esta Santa Misa. Cuando él escribió: Su nombre es Juan. Cuando él escribió esas palabras, se le soltó la lengua. Es decir, cuando él empezó a obedecer, recibió la sanación. Y ese es el tercer punto de nuestra meditación hoy. El tercer punto es, la obediencia sana, empieza a obedecer y empezarás a sanarte. Cuando nosotros entramos en desobediencia, entramos en pecado. Y San Pablo nos enseñó una vez: «El salario del pecado es la muerte». La desobediencia daña, la desobediencia enferma, la desobediencia destruye.
Pero también podemos decir lo contrario, la obediencia sana, la obediencia reconstruye, la obediencia levanta. Y esto lo vemos en este pasaje del Evangelio y lo vemos en muchas otras partes. Por ejemplo, los antiguos predicadores, que llamamos los padres de la Iglesia, decían: La desobediencia de Eva fue reparada por la obediencia de María, y también la desobediencia de Adán fue reparada por la obediencia de Cristo. De tal manera que la desobediencia nos enferma, nos enferma la mente, nos enferma el corazón, nos enferma incluso el cuerpo, pero la obediencia sana.
Y si nosotros hemos caído en desobediencia, pues es la hora para que entremos en obediencia, porque la obediencia de Zacarías fue la que lo sanó. Nosotros tenemos que entrar en obediencia y el gran modelo de obediencia ya sabemos cuál es. Es nuestro Señor Jesucristo, del cual dice la Carta a los Hebreos: «Aprendió sufriendo a obedecer». Pero también, después de Cristo tenemos a la Santísima, la bendita, la Madre de Dios, Nuestra Señora la Virgen María, porque ella es modelo de obediencia y lo muestra cuando dice: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
Pues hoy tenemos que decir con María: Aquí está la esclava, aquí está el esclavo del Señor. Así, por ejemplo, el apóstol San Pablo firmaba sus cartas diciendo: Aquí está el esclavo de Cristo. Yo soy el esclavo de Cristo. La obediencia va a sanar tu vida. Si tienes angustia, la obediencia va a sanar tu vida. Si tienes tristeza, la obediencia va a sanar tu vida. Si tienes una lucha interior y sientes tu corazón desgarrado, la obediencia va a sanar tu corazón, la obediencia va a sanar tu vida. Unifica, unifica tu corazón en la obediencia, unifica tu corazón ante el Señor y el Señor sanará tu corazón, el Señor sanará tu vida porque Él lo ha prometido y Él lo cumple.

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