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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Al ser el pecado la fuente de toda división, su denuncia también trae una semilla de reconciliación.
Homilía v23d015a, predicada en 20191223, con 5 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Muchos de nosotros, cuando nos referimos a la predicación de Juan el Bautista, destacamos la fuerza y la valentía de su Palabra. Especialmente su manera vigorosa de denunciar el pecado. Este es uno de los aspectos por los que es más conocido este gran hombre, este gran profeta. Pero hay un detalle en la primera lectura de hoy que nos ayuda a terminar bien nuestro Adviento. Como dicen en algunas partes, redondear culminar bien nuestro Adviento. Observemos que en aquel texto del profeta Malaquías donde se dice que vendrá un nuevo Elías, observemos que en ese texto se habla de un profeta que es con la fuerza de Elías. Pero hay algo que no caracterizó a Elías y que sí será parte de la misión de este nuevo Elías. El Elías del Antiguo Testamento es por allá del siglo noveno antes de Cristo, el nuevo Elías, este que anuncia el profeta Malaquías es Juan el Bautista. Y hay algo que tiene el nuevo Elías, Juan el Bautista y que no estaba tan presente. Yo diría, no estaba en el primer Elías. ¿Cuál será ese detalle? Trata de hacer memoria a partir de la primera lectura que hemos oído. Trata de hacer memoria, ¿Cuál puede ser ese detalle? Pues el detalle es que este nuevo Elías está llamado a reconciliar a los padres con los hijos y a los hijos con los padres. Hay un mensaje de reconciliación. Y la última frase, de hecho, en la primera lectura de hoy dice: Reconciliar, unir amistad a padres e hijos, hijos y padres para que no tenga yo que venir a destruir esta tierra. Es decir, que la amenaza es grande, pero también hay un camino propuesto y será parte de la misión del nuevo Elías, evitar que tenga que producirse esa destrucción. El mismo Juan, cuando predicaba, habló con fuerza en términos de destrucción. Una de sus profecías más fuertes dice: Ya el hacha está lista a los pies del árbol, como el que va a cortar el árbol y esto se va a caer. Sí, es cierto que la predicación de Juan es una predicación ardiente como como fuego, fuego que purifica, fuego que limpia. Pero la parte de la reconciliación no se nos debe olvidar. ¿Y cómo se produce esa reconciliación? Pues apenas caes en cuenta que la fuente de las divisiones es precisamente el pecado. Analiza qué es lo que nos divide, analiza qué es lo que nos destruye, analiza qué es lo que fractura a las familias. Hace poco estaba hablando con un amigo sobre historias que conocemos de familias que parecían muy unidas, muy amorosas, pero que lamentablemente, lamentablemente, cuando llegó el tiempo de repartir una herencia, se acabaron las sonrisas, se acabaron los abrazos, se acabaron las buenas maneras, y el lenguaje que entró fue el lenguaje de la rapacidad y el lenguaje de la codicia y el lenguaje de la acusación y los insultos. ¿Que dividió a esa familia? La codicia, muchas veces unida a otros pecados, mentira, orgullo, lo que sea. Entonces tenemos que darnos cuenta. Tenemos que darnos cuenta, mis hermanos, de cómo en el mensaje de la denuncia hay también una semilla de reconciliación. Y el que quiere que el pecado salga de tu vida no quiere simplemente que te sientas mal por lo que hiciste, sino que empieces a sentirte bien, verdaderamente bien, por el camino de reconciliación que se abre cuando quitamos el pecado de nuestras vidas. Un detalle pequeñito, un detalle muy importante del nuevo Elías y un detalle que nos ayuda a redondear hermosamente nuestro tiempo de Adviento.

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