Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El adviento quiere quitar de ti lo que no eres tú ni es tuyo.

Homilía v23d011a, predicada en 20141223, con 5 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Está bastante clara la relación entre la primera lectura y el evangelio de hoy. La primera, tomada del profeta Malaquías, nos habla de ese mensajero que Dios envía delante de sí. Envío mi mensajero delante de mí, dice el Señor. En el capítulo tercero del profeta Malaquías. Y en el Evangelio encontramos el nacimiento de Juan Bautista, que es el mensajero que va delante de Cristo. El nombre que le damos a Juan Bautista es precisamente el precursor. Esa es la relación que hay entre las dos lecturas. Una palabra que aparece en la primera lectura quizás merece nuestra atención, se le llama a este mensajero, aquel que tiene que purificar.

Purificar la manera de prepararse para la visita de Dios es a través de la purificación, y dos imágenes sirven para describir esa tarea de purificación, el fuego del fundidor y la lejía, una especie de jabón rústico fuerte que utiliza el lavandero, así como la lejía tiene que quitar lo que es grasa y mugre de la ropa, así como el fundidor quita la escoria del metal, así también la tarea del mensajero. La tarea del precursor es quitar aquello que estorba, aquello que no pertenece a aquello que no es. Buena cosa preguntarnos, en estos días finales del Adviento, ya prácticamente a las puertas de Navidad. Buena cosa preguntarnos, ¿Qué hay que quitar de nuestra vida? Porque lo que tienen en común estas dos imágenes, la del fundidor y la del lavandero, es que le quitan al metal o a la ropa, le quitan lo que sobra.

A veces pensamos que Dios viene a poner muchas cosas, a traer muchas cosas a nuestra vida, y es verdad, porque Él trae abundantes bendiciones, pero probablemente para traer su cargamento de bendiciones. Dios quiere en primer lugar, quitar de nuestra vida tantas cosas que estorban.

Hay pensamientos que llegaron a nuestra cabeza y se quedaron y que no nos sirven para nada, los pensamientos de resentimiento, ¿De qué sirven?, los pensamientos de culpabilización, esos pensamientos de autocastigo. Yo no sirvo para nada, yo no lo voy a lograr, a mí todo me sale mal. Esos pensamientos ¿Para qué sirven? Los pensamientos obscenos, vulgares, precisamente los que llamamos impuros. ¿Para qué sirven? Además de quitar la paz, además de dañar el corazón, además de ser una tentación para solteros, casados, consagrados, ¿Para qué sirven esos pensamientos? Hay que quitarlos, de nuestras palabras hay mucho que quitar.

Cuántas palabras inútiles decía Catalina de Siena: El uso de la palabra es para tres cosas, para acusar los propios pecados, para edificar al prójimo y, sobre todo, para glorificar a Dios. Si yo aplico ese filtro a mi boca, ¿Cuántas palabras tendría yo que quitar porque son inútiles o porque son perjudiciales? Porque son calumnias, porque son difamaciones, porque son chismes, cosas que no me constan, hay que quitar esas palabras. ¿Cuánto hay que quitar de mis obras, de lo que yo hago? Cosas que no traen sino vergüenza o cansancio, o que son simplemente dañinas.

Queda poco tiempo, pero este tiempo lo podemos aprovechar bien. Tiempo para quitar de mi horario, para quitar de mi cronograma, para quitar de mi pensamiento y para quitar de mis palabras tantas cosas que no agradan a Dios, de manera que sea su obra, sea su belleza, sea su plan el que brille en mi vida.

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