Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La memoria habla de fidelidad, y el futuro habla de promesa. En el ministerio de Juan tendrán que reunirse esas dos dimensiones.

Homilía v23d008a, predicada en 20101223, con 8 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Compartamos una reflexión sencilla pero que creo muy hermosa sobre ese cambio de nombre que aparece en el Evangelio de hoy. Según algunas explicaciones, el nombre Zacarías significa, El Señor recuerda o Yahvé recuerda y el nombre Juan significa, El Señor se compadece o se ha compadecido. Es decir, que en ese cambio de nombre hay también un tránsito desde la memoria hacia la misericordia. El Señor recuerda, es un modo de aludir a la fidelidad de Dios, pero también a la fidelidad que él espera.

Precisamente en el nombre Zacarías está esa idea de una alianza que es perpetua, una alianza que Dios sostiene, que él cumple y que él espera que cumplamos. Por el contrario, en el nombre Juan, la idea es la de la compasión. Podemos decir es, el Dios que entiende nuestros fallos, no los justifica, pero los comprende, no los aprueba, pero tampoco se detiene por ellos. Y yo creo que ese es el cambio que muchas veces nosotros en nuestra vida también necesitamos. Necesitamos descubrir y necesitamos recibir al Dios que se compadece al Dios que siendo fiel, él mismo sabe comprender, sabe entender los límites de la fidelidad humana porque conoce de qué barro estamos hechos.

Entonces, el primer pensamiento para hoy es que Zacarías descubre los límites de su propio nombre. Zacarías descubre que lo que está sucediendo va más allá de su propia vocación. Y es interesante porque eso indica que el mundo de Zacarías se había reventado por utilizar una imagen. Zacarías se da cuenta que en los términos estrictos de la alianza, él no tiene nada que presentarle a Dios. Como dice el Salmo ciento treinta de la numeración de la Biblia, Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿Quién podrá resistir?.

En el terreno del simple recuerdo, en el terreno de la memoria y de la alianza, y de lo esperado y lo estipulado, el ser humano finalmente queda mudo, como Zacarías, en el terreno de las cláusulas de un contrato, lo único que le queda al ser humano es ese silencio lleno de confusión y de vergüenza. El silencio de Zacarías. Pero Dios rompe ese silencio, Dios nos saca de esa confusión y de esa vergüenza, y nos saca con el lenguaje de la compasión, con el lenguaje de la misericordia.

En segundo lugar, observemos que este paso de la memoria a la misericordia no solamente tuvo que darlo Zacarías, sino que de alguna manera tenía que darlo todo el pueblo. Porque resulta que lo que ellos esperaban del día del Señor, según consta en la profecía de Malaquías, lo que ellos esperaban era algo espantoso, algo terrible, era el día de la estricta cuenta, era el día de la memoria minuciosa. Es decir, ellos leían el día del Señor desde el ángulo del nombre Zacarías, es decir, desde el ángulo estrictamente de la memoria, la alianza y el contrato, y así miraban el día del Señor.

Pero resulta que cuando llega ese día del Señor, cuando se manifiesta la hora de Dios, se manifiesta de un modo muy distinto, más en la clave, evidentemente, de la compasión y de las entrañas misericordiosas de nuestro Señor Jesucristo. Es decir, que también el pueblo tuvo que hacer ese camino que había hecho Zacarías para descubrir al Dios de la misericordia. Pero lo más hermoso está en que esa transición se describe con la reconciliación entre los padres y los hijos. Esta será la misión propia de Juan, que lleva el nombre compasivo de Dios como propio. Dice el profeta Malaquías que este este nuevo Elías, o sea Juan Bautista convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres.

Hay varias interpretaciones, todas muy bellas de esa frase, un poco misteriosa, pero indudablemente está mostrando que los hijos se reconcilian con los padres porque participan de las mismas promesas y los padres se reconcilian con los hijos porque los padres participan de la misma esperanza. Lo propio de los hijos es la vida nueva, es el futuro, es la esperanza. Lo propio de los papás es la alianza antigua, la firmeza de Dios es el pasado. A Juan le corresponde de alguna manera amarrar ese pasado de fidelidad con ese futuro de esperanza.

Y yo creo que ahí está descrito el caminar del pueblo de Dios, y está descrito también lo que nosotros hemos de ser los verdaderos renovadores de la vida en la Iglesia no son los que se aferran solamente al pasado y condenan todo lo nuevo. Tampoco son los que creen que la Iglesia empezó la semana pasada o que empezó con el Concilio Vaticano Segundo, o que empezó cuando empezó el movimiento al que ellos pertenecen. Los verdaderos cristianos no son los que se apegan ni a un presente ni a un futuro, por más promisorio que se vea, ni a un pasado, por más glorioso y claro que se tenga, sino los que saben amarrar, los que saben trenzar ese pasado con ese futuro y así pueden descubrir la belleza de la vocación de los papás en quienes brilla la fidelidad y la belleza de la vocación de los hijos, en quienes brilla la esperanza.

La predicación, entonces, de la misericordia no está desprendida completamente de la predicación de la memoria. Zacarías y Juan, hasta cierto punto son como las dos caras de una misma moneda y hasta cierto punto, estos dos nombres permanecerán en el ministerio del Bautista. Estamos a las puertas de la gran celebración del nacimiento de nuestro Señor. Pidamos al Padre Celestial que cada uno de nosotros pueda hacer ese ejercicio de juntar un pasado de alianza y de unos votos que se han hecho y de unos propósitos que se han tenido y de unas costumbres que uno ha conocido.

Que todo eso lo podamos juntar en la compasión de Dios, junto con las semillas nuevas, los estilos nuevos, las esperanzas y las vocaciones nuevas, de modo que también nosotros podamos hacer esa transición del Antiguo al Nuevo Testamento, que será la transición perpetua de la Iglesia hasta el retorno del Señor.

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