Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Desde el principio hasta el final, la vida de Jesucristo estuvo marcada por las consecuencias de nuestros egoísmos y pecados.

Homilía v23d006a, predicada en 20091223, con 19 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, en la primera lectura de hoy se menciona un término que resuena varias veces en el Antiguo Testamento, siempre con un acento solemne, grave, casi diríamos asustador. Se trata del día del Señor. El profeta Malaquías habla del día del Señor y tantos otros profetas mencionan ese día del Señor. Creo que para comprender el lugar de Juan Bautista y la misión misma de Cristo, necesitamos decir algo sobre este día del Señor. Las palabras que utilizó Malaquías fueron las siguientes: ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor. Una lejía de lavandero. Un día de purificación. Un día para refinar a la casa de Dios.

Como el metal es echado en el horno a alta temperatura para separar la escoria del metal, bueno, así nos dice Malaquías que va a ser el día del Señor. Y ¿De dónde viene esta expresión? Pues viene de la paciencia que Dios ha tenido con el mundo. Y yo creo que esa paciencia de Dios la podemos comprender un poco si pensamos en la impaciencia que a nosotros nos da ver tantas injusticias que pasan en esta tierra. Cada vez que uno pregunta ¿Dónde está Dios? Ahí está preguntando uno, ¿Cuándo vendrá Dios?, ¿Cuándo será su día? Porque cada día tiene su dueño.

Hay días que uno siente que le pertenecen a los mafiosos porque hacen lo que, se les da la gana. Hay días que parece que pertenecen a los corruptos porque se burlan de las leyes. Hay días que parece que pertenecen a los viciosos porque se emborrachan a placer o se drogan cuanto quieren. Hay días que parece que pertenecen a los mentirosos, porque el imperio de la apariencia oscurece la verdad de las cosas. Cada día tiene un dueño. Pero, esos dueños no nos gustan, no nos gusta el día en que sale triunfante el astuto, el perverso, el violento, no nos gusta que se pueda insultar impunemente el nombre de Dios. No nos gusta que se pueda maltratar a los pequeños, a los pobres y nada suceda.

Y entonces nos preguntamos ¿Dónde está Dios? Y también nos preguntamos ¿Cuándo Dios se acordará de su pueblo?, ¿Cuando Dios hará justicia? Realmente es una preocupación que tiene mucha gente y es una preocupación tan grande que algunos llegan incluso a tambalear en su fe. Otros llegan al extremo de negar que exista un Dios. ¿Cómo puede haber un Dios si hay niños que mueren de hambre? ¿Cómo puede haber un Dios si hay catástrofes naturales que dejan a tantos sin hogar? ¿Cómo puede haber un Dios si hay enfermedades espantosas que nos llenan de sufrimiento y que traen una sombra oscura a la vida? Incluso esas personas, las personas que llegan a negar la existencia de Dios, de algún modo están hablando de esto mismo.

Están hablando del día del Señor, porque es como si ellos dijeran ya lo esperé demasiado y no llegó ya prefiero no esperar a Dios. El día del Señor, el día de su gloria, el día de su triunfo, el día en que aparezca su justicia. Pero uno se da cuenta, por supuesto. Que ese día del Señor, tendrá consecuencias para todos. Si un día Dios se pusiera realmente a ajustar las cuentas, tendría que suceder lo que dice Malaquías. Sería como un fuego, un fuego purificador. Dios tendría que pedirle cuentas al sacerdote y decirle qué pasó con lo que yo te di, hermano. La ciencia, el conocimiento que te di, lo pusiste al servicio de mi gente. Las manos que yo te ungí, las utilizaste para bendecir, para perdonar, para consagrar. El corazón que yo te di se convirtió en tu altar donde ofrecías la ofrenda de tu oración. Estoy seguro que muchos sacerdotes, ante estas palabras pronunciadas por el mismo Cristo, sentiríamos temor.

Yo creo que muchos nos quedamos muy cortos en esa medida, pero no le iría mucho mejor a otros. ¿Cuántos padres de familia tendrían que responder ante Dios por lo que han hecho de sus hijos? Le enseñaste muchas cosas a tus hijos, pero no les enseñaste que ellos eran en primer lugar, Hijos míos, dice Dios. Cuántos papás se preocupan de que el hijo tenga buena salud, buen estudio, buen colegio, que aprenda dos o tres idiomas, que sepa manejar computadores, que tenga la última tecnología y no se preocupan de que ese niño desde su tierna infancia, aprenda a reconocer a su Hacedor. Dios si se sentara a pedir, cuenta estricta, cada uno de nosotros creo que pasaría lo que dice Malaquías. Sentiríamos temor, nos quedamos cortos. Esa es la gran conclusión nuestra humanidad.

Seamos padres de familia, profesores, médicos, abogados, sacerdotes, religiosos, todos nos quedamos cortos, no hemos dado la medida. Y como este mundo en el que vivimos no lo hicimos nosotros y como la vida que tenemos no nos la dimos nosotros, sino que hay uno que es el dueño de la vida y del universo, sabemos que habrá ese día, ese día de la cuenta. Y eso fue lo que anunciaron los profetas.

Ahora ya sabemos un poco más qué quiere decir el día del Señor. Pero es un poco extraño, porque ese día del Señor se supone que iba a ser un día en el cual iban a aparecer todas las consecuencias de nuestras maldades, de nuestros pecados, de nuestras deficiencias, de nuestras incoherencias. Con la descripción que hace Malaquías, lo mismo que con la descripción que hace Joel o que hacen otros profetas. La conclusión a la que uno llega es, en ese día va a parecer como si se abriera el corazón, van a aparecer las miserias, van a aparecer las llagas, va a aparecer todo el pecado del mundo.

Y uno dice: Sí, ese es el día del Señor, qué tiene que ver ese día con la Navidad. Porque ya estamos a veintitrés de diciembre, ya casi que podemos decir estamos a unas horas de la celebración de la Navidad. ¿Qué pasó con el día del Señor? Pues pasó, pasó que ese día del Señor, el día de la justicia llegó. Y apareció todo el pecado del mundo, y el mundo fue juzgado, y el príncipe de las tinieblas fue expulsado, y quedó a la vista de todos, la obra del pecado. Y dónde sucedió todo eso que no me di cuenta, sucedió en la carne de Jesucristo. El día del Señor sí que llegó, llegó el día del Señor, llegó el momento del ajuste, llegó el momento en el que apareció toda la maldad del mundo y el momento en el que apareció toda la bondad de Dios. Y ese momento fue el momento de la cruz en la carne de nuestro Señor Jesucristo. Quedaron labradas nuestras miserias, quedaron tatuados, nuestros errores quedaron perforando sus manos y sus pies y su costado nuestros pecados.

La carne que recibió nuestro Señor Jesucristo, esa carne que fue tomada por Dios de la Santísima Virgen María, esa carne, esa existencia que Él recibió y que va a ser nuestra delicia en el pesebre, esa carne la recibió para padecer por nosotros. Desde el principio de su existencia, desde las dificultades para encontrar un sitio para el parto hasta las dificultades para encontrar una tumba en la sepultura. Desde el principio hasta el final, la vida de Jesucristo estuvo marcada por las consecuencias de nuestros egoísmos, de nuestros pecados. En las llagas de Jesús, en las huellas de los clavos, en la corona de espinas, ahí está la realidad del día del Señor. Él, por obediencia amorosa al Padre Celestial, recibió sobre sí mismo las consecuencias de modo que nosotros pudiéramos ser liberados del pecado.

Eso es exactamente lo que decimos en la Misa. En cada misa decimos: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Lo quitó, Él quitó el pecado del mundo. Sí que lo quitó, lo quitó y lo puso. ¿Dónde? Lo quitó y lo puso sobre su carne. La carne que recibió en la encarnación la entregó en la crucifixión. La carne que recibió de María, esa carne bella de este bebé primoroso que nos fascina, que nos enamora en el pesebre. Esa carne que recibió de María, se la entregó después a María. Pero qué diferencia, cuando nace este bebé de las purísimas entrañas de la Virgen, su carne es inmaculada, tanto y más que la de cualquier bebé. Carne bellísima del Hijo de Dios, limpia, perfecta, sonrosada, tierna. Esa fue la carne que María le dio a Jesús. ¿Y cuál es la carne que Jesús le devuelve a María después de la cruz? Es la carne estrujada, abusada, rota, la carne que ha recibido, el impacto, que ha recibido las consecuencias de tus pecados y de los míos.

Y aquí se ve algo del corazón que podemos llamar sacerdotal de la Santísima Virgen, porque ella ofrece el Hijo en el pesebre y ella ofrece al Hijo en la cruz. ¿Qué podemos aprender nosotros de este día del Señor? Podemos aprender que la Navidad es alegre, pero no es juego. Que dicha, que gozo que haya venido Jesús. Qué hermoso, qué lindo es, pero qué serio es lo que está sucediendo. Cristo entregó por nosotros todo lo que recibió de nosotros. Por eso también quiso morir desnudo en la cruz, porque todo lo que recibió, lo entregó y solo lo recibió para entregarlo. Ese es el sentido de la Navidad.

Cuando veamos a este niño en el pesebre, cuando nos dejen extasiados sus ojos, su sonrisa, sus mejillas, sus labios, cuando sintamos una oleada de amor y de ternura y abracemos al bebé, al niño Dios. Tenemos que recordar, teniéndolo aquí en los brazos. Gracias, Jesús, todo lo que recibiste de nosotros, lo entregaste por nosotros.

Y así nos enseñaste, qué significa la palabra amor. Amar es eso, amar es ser como Jesús, amar es dar la vida por el amigo. Y él nos trató como amigos. Y todo lo que recibió de nosotros lo entregó por nosotros. Y cuando veamos a Cristo en la cruz, entenderemos que lo que le sucedió a Él era lo que tenía que haberme sucedido a nosotros. A Él le sucedió el día del Señor, que era lo que tenía que habernos pasado a todos nosotros. Si permanecemos adheridos a Jesucristo, estamos libres de toda condenación.

El que, habiendo conocido al Señor, se aparta de Él, se lanza nuevamente al fuego de fundidor, a la lejía de lavandero. Pero unidos a Jesús como cuerpo suyo y sangre suya, unidos a Jesús como miembros de su rebaño, unidos a Jesús como miembros de su cuerpo, ningún daño podrá realmente trastornar la herencia que Él nos ganó a precio de su sangre.

Está cerca la Navidad, ustedes y yo vamos a llorar de alegría cuando veamos al niño. Pero ya sabemos para qué viene ese niño, ya sabemos cuál es su camino, ya sabemos que Él, es el hombre, el varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos. Por Dios, a qué niño le ha tocado lo que le tocó a Jesús. Miremos a ese niño, adoremos a ese niño. Y al sonreírle y decirle gracias, entendamos que todo esa, toda esa inocencia, toda esa bondad y ternura del pesebre, son la misma inocencia, la bondad y ternura de la cruz, donde Él entregó por nosotros lo que recibió de nosotros.

Que la gloria sea para Él. Que nuestro amor y nuestra gratitud sea para Él. Solo Él merece que entreguemos nuestro corazón y junto con Él nos ofrezcamos al Padre Celestial. El que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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