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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El que tiene experiencia, ábrase a la novedad de Dios, y el que tiene esperanza, con humildad aprenda del que tiene experiencia.
Homilía v23d005a, predicada en 20081223, con 32 min. y 25 seg. 
Transcripción:
Hermanas muy amadas, cada Eucaristía es un regalo, cada Eucaristía es la donación entera de Dios en la persona de su amado Jesucristo. Y es también nuestra donación completa y perfecta en este Hijo para la gloria del Padre. Pero como que se siente más ese regalo en ciertas circunstancias, como es para mí venir a celebrar a esta casa de oración, donde también presidí por primera vez la Eucaristía, de lo cual hace ya bastante más de dieciséis años. Le doy gracias al Señor por la vocación que nos une, por las plegarias que se levantan en este templo y le pido a Dios que por los méritos de su preciosa Sangre, nos conceda la conversión que necesitamos. En verdad, este tiempo de Adviento es especialmente propicio para hablar de esa conversión. Y tal es el tema de la primera lectura en la cual quisiera yo poner sobre todo el énfasis en el día de hoy. Se trata de un texto conocido o mejor, un par de textos tomados del capítulo tercero del profeta del profeta Malaquías. Como el Evangelio de hoy nos cuenta el nacimiento de San Juan Bautista, un hecho de tanta importancia en la preparación del nacimiento mismo de Cristo. Lo más común, lo más normal, es que se predique del Evangelio y así lo hemos hecho muchas veces. Pero también estará bien que alguna vez dediquemos atención a esa primera lectura, porque la Iglesia, nuestra madre, tiene que haber tenido un buen motivo para dejarla ahí, tan cerca de la fiesta del nacimiento de Cristo. El profeta Malaquías está anunciando la llegada de la redención. Se trata de la renovación de la alianza. Y hay una serie, podríamos decir de condiciones, una serie de características de la preparación para la llegada del Señor. Tomemos los versículos mismos de ese texto y descubramos ahí cómo podemos culminar todo este Adviento, culminar nuestra propia preparación para la fiesta de la Natividad. Se habla aquí de un fuego de fundidor, se habla de una lejía de lavandero y se trata de refinar, se trata de purificar, se trata de limpiar la plata y el oro. Esta es la primera imagen que nos ayuda a mirar nuestro propio proceso. Nos preparamos para el Señor refinando, purificando. Obsérvese que se habla aquí de metales nobles, la plata y el oro son metales que ya son valiosos en sí mismos, pero necesitan ser purificados. Así también nosotros, por supuesto que somos valiosos, cada uno de nosotros es precioso ante Dios, pero eso no significa que no necesitemos esta purificación. Al contrario, nos recuerda en algún lugar la primera carta de San Juan El que ama a Dios, el que tiene esta esperanza en Dios, se purifica a sí mismo. Ya somos preciosos, ya somos como plata y oro, pero necesitamos esa purificación. Y obsérvese que estas dos comparaciones el fundidor que refina la plata y el oro, o el lavandero que utiliza la lejía sobre la tela que está sucia, la ropa que está sucia, ¿Qué es lo que hacen en cada caso? Pues lo que se hace con la ropa es quitarle lo que sobra, quitarle lo que estorba, quitarle lo que no es propio de ella, usualmente decimos el mugre, la suciedad. Lo que uno necesita para vestirse es ropa, no mugre. Entonces la lejía lo que hace es quitar lo que estorba, quitar lo que no es propio de la ropa. Y lo mismo es el proceso de refinación de la plata y del oro. Un buen fundidor, un buen orfebre, por ejemplo. Lo que tiene que hacer al limpiar el oro es quitarle lo que no es oro. Purificar es quitar lo que es ajeno, lo que no es propio, por ejemplo, la purificación de una monja de clausura, la purificación de una vocación contemplativa, consistirá en dejar de lado lo que no es conducente, lo que no ayuda, lo que no sirve para el propósito por el cual uno ingresó al monasterio, esa es la purificación. La purificación en el amor de los esposos consistirá en quitar todo aquello que distraiga o estorbe del propósito por el que un día se unieron para fundar un hogar ante Dios. Entonces, el primer llamado que recibimos hoy, llegando al final de este Adviento, es recordar que somos preciosos, valiosos, pero necesitamos esta purificación. Necesitamos el esfuerzo consciente de arrancar de nosotros, de quitar de nosotros lo que no ayuda a nuestro, a nuestra respuesta a Dios. Sabemos que toda vocación es respuesta y sabemos que toda vida es vocación. De lo que se trata entonces, es de hacer de nuestra vida ese proceso de purificación que deja a la luz, que saca a la luz el designio que Dios tuvo para nosotros. Sin embargo, hay un aspecto aquí en lo de esta pureza que vale la pena destacar, y es que finalmente quien realiza esta pureza es el mismo Señor, el fuego que le precede. Purificarse, por supuesto, es un acto de voluntad, porque Dios no va a destruir su propia obra. Y si él nos hizo seres libres, él no, nos va a obligar a ser puros en su presencia, él respeta, por así decirlo, la voluntad que él mismo dio. En ese sentido, purificarse es un acto nuestro, pero en otro sentido, purificarse es un acto de Dios. El oro no tiene la capacidad de arrancar del todo la escoria, necesita una ayuda externa, esa ayuda es el fuego. El oro no arde por sí mismo, necesita un fuego que viene de fuera. Y ese fuego es el que poco a poco hace posible que salga del oro la escoria. Siguiendo esa comparación, también nosotros necesitamos someternos al fuego. Aquel que quiera purificarse necesita someterse al fuego. No en vano la Escritura ha comparado el amor, sobre todo el amor intenso, con amor que es fuego. Por algo se habla de un amor ardiente, porque arde, porque quema. Pues nosotros tenemos que someter nuestro pequeño amor al gran amor, tenemos que insertar, tenemos que encerrar la pequeña llama de nuestro amor en la inmensa llama del amor Divino. El fuego tiene algo de brillo, pero no brilla tanto como el fuego. Porque si uno tiene oro en una habitación oscura, pues nada brilla de ese oro. El oro no tiene luz por sí mismo, necesita de una luz para brillar, así también nosotros tenemos que someternos al fuego de Dios, el acto de purificación no es pura resolución de la voluntad, esta no es una tarea solamente humana. El acto de la purificación es sobre todo ese rendirse, ese amoroso someterse al amor, ese declarar la victoria del fuego de Dios en nosotros para qué se adueñe de nosotros y para que sea él quien finalmente nos purifique. Luego se nos habla del profeta Elías, este será el segundo elemento en nuestra reflexión hoy. Se envía al profeta Elías, recordemos que Elías es un profeta como un fuego. Y aquí enlazan las dos imágenes la del orfebre y la del profeta Elías. Nos dice, El libro eclesiástico es un profeta como un fuego, pero además, Elías es el profeta de la fe verdadera, es el profeta de la perseverancia en la soledad, es el profeta de la fidelidad exquisita y podríamos decir arriesgada hasta las últimas consecuencias. En un tiempo en el que masivamente el pueblo de Dios apostató. En una época en que todos dieron la espalda, Elías, aún a riesgo de su propia vida, se mantuvo fiel y proclamó los términos de la alianza, por decirlo de algún modo, defendió los derechos de Dios. Algo así necesitamos nosotros para prepararnos a recibir el regalo, el inmenso regalo que es Cristo Jesús sobre nuestra tierra. ¿De qué modo? Pues, si Elías perseveró en soledad, quiere decir que su guía no fue la opinión pública. El que quiera seguir la opinión pública, nunca encontrará la opinión de Dios. El que quiera seguir la voz de todos, nunca encontrará la voz del Altísimo. No se puede componer mil ruidos para hacer un discurso, solo en el silencio, en la oración, en la escucha y en el deseo explícito de agradar al único Dios. Podemos seguir el ejemplo de Elías y podemos prepararnos realmente para acoger a Jesucristo en términos aún más concretos. Esto implica que nosotros no podemos esperar a que todo el mundo se convierta para convertirnos nosotros. No podemos esperar a que esté de moda la santidad para pensar en ser santos. No podemos esperar a que haya un acuerdo general y a que sea bien visto. Nos toca a cada uno, nos toca, como a Elías, emprender un poco la marcha en solitario. Y de esto sí que tienen que saber los monjes y las monjas si su corazón es fiel a su vocación. Emprender la marcha en solitario no quiere decir que despreciemos a los demás, sino que nos damos cuenta que ellos están tan necesitados o en algunos casos más necesitados que nosotros. Entonces, con sabiduría aceptamos que uno solo es el redentor y que no podemos tener muchos redentores o muchos salvadores, sino que hay que aprender a esperar de Dios. Esto es difícil, esto cuesta trabajo, a unos temperamentos les cuesta más que a otros. Hay personas que por una especie de inseguridad temperamental, les cuesta trabajo tomar cualquier resolución que no sea directamente aprobada, aplaudida o de buen gusto para otros. Esta clase de personas están siempre mirando a su alrededor, buscando una aprobación, buscando un gesto de simpatía o de apoyo. Esta especie de pusilanimidad, esta especie de cobardía o cortedad espiritual, indudablemente le quita mucha fuerza al proceso de la conversión. Y es triste decir que no faltan corazones que descubren el amor de Dios, pero sí que hacen falta corazones que puedan arriesgarlo todo por él, incluso cuando no está esa aprobación, esa sonrisa de todos diciendo: Oye, lo estás haciendo muy bien. Para estas personas es difícil seguir el ejemplo de Elías porque su temperamento es un poco cobarde, quizás son personas gregarias. Si hubieran nacido en otro siglo en el que la observancia regular fuera estricta y la oración fuera fervorosa, y la liturgia inmaculada, y el trabajo manual como una prolongación de la Eucaristía. Estas personas serían estrellas maravillosas de santidad, pero como han nacido en cambio, en este otro tiempo lleno de dudas, este tiempo donde hay tantas mediocridades en todos nosotros, entonces el temperamento gregario de esta clase de gente hace que no terminen de dar el paso adelante, aunque ellos mismos sienten la moción del Espíritu y saben qué es lo que hay que hacer. Pero una cadena de respeto humano, una especie de cobardía, les mantiene reprimidos y no dejan asomar ese fuego de amor que en realidad sí que tienen. Para otras personas, el obstáculo es distinto, en cierto modo es opuesto, hay gente que gusta del protagonismo, hay gente que le gusta sentir que lidera, hay gente que siente ese síndrome de la primera piedra y del letrero y de yo fui quien cambió la historia de este monasterio y yo marqué un antes y un después. Y ese protagonismo, a veces revestido con un barniz de espiritualidad y con un barniz de oración y con una apariencia de celo, muchas veces tiene en realidad una estructura de pura vanidad. Y se nota que hay vanidad, cuando una persona quiere una reforma pero no se le puede tocar. Son las personas intocables, quieren lo mejor para Dios, adoran, por supuesto, con todo su corazón al Señor, pero es tanta la unión que sienten que ya tienen con Dios, que también ellos mismos se vuelven intocables. Entonces a esta gente no se le puede contradecir, a esta gente es difícil ordenarle cualquier cosa porque ellos son los visionarios, ellos tienen el mapa completo, ellos tienen el liderazgo pleno, eso no fue Elías. Elías no cayó ni en el extremo cómodo de ser gregario, a ver, esperemos cuando todos se conviertan, yo me convierto, pero Elías tampoco cayó en esa clase de protagonismo. Bien, le vemos gemir, llorar, clamar, asustado, cansado, en la cueva, en el Horeb, sintiendo que su propia vida es como la de los demás. Y recordemos de ese primer libro de los Reyes, como Elías dice, No soy más que mis padres. Con esa frase queda claro que él mismo no se sentía protagonista de nada. Sí, él estaba sosteniéndose en la pura fidelidad a Dios, no era por amor a su rol dentro de la historia, sino por amor ardentísimo a la causa del Señor de los ejércitos. Entonces este es el segundo elemento, Elías. Elías que nos invita a la fidelidad dentro de la humildad, al celo, sin protagonismos, al deseo absoluto de Dios, pero sin dejar que la impureza de la vanidad, la soberbia o el temperamento agresivo aplaste lo que estamos tratando de hacer. Porque si no se va a cumplir aquí lo que dice el refrán aquél, lo que hizo con la mano, lo borró con el codo. Tratamos de hacer cosas buenas, pero luego resulta que con nuestra vanidad, con nuestra manera de imponernos a los demás, estamos borrando lo mismo que estamos haciendo. La verdadera reforma, aquella que dura no es la que hace escándalo, sino la que trae la música y la palabra del Señor a los corazones. La última parte, el tercer y último punto que deseo compartirles, está en los últimos versículos de la lectura de hoy de Malaquías. El papel, el trabajo que tendrá que hacer este Elías del cual nos dijo Jesucristo, que Elías ya vino y lo trataron como quisieron, y así los apóstoles aprendieron que se refería a Juan Bautista. El trabajo de Elías, que en realidad será el trabajo de Juan Bautista, es ¿Cual? Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir yo a destruir la tierra, y así termina la lectura de hoy. Bueno, esa última, esa terminación para que no tenga que venir yo a destruir la tierra, digamos que es más o menos comprensible. Es evidente que si la humanidad entra en rebeldía, lo único que le puede esperar es el desastre, eso lo entendemos. Pero yo puedo apostar, que llevamos muchos años oyendo esta frase de Malaquías y quizás no la hemos reflexionado suficientemente. Mira el papel de Elías, o digo mejor el papel de Juan Bautista, o digo mejor la tarea que también nos toca a nosotros en la preparación final para el nacimiento de Cristo. Repito los versos fundamentales: Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, esa frase es bien extraña. Porque aquí se dice que esa es la manera de preparar un pueblo que dará la ofrenda como es debido. Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres. Que yo me acuerde, puedo estar equivocado, este es el único lugar de la Escritura donde aparece una expresión así. Porque cuando se habla de conversión en la Escritura, no es verdad que siempre se habla de conversión hacia Dios. En cambio, aquí se dice convertir el corazón de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres. Y dice uno bueno, y ¡Dónde queda Dios ahí? Ante todo hay que saber que ese versículo o ese texto no lo podemos aislar de lo que venimos reflexionando. Es claro que si se trata de la tarea de un Elías, y si este Elías brilla sobre todo por su fidelidad al Señor y a la alianza con el Señor. De algún modo se presupone que la conversión de la que está hablando, pues sucede en el contexto de la alianza y por eso tiene como último referente a Dios. Pero eso no quita la extrañeza de esa frase, ¿Por qué es necesario que los padres se vuelvan hacia los hijos? Ah, ya con ese verbo entendemos un poco más, recordemos que convertirse lo que significa originalmente es eso volverse a dirigir la atención A. En cierto sentido, convertirse también es recibir la luz, la inspiración, la dirección que otro marca, convertirse también es atender a lo que alguien tiene que decir. Por ejemplo, cuando uno habla y las personas vuelven la mirada hacia uno, pues eso es como el convertirse, de eso se trata, ese es el origen de esa palabra. Intentemos mirar esta frase de este modo. Os enviaré al profeta Elías, él hará que el corazón de los padres se vuelva hacia los hijos y el corazón de los hijos se vuelva hacia los padres, o qué tal esta, Que el corazón de los padres aprenda de los hijos, que el corazón de los hijos aprenda de los padres. Que el corazón de los padres encuentre una luz y una guía en el corazón de sus hijos, y que el corazón de los hijos encuentre una guía en el corazón de sus padres. Estas últimas traducciones extremadamente libres, lo admito. Estas últimas traducciones nos ayudan a entender lo que está en juego aquí. Hay una gracia, hay una luz, hay un tesoro que es propio de los padres. Y hay otra gracia o tesoro que es propio de los hijos, y es necesario que ninguno se aferre a su propio tesoro, sino que sea capaz de aprender y recibir del tesoro del otro. Esto vale siempre en el contexto del pueblo de Dios, pero aquí se refiere a los padres y los hijos. En la Biblia, el tesoro propio de los mayores, el tesoro propio de los padres, es la experiencia. Venid, hijos, escuchadme, os instruiré en el temor del Señor, dice el Salmo. Lo propio de los padres es la experiencia, lo propio de los jóvenes, en cambio, es la vitalidad, es la esperanza, es el entusiasmo. Bueno, qué tal que tomáramos esas dos palabras que empiezan por la letra E, la experiencia y la esperanza. Aquel que tenga, entonces lo que está diciendo este texto es aquel que tenga mucha experiencia, déjese contagiar de esperanza y aquel que tenga mucha esperanza, déjese guiar por la experiencia. Es bellísimo y eso es lo que necesitamos, por ejemplo, en una comunidad, en toda comunidad siempre hay gente de experiencia, pero el problema de la gente de experiencia a veces es que ya siente que lo ha probado todo. Entonces se vuelven escépticos, entonces miran a la distancia y cualquier esfuerzo por cambiar las cosas dicen, Eso ya se probó en tiempos de no sé quién, eso ya se hizo aquí, ya hemos probado todo, cánsese usted que yo ya me cansé primero, ya aquí ya se ha hecho todo. Eso es el que absolutiza la experiencia, pero se blinda frente a la esperanza, no recibe la esperanza, se encierra en su tesoro de experiencia, yo lo sé todo, yo he visto lo que nadie más ha visto, yo ya peino canas, pues deseablemente queda todavía que peinar, yo tengo experiencia, yo sé lo que tengo, yo sé lo que valgo, yo soy el que sé. Así no va a llegar la salvación, tampoco va a llegar la salvación si aquellos que tienen la vitalidad y que tienen la esperanza se encierran en su esperanza y dicen nosotros somos los nuevos, nosotros somos la sangre nueva, aquí lo único que hay que esperar es a que se acabe de morir esa generación terca, esa generación que no comprendió la vocación dominicana. Como decía un padre amigo mío, cuando él estaba terminando sus años de formación en el seminario, llegó a una conclusión, encontró qué es lo que falla en el mundo, o sea, no encontró poca cosa, encontró ¿Cuál es el error del mundo?, ¿Dónde está el error de la humanidad y de la Iglesia? El error de la humanidad, llegó él a esa conclusión, el error de la Iglesia es hasta ahora los sacerdotes no han sabido predicar. Imagínate eso, ese es un descubrimiento inmenso. Claro, no ha funcionado la Iglesia, ¿Por qué no funciona la Iglesia? Porque no funciona el mundo, porque hasta ahora, como quien dice, todo lo anterior, tiempo perdido. Esa pobre gente no sabía lo que hacía, hay que tenerles conmiseración y hay que esperar a que descansen en la paz de los justos. Ahora que ya queda esa otra generación atrás, nosotros, los nuevos, nosotros qué somos los de última hora, nosotros que tenemos la fuerza y tenemos las ganas, nosotros somos los dueños del futuro. Por supuesto, semejante discurso presuntuoso comete un error fundamental, y es que ni siquiera se da cuenta que cuando veinticinco jóvenes conforman un movimiento revolucionario no está sucediendo una revolución, sino veinticinco revoluciones. Porque en realidad cada uno de ellos está pensando algo distinto. Y déjalos juntos un momento y empezarás a ver cómo pelean de bueno y cómo ellos vuelven a tener que tomar las mismas decisiones y enfrentar los mismos problemas que los mayores. Un ejemplo bien interesante de esto es lo que sucedió con la gran, gigantesca, apoteósica y colosal revolución comunista que tenía que haber sucedido a mediados del siglo veinte en Latinoamérica. En esa gran revolución comunista estaba gente, voy a citar solo dos nombres como el famosísimo Ché Guevara y como el todavía vivo Fidel Castro, y claro, como ellos eran los jóvenes jovencísimos, plenos de entusiasmo, plenos de vitalidad, ellos creían que estaban haciendo la revolución y resulta que apenas ganaron, se dieron cuenta que no iban para el mismo lado. Y entonces Fidel Castro salió adelante dominando al Che Guevara, utilizándolo, lo nombró primer ministro de no sé qué, luego lo mandó a que exportara la revolución al África y de ese momento en adelante, fracaso tras fracaso, finalmente, como a un condenado a muerte, terminó siendo enviado el Che Guevara a las selvas de Bolivia, bueno, de Argentina, Paraguay, Bolivia, donde todos sabemos lo que aconteció, fue asesinado. Es decir, por alguna razón, todas estas revoluciones tienen siempre dos fases, un grupo de entusiastas que caminan y luego un avispado que se queda con todo. Eso lo vemos con Lenin y con Stalin en Rusia, eso lo vemos con Mao Zedong en China, eso lo vemos con Fidel Castro en Cuba, y hay quien dice que ya lo estamos viendo con Chávez en Venezuela, es decir, en todos esos casos la manipulación es muy sencilla, todos somos jóvenes, todos somos entusiastas, vamos todos al cambio, pero que yo mandé al final. Malaquías creo que era más sabio que ese modo de pensar, Malaquías dice que el que tenga experiencia se abra a la esperanza y el que tenga esperanza se abra a la experiencia. De manera que aunque hayamos probado muchas cosas y seamos gente de experiencia, porque yo he sido, como decía un padrecito de mi comunidad, yo he sido, toreado en muchas plazas. A él se le olvidó, aunque era un hombre muy bueno, se le olvidó que hay una diferencia infinita entre muchas plazas y todas las plazas. El hecho de que hayamos probado muchas cosas no significa que las hayamos probado todas, ni significa que Dios ya no tiene nada nuevo que ofrecernos. Entonces, el que tiene experiencia, ábrase a la novedad de Dios y al que tiene esperanza, el que tiene vitalidad y fuerza, y el que está buscando su pedacito en la historia del monasterio o el pedacito en la historia de la Iglesia, ese con humildad, aprenda del otro, aprenda del que tiene experiencia y aprender, aprender es aprender, aprender es preguntar y eso es escuchar y es poner en práctica. No es fácil, lo puedo decir por propia experiencia no es fácil. Así como mi sacerdote amigo decía, hasta ahora los sacerdotes no han sabido predicar, esas y peores frases han circulado ampliamente por mi corazón, sintiendo yo soy el que ha dado con el chiste. Humillemonos en la presencia de Dios, porque no hemos sabido utilizar ni nuestra experiencia ni nuestra esperanza. Y esas dos luces y fuerzas son las que tenemos para preparar el camino, Cuando llegue el Señor, que sea él mismo con el bálsamo, con el amor destilado de su piedad, el que nos ayude para que todos con un solo corazón le preparemos una morada, un lugar bien dispuesto, y él pueda nacer, vivir y reinar en medio de nosotros. Amén.

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