|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pedirle a Jesús en Navidad que cuando Él nazca, nosotros también nazcamos a una nueva vida.
Homilía v23d004a, predicada en 20061223, con 11 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, el precursor de nuestro Señor Jesucristo, es decir, San Juan Bautista, es comparado en la liturgia de hoy con un fuego purificador o con esa especie de jabón antiguo que era la lejía, una sustancia fuerte para limpiar las telas, para sacar especialmente la la grasa y otras sustancias orgánicas de las telas. Es una sustancia fuerte, vigorosa, como es vigoroso el fuego. Y Juan el Bautista es comparado con ese fuego, un fuego que penetra, pero sobre todo un fuego que limpia. La idea central es que este precursor, Juan Bautista, estaba con su ministerio, con su vida y con su predicación, estaba como limpiando el pueblo, estaba como preparándolo para la llegada de Cristo. Pero fíjate que se trata de una limpieza, podríamos decir, de casi por la fuerza, no porque se trata de un fuego, se trata de algo que quema o se trata de una lejía. La lejía también quema si uno la toca con las manos, eso, eso quema, es una sustancia bastante básica, como el hidróxido de sodio se parece, y quema la piel, no se debe tocar así directamente. Entonces la idea es una purificación, pero una purificación fuerte, como una sacudida, como algo que remece, que estremece. Y ese era el ministerio de Juan Bautista, esa fue la misión que él le correspondió sacudir a la gente, hacerle ver que realmente sí necesitan del Mesías. Yo creo que este es un momento muy interesante de nuestra vida. Cuando uno descubre que necesita ser sacudido, Dios tiene que sacudirlo a uno y de esas sacudidas salen cosas muy buenas. Siempre recordamos las historias de los santos que fueron sacudidos así por él, por el poder de Dios, y sin esa sacudida nunca hubieran sido lo que llegaron a ser. Tuvo una herida en su pierna, Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, y en su larga convalecencia, realmente este hombre se convirtió, descubrió que era poca cosa servirle a cualquier reino de esta tierra, descubrió que su corazón fiel y noble necesitaba un rey mejor y se decidió organizar la Compañía de Jesús, algo así como un ejército de Dios. Esa fue una convicción que a él le vino porque se sintió sacudido, porque Dios lo tiró a tierra, le cambió los planes. Uno necesita ser a veces conmovido, sacudido. Esa expresión también aparece en el Salmo cincuenta y uno cuando se habla de ese corazón quebrantado, ese corazón humillado. La conversión, hermanos, tiene un momento en el que uno se siente como pulverizado. La palabra contrito viene del latín y quiere decir triturado, realmente es la misma raíz triturado. Ustedes por favor no se sientan rechazados por Dios. Si en algún momento la palabra de predicación o la voz de la conciencia les hace sentir así, que están como sacudidos, como turbados, como, como destruidos, como pulverizados, también cuando San Pedro predicó allá en Pentecostés, les dijo ustedes crucificaron al Mesías, se lo dijo en la cara. Y San Lucas nos cuenta que esas palabras les traspasaron el corazón, fue como una herida. Jesús a veces tiene que herir el corazón, tiene que darle un golpe a ese corazón, porque uno tiene un corazón de piedra. ¿Qué hizo Moisés para sacar agua de la roca? La golpeó con el cayado. Cayado, signo de su ministerio de pastor, pastor del pueblo de Dios. Así también Dios por sus pastores, a veces golpea nuestra conciencia, golpea nuestros corazones y nos llama a la conversión. ¿Por qué? Porque la salvación no es un juego, porque no estamos perdiendo el tiempo, esto no es un entretenimiento, aquí no hemos pasado, mis hermanos, una tarde de entretenimiento. Las cosas de las que hemos hablado aquí alguna vez, echemos tal cual chiste, las cosas de las que hemos hablado son de máxima seriedad, porque es la eternidad la que está en juego. Aquellas personas que nos acercan a Dios, mis hermanos, nos hacen un favor, no por un año, ni por cinco años, sino para toda la eternidad. Y por el contrario, la gente que nos quiere apartar de Dios nos quiere hacer un daño, no por un año, ni por cinco años, sino para toda la eternidad. Esto es serio, esto es serio y tenemos que dejar que la Palabra de Dios impacte nuestros corazones. Tenemos que aceptar el ministerio de Juan el Bautista, tenemos que aceptar que hay cosas en nuestra vida que tienen que cambiar y tenemos que someterlas al poder de Dios. Por supuesto, ese cambio es posible que tome un tiempo, que tome incluso años, pero lo que no podemos hacer es negar que necesitamos cambiar. Lo que no podemos hacer es negarle la oportunidad a Jesucristo de que haga una criatura nueva. Pero nos dice Dios por boca del profeta Jeremías, cuando Dios se llevó a Jeremías a la casa del alfarero y dice Jeremías, el alfarero iba ya modelando con las manos el barro, y cuando le quedaba mal un cacharro lo deshacía. Dios a veces tiene que deshacer cosas en nuestra vida. Como deshizo los planes de Ignacio de Loyola, como deshizo la popularidad de Francisco de Asís, como deshizo la vida tranquila de Santo Domingo de Guzmán allá en Palencia. Dios tiene derecho a deshacer cosas en mi vida. Devuélvele a Dios el permiso, la autoridad de deshacer cosas en tu vida para reconstruir, para que surja en ti esa criatura nueva. Dios te pensó, te pensó con amor, Dios pensó en ti y cuando pensó en ti, pensó en un santo. Dios no piensa, al crear al ser humano, no piensa en nada distinto, sino lo que es imagen y semejanza de él, que es bondad infinita, que es luz infinita, que es santidad infinita. Cuando Dios pensó en ti, pensó en un santo. Cuando Dios te bautizó porque a ti no te bautizó un sacerdote, a ti te bautizó Cristo Jesús, nos explica San Agustín en una homilía memorable, es Cristo el que te ha bautizado, cuando Cristo te bautizó, Cristo ahí en ese, en ese momento, plasmó en ti su Espíritu de santidad. Dios pensó en ti, pensó en un santo, eso es lo que tú has llamado a hacer, lo que tú estás llamado a hacer. Y si has dado muchas vueltas en la vida, tal vez yo he dado más, pero tú y yo somos llamados hoy por el ministerio de Juan el Bautista. Somos llamados por la palabra de predicación para dejar entrar esa acción de Dios. Yo te doy permiso, Señor, a que tú me cambies, a que tú me cambies la vida. A veces yo me pregunto por qué algunas personas no se sanan de ciertas cosas, ciertos sentimientos, ciertos resentimientos, he llegado a una triste conclusión, algunas personas no se sanan porque quieren, porque no quieren sanarse. Ah, pero ¿Cómo puede ser eso? No quieren sanarse porque quieren seguir alimentando un cierto sentimiento allá en su corazón, quieren seguir, prefieren seguir sintiéndose culpables del resentimiento con tal de seguir sintiendo que son mejores que la persona que detestan. Cómo es de enrevesada la psicología humana. Pero a esos extremos llega uno y hay personas a las que uno no quiere perdonar, porque si la perdono, entonces, entonces va a resultar que yo tengo que renunciar a esa idea que yo tengo de mí, allá donde yo soy el juez omnipotente que lo determina todo. Dale permiso a Dios, dale permiso al Señor a que entre con fuerza de fuego, a que entre con fuerza de lejía. Estos antiguos hebreos hacían la comparación entre lo que es lavar con agua sola y lo que es lavar con lejía. El agua sola, por supuesto, no limpia profundamente la tela, la lejía entra, a veces casi la quema, la destruye. La lejía entra, dale permiso al señor de que entre. Te doy permiso, señor, entra, seguramente me va a doler. ¡Ay, ay, ay! pero, entra señor, entra. Haz tu obra a tu tiempo, a tu manera, hoy te doy permiso, sé que soy débil, sé que tengo limitaciones, sé que mi vida no es la mejor vida. Pero hoy te doy permiso, Señor, hoy te otorgo permiso y autorización de que entres con poder en mi vida. Y aunque yo a veces no quiera perdonar, tú quieres hacer una criatura nueva en mí y en todos los que me rodean. Y yo hoy te autorizo, Señor, a que tú seas ese fuego que me purifica, a que Tú seas ese fuego que me renueva. Haz de mí una criatura nueva, o mejor todavía, Señor, haz esa obra que yo no te he dejado hacer el día que tú me bautizaste, pensaste en una santa, en un santo Señor, tú pensaste en una santa, tú pensaste en un santo y yo no he dejado surgir ese santo. Yo no he dejado aparecer ese santo, lo tengo impedido, lo tengo impedido, lo tengo frenado. Ayúdame, Señor, ayúdame, Señor, para, para quitar toda atadura, para dejarme afectar por el poder de tu fuego, por el poder de tu espíritu, por tu lejía que me limpia, Señor. De manera que yo sea esa criatura que tú pensaste desde siempre. Hoy quiero, Señor, preparar así. Ahora ya estamos a unas cuantas horas de la celebración del nacimiento de Cristo, a unas horas del nacimiento del Señor. Yo quiero decirte límpiame así, purifícame así quiero Jesús, que cuando tú nazcas, yo nazca. Qué bonito es cuando tú nazcas, Señor, yo quiero nacer también, Yo quiero nacer junto contigo, junto contigo quiero nacer y quiero que empieces mi una vida cristiana que sea digna de ese nombre. Dame esa vida cristiana, Señor, y entra con resolución, hermano, entra con resolución en ese plan de vida cristiana. Entra con resolución en esa etapa nueva de tu vida. Piensa que es una gran misericordia esto que tienes. Tener esta ocasión de arrepentirte, tener esta ocasión de cambiar es una maravilla. Si le preguntáramos esto lo digo yo muchas veces, si le preguntáramos a una de esas almas del purgatorio, ¿Tú qué quisieras?, Si te dieran cinco minutos, ¿Tú qué harías? Estoy seguro que la gran mayoría diría correría a confesarme, correría confesarme, esa sería mi opción, arrepentirme de mis pecados. Decirle a Jesús, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, lávame con tu sangre, cámbiame, Señor. Con estos sentimientos vamos a seguir esta celebración, pero sobre todo con estos sentimientos, vamos a preparar esa Navidad. Recuerda que cuando nazca Jesús, nazca tu nueva vida, que tú sientas que renaces en Jesucristo para una vida, esa vida que Jesús pensó para ti cuando te bautizó. Amén. Amén.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|