Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las promesas que recibieron los padres se cumplirán en los hijos.

Homilía v23d002a, predicada en 19971223, con 11 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Nosotros como escrutadores de la Palabra de Dios, tenemos que hacer la labor de un orfebre o de un joyero y estar muy atentos para descubrir las particularidades de lo que nos va llegando. No es simplemente decir hoy llegó una piedra roja, no, es un rubí y hay que ver de qué calidad, hay que ver si es único. Llegó una piedra verde, hay que saber si se trata de una esmeralda. Así, yo creo que en la escucha de la Palabra de Dios tal vez lo primero es como ver qué es lo que se nos ofrece, aprender a valorarlo.

Y luego como el joyero o como el orfebre, ir pesando las palabras, descubrir el peso específico de esas palabras, ellas son nuestro consuelo mientras vamos en esta tierra, ellas son nuestro alimento, mientras llega el pan del cielo. De manera que en ella tenemos todo cuanto podamos necesitar, no solo en nutrición, no solo en alimentos, sino también en dulzura. Por eso he querido tomar la costumbre de buscar en la Palabra de Dios aquello que no es obvio, aquello que no se entiende inmediatamente cuando aparece alguna expresión especialmente rara, o una expresión chocante, extraña, o que uno la hubiera dicho de otro modo. Cuando aparece algo que es singular, ahí seguramente estamos ante una piedra preciosa y hay que recibirla a Dios, porque Él da esas piedras preciosas a su iglesia, de la misma manera que un enamorado le da regalos a su amada.

Y hoy hay por lo menos una de esas, en esa profecía de Malaquías, en el texto que nos propone la Iglesia encontramos estas palabras: Os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. No tenemos demasiadas dudas sobre ese profeta Elías, porque hay otro pasaje del Evangelio en el que Jesús dice: Si queréis entenderlo, ese Elías es este Juan. Entonces ahí parece que no hay duda. Y ese es como el sentido general de las lecturas de hoy. Lo que es extraño es la frase final convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir yo a destruir la tierra.

Esa idea de la destrucción de la tierra tipo diluvio o de la cólera desencadenada de Dios, que no es otra cosa sino el desenvolvimiento de las consecuencias de los pecados de los hombres, explica muy bien Santo Tomás, esa parte es más comprensible. El punto, pues, en el que deseo centrarme es, eso de convertir los corazones de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres. Esa expresión es rara porque la conversión en los profetas siempre había sido una conversión hacia Dios. Y parece que tal vez eso esté, como entendido aquí, pero el enunciado es muy distinto. Convertirá el corazón de los hijos de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres. Si partimos de la base de que en la escritura no hay palabras sobrantes ni hay adornos irrelevantes, entonces ahí debe haber algo.

A mí me gusta pensar cuando encuentro esas perlas o esmeraldas o topacios, cuando encuentro estas cosas. Me gusta pensar que son como. Como esas cargas de profundidad que se utilizan en las guerras marinas, en las guerras navales. Se suelta una bomba, pero no explota inmediatamente, sino tiene que alcanzar una determinada profundidad y solo ahí explota para que haga el efecto preciso en el enemigo. O también pensar para que la imagen no sea tan violenta a estas horas del día. Pensar en que estas singularidades de la escritura son como regalos, regalos enviados por un correo lejano que van pasando de posta en posta, de oficina en oficina, hasta llegar a su destinatario. Y ese destinatario o esa profundidad a la que quieren llegar las palabras, está en nosotros, está en nuestro corazón.

Esta palabra de Malaquías ha atravesado muchos siglos. Es como un correo esforzado, como un mensajero que ha tenido que vencer muchos obstáculos. Fue predicada por primera vez en hebreo hace muchos siglos, y luego de allá fue rescatada del olvido, tuvo que abrirse paso entre culturas, idiomas, siglos, hasta llegar finalmente a nosotros y ser servida aquí, es todo un regalo. Es una palabra que ha recorrido muchísimo para llegar a mis oídos y llega hasta mí como una especie de regalo envuelto en esta época la gente da muchos regalos y no es lo mismo recibir el regalo así o recibirlo envuelto. El papelito, el moñito, la tarjeta, hasta tienen su sentido, le añaden una dimensión de gracia que le añade un papel a un regalo aparte de la basura que queda después. ¿Qué le añade el papel al regalo? Le añade una dimensión de sorpresa y con la sorpresa, gracia. Bueno, entonces nos ha llegado este regalo que trae un moñito extraño.

Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres. Hay veces que las cosas uno las logra entender como mirando el contexto o mirando Biblias que tengan notas. Pero hay veces en que, francamente toca consultar especialistas, gente que es precisamente dedicada a eso, a saber, abrir los regalos de Dios. Yo creo que un buen exégeta es un hombre de un inmenso amor a Dios que le conoce el estilo de los regalos, de los papeles, de los moños y que sabe por dónde se desenvuelve, por dónde se desata el nudo. Bueno, eso me tocó hacer a mí.

Hubo que consultar especialistas para saber qué era lo que decía Malaquías aquí, porque no nos íbamos a quedar hoy sin saber eso. Además pasa esto, resulta que esta lectura es especial para el veintitrés de diciembre. Si nosotros no desenvolvemos este regalo, ¿Qué va a pasar? Que de aquí a un año, el otro veintitrés nos estarán leyendo lo mismo. Y nosotros que vamos a seguir entonces sin entenderlo. Fíjate que es como un mensaje que Dios repite por voluntad de su Espíritu en la Iglesia. Dios lo repite cada año.

Ahí está, no se parece acaso mucho a lo que dice el Apocalipsis: Estoy frente a la puerta y llamo, y si alguno me abre, entraré y cenaremos juntos, de manera que aquí estaremos. Y aquellos o aquellas de ustedes que ya lleven sus abriles uno hasta cierta edad cumple primaveras, luego empieza a cumplir inviernos. Aquellos de ustedes que ya lleven sus inviernos cumplidos llevan mucho tiempo oyendo esto, ese es Cristo tocando.

Bueno, al grano, ¿Qué es lo que hemos encontrado sobre este? Los corazones de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres. El sentido parece ser el siguiente. Convertir el corazón de los padres hacia los hijos, quiere decir que los padres puedan recibir los mismos bienes de los hijos. Y convertir el corazón de los hijos hacia los padres, quiere decir que los hijos puedan ser herederos de las mismas promesas. Los padres representan aquí aquellos patriarcas que recibieron las promesas de Dios, y los hijos representan aquí aquellos que recibieron el cumplimiento de esas promesas de Dios.

De manera que, esta lectura o este versículo de Malaquías lo podemos relacionar con aquello que dijo el Señor en el Evangelio en otra ocasión: Dichosos los ojos, dichosos vuestros ojos, porque ven, dichosos vuestros oídos porque oyen, porque hubo muchos reyes y profetas que quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, que quisieron oír lo que vosotros oís y no lo oyeron. Esos reyes y profetas que dice Jesús son los padres que dice Malaquías y esos vosotros que dice Jesús, esos son los hijos que dice Malaquías, esos padres que dice Malaquías, se corresponden al tiempo de las promesas y esos hijos de que nos habla el profeta Malaquías son el cumplimiento convertir el corazón de los padres hacia los hijos.

Quiere decir entonces que toda promesa alcanzará su cumplimiento y convertir el corazón de los hijos hacia los padres, quiere decir que todo cumplimiento se aprecia, se valora para el que conoce la promesa, para el que conoce la profecía. Si los padres no vuelven su corazón hacia los hijos, es decir, si el tiempo de las promesas no florece en un tiempo de cumplimiento, los padres, es decir, los que recibieron esas promesas, se quedan vacíos. Su espera y su esperanza fueron estériles. Si los hijos no vuelven su corazón hacia los padres, entonces no sabrán apreciar los regalos que les llegan, porque no sabrán el trabajo que eso costó.

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