Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Siguiendo el ejemplo de Santa María, el cristiano vive agradecido por los dones recibidos, humilde al reconocerse creatura y pecador, y en constante alabanza, dando a Dios la gloria que le corresponde.

Homilía v22d020a, predicada en 20251222, con 8 min. y 24 seg.

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Transcripción:

La Santa Virgen María en casa de Isabel eleva su voz para proclamar la grandeza de la misericordia divina.

Tenemos que unirnos a ese cántico de María. De hecho, la Iglesia nos propone que, por lo menos, por lo menos cada tarde, nos unamos al cántico de María. Efectivamente, en la oración oficial de la tarde, que se llaman las Vísperas, en la liturgia de las Horas, siempre tenemos el cántico de María, que está ahí como para recoger nuestros corazones en gratitud, en humildad y en alabanza.

Atención a esas tres palabras, que son características del Corazón Inmaculado de María y que tienen que ser también características de cada uno de nosotros como discípulos de Cristo y como hijos de María, la Madre del pueblo fiel. María Santísima proclama que su corazón está lleno de gozo. Y recuerda: las tres palabras clave son gratitud, humildad y alabanza.

Aprendamos esas tres lecciones. Si las aprendemos hoy, habremos aprovechado el día.

Empecemos por la gratitud. La gratitud surge de apreciar lo que hemos recibido de Dios. Vivimos en un mundo que constantemente nos está repitiendo lo que no tenemos. Es parte de la lógica capitalista mantenernos siempre con la cabecita pensando: yo debería tener, debería tener este carro, debería tener esta casa, debería tener estas vacaciones, debería tener este vestido, debería tener. Es decir, la mentalidad capitalista, ultracapitalista, quiere que nuestra atención esté todo el tiempo fija en lo que no tenemos.

¿Pero qué surge de ahí? Surge una profunda insatisfacción que nos vuelve insaciables y nos vuelve exigentes, y que muchas veces hace que la frustración se asiente en nuestros corazones. Porque apenas compramos el último celular, ya salió otro modelo; entonces ya no tengo lo mejor, entonces tengo que seguir batallando; tengo que seguir endeudándome porque tengo que tener algo mejor. Date cuenta: es una carrera de nunca acabar, es la carrera de la insatisfacción, es la carrera de la amargura, es la carrera en la que nos quieren meter para que nuestros bolsillos continuamente estén sacando y sacando dinero.

María va por otro lado. María va por el camino de la gratitud. «Ha mirado la humillación de su esclava». Ella es consciente de su nada. Es consciente de su pequeñez; es consciente de su humildad y, al mismo tiempo, es consciente de la grandeza de Dios. Y es ese contraste entre la grandeza de Dios y la pequeñez de ella lo que hace que su corazón rebose de agradecimiento, rebose de gratitud.

Empieza a fijarte más en lo que sí tienes. Empieza a decir más la palabra gracias, y descubrirás cómo te vas acercando más y más al corazón de María y al modo como ella vivió su fe en Cristo.

La segunda palabra, inmediatamente, está conectada: es la humildad. La humildad es uno de los rasgos más bellos y más profundos del corazón de la Santísima Virgen. La humildad no es otra cosa sino la conciencia de nuestra verdad delante de Dios. Porque es que el pecado se apoya en una mentira. Si yo, por ejemplo, quiero que toda la gente esté en función de mí y quiero ser una especie de rey, y que todos sean satélites que únicamente están para complacerme o para mi conveniencia o interés. Esa es una mentira y esa manera mía de tratar a la gente, esa manera mía de maltratar a la gente. Finalmente, se va a volver contra mí.

Eso no funciona. La soberbia no funciona, la vanidad no funciona, el orgullo no funciona. Olvídate. Ese no es el camino. Por ahí no es. Entonces, ¿qué necesitamos? Necesitamos la humildad. Y la humildad se concentra en tres palabras. De acuerdo con los santos.

Primero: yo soy creación. Yo soy creatura. Yo no soy el Creador. Yo fui hecho y sí, yo fui hecho. Yo recibí ese ser de Dios. Lo cual significa que mi plenitud, mi verdad, mi felicidad, tengo que descubrirlas en lo que Dios hizo en mi creatura.

En segundo lugar: ignorante. Ignorante quiere decir que tengo que buscar cuál es la verdad, que tengo que buscar qué significa obrar correctamente. Tengo que aprenderlo; es mi deber fundamental, porque solamente la inteligencia iluminada por la verdad le va a mostrar a la voluntad en dónde está el auténtico bien. Escribe eso, que te conviene: la inteligencia iluminada por la verdad le va a mostrar a la voluntad dónde está el auténtico bien. Entonces, necesito esa humildad de reconocer mi ignorancia y de ponerme en camino hacia la verdad.

Pero en tercer lugar, y muchas veces esto es lo que más nos golpea, pero lo que más nos sirve, necesitamos la humildad del que se reconoce pecador. Acuérdate de esa escena en la que Pedro, estando en su propia barca en el mar de Galilea, cuando ve la maravillosa pesca que Cristo ha hecho de modo milagroso, se arroja sin ningún respeto humano, se arroja a los pies de Cristo y le dice: «Soy un pecador». De hecho, se siente tan indigno que le dice al Señor: «Apártate de mí, que soy un pecador». Eso significa auténtica humildad.

Entonces, el segundo rasgo para seguir el camino de María es la humildad. Y la humildad está en reconocer que somos creaturas, reconocer que estamos en camino, en peregrinación hacia la verdad, y en reconocer que somos pecadores. Por supuesto, el pecado no tuvo ningún poder en ella, pero, como lamentablemente sí lo ha tenido en nosotros, pues tenemos que ser sinceros, tenemos que ser honestos y arrepentirnos.

El último punto en este cántico de María, en esta espiritualidad mariana tan bella, es la alabanza. «Proclama mi alma la grandeza del Señor». Mira, la alabanza es el modo auténtico de darle en justicia la gloria a Dios, esa gloria que Él se merece. Pero es que, además, la alabanza es la mejor preparación para la eternidad. Porque en la eternidad, como bien enseña San Agustín, lo que nosotros vamos a hacer, lo que vamos a hacer siempre, es alabar. Gozándonos en la verdad infinita, gozándonos en la bondad que no acaba, vamos a alabar a Dios.

Y, en ese sentido, la alabanza es el ejercicio en el tiempo que nos prepara para la eternidad. Otra frase para que escribas: La alabanza es el ejercicio en el tiempo que nos prepara para la eternidad. Y así vivió María cada uno de sus días. Preparaba la eternidad en la que ahora ella goza de Dios y nos atrae amorosamente.

Sigamos las huellas de María. Ya sabes: gratitud, todos los bienes que hemos recibido. Es como una miradita al pasado. Humildad, reconocer lo que somos es como una miradita al presente. Y alabanza es como asomarnos hacia el futuro. Gratitud, humildad y alabanza, que nos enseña María. Gratitud, humildad y alabanza que marcan la vida del cristiano. La alabanza y la gloria para Dios, que nos permite vivir esta Navidad de un modo diferente.

Amén.

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