Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Para entrar en el camino de María debes avanzar por la humildad para reconocer lo que Dios hace por ti, lo que te lleva a la alegría interior que luego se desborda en la alabanza a Nuestro Dios, extendiéndose su señorío a toda la humanidad.

Homilía v22d019a, predicada en 20231222, con 6 min. y 37 seg.

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Transcripción:

Cuatro palabras destacan, mis hermanos, en el Evangelio de hoy, que contiene el cántico de María, muchas veces citado por su primera palabra en latín: Magníficat. Dice en latín: «Magnificat anima mea Dominum». Se suele traducir: «Engrandece mi alma al Señor» o «Proclama mi alma la grandeza del Señor», que es lo más usual hoy en la liturgia.

¿Cuáles son esas palabras? Alegría, humildad, alabanza y profecía.

La alegría está clarísima: «Proclama mi alma la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». La humildad está clarísima, porque ha mirado la humillación de su esclava. La alabanza también está muy clara. Desde el primer término: «Proclama mi alma la grandeza del Señor». Es todo el cántico un acto de alabanza. Y la profecía está muy clara en dos sentidos: con respecto a la misma Virgen María: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones», pero luego también hay profecía con respecto al mundo, con respecto a la sociedad.

Todo aquello que dice la Santa Virgen, cuando ella dice que el Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos. Todo lo que dice sobre la sociedad y sobre la Iglesia, estamos mostrando el destino tan completamente opuesto que tendrán aquellos que siguen sus propias codicias, en comparación con aquellos que, liberados de tales codicias, únicamente anhelan el reinado de Dios.

Así que estas cuatro palabras hay que tenerlas presentes cuando nos acercamos al Magnificat, cuando nos acercamos a este cántico que, de alguna manera, me gusta decirlo, es como una especie de fotografía, una fotografía del alma de la Virgen. Ahí tenemos retratada a María.

Creo que a muchos de nosotros nos encanta el aspecto visual, el aspecto pictórico. Eso nos gusta y es natural, pues es parte del ejercicio de los sentidos. Así, por ejemplo, cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, o nosotros los colombianos, ese amor que le tenemos a la Virgen del Rosario de Chiquinquirá. Lo visual está muy bien, pero quiero que sepas que, para conocer a fondo el alma de María, no tienes nada mejor que este cántico. Por supuesto, conectado con otros pasajes donde también está ella. Podríamos decirlo de cuerpo entero, por decir, la Anunciación, todo el pasaje de la Visitación, las bodas de Caná, la oración en Pentecostés. Esa es el alma de María.

Pero volvamos a las cuatro palabras, porque esas cuatro palabras marcan una espiritualidad en nosotros. Las palabras que hemos mencionado son alegría, humildad, alabanza y profecía. Pero vamos a ponerlas en este orden. Si uno quiere entrar de verdad en el Camino de María, si uno quiere entrar en el camino que nos muestra el Espíritu Santo al darnos este retrato del alma mariana, pues evidentemente hay que avanzar en el siguiente orden: empezar por la humildad.

Que la humildad te lleve a reconocer todo lo que Dios hace por ti, de lo cual tenemos que decir: «No me lo merezco, es regalo suyo, no me lo merezco». Y cuando uno empieza a darse cuenta todo lo que Dios le ha dado y que uno no se merece, entonces viene la alegría, y una alegría interior, una alegría íntima, una alegría profunda, y una alegría que luego se va a desbordar en la alabanza, en ese cantar con María la grandeza del Señor, la grandeza de su amor, la grandeza de su poder, la grandeza de su bondad, la grandeza de su misericordia.

Ese es el orden en la espiritualidad mariana: humildad, alegría, alabanza.

Pero luego nos damos cuenta que este nuestro Dios, no se queda únicamente bendiciéndonos a nosotros, transformándonos a nosotros. No. Su obra, su Señorío, se extiende a todas las edades, a todos los pueblos, a todas las personas. Y en ese sentido voy a decir algo que suena loco, pero en ese sentido no es difícil ser profeta. No es difícil descubrir quién es el que va a ganar, porque ya sabemos quién es el que gana el partido.

Podemos decir que el cristiano, perdóname esta comparación tan infantil. Podemos decir que el cristiano ya sabe cómo termina la película. El cristiano ya sabe quién va a ganar el partido. Nosotros ya sabemos, nosotros ya podemos anunciar, nosotros ya podemos proclamar que Él es el Señor, que Él es el Rey de reyes, que Él es el que siempre vence. Eso lo tenemos claro. Y desde esa claridad ya nos alegramos. Y eso ya es profecía.

Entonces, en medio de las densas tinieblas, eso ya es profecía. En medio de las dificultades del mundo, eso ya es profecía. En medio de las tristezas que nos producen nuestros propios pecados, ya tenemos profecía, ya tenemos certeza de quién es el que al final vence.

Humildad, alegría, alabanza y profecía: los regalos que nos da la Santa Virgen María. Bendita su memoria.

Queda muy poquito del Adviento. Muy poquito. Por favor, aprovecha estas horas. Ya prácticamente son horas las que quedan. Aprovéchalas, llénate de hambre de Cristo, llénate de hambre de la salvación que solo Él puede darte, y que la alabanza sea para Dios nuestro Señor, hoy y siempre. Amén.

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