
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios es bueno para recordar que es compasivo, más allá de nuestras miserias Él se acuerda de su misericordia.
Homilía v22d018a, predicada en 20221222, con 6 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Cuando yo era novicio. En mi comunidad soy dominico. Cuando yo era novicio, hace bastante más de treinta años. Por supuesto, aprendimos a orar con la Liturgia de las Horas. Ya sabes, la oración oficial de la Iglesia: Laudes, Vísperas, Completas, todo aquello. Y en cada una de las grandes horas litúrgicas hay un cántico. Así, por ejemplo, en la mañana, en Laudes, tenemos el cántico de Zacarías. En la tarde, en Vísperas, tenemos el cántico de la Virgen, ese que se escucha en el Evangelio de hoy. En la noche, en Completas tenemos el cántico de Simeón, aquel anciano que pudo cargar en sus brazos al Mesías cuando José y María lo llevaron para presentarlo al templo. Entonces, en cada una de esas horas litúrgicas hay un cántico. Y mientras estaba aprendiendo a hacer esa oración, pues trataba de darle como mucho corazón, mucha atención a qué era lo que rezábamos y qué era lo que decíamos, en particular en esos cánticos. Porque yo pensaba, y apenas es obvio pensarlo, que si se repiten esos cánticos cada día, pues debe haber una buena razón. Tiene que haber, digamos, un contenido, tiene que haber una bendición, una unción especial en esas palabras. Para no extenderme demasiado, quiero concentrarme en una frase que, allá en esa época de mi noviciado, me llamaba tanto la atención y todavía hoy me evoca cosas muy interesantes. La frase es: «Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia». Esto está hacia el final del cántico de María, el cántico que a veces llamamos Magníficat. Porque en latín la oración. Este cántico de la Virgen empieza con esa palabra: «Magnificat anima mea Dominum», dice en latín. Entonces este cántico de la Virgen, hacia la parte final, tiene esa frase: «Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia». Creo que la razón por la que me llamaba y me llama la atención es porque, ¿quién es el que se acuerda ahí de su misericordia? Pues Dios. El Señor: «Proclama mi alma la grandeza del Señor». Es el Señor el que se acuerda de su misericordia. Y en concreto me llama la atención por el uso de la memoria, porque muchas veces utilizamos la memoria para acordarnos de cosas tristes, trágicas, dolorosas. «Acordándose de su misericordia». Dios nuestro Señor, ¿estará tan concentrado en nuestras faltas como nosotros? Muchas veces nos obsesionamos con los errores que hemos cometido en el pasado. Yo perdí la cuenta, mis hermanos, de cuántas veces he escuchado decir a personas: «Yo no me puedo perdonar y quiero decir aquí en público que esa frase la he escuchado sobre todo en el contexto del aborto». «Yo no me puedo perdonar haber matado a esa criatura. No me lo puedo perdonar». Es decir, que la persona queda como atrapada por ese recuerdo, y es muy comprensible. Pero también hay otros; hay otros elementos, hay otros hechos de nuestra vida que nos marcan así profundamente. Cosas que nos han sucedido. «Yo no me lo puedo perdonar». «No puedo perdonarlo». Y a veces utilizamos nuestra memoria para recordar los defectos de otros. Yo he visto matrimonios destruirse porque alguno de los dos cayó. Yo sé que es muy lamentable. Es muy terrible. Es muy humillante. Es muy doloroso. Alguno de los dos cayó en infidelidad, y el otro lo tiene aquí todo el tiempo. ¿Todo el tiempo? Y todavía peor: ¿Se lo recuerda? ¿Es que me vas a volver a hacer lo que me hiciste una y otra vez? ¿Se lo recuerda? ¿Te das cuenta? Somos buenos para recordar el mal. Somos buenos para recordar lo que no es bueno. Somos buenos para recordar el pecado, el pecado propio o el pecado de otros. Para eso somos buenos. Pero Dios, ¿para qué es bueno? Escribe esta frase: Dios es bueno para recordar su propia compasión. Dios es bueno para recordar que Él es compasivo. Dios se acuerda de su misericordia. Por supuesto que Dios, que todo lo sabe. Dios sabe los pecados que yo he cometido. Los que tú has cometido, los que todos hemos cometido. Pero Dios se acuerda de su misericordia. Más allá de nuestras miserias, Él se acuerda de su misericordia. Dios se acuerda de su misericordia. ¡Qué cosa tan bella! Y es bueno ponernos ante Dios ya casi en las vísperas de la Navidad, y decirle: «Gracias, Señor, porque tú, que recuerdas lo miserable que yo he sido, te acuerdas más de tu misericordia; tú, que conoces muy bien mis miserias». Mejor te acuerdas de tu misericordia. Que la gloria sea para Dios.

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