Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lo mejor de ti no va a venir por el camino de la arrogancia, la soberbia, de la vanidad; solo la humildad nos permitirá ser hermanos, reconciliarnos y abrazados en torno al pesebre de Nuestro Señor Jesucristo.

Homilía v22d017a, predicada en 20211222, con 4 min. y 53 seg.

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Transcripción:

Uno de los aspectos más bellos y más impactantes de la Navidad es la humildad. En pocos días volveremos a contemplar a nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Dios Eterno, nacido en un humilde portal, reposando sobre pajas en la más humilde cuna.

La humildad, esa virtud que tenemos que descubrir y redescubrir muchas veces a lo largo de nuestra vida. El Evangelio de hoy tiene ese toque de humildad cuando nos habla de la grandeza de Dios y cómo, en palabras de María Santísima, se fijó en la humildad, en la humillación, en la pequeñez de su sierva, es decir, de la misma María.

El Dios grande, que tiene predilección y que tiene ojos de particular ternura para lo pequeño. Muchas veces la Biblia nos enseña sobre esta virtud. Cristo nos dijo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Y el apóstol San Pedro dice: Dios da su gracia a los humildes, pero resiste a los soberbios. Y el apóstol San Pablo, en su carta a los Romanos, nos dice: «No busquen grandezas, déjense atraer por lo humilde».

Pregunta: ¿Es que acaso la Biblia nos quiere mediocres? ¿Es que acaso la Biblia quiere que nosotros nos contentemos con poco? ¡Claro que no!

Más bien, la enseñanza es esta: que lo mejor de ti no va a venir por el camino de la arrogancia, por el camino de la soberbia o por el camino de la vanidad. Si quieres que florezca lo mejor de ti, como floreció lo mejor de María Santísima, entonces el camino es la humildad. El camino es el reconocimiento de que solo Dios es grande y de que todo lo grande que puede haber en nosotros, todo es fruto y regalo de su amor.

Como también nos dirá el apóstol San Pablo, ¿qué tienes? ¿Qué tienes que no hayas recibido?

Quiero volver sobre la frase de este mismo apóstol cuando nos dice: «Déjense atraer por lo humilde, porque mira el estar compitiendo, que es lo propio de quienes están buscando grandezas, grandezas en el poder, grandezas en la influencia, grandezas en el dinero». Quienes están fascinados por la grandeza necesariamente entrarán en competencia. Y el que entra en competencia necesariamente verá en el prójimo su enemigo. Verá en el prójimo su rival; verá en el prójimo uno que tiene que ser derribado.

En cambio, el que cultiva la virtud de la humildad descubrirá pronto en su prójimo uno que es como yo, uno que tiene necesidades semejantes a las mías, dolores semejantes a los míos, esperanzas semejantes a las mías.

Dicho de otra manera, solo la humildad nos permitirá ser hermanos. Solo la humildad nos permitirá reconciliarnos abrazados en torno al pesebre de nuestro Señor Jesucristo. Aprenderemos que Él es el único bueno, es el único Santo y que todos estamos llamados a reconocernos como hermanos, herederos y deudores de una misma gracia, de una misma ternura y de un mismo amor.

María dijo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, que ha mirado la humillación de su esclava.

Esa es nuestra espiritualidad. O, como hoy se suele decir, esa es la actitud. Esa es la actitud que sea la nuestra. En esta recta final del Adviento y en el tiempo hermoso de Navidad.

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