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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Mantengamos la fe unidos a la Virgen María, sabiendo que hay respuesta para nuestro dolor, aunque no llegue cuando deseemos y pensemos.
Homilía v22d013a, predicada en 20171222, con 7 min. y 7 seg. 
Transcripción:
En un momento de duro dolor, alguien escribió estas palabras: ¿Es que Dios se ha olvidado de su misericordia, o la cólera cierra sus entrañas? Esas palabras están en la Biblia. Pertenecen al Salmo 77. No tenemos certeza absoluta de quién las escribió. Muchos salmos se atribuyen, de manera, diríamos, protocolaria, a David o a Salomón o a los hijos de Coré. Pero lo importante no es el autor. De hecho, casi es mejor que no sepamos cuál es el autor, porque así tal vez nosotros mismos podemos reconocernos como autores de esa frase. Efectivamente, cuando pasamos por épocas realmente duras, estamos hablando de una enfermedad incurable. Estamos hablando del secuestro de un ser querido. Estamos hablando de los medios de tortura que utiliza el capitalismo hoy para destruir la paz en los corazones de los que tienen graves deudas. Estamos hablando de la persona que se siente traicionada por sus mejores amigos o tal vez por su cónyuge. En tales situaciones, donde el dolor se acumula sobre el dolor. En tales situaciones, repito, es posible que lleguemos a decir palabras como esas. Parece que a Dios se le olvidó su misericordia. Parece que su ira pesa sobre nosotros. ¿Será eso? Porque no hay otro modo de entender cómo es que nos caen tantas desgracias. Yo sé que estas palabras parecen exageradas a algunos, pero piensa en los que realmente están sufriendo. Hace poco estaba viendo algunos reportajes espantosos de lo que está sucediendo en el norte de África, en Libia. Hay un mercado de esclavos, así como se oye. Seres humanos puestos a la venta para las labores más repugnantes, las más humillantes, las más crueles. Multitud de mujeres tratadas como cosas, como simples juguetes de placer y vendidas como si fueran de caucho de plástico. Dime lo que siente esa persona. Dime lo que sienten los que están en países en guerra. Dime lo que siente el enfermo terminal, que lo único que encuentra como visita es un médico que quiere que este termine de suicidarse, cosa que sucede en países como Bélgica, como Holanda. Una persona así, llegada a esos extremos de amargura, de dolor, quizás puede soltar palabras como las que he dicho al principio: ¿Es que Dios se ha olvidado de su misericordia, o la cólera cierra sus entrañas? Yo pienso que la Biblia es tan valiente. Utilizo esa palabra. Es tan valiente en poner esas palabras en los Salmos o en el libro de Job, o en el libro de Eclesiastés, o en otros. Poner esas palabras difíciles, tan difíciles, las pone ahí para que nosotros entendamos que Dios conoce cómo nos sentimos por dentro. Porque si en la Biblia solo aparecieran pensamientos dulces y piadosos, quizás nosotros, cuando llegan esas situaciones arduas, no sabríamos ni qué decir y pensaríamos que estamos completamente excluidos del plan y de la providencia de Dios. Pero cuando ya aparecen estas palabras, entonces comprendemos que Dios sabe cómo estamos por dentro. El objetivo de esta reflexión, hermanos, no es, sin embargo, quedarnos en ese punto que ya tiene su valor. Dios sabe cómo estoy yo por dentro. El objetivo de esta reflexión es diferente. Es que en el cántico de la Santísima Virgen María, es decir, el texto que la liturgia nos ofrece el día de hoy, aparece dos veces la palabra misericordia y las dos exclamaciones de esta Virgen pura con respecto a la misericordia son como una respuesta discreta, llena de mansedumbre, pero también de fuerza. Son respuesta a los reclamos del Salmo 77. Sí, el Salmo 77 dice: «Es que Dios se ha olvidado de su misericordia». La respuesta la tenemos en estas palabras de María: «El Señor se acuerda de su misericordia». Se ha acordado de su misericordia en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Así dice la segunda vez que aparece la palabra misericordia en el cántico de la Virgen. Y la primera vez dice: porque la misericordia del Señor llega, llega, llega a sus fieles de generación en generación. No es un puro afecto que se queda en Dios; es misericordia que llega, que toca, que transforma, que hace su obra. Siglos de silencio, siglos de dolor. El capítulo tercero del libro del profeta Daniel nos permite asomarnos a lo que experimentaron aquellos después de la diáspora, humillados en todas partes. Ya no vemos, dice el texto. Ya no vemos nuestros signos ni hay profeta, y nadie entre nosotros sabe hasta cuándo. Ellos se sentían como olvidados de Dios. Pero María responde: «La misericordia del Señor llega». Y responde María: El Señor se ha acordado de su misericordia. A mantener, pues, la fe, a unirnos a María la creyente y saber que sí hay respuesta para nuestro dolor. No será exactamente en el momento en el que nosotros creemos, pensamos o deseamos, pero respuesta hay, y es respuesta grande, tan grande, tan grande como el gozo de esta bendita doncella.

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