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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Estamos llamados como Iglesia a unirnos cada día a la alabanza de Dios, proclamando que Él es quien hace posible y real lo que a nosotros nos parece imposible.
Homilía v22d012a, predicada en 20161222, con 7 min. y 46 seg. 
Transcripción:
Estamos en la segunda fase del Adviento y es el Evangelio el que nos va acercando poco a poco a ese momento feliz: la llegada del Hijo de Dios a nuestra tierra. Ese es el tema central de los evangelios que escuchamos estos días. La primera lectura, tomada de distintos sitios del Antiguo Testamento, nos muestra anticipaciones, puntos de comparación, figuras que luego alcanzaron su plenitud con el Nuevo Testamento. En ese sentido, esta segunda parte del Adviento, la que va del 17 al 24 de diciembre, es lo contrario de la primera parte. Según ya hemos dicho varias veces en la primera parte el acento estaba en la primera lectura, que era tomada del profeta Isaías, y luego los evangelios mostraban cómo se confirmaban estos anuncios, estos oráculos de Isaías y de otros profetas en nuestro Señor Jesucristo. Así que el Evangelio de hoy es tomado de Lucas, capítulo primero, y corresponde al momento feliz en el que la Santísima Virgen María abre su corazón en poderosa alabanza a Dios. Ese cántico de la Santísima Virgen lo ha apreciado, lo ha venerado la Iglesia desde siempre, y por eso lo proclamamos solemnemente todos los días en la oración que se llama Vísperas, la oración de la tarde. En las vísperas de cada día, absolutamente de cada día, están estas palabras de la Virgen recordándonos cómo Dios es poderoso, Salvador, y cómo solo es grande el corazón que sabe proclamar la grandeza del Señor. Ese es el texto del Evangelio de hoy. La primera lectura nos presenta a otra mujer. Se trata de Ana, la mamá del profeta Samuel. Ana era una mujer estéril y, por un favor especial de Dios, esa esterilidad fue vencida. Cuando se venció esa esterilidad, cuando ella pudo quedar embarazada y pudo dar a luz a ese hombre tan grande, ese gran profeta, el que marca el final de la época de los jueces y abre el tiempo propiamente de los profetas en el Antiguo Testamento, es decir, Samuel, cuando ella tiene en sus brazos a Samuel, entonces va al santuario de Dios a darle gracias y a proclamar también la grandeza y el poder de Dios, que es el único que vence lo que parecía imposible. Volvamos al cántico de la Virgen. Y, por supuesto, no podemos en tan breve tiempo hacer una meditación que le haga medianamente justicia a tanta hermosura, a tanta belleza que, como digo, acompaña la vida de la Iglesia cada tarde, cada día. Fijémonos solo en una de las frases que dice Nuestra Señora. Dice ella: Dios ha mirado la humillación de su esclava. Humillación de su esclava. Eso es lo que queremos reflexionar brevemente. Esclava, dulé, es aquella que está dispuesta a cumplir la voluntad de Dios. El apóstol San Pablo firmaba sus cartas llamándose doulos. Doulos significa esclavo. Dulé quiere decir esclava en la lengua griega. Y Pablo firmaba: doulos tou Christou, el esclavo de Cristo. Y María pone la firma de su corazón en la expresión que hemos oído hoy: dulé tou Kyríou, es decir, la esclava del Señor. Esclava quiere decir aquí la que cumple con todo su corazón, con toda su vida, con todo su amor, con todo su ser, lo que Dios quiere. En lo cual vemos exactamente la victoria sobre el pecado, porque el pecado es la imposición de mi voluntad por encima de lo que Dios quiera, de lo que Dios diga o de lo que Dios mande. Eso es pecar: poner por encima mi gusto, mi criterio, mi placer, mi ventaja, mi opinión. Esa es la esencia del pecado. Por eso la esencia de la santidad es la que aparece en la expresión de María: dulé tou Kyríou, la esclava del Señor. O lo que dice Pablo: doulos tou Christou, el esclavo de Cristo. Bueno, eso en cuanto a esa expresión. Pero hay que decir algo sobre la humillación, porque María dice que Dios ha mirado su humillación. Y uno dice: "¿Pero de qué humillación estamos hablando aquí?". Pues hay que tener en cuenta que ella, por mujer, por pobre, por virgen, sufría múltiples exclusiones. Sabemos del terrible maltrato que ha sufrido la mujer en muchísimas culturas. También en ese tiempo, en el tiempo de Jesús, el testimonio de una mujer era tomado como inválido solamente por ser mujer. Tenía que ser que por lo menos dos mujeres dijeran lo mismo para que eso valiera lo que valía la opinión de un solo hombre. Eso es desprecio, eso es humillación. Humillada también por la pobreza, viviendo en una aldea que nunca se menciona en el Antiguo Testamento, que no aparecía en ningún mapa para darse cuenta qué tipo de vida llevaba la Virgen, solo recordemos la expresión que utiliza Natanael, aquel hombre que fue llamado por Cristo a ser discípulo suyo. Natanael, cuando le cuentan que Jesús de Nazaret es el Mesías, dice: ¿Y es que de Nazaret puede salir algo bueno? Fíjate el desprecio que está metido ahí. Pero no se nos olvide otro elemento. María también es humillada o sujeta humillación, o próxima la humillación por virgen. Como bien explica San Agustín, en el momento de la Anunciación María dice: ¿Cómo va a ser que voy a quedar embarazada si no conozco varón? Y explica San Agustín: esa pregunta no tiene ningún sentido a menos que ella tuviera un propósito de virginidad. Porque, evidentemente, si ya estaba prometida, si ya estaba desposada, es la palabra, con José, es evidente lo que tenía que suceder, que si ellos iban a vivir juntos, si ellos iban a tener relaciones, entonces no había por qué preguntar cómo iba a quedar embarazada. Era una pregunta superflua, por no decir necia. La única razón por la que María pregunta eso es porque tiene un propósito de virginidad. Pero ser virgen, ser estéril, es una maldición en el pueblo de Dios. Entonces, fíjate cómo ella, por pobre, despreciada por mujer, excluida, y por virgen considerada maldita, esa es María. Y de esa profunda humillación la levanta el Señor, regalándole, concediéndole una maternidad que no destruye el don de la virginidad. Por eso ella, con toda razón, canta la alabanza. Y por eso nosotros estamos llamados, como Iglesia, a unirnos cada día su alabanza, proclamando que Dios es el que hace posible y real lo que a nosotros nos parecía imposible.

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