Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lecciones de Ana, madre del profeta Samuel: (1) Bendecir; (2) Entender que el egoísmo es la peor esterilidad; (3) Saber que en Dios los hijos están siempre mejor.

Homilía v22d010a, predicada en 20141222, con 7 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos:

La primera lectura, tomada del primer libro de Samuel, recuerda la alegría de una mujer estéril que milagrosamente pudo concebir y dar a luz. Esa mujer se llamaba Ana. Y esta mujer la vemos en el pasaje de hoy, entregando ese hijo que Dios le ha concedido, entregándolo al servicio del mismo Dios.

Creo que hay una enseñanza en ese gesto tan hermoso de Ana. Dios la ha bendecido y ahora ella bendice a Dios. Esto es lo primero que podemos aprender. La persona que está atenta a las bendiciones que Dios regala es una persona que también está despierta para bendecir a Dios. ¡Qué bonito es ese verbo que tiene esas dos direcciones! Dios nos bendice. Nosotros bendecimos a Dios. Dios nos bendice con sus bienes y con sus victorias. Nosotros le bendecimos con nuestro agradecimiento y con nuestra alabanza.

Primera lección que nos deja Ana. Segunda lección. Ella quería ser mamá, pero ella no se adueña del niño. Los bienes que Dios nos da son una manifestación de su bondad. Pero esos bienes no son para aumentar nuestra avaricia o nuestro egoísmo, sino para aumentar nuestra alegría y nuestro servicio. Ana no retiene el niño. Podemos decir que una segunda victoria de Dios en la vida de Ana es entregar el niño, no quedarse con el niño. Es una primera victoria que ella haya vencido la esterilidad. Pero cuidado, que hay otra esterilidad que la puede acechar. Es la esterilidad propia del egoísmo, del que se encierra en sus cosas. El que se encierra en sus talentos, el que se encierra en sus intereses. Y eso también nos hace estériles.

Ana, que ya había conocido la victoria de Dios en la primera esterilidad, porque pudo ser mamá, no se dejó atrapar por la esterilidad, es decir, la del egoísmo. Y esta también es una lección para nosotros. Sea que se pueda o que no se pueda tener hijos, sea que se pueda tener o no tener posesiones o conocimientos, seremos estériles si no entregamos al servicio de Dios lo que Dios nos ha dado.

Y, en tercer y último lugar, recojamos otra enseñanza de Ana. La última frase que ella dice en el pasaje de hoy. Es esta. Dice: Se lo cedo al Señor de por vida para que sea suyo.

Sabemos que las mamás quieren siempre lo mejor para sus hijos, y lo que esta mamá ha descubierto es que el lugar seguro para el hijo es el servicio de Dios. Si este hijo mío está sirviendo a Dios, está seguro. Si este hijo mío está en el corazón de Dios, está bien protegido. Evidentemente, Ana quiere que Dios sea lo primero en la vida del hijo. Si el hijo va a tener muchos rebaños o poquitos, si el hijo va a mandar sobre mucha gente o poquita, si el hijo va a acumular muchas posesiones o pocas, eso no le preocupa a Ana. Que el hijo no pierda a Dios. Y para que el hijo no pierda a Dios, que Dios jamás pierda ese hijo, que esté siempre protegido por Él, acompañado con Él.

Una lección muy bella. Me parece que muchos papás y mamás hoy tratan de asegurar muchas cosas en los hijos. Eso es bueno. Por ejemplo, en la educación, que el hijo aprenda varios idiomas, que tenga buen nivel académico, que saque grandes títulos, que el colegio esté muy bien acreditado. Eso está bien. Pero la primera preocupación de un papá, de una mamá, ha de ser la de Ana: que mi hijo esté en Dios. Que sí está en Dios. Como dijimos al cantar el Aleluya, lo demás llega por añadidura. Lo mejor que se le puede desear a ese hijo es que tenga a Dios para siempre. Y si lo tiene, si Dios tiene a ese hijo, y si el hijo tiene a Dios, solo lo mejor vendrá para él.

Y efectivamente, Samuel, que así se llamó el hijo de Ana, fue uno de los más grandes profetas que tuvo el pueblo de Israel. Solamente de Samuel hace la Biblia este elogio: ninguna de sus palabras dejó de cumplirse. Extraordinario, Samuel.

Sigamos la celebración eucarística. Tomamos como oración de los fieles la invocación propia de la Novena, pidiéndole a Jesús que venga y que haga realidad todo esto que hemos reflexionado sobre el ejemplo de Ana.

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