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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La alabanza brota al encuentro con el Dios que se deja conocer a través de sus obras de salvación y misericordia.

Homilía v22d009a, predicada en 20141222, con 5 min. y 31 seg.

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Transcripción:

Tienen una particular belleza las lecturas del día de hoy, porque contienen cánticos de alabanza.

Encontramos a una mujer llamada Ana que era estéril, pero su esterilidad es vencida por Dios. Y ese hijo, el hijo que Dios le concede a Ana, se llama Samuel, uno de los grandes profetas en la historia del Antiguo Testamento. A manera de salmo, lo que hemos tomado son las palabras de Ana, su gozo, su proclamación de la victoria de Dios.

En el Evangelio encontramos las palabras de otra mujer. Esta vez es la Santísima Virgen, que canta la bondad, el poder y la misericordia de Dios.

Dos cánticos de alabanza, dos expresiones de júbilo que salen de corazones que han conocido quién es Dios. Porque al Señor se le conoce en sus obras. Dios no es un objeto que nosotros podamos controlar en un laboratorio. No es un objeto que podamos dar vueltas con nuestra mente filosófica. Dios, el Señor, fuente de todo cuanto existe, Creador de todo lo que hay y, sobre todo, aquel que da la victoria a quienes confían en él, se llega a conocer a través de sus obras.

Yo quiero destacar algo del cántico de la Virgen. Es conocido como el Magnificat, por la primera palabra que este cántico tiene en su traducción al latín: «Magnificat anima mea Domino»; se suele traducir «Engrandece o proclama mi alma la grandeza del Señor».

Dos veces en el cántico de María aparece la palabra misericordia. Dios se acordó de su misericordia, dice María. Y Dios prolonga su misericordia de generación en generación. La misericordia, el amor que sabe compadecerse, el amor que sabe abajarse para tomar al que es pequeño, es el lenguaje que María descubre en todas las obras del Señor.

Él se ha acordado de su misericordia. De esta manera resume María todo el recorrido que viene del pasado. Dios prolonga su misericordia de generación en generación. De esta manera visualiza María todo el futuro. Todo el pasado queda así bañado por la misericordia. Y todo el futuro queda así inundado de misericordia.

Esa es la mirada propia del creyente. A ejemplo de María, el creyente ha de saber entregar su propio pasado, y el de su familia, y el de su país, y el del mundo entero, a la misericordia de Dios. Hemos de entregar al Señor ese pasado nuestro, porque solamente en sus manos misericordiosas adquiere sentido, porque solamente bajo su mirada misericordiosa se vuelve comprensible. Los muchos porqués de nuestra vida son como saetas que punzan nuestro corazón, y el único lugar donde encontraremos descanso es abandonando lo que hemos sido en las manos compasivas de Dios.

Y en cuanto al futuro. ¿Cómo superaremos la incertidumbre? ¿Cómo venceremos la ansiedad? ¿Cómo si no es con la absoluta confianza que nos trae la misericordia? ¿Qué será de mí? ¿Qué me depara el futuro? Es una pregunta que, para el cristiano, solo tiene una respuesta: aquello que brote del corazón misericordioso, aquello que realicen las manos compasivas de mi Dios y mi Salvador.

No olvidemos esta lección de María, especialmente cuando los tiempos son difíciles, cuando las batallas son fuertes. No olvidemos el ejemplo de ella, sus palabras y ese hilo precioso de misericordia que atraviesa la historia humana.

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