Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En el encuentro de Isabel y la Virgen María se abrazan el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Homilía v22d008a, predicada en 20121222, con 4 min. y 43 seg.

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Transcripción:

Cuando María visita a su pariente Isabel y va en esa actitud de alegría y de servicio, sucede uno de los encuentros más humildes, pero también más bellos del Nuevo Testamento. Es el abrazo de una jovencita y una mujer bastante mayor, ambas fecundas, ambas mamás, ambas colmadas de gozo.

Los padres de la Iglesia han predicado hermosamente sobre ese encuentro. Es como el abrazo, por ejemplo, del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¿Qué nos dice la Biblia sobre Isabel? Nos dice que era una persona justa. Y esa justicia es un término muy precioso del Antiguo Testamento que se refiere a aquel que camina según Dios, aquel que toma a Dios en su vida, aquel que es respetuoso y obediente a la ley del Señor. Ese es el justo.

¿Y cómo llamamos a María? La llamamos María Santísima. O sea, que es el abrazo de la mujer justa, Isabel, y la mujer santa, María. La justicia, de algún modo, viene a representar ese esfuerzo por evitar el mal. La santidad viene a representar la apertura al bien que proviene de lo alto y que solo puede suceder en nuestras vidas como regalo del Señor.

¡Qué significativo es ese abrazo! Cuánta alegría en el rostro arrugado de Isabel, que había conocido las lágrimas y muy poco la sonrisa. Cuánta alegría también en esta jovencita María, que a través de su mirada, a través de su gozo, a través de su abrazo, irradia la presencia de Cristo. Y es tan clara esa presencia que lo que puede decir Isabel es: «¿De dónde a mí que venga la madre de mi señor?»

María no se queda con ese elogio. Por favor, aprendamos esto. Muy bien. María no se queda con los elogios. Ella no quiere las alabanzas para sí misma. Enamorada como está de Dios, fascinada por la grandeza del Altísimo, puesta completamente al servicio del plan del Dios eterno, no quiere otra cosa sino que las alabanzas y las palabras de adoración vayan, ante todo, a Él.

Y ese es el cántico de la Santísima Virgen María. Y eso es lo que hace María en Guadalupe, en Chiquinquirá. Eso es lo que hace María, en Lourdes, en Knock, en Fátima. Eso es lo que hace María: por una parte, ser testigo único, testigo irremplazable del poder y del amor de Dios; y por otra parte, no quedarse con los elogios ni con los aplausos.

¿Qué es lo que se hace en los santuarios? Se reúne la gente, contempla las maravillas, por ejemplo, de María Santísima en Guadalupe, en Chiquinquirá, en tantos otros sitios. Ve las maravillas de Dios en María, y en esa luz esplendorosa y en esa acogida tan cálida, el corazón empieza a derretir su hielo y empieza, como María, a proclamar las grandezas del Señor.

Y a la luz preciosa de esa gracia, descubrimos que nuestro pecado es un estorbo, y es un estorbo absurdo que, en primer lugar, nos hace daño a nosotros. Por eso los grandes lugares de confesión son los santuarios, y por eso en los santuarios, allí donde se ve como en un espejo la santidad de María, es donde sucede también el mayor número de conversiones.

Demos gracias a Dios por la presencia de Nuestra Señora y pidamos al Padre que seamos sensibles a esa sonrisa, a esa alegría, para también cantar con ella lo grande, lo hermoso que es el Señor.

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