Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Creer en un Dios que hace proezas con nosotros porque se acuerda de su misericordia.

Homilía v22d005a, predicada en 20061222, con 25 min. y 25 seg.

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Transcripción:

Empecemos haciendo unas anotaciones propias del lugar y tiempo en que nos encontramos. Hay una cantidad de ruido afuera que seguramente nos incomoda. A algunos, por lo menos, nos incomoda cuando cosas así suceden. El Señor trae a mi memoria en qué condiciones predicaba Jesús; a ese sí le tocaba duro y no tenía micrófono y no tenía ayuda y no tenía, muchas veces, ni templo a donde reunir a la gente. De manera que yo espero que el mismo espíritu que ayudó en aquel momento a que la Palabra penetrara poderosamente en los corazones, ese mismo Espíritu esté con nosotros ahora y sea bendición para nosotros y también para las personas que están afuera.

En segundo lugar, quiero agradecerle al Padre Jorge, que lleva mi mismo apellido. Seguramente seremos primos, terceros o quintos, o todos somos primos en Adán, ¿no, Padre Jorge Medina? Muy agradecidos. Él ha abierto esta, que es su casa, casi más que su casa. La de él está a unos pocos metros, allí en el edificio, pero estoy seguro que esta es más su casa que esa, la de él, porque es aquí donde ofrece el Pan de la Palabra, donde ofrece también su ministerio sacerdotal, después de muchos años de servicio a las Fuerzas Armadas de nuestro país. Es una bendición para nosotros estar aquí reunidos y recibir la hospitalidad de nuestro hermano en el sacerdocio.

En tercer lugar, me complace mucho ver cómo Dios hace prosperar y hace perseverar lo que es suyo. Yo creo que el gran descubrimiento que han hecho los asociados de Kejaritomene es eso: nosotros somos del Señor. Nosotros pertenecemos a Él y lo que viene de Dios y lo que nace de Dios permanece, porque Dios mismo lo hace perseverar. Ustedes, viendo los reunidos aquí, hermanos, ustedes me hacen recordar aquel pasaje del Evangelio donde dice el Señor; es en San Marcos. San Marcos es el único que cuenta esa parábola de la semilla que crece sola. Y dice el Señor, es como otra versión o como un mensaje paralelo al de la parábola del sembrador, dice el Señor: la semilla cae, la semilla crece y dice: aunque esté durmiendo o esté despierto el que la sembró, la semilla va dando fruto como por sí misma.

Viéndolos a ustedes, después de tres años de que nos diéramos el abrazo de despedida, y viendo que no solo perseveran, sino que crecen y cantan y están más afinados y consiguieron un tambor mejor, y viendo que muchos han rejuvenecido, otros han encanecido, algunos se adelgazaron. El promedio de peso está igual porque unos se han adelgazado, otros engordaron; el promedio sigue, el promedio sigue donde estaba. Pero más allá de esos elementos superficiales, es la alegría del Señor la que nos ha conservado. Es el poder de esa semilla que Él sembró.

Caigamos en cuenta. Descubramos, hermanos, que todos nosotros, cuando estamos evangelizando, somos únicamente siervos, somos siervos suyos y estamos dando algo que permanece más allá de nuestras fuerzas. Estaba en un retiro no hace mucho, en Falls Church, en Virginia, Estados Unidos, y uno de los temas de meditación era sobre las obras de la misericordia y la evangelización. Y entramos en un momento muy bonito de acción de gracias, alabando al Señor y agradeciéndole por todas las personas que nos han evangelizado. Piense una cosa: si usted va al cielo, que espero es su destino, lo mismo que el mío, si usted va al cielo por toda la eternidad, usted estará adorando a ese mismo Jesús que le fue predicado un día. Ese mismo Jesús, el mismo Jesús que un día lo movió a usted a arrepentimiento, lo movió a usted a alegría, o lo movió a usted a esperanza. Ese es el mismo Jesús.

Es decir, es impresionante que el ministerio de la evangelización es una obra de misericordia. Es una compasión tan bella porque hace algo que permanece, hace algo que dura, que no se destruye. Como ustedes lo saben muy bien, yo vivo apasionadamente enamorado de este ministerio de la evangelización y la razón es: yo veo que lo que se hace en la evangelización dura para la eternidad. Bendito sea Dios por las personas que brindan un vaso de agua fresca. Bendito sea Dios por las personas que brindan una manta para cubrir el frío. Eso está muy bello. Eso es muy grande. Pero todas esas mantas y todos esos vasos tendremos que dejarlos en esta tierra. En cambio, el que anuncia Jesucristo es como el sacerdote que da el viático. Lo conmovedor de darle el viático a un moribundo es que el mismo Jesús que la persona está recibiendo en la tierra, ese mismo Jesús sale a recibirlo apenas cruzado el umbral de la muerte en el cielo.

Ser evangelizadores es como administrar ese viático, es como darle a las personas algo que no muere, algo que no termina, que no es algo, sino que es alguien. Les estamos dando una esperanza, una fuerza, un amor, una alegría que no es capaz de ser vencida ni siquiera por la misma muerte para toda la eternidad. Las personas que acerquemos a Jesús para toda la eternidad, a esas personas estarán agradeciendo a ese Jesús, y seguramente agradeciéndonos a nosotros también. Bendito sea Dios que nos llama a este ministerio de la evangelización. Porque esta asociación, si para algo nació Kejaritomene, es para eso, para esparcir la buena Noticia, para esparcir la alegría, para poder decir, como dijo la Virgen en el Evangelio de hoy, la kejaritomene, la llena de gracia, así como dijo ella: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador». Ese que es el himno, ese que es el cántico de la Virgen, o sea, el cántico de la llena de gracia, o sea, el cántico de la Kejaritomene. Ese cántico de la kejaritomene es el cántico de nosotros, los kejaritomene. Nosotros tenemos ese mismo cántico. Nosotros llevamos por todas partes ese aire de alabanza y de agradecimiento a Dios porque nos ha salvado.

Pero como hay que predicar no solo sobre la predicación, sino hay que predicar sobre la Palabra, yo quiero compartir con ustedes algunos regalos que el Espíritu Santo nos da en este texto de hoy. Es un texto maravilloso. Es uno de esos pasajes inspiradores que son como inagotables en la oración de la tarde, en la liturgia de las Horas, o sea, las Vísperas; lo tenemos siempre presente: el cántico de la Virgen. Lo que voy a hacer ahora es subrayar algunas de las palabras de las que canta la Virgen, porque si nosotros vamos a cantar la misma alabanza de ella, es bueno que la conozcamos un poco mejor. Es bueno que conozcamos mejor qué significa alabar, cómo alabó María, y me voy de atrás para adelante.

En el texto que hemos escuchado, María nos dice. Auxilia a Israel al puro final. Dice que Dios auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres. Esto a mí me parece impresionante, hermanos, porque lo que detiene a mucha gente de acercarse a Dios es que piensan que Dios está obsesionado con el pecado. Yo no me voy a poder acercar a Dios, porque Dios se acuerda que yo he pecado, y lo que la Virgen dice es que Dios se acuerda más de la misericordia que del pecado.

A nosotros nos hablan mucho de lo que Dios puede recordar de los pecados, y Dios lleva juiciosa cuenta de todos los males que uno hizo. Se pasó un semáforo en rojo. No solo eso, insultó al que lo miró mal. Y no solo eso, huyó del policía que lo iba a multar. Y no solo eso, no iba para misa. Así sucesivamente. Y uno tiene como una, fácilmente uno tiene una obsesión con que Dios está pendiente del pecado, con que Dios está centrado en el pecado, y Dios no está centrado en el pecado. Dios está centrado en el amor. Dios no está concentrado en la muerte, sino en la vida. Dios no está recordando el pecado; está recordando la misericordia.

Si uno toma esto en serio, es como un bálsamo delicioso, especialmente si en nuestras vidas hay heridas irreparables. Hay cosas que uno no puede reparar. Algunas cosas uno las puede reparar. Por ejemplo, los que le deban dinero a Camilo y no le hayan pagado, reparen eso. Eso se puede reparar muy fácilmente. Páguenle; quedó reparado el problema. Pero no todo se puede reparar. Hay muchas cosas que uno no puede reparar. Hay muchos daños que ya es demasiado tarde, ya la persona murió, ya ese, esa murmuración o ese chisme que inventé se regó demasiado. Esas cosas no las puedo reparar. Ya no puedo volver a empezar a ser mamá y empezar otra vez a educar a mis hijos. Ya cometí errores que están ahí y que los veo crecer todos los días. Y hay papás y hay mamás que se dan fuerte todas las noches. He sido una mala mamá. Venga, mala mamá. Se golpean y se dan fuerte. Me equivoqué. No enseñé bien a mis hijos. No fui un buen esposo. Eché a perder mi hogar. Perdí el trabajo de mi vida. Mentí a mi mejor amigo. Dejé pasar tantos días sin acordarme del Señor.

Hay muchas cosas que son irreparables en nuestra vida. Y como nosotros las recordamos a menudo, a veces pensamos que Dios también está como obsesionado con esas cosas. No sé para ustedes, pero para mí es una noticia tan hermosa saber que Dios se acuerda de su misericordia. Dios se acuerda en primer lugar de eso y por boca de un profeta nos dice: «Yo no soy como ustedes, soy Dios y no hombre». Dice: «Soy Dios y no hombre. Si yo fuera como ustedes, pagaría con la misma moneda». Pero nuestro Dios no es un Dios que esté buscando desquitarse de lo que le hemos hecho. Es un Dios que está tratando de rescatar lo que ha quedado de nosotros.

Y créanme que hay vidas de las cuales lo único que ha quedado son unas pocas piezas tiradas por el suelo. Pues Dios recoge esas piezas, recoge esos pedacitos y reconstruye la vida. Acuérdese de lo que nos dice en Ezequiel 37, cuando estaban esos huesos regados y Dios recoge esos pedacitos de humanidad y los va pegando y va quedando unos esqueletos y luego los va vistiendo de tendones y de carne, y luego los cubre con la piel y con vestidos, y luego sopla sobre ellos. El Dios que sacó el universo de la nada puede sacar de nuestra nada una criatura nueva. El Dios que creó todo sin ayuda de nadie. Puedes recrearlo todo sin ayuda de nadie. Nuestro Dios es poderoso y del mismo tamaño que su poder es su misericordia. Entonces, ojo con esa frase de la Virgen: los que oramos con la liturgia de las Horas lo decimos todas las tardes, pero lo hemos pensado bien. El Señor se acuerda de su misericordia.

Luego nos dice, o un poco antes nos dice la Virgen: Él hace proezas con su brazo. Esa parte ya la entendemos porque nuestro Dios es un Dios de acciones grandes. Hay que creer que nuestro Dios hace cambios mayúsculos en la vida. Yo estoy viendo esos cambios, me atrevo a decir, casi todos los días. Esta aventura maravillosa de la evangelización en Internet me ha permitido ver cosas que yo no me podía imaginar. Todo eso que muchas veces predicábamos allá en nuestras misas de primer viernes y que yo sigo viendo día tras día a través de la evangelización. Yo me acuerdo una predicación de primer viernes en las que hablábamos de los casos perdidos y los casos encontrados. Mucha gente siente que es un caso perdido, pero nosotros somos casos encontrados porque Dios tiene suficiente ojo para saber hasta dónde se fue su oveja perdida y tiene suficiente brazo para sacarla de las garras de las tinieblas. De manera que nuestro Dios es un Dios que hace proezas y hay que saberla encomendar esas proezas a Él. No pequemos por pedir demasiado poco.

A veces pedimos únicamente aguantar. A veces pedimos únicamente que cambie la otra persona. Yo creo que esto es mejor decirlo con un ejemplo. Vamos a plantear el caso de un matrimonio. ¿Qué sucede típicamente en un matrimonio? Que cada persona ve más el defecto de la otra persona. Entonces, el hombre ve muchos defectos en la esposa cuando tienen problemas; por lo menos, la esposa ve muchos defectos en el esposo. Cada uno ve los defectos del otro y entonces vamos a suponer que son creyentes y vamos a suponer que oran. Y vamos a suponer que la oración del esposo es más o menos esta: «Señor, estoy agradecido con la esposa que me has dado, pero te pido que le cambies solo una cosita, solo una cosita». Quítale ese genio endiablado que tiene solo una cosita. Ahí está el error. Pidió solo una cosita.

Vamos a ver por qué ese es un error. Mientras tanto, ella también está haciendo una oración. Y entonces ella dice: «Señor, te doy gracias por el esposo que me has dado. Te pido que le cambies. Es un hombre maravilloso, pero cámbiale solo un detalle. Quítale ese orgullo. Es un hombre orgulloso y ese orgullo nos está haciendo mucho daño. Déjalo como está, pero quítale solo ese orgullo mal hecho». Ambos cometieron un error. Pidieron demasiado poco. Él pidió apenas que le cambiara el mal genio a la esposa.

El primer error que cometió es que nosotros tenemos, en particular las personas que están casadas, tienen que acostumbrarse a pedir mayúsculamente para la esposa. A ver, entendámonos. El sacramento del matrimonio es para ayudar a que la otra persona sea santa, para ayudar a conducirla hacia la plenitud en Jesucristo. Cuando el esposo pide: «Quítale únicamente el mal genio». Él está pensando en el aquí, en el ahora, en el presente. Él lo que quiere es quitarse problemas. Él no está pensando en que se le quiten quiten todos los obstáculos, sino en que se quite únicamente lo que a él le pareció obstáculo. O sea que en el fondo está pensando en sí mismo. Es una oración que está diciendo: «Señor, quiero llevar una vida sin ningún problema, porque me siento muy bien así como estoy». Mal hecho.

La oración nunca es para dejarnos en el estado en el que Dios nos encuentra. La oración es para lanzarnos hacia el futuro. Por eso a mí me gusta este tiempo de Adviento, porque es lanzarnos hacia el futuro. Entonces, fíjate el error de él. Él, en el fondo, está pensando en sí mismo. Está pensando que a mí se me quite mi problema. Tengo ahí una esposa que funciona en todos los aspectos. Entonces esta sí es mi esposa, pero él está pensando solo en el presente y está pensando solo en sí mismo. Y el mismo error seguramente está cometiendo ella también. Ella está pensando solo en sí misma. Cuando ella dice: «Quítale solamente el orgullito ese que tiene»; lo que está pensando es: si le quitáramos ese orgullo, me quedaría un hombre perfecto, que es lo que yo he querido. ¿Y qué es lo que yo quiero? Ella también está pensando en sí misma y, aparentemente, ambos están orando, pero cada uno está pensando solo en sí mismo. Y precisamente porque cada uno está pensando en sí mismo, son un par de egoístas y con un par de egoístas es muy difícil hacer una pareja.

Todos los días oro por mi esposa para que cambie, padre, pues debería en primer lugar, orar por ella para que en ella se cumpla la voluntad de Dios. Y debería pedir también por usted, porque hay mucho que tiene que cambiar en usted. Entonces, cuando uno piensa en el Dios de las proezas, uno debe pensar que Dios tiene derecho a transformarlo a uno radicalmente. Que Dios le puede cambiar a uno completamente los planes. Si mi Dios es el Dios de las proezas, es el Dios que tiene derecho a meterse en mi vida. Es el Dios que tiene derecho a patas arriba. Obsérvese el verbo «patas arriba», mi vida. Ese es el Dios en el que yo creo. Tiene derecho a cambiarlo todo. Es muy bueno creer en un Dios así, porque de tanto en tanto Dios hace esa clase de cosas. ¿Y si uno no está preparado, entonces uno qué hace? Empieza a blasfemar.

Cuando uno solo cree en un Dios que solo necesito. Mira, señor, solo necesito que esa pared me la cambies. Ese no me gusta. Ponme más bien un rosadito, no sé cuánto. Cuando yo quiero que Dios apenas me haga detalles en mi vida, yo quiero seguir con el control de mi vida. Y eso no funciona porque de tanto en tanto Dios mete la mano y mete la mano haciendo cambios drásticos. Un ejemplo notable lo tenemos en aquel sacerdote tan ejemplar para nosotros, pero al cual yo le hago propaganda con frecuencia. Padre Luis de Moya. El padre Luis de Moya, siendo un joven sacerdote con una gran capacidad intelectual, con una preparación admirable, va un día de camino a la casa de sus papás o de vuelta de la casa de sus papás. Parece que tiene un momento de cabeceo. Se sale de la carretera y el automóvil da varias vueltas. Conclusión: El padre queda tetrapléjico.

Él está haciendo una obra maravillosa en Internet. Busquen en Internet. Luis de Moya es un padre que está haciendo una evangelización poderosa, sobre todo con lo que tiene que ver con esa mentira que nos quieren vender de la eutanasia, la muerte por compasión. Este padre, que es tetrapléjico y que está padeciendo lo que significa vivir con tantas limitaciones, tiene un testimonio de vida impresionante. Pero mi punto es: ¿qué le hizo Dios a ese padre? Lo cambió totalmente; le cambió completamente el plan y quedó demostrado que la fe de este hombre era una fe en el Dios de las proezas. Yo tengo que creer en el Dios de las proezas, porque el Dios en el que yo debo creer es el Dios que se mete en la vida de la gente y que la transforma.

Cuando uno cree en el Dios de las proezas, uno está abierto a la voluntad del Señor. Entonces, si el día de mañana le dicen: «No, tus huesos quedarán en Irlanda». Ah, bueno. Amén. Ah, si tú dices eso, Señor, si esa es tu voluntad. Aceptado. ¿Por qué? Porque yo creo en el Dios de las proezas. Yo no le pongo condiciones a Dios. Si Dios me dice: «No, mira, tengo para ti un plan distinto. Tú dices que vas a hacer esto, pero yo quiero que tú prediques en Mongolia». ¿Quién es el predicador en Mongolia? Ese es uno de los hispanos que va a la misa nuestra allá en el convento de Saint Saviors, en Dublín, donde yo vivo. Este es un hermano bueno; es un laico, decimos así. Hermano, en general, es un laico. Él es argentino. Él tenía una profesión, tenía su profesión de contador y tenía su buen trabajo allá en Argentina, muy vinculado a la Legión de María. Y este hombre fue, fue llamado por Dios, le empezó una cosa; Dios quería darle la vida a él, transformarle completamente la vida a él. Y empieza una inquietud.

¿Y este señor dónde está ahora? Mientras nosotros estamos aquí disfrutando la hospitalidad de esta capilla, ¿dónde está ese señor ahora, después de aprender ruso? Él ya sabe español, claro. Bueno, sabe varios idiomas: español, argentino. Después aprendió inglés, sabe inglés y empezó a aprender; se dedicó meses entero a aprender ruso. ¿Aprender ruso? ¿Para qué? ¿Dónde está él ahora? Ahora mismo está en Kazajistán. Está evangelizando en ruso, en Kazajistán. Gente que nunca ha oído el nombre de Jesucristo. Eso está haciendo ese hombre ahora. Imagínate, desde ser contador metido en una oficina de ocho a seis a ser evangelizador en ruso en Kazajistán.

Y yo hablé con él hace unas cuantas semanas y él me dice: «Padre, pero yo no me voy a quedar en Kazajistán». Entonces yo qué pensé. Claro, él se vuelve para Argentina. Mi meta es Mongolia. O sea que este señor siente un impulso, este señor siente una fuerza, Dios le está revolcando poderosamente la vida. Yo les invito a ustedes, hermanos y hermanas de Kejaritomene: crean en un Dios grande, crean en el Dios que hace proezas, abran la imaginación. Algunos matrimonios de los que están aquí tendrán que ir a evangelizar a otros lugares. La fe en España. Mal, muy mal está la fe en España. En muchísimos lugares se necesitan parejas de católicos, así como se necesitan sacerdotes. ¿Por qué no se van unas parejas de las que están aquí en vez de estar aquí todo el tiempo? «No, yo nací aquí. Aquí crecí. Aquí me reproduje. Aquí morí. Chao, Padre». No. ¿Por qué no? ¿Por qué no sueñan un poco más? ¿Por qué no creen que Dios los puede estar llamando a evangelizar en Kazakistán o en Mongolia o en Australia? ¿Por qué no se van? ¿Por qué no? ¿Por qué no se van a otras partes? Váyanse.

Eso no es nada más. Ay, sí. Fray Nelson, que está allá en Irlanda. Pero ya casi vuelve. No se sabe si vuelve. No se sabe. Ustedes no partan de la base de que el padre Nelson vuelve. No se sabe si vuelve. Tenemos que partir de la base de que nuestro Dios es el Dios de las proezas. Es un Dios que prepara planes grandes y que ustedes, algunos de ustedes, muchos de ustedes, pueden estar llamados para esa clase de planes grandes. ¿De qué manera lo hará el Señor? No lo sabemos. A veces son cosas que podemos sentir como una tragedia, como el accidente que tuvo el sacerdote Luis de Moya. O a veces son oportunidades inesperadas que resultan en términos de trabajo, de vivienda o lo que sea.

En todo caso, quería llamar la atención de ustedes sobre esos dos puntos y algunos otros que no continúo en este momento, por las limitaciones que tenemos de tiempo y porque es necesario que ustedes vuelvan por su cuenta a este pasaje. Capítulo primero del Evangelio de San Lucas, versículos del 46 al 56. Vuelvan a ese texto a ustedes. Pidan al Espíritu Santo que ilumine, y ustedes seguirán encontrando fuerza y vida en estas palabras. Porque lo que dijo la Virgen es fantástico. Es un cántico de alabanza, de gratitud, pero también es una profecía que se cumplió en ella y que debe cumplirse en nosotros. Bendigo a Dios por esta oportunidad, por esta Eucaristía y le pido al Señor que nos permita creer en un Dios que hace cosas grandes porque se acuerda de su misericordia. Amén. Amén.

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