
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El cántico de María debe ser también nuestro cántico.
Homilía v22d003a, predicada en 20001222, con 11 min. y 51 seg. 
Transcripción:
El cántico de la Virgen María. Es un maravilloso espectáculo de amor, de gratitud y de alabanza. En estos tiempos de Navidad abundan las luces de colores. Y gustamos de los fuegos pirotécnicos. Es maravilloso ver cómo sobre el telón oscuro de la noche se dibujan fantásticas figuras de colores gracias al ingenio de la mente humana que prepara esos espectáculos: castillos, estrellas, volcanes. Nos gusta ver cosas en el cielo. Seguramente nos parecemos a todos esos que le pedían a Cristo: «Haz un signo en el cielo». Pues un espectáculo de luces y colores. Un espectáculo en el que no falta la armonía, el esplendor, la música. Ese es el cántico de la Virgen María. Como un volcán de amor, su alma se convierte en alabanza. Asomarnos al alma de la Virgen. Eso es lo que nos permite el texto del Evangelio de hoy. Asomarnos a ese abismo colmado de misericordias, lleno de gratitud, a ese universo nuevo. Porque hay que saber que el corazón de la Virgen María es como el comienzo del nuevo universo, un universo donde el pecado no tiene poder. El libro del Apocalipsis nos habla de que Dios va a crear un universo nuevo, y lo propio de ese universo nuevo es: «Yo estaré con ellos». Pues ese universo ya se empieza, ya tiene su comienzo en el alma de la Virgen, porque a ella le dijo Dios por medio del ángel: «Estoy contigo». Además, en este universo nuevo, según el Apocalipsis, no entrará nada impuro ni manchado. Y eso es lo mismo que encontramos en María, porque el ángel le dijo: «Has hallado gracia delante de Dios». Después de que el salmo había dicho que Dios no encuentra perfectos ni siquiera a sus ángeles. María es el comienzo del universo nuevo, o, por decirlo de otra manera, es lo que Dios siempre quiso de nuestro universo. Es el universo como Dios lo pensó para nosotros, que padecemos esa doble oscuridad de la que habló Santo Tomás de Aquino: la oscuridad del pecado y la oscuridad de la ignorancia. Para nosotros, que estamos en esta noche tan cerrada, el cántico de la Virgen es como un espectáculo de fuegos artificiales. Es como un espectáculo de fuegos pirotécnicos, porque en medio de la noche de nuestro mundo han aparecido estas palabras que expresan la esencia de la verdadera alabanza, del verdadero conocimiento de sí mismo, del verdadero reconocimiento de Dios. Las palabras de la Virgen María retratan el alma, esa alma santa en la que Dios reina. Por eso nosotros, cuando oímos de estas cosas del universo nuevo, quisiéramos tener por lo menos qué imaginar; por eso nosotros, digo, tenemos que acercarnos a las palabras de la Virgen. Esas palabras son como un hilo que nos conduce en medio de la noche y nos permite asomarnos al universo que Dios pensó y al cielo que nos tiene preparados. ¡Qué grande es el cántico de la Virgen María! Es un momento en el que se resume la alabanza de los pobres y, por eso, la Iglesia lo relaciona en la liturgia de hoy con el cántico de Ana. La alabanza de los pobres es la alabanza de aquellos que no tienen sino a Dios. Pero no tener sino a Dios es tener solo a Dios y es tener todo Dios. Aquel que solo tiene a Dios en Él lo encuentra todo. Y por eso la humillación de la Virgen María y su pobreza son las razones por las que la encontramos como verdadera Emperatriz de este universo en el que Dios reina y en el que quiere que nosotros lleguemos a reinar. Según las palabras de San Pablo, Dios nos ha sentado en los cielos con Cristo. Dios quiere que reinemos con Cristo. Pero es el ejercicio nuestro durante esta vida. No ha de ser otro nuestro programa en la vida; no ha de ser otro sino interiorizar el cántico de la Virgen. Porque ella, lo mismo que nosotros, es salvada por la pura gracia de Dios. Ella, lo mismo que nosotros, es redimida por la pura misericordia que se repite precisamente en este cántico. Y por eso el cántico de la Virgen no es solamente un espectáculo que nosotros vemos, sino es el himno de los redimidos en el cielo. Hay que aprender ese himno, no solamente repitiendo esas palabras, sino acostumbrando el corazón a la melodía espiritual que contienen, teniendo en nosotros las armonías, la melodía que contiene este cántico. Tenemos el lenguaje que se habla en el cielo. El ejercicio nuestro, el programa nuestro, el plan nuestro en esta vida, no es otro sino acostumbrar el oído, acostumbrar la lengua y acostumbrar el corazón a este cántico. Por algo la Iglesia quiere que en el atardecer de cada día nosotros repitamos este cántico, porque así pretende que cuando llegue el atardecer de la vida, ya lo tengamos bien aprendido, y cuando se duerman nuestros ojos para esta tierra, se puedan abrir a esa liturgia eterna en donde estas palabras son el lenguaje común de los redimidos. Tomar las palabras de la Virgen María para nosotros. Proclamar las grandezas de Dios realizadas en nuestra propia pequeñez es descubrir también una tarea de evangelización. Sí, la obra de Dios se manifiesta precisamente en los que nada podemos y todo necesitamos. ¿Con qué derecho le cerramos la puerta de la salvación a alguien? Este cántico no solo proclama lo que hay que alabar en el cielo, sino lo que hay que predicar en la tierra. Hay que decir que Dios es misericordioso. Hay que decir que su misericordia alcanza a todos y que solo quedan privados de esta misericordia los que se fían de sus propios bienes y se resisten al regalo de la gracia. Por eso este cántico de hoy no solamente es nuestra escuela para el cielo, sino nuestro programa de evangelización en la tierra. Cuando en todas las naciones, en todas las culturas, en todas las lenguas, cuando en todos los corazones resuene este cántico, entenderemos lo que significa evangelizar. Porque de María brotó este cántico. De sus entrañas nació esta canción porque eran las entrañas fecundadas por el Verbo de Dios. El que tiene a Dios en sí mismo entiende este cántico. El que ha concebido a Cristo comprende este cántico. El que tiene la unción de Cristo pronuncia este cántico. Evangelizar es hacer que todos, niños, niñas, casados, solteros, separados, viudos, enfermos, ancianos, extranjeros, que todos puedan repetir con Cristo en las entrañas esta canción de alabanza. Tomemos entonces para nosotros estas palabras, este espectáculo de amores. Tomemos para nosotros este programa de evangelización y camino de vida espiritual. Tomemos para nosotros esta poesía que se recita en el cielo, grabémosla con letras de oro en nuestro corazón y que Dios, con su poder, nos conceda repetir con gozo sus estrofas en esta vida y proclamarlas con gratitud en la eternidad. Amén.

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