
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Adviento, una escuela de oración.
Homilía v22d002a, predicada en 19971222, con 19 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Podemos decir que el Adviento y la Navidad se relacionan entre sí como una oración de súplica y una oración de acción de gracias. La oración de súplica es el Adviento, sobre todo con aquella petición que le decimos en la Novena y en tantas antífonas: «Ven, Señor». Y la acción de gracias nace de nuestros corazones cuando vemos que esta oración ha sido atendida. Súplica y acción de gracias. Son Adviento y Navidad, la Cuaresma y la Pascua. Tienen una estructura semejante. Pero en este caso la oración es como la primera. Es como una oración de contrición, de arrepentimiento, de pedir perdón; y luego la Pascua es como la oración de alabanza del que ha sido perdonado, del que ha sido creado de nuevo por la obra de Dios. O sea que uno puede pensar los tiempos litúrgicos que a veces llamamos fuertes; los puede pensar en relación con la oración: Adviento y Navidad como petición y acción de gracias; Cuaresma y Pascua como la contrición y la alabanza. Por eso el tiempo de Adviento, entre otras cosas, puede mirarse como una escuela de oración. Porque nosotros creemos que orar, sobre todo pedir, es sencillo. Yo creo que todos estamos familiarizados con esa corrección que es frecuente hoy: «No hagas solo oraciones de petición, dale también gracias a Dios, alábalo, bendícelo». Yo no me voy a referir hoy a esa idea, sino voy a decir que incluso dentro de la misma oración de petición, uno muchas veces no sabe pedir. Y esto no es nada nuevo que yo lo diga, porque San Pablo lo dice en el capítulo octavo de la Carta a los Romanos: «Nosotros no sabemos qué pedir ni cómo conviene». A veces uno cree que las oraciones de alabanza son un poco más difíciles, porque requieren un cierto talento poético, una cierta inspiración. Las oraciones de acción de gracias requieren como un cierto entusiasmo. Y si uno no es así como demasiado entusiasta, como que no le salen fácilmente. Pero fácilmente creemos también que las oraciones de petición son las fáciles dentro de todas las oraciones, porque en esas sí el asunto es sencillo: exponer las necesidades de uno. Esa es más o menos la idea que muchos de nosotros tenemos de la oración de petición, qué es hacer una oración de petición. Creo que lo hemos cambiado por un pliego de peticiones. Entonces, así como los sindicatos le presentan a las empresas unos pliegos petitorios con una serie de requerimientos, entonces así nosotros le presentamos a Dios pliegos de peticiones. Bueno, pero tal vez otros no sean tan sindicalistas y vean la cosa de otro modo. Entonces cambiamos el pliego por el pañuelo. Hacemos de nuestra oración de petición un pañuelo de lágrimas, un pañito de lágrimas, que es más un desahogo de nuestras imposibilidades que una propiamente, que una oración de petición. Pero, como de pronto resultaría muy largo hacer la lista de todo lo que no es la oración de petición, puede ser más práctico que nos dejemos guiar hoy por la lectura del primer libro de Samuel, porque en ese episodio que está al puro comienzo del libro de Samuel, en el capítulo primero, en ese episodio se ve bien cómo sí es una oración de petición, por decirlo con terminología eficientista. El propósito de esta predicación es cómo hacer más y mejores oraciones de petición, oraciones que puedan realmente ser un paso dentro de nuestro camino hacia Dios, y no simplemente, repito la expresión, de nuestras necesidades o el desahogo de nuestras impotencias. La historia, entonces, es que Ana era una de las dos esposas de un cierto personaje, y este personaje había tenido o había recibido muchos hijos de la otra esposa. Y aquí una de las razones por la que es complicado eso de las dos esposas, una de las muchas. Entonces una de las esposas sí tenía hijos y la otra, que era Ana, no tenía hijos. Entonces la que tenía hijos, a medida que iban llegando los hijos, pues se iba sintiendo más señora y más dueña y más mujer. ¿Estamos realmente en otros tiempos lejanos a los de hoy? Hoy la que se sentiría más mujer es la que no ha tenido hijos; no se le ha dañado el cuerpo. Está muy elegante; está muy bonita. Esa sería la que le se burlaría de la que había tenido hijos. Hoy la cosa tal vez cambiaría, pero como estamos es en este tiempo bíblico, las mujeres se alegraban de tener hijos y veían en eso una señal de bendición de Dios. Hay muchísimas mujeres, más bien dirían: «Ana, pues alégrate, simplemente tú sigues en tu gimnasio, tú sigues en el salón, tú sigues bellísima, tú estás hecha». Mientras que la otra, pues con esa distensión de tejidos y con las deformidades de la maternidad, difícilmente alcanzará una óptima forma, una óptima figura. De modo, pues, que volvamos al tiempo bíblico. Estamos en el caso de las dos mujeres: una con bastantes hijos y otra, Ana, estéril. Ana, entonces, ruega al Señor y el Señor le concede su petición. Lo que ella le pedía al Señor era un hijo y ese fue el hijo que le dio el Señor. Ese hijo fue el famoso mozo profeta Samuel de Samuel. Se hacen unos elogios grandes. En la escritura, por ejemplo, se dice: «Ninguna de sus palabras llegó a caer». Era un hombre. Era un hombre lleno del Espíritu de Dios. Para resumir nuestra enseñanza, tomemos la respuesta que da Ana, porque tal vez ahí está como una clave importante de la oración de petición. Le dice Ana a Elí, el sacerdote del santuario, a dónde habían ido a ofrecer el niño. Porque es que, fíjate, ella fue a un santuario a pedir a Dios que le diera un hijo. Y lo raro está en que después de que le da el hijo, entonces va con el hijo y dice: «Bueno, esto era lo que yo pedía, aquí está, aquí lo dejo». ¿A usted eso no le parece raro? Mire, señor, le dice al sacerdote: está hablando con el sacerdote Elí: «Señor, por tu vida yo soy la mujer que estuvo aquí junto a ti, rezando al Señor. Este niño es lo que yo pedía. El Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida para que sea suyo». He aprendido que cuando uno, leyendo la Biblia, encuentra algo que le choca un poco o que uno dice: «yo no obraría así». Número uno, normalmente el que está mal es uno y no la Biblia. Número dos, cuando sucede algo así, usualmente hay una enseñanza para uno. Entonces, leyendo este pasaje, uno se encuentra con que dice: «Este niño es lo que yo pedía. El Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo». Y ahí siente uno algo raro. Yo por lo menos cuando leí ese pasaje sentí como un ligero shock, sentí un pequeño golpe. Dije: «¿Cómo así? Yo le pedía esto al Señor, me lo dio, entonces yo se lo cedo al Señor». Así como que no obraría uno, porque uno piensa la oración de petición tal vez en términos muy humanos. Uno dice: «Bueno, si yo estoy pidiendo, por ejemplo, vamos a trasladar esto al lenguaje financiero, voy donde el gerente de un banco, usted me puede conceder un préstamo, necesito unos milloncejos para para mis necesidades o para lo que sea». Y el gerente dice: «¿Cuantos milloncejos necesito?» Doce millones, por ejemplo. Entonces le dan los doce millones y dice el hombre este: «Bueno, este era el préstamo que yo pedía. Muchas gracias señor gerente. Aquí le dejo sus doce millones». Uno dice: «No tiene ¿cierto?, no tiene sentido. Algo pasa aquí. ¿Cierto? No tiene como la lógica. O si uno piensa en el niño que le pidiera un caramelo a los papás o cualquier otra cosa semejante: «Este niño es lo que yo pedía. El Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida para que sea suyo». ¿Qué es lo nuevo? ¿Qué será lo que nos trata de enseñar la Biblia? Porque ya dijimos que cuando uno choca un poco con la Sagrada Escritura, casi siempre la que tiene la razón, o yo creo que siempre, es la Sagrada Escritura. Entonces, ¿qué nos está tratando de enseñar este pasaje? «Se lo cedo al Señor para que sea suyo». Para nosotros, creo, pienso que el error más grande que cometemos en la oración de petición es creer que nosotros vamos a mantener como nuestras cuentas o nuestras toldas, o nuestras bodegas, como se quiera decir, separadas de las de Dios. Yo creo que ahí está el error grande que cometemos. Es decir, cuando yo voy donde el gerente, la plata del banco y mi plata son distintas antes y después de la petición. Obsérvese: yo llego a pedir un préstamo. En ese momento el banco tiene una plata y yo tengo otra. Usualmente el banco tiene mucho más que yo. Llego allá al banco a pedir la plata y una cosa es la cuenta del banco y otra cosa es mi cuenta. Bueno, me dan el dinero, suponiendo, porque en una predicación todo eso se vale. Me dan el préstamo, los doce millones, y yo me voy con mis doce millones. Resultado final: la cuenta del banco sigue siendo la del banco y la cuenta mía sigue siendo mi cuenta. Lo que se ha hecho es conservar las dos cuentas y pasar de una a otra. Y lo mismo podríamos decir con las bodegas. Una cosa es la bodega del que me concede la petición y otra cosa es mi bodega. Yo saco de la bodega del que me concede la petición y paso a la mía. Al principio había dos bodegas y al final hay dos bodegas. El que mire la oración de petición así no entenderá, me parece a mí, no entenderá jamás quién es Dios, no entenderá cómo obra Él con nosotros. Mientras nosotros pensemos que Dios es dueño de algunas cosas y yo soy dueño de otras, y entonces yo le pido a Dios que de sus bodegas saque alguna cosita, por ejemplo, ese carrito que le está como estorbando allá, y por qué no me lo pasa más bien a mí. Cuando yo miro mi oración de petición así, es decir que se conserva lo de Dios y después se conserva mi cuenta, ahí no voy a entender lo que es Dios. ¿Por qué no lo voy a entender? Por dos razones. Primera, porque sucede un problema: el banco es dueño de alguna plata, no de toda la plata. En cambio, Dios es dueño de todo; Él es el Creador; no es el dueño déspota; es el dueño, Señor, Señor de amor, Señor de creación en todo cuanto existe. De manera que mientras yo mire que Dios es dueño de una parte, ya ahí la embarró, ya ahí se equivocó. Porque Dios no es dueño de una parte, no es el Súper Banco Mundial, no es el dueño de todo, y no es el dueño de todo por apropiación, sino por creación. Entonces ahí hay un error grave. Y segundo error: no solo es dueño de todo, sino que también es mi Señor; yo también soy de él. Entonces, lo que falla en la oración de petición es que uno piensa la oración de petición como las dos cuentas: que salga de los activos del Banco de Dios. Ese dinero que pase a las cuentas por cobrar, porque todo es por partida doble y que llegue a mi cuenta para que entonces también ahora en mi cuenta se pueda utilizar ese dinero. Eso no es así. Lo que a uno le choca de la frasecita de Ana es eso: «Este niño es lo que yo pedía. El Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida para que sea suyo». ¿Qué fue lo que pasó aquí? Que Ana juntó cuentas. Después de la oración de petición no quedan dos cuentas. Precisamente el paso grande que hace la oración de petición cuando es bien hecha, es que yo dejo de pensar en lo de Dios y lo mío y empezamos a pensar en lo nuestro. Si Dios me concede algo, no quiere decir que ahora sale de los graneros o de las bodegas de Dios y empieza a contarse en lo mío. No quiere decir que, puesto que Él es el dueño de todo, aquello que llega a mí, en realidad, es lo nuestro. Y así, mira Ana, ese niño que era lo que ella le había pedido al Señor: «Este niño me lo ha pedido, me lo ha concedido el Señor, yo se lo cedo al Señor». Alguien diría: «Pero estás deshaciendo el regalo». No está deshaciendo el regalo al cedérselo al Señor, al cederle al Señor lo que Él nos ha dado, nosotros no lo perdemos; simplemente constituimos un nosotros, constituimos lo nuestro, lo de Dios y lo mío. Porque efectivamente Dios no domina excluyendo. El problema, en realidad, está el problema de fondo, está en eso: que para nosotros, que yo tenga algo significa que nadie lo utiliza. Para nosotros la tenencia tiene esas dos dimensiones. Por una parte es mío, pero por otra parte, y sobre todo, no es suyo, ¿entendió? Esa es nuestra manera de tener las cosas. Que yo tenga esto quiere decir que yo soy el que puedo manejarlo, pero sobre todo quiere decir que usted no puede meterse. Nuestra tenencia, nuestro modo de tener las cosas, es excluyente. Yo quedo perfectamente incluido y usted queda perfectamente excluido. Dios no tiene así las cosas. Esa tenencia excluyente es la propia del corazón herido y egoísta, del corazón sometido al pecado. El corazón de Dios, limpio, cristalino, generoso, luminoso, no tiene así las cosas; no nos tiene tampoco a nosotros así. La tenencia de Dios no es excluyente, sino incluyente. El que hace verdadera oración de petición descubre en lo que Dios le da más que lo que Dios le dio. Descubre un nosotros con Dios, descubre una alianza con Dios, descubre una oportunidad, un puente, un nexo para que Él y yo, para que el Señor y nosotros unamos, unamos nuestros dones, nuestros regalos. Bueno, y alguien puede decir: «Pero, ¿yo qué le puedo aumentar a Dios?» Efectivamente, Dios es dueño de todo, pero tu corazón goza de libertad. El sí de tu corazón, ese sí maravilloso, libre de tu corazón. El sí por el que tú aceptas que Él sea tu Señor. Eso es lo que Él espera de ti. Bueno, ahí hemos avanzado un poco en la comprensión de este texto. Demos gracias a Dios por su Palabra y pensemos para nuestras peticiones futuras. Si yo le pido algo a Dios, ya sé que la manera como Él concede las cosas es para constituir un nosotros. Ahora podemos decir: «Si yo le pido a los millones, no al gerente, sino a Dios». Dios sigue siendo dueño de esos millones. Esos millones están entonces orientados a su plan y a su gloria. Pasa como cuando se bendicen los objetos. Yo, por lo menos, siempre que hago oraciones de bendición, por ejemplo, de un automóvil, además de las recomendaciones de precaución, cinturón de seguridad, etcétera, añado que ese objeto bendito queda en una condición análoga a la de nosotros bautizados: Dios nos protege, pero nosotros estamos a su servicio. Dios bendice el objeto. Dios bendice la casa. Sí, pero ese objeto está a su servicio, está para su gloria. Si Dios nos da la gracia de comprender que tener no es excluir, si llegamos a entender eso, podemos comulgar con más alegría y podemos tener una Navidad más plena.

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