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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Solo el Espíritu Santo nos permite reconocer que Jesús es verdadero Dios y en María Santísima la maternidad divina.
Homilía v21d023a, predicada en 20241221, con 7 min. y 43 seg. 
Transcripción:
Los evangelios de estos días, nos van sintonizando con los acontecimientos inmediatamente anteriores al nacimiento de Cristo. Hoy, por ejemplo, tenemos la visita de la Santísima Virgen María a su pariente, a su prima solemos decir, Isabel. Y hay tantas lecciones que debemos tomar de este pasaje. En primer lugar, como nos han dicho nuestros obispos en América Latina, debe quedar claro que todo aquel que recibe el Evangelio está llamado a comunicar el Evangelio. Es decir, que el que es discípulo. Esa es la palabra que usan nuestros obispos. El que es discípulo, y en ese sentido recibe la Palabra, recibe la gracia, está llamado a ser misionero, es decir, a compartir con su testimonio, con su vida y con sus obras, con sus palabras también, aquello que ha recibido. Discípulos misioneros. La primera que lo muestra es María Santísima. Habiendo sido evangelizada, habiendo recibido la Buena noticia de la Encarnación con el saludo del ángel Gabriel. Pues ahora ella es evangelizadora, que transmite esa buena noticia, en primer lugar portando a Cristo en su Cuerpo Santísimo.
Otra lección que debemos tomar aquí es la lección del servicio. María Santísima no se queda simplemente acomodada, sentada, esperando recibir reverencia, veneración, aplausos, admiración, porque es la madre del Mesías, sino que ella va a servir. Fundamentalmente a lo que ella va, es a servir. Eso es lo que le mueve. Ella llega a la casa de Isabel porque sabe que Isabel es una mujer de edad avanzada y que seguramente necesita ayuda. El ángel Gabriel le había dicho tu pariente Isabel está embarazada. Y entonces, María toma la resolución de hacer un camino que ciertamente no era corto, hasta las montañas de Judea para ayudar a Isabel. Esto es propio de nuestra fe. Y es una lección que no debemos dejar perder ahora que el Adviento va llegando a su conclusión. Y es que, como tantísimas veces lo ha dicho el Papa Francisco, nosotros tenemos ADN de servidor, nosotros tenemos entrañas de servidores, nosotros somos discípulos de aquel que dijo Yo no he venido a ser servido, sino a servir. Eso debe quedar claro.
Pero también este pasaje nos ayuda a redescubrir la riqueza de esta expresión que decimos siempre en el Ave María. En el Ave María decimos Santa María, Madre de Dios. Y en alguna ocasión el Papa San Juan Pablo Segundo, comentando esta expresión, decía por supuesto que la llamamos Madre de Dios, porque ella es Madre de Cristo nuestro Señor Jesucristo, que es Dios. La expresión Madre de Dios no significa que ella dio origen a Dios, así como por ejemplo mi mamá, que Dios tenga en su gloria. Mi mamá, pues, me dió origen a mí. No, no, no. Cuando decimos Madre de Dios no estamos diciendo que ella sea superior a Dios, ni que ella dio origen a Dios, sino simplemente, como ya lo afirmó el Concilio de Éfeso, año Cuatrocientos treinta y uno. Debemos recordar que ella es Madre de Cristo. Madre de uno, Cristo que es Dios. Por eso también el Ave María, sugería el Papa San Juan Pablo Segundo, podría decirse Santa María, Madre de Cristo Dios, Madre de Cristo Dios. Para recordar que lo que estamos proclamando fundamentalmente es que Cristo es Dios y que María es madre de ese Cristo Dios. Ese Cristo que es Dios.
Esto también vale la pena aclararlo, porque, bueno, ya sabes, hay algunos protestantes que toman esa idea de atacar, denigrar de la fe católica, diciendo a ustedes por qué dicen que Madre de Dios. Mira, está clarísimo, está clarísimo. Desde la antigüedad cristiana, es que nosotros afirmamos que ella es Madre de Dios, en el sentido de que ella es Madre de nuestro Señor Jesucristo, que es verdadero Dios. En ese sentido la llamamos Madre de Dios. Y es que ese fue el saludo que le dio Santa Isabel a la Virgen María. ¿De dónde a mí, que la madre de mi Señor? Cuando ella dice la madre de mi Señor. ¿A quién se está refiriendo? Solo hay una respuesta posible. Se está refiriendo a Dios mismo. ¿A quien podía llamar Señor, Isabel, a quien podía llamar Señor? Pues llama Señor únicamente al que es Dios. Esto se nota mucho en la lengua griega, porque la palabra Señor se dice Kurios. Y resulta que en el Antiguo Testamento la palabra Kurios de modo absolutamente constante está refiriéndose a Dios. Él es el Kurios, Él es el Señor. Eso debe quedar completamente claro.
Entonces, nosotros necesitamos la fe que el Espíritu Santo le dio a Isabel para dos cosas, para reconocer auténticamente la divinidad de Cristo y para reconocer en María la maternidad divina. Es decir, que finalmente es solo el Espíritu Santo, porque el pasaje lo dice, que Isabel se llenó del Espíritu Santo. Es solo el Espíritu Santo el que nos permite reconocer que Cristo es verdadero Dios y reconocer quién es María. Hay una tendencia, de nuevo en los protestantes. Hay una tendencia a rebajar a María, que era una mujer como tantas mujeres, que era una mujer como todas las demás. No, no era como todas las demás, no era como todas las demás porque no se puede decir de todas las demás mujeres lo que se dice de María. Así de sencillo. Ella es bendita entre las mujeres. Y así la llamó también Isabel, bendita entre las mujeres. Si ya se había dicho de una gran heroína del judaísmo llamada precisamente Judit, si ya se había dicho de Judit, el Señor te ha bendecido a ti más que a todas las mujeres de la tierra. Porque evidentemente había una señal de Dios, un discernimiento de Dios, una sabiduría de Dios en Judit. Pues, cómo no lo vamos a decir de María, que no es que tuviera sabiduría de Dios, sino que el Hijo, el Hijo unigénito del Padre, que es la sabiduría del Padre, se encarnó en las entrañas de María. No es que María simplemente tenga sabiduría, como la tuvo Judit. Es que la sabiduría de Dios se encarnó en María, gracias al Sí de María, gracias a la Fe de María. Así que nosotros, no podemos tolerar que se diga que no era una mujer como otras mujeres.
Por supuesto que en cuanto a naturaleza humana, bien decía San Atanasio ella es como hermana nuestra, porque es hija de Adán, como todas las mujeres y como todos los varones también. Por supuesto que en ese sentido ella es un ser humano más, en ese sentido. Pero, por favor, la respuesta, en virtud que María le dio al llamado de Dios es absolutamente único, y la bendición y la presencia del Espíritu en María es algo absolutamente único. Y por eso, Santa Isabel le dice bendita entre todas las mujeres y así lo repite la Iglesia. Y así vamos a terminar también esta reflexión. Santa María, Madre de Cristo Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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