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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios es bueno para recordar que es compasivo, más allá de nuestras miserias Él se acuerda de su misericordia.
Homilía v21d021a, predicada en 20221221, con 6 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Hoy vamos a inspirarnos en ese momento tan bello, de la visita de María a la prima Isabel, para aprender a ser agradecidos. Yo estoy recordando en este momento a mi papá, Bernardino se llamaba él. Murió hace poco menos de dos años. Y una de las frases favoritas de mi papá es la que aparece en el Evangelio de hoy. ¿De dónde a mí, que venga la Madre de mi Señor? ¿De dónde a mí? ¡Qué expresión tan hermosa! ¿De dónde a mí, que venga la Madre de mi Señor? Quien habla de esta manera, que es Isabel, está expresando la sorpresa ante el don que le llega, la sorpresa ante el regalo que está en su casa, la admiración y, por supuesto, el agradecimiento.
Y esto es lo que yo quiero destacar, la relación que hay entre la sorpresa y la admiración por una parte, la gratitud y la alabanza por otra parte. Te lo digo de otro modo, sólo conocerá el agradecimiento aquel que haya cultivado la admiración. El que no tiene ojos para admirar, no tiene boca para agradecer. Escribe eso que te conviene. El que no tiene ojos para admirar no tiene boca para agradecer. Bendita, bendita admiración. Porque la admiración bien entendida es la conciencia del bien, la conciencia de lo bueno. El bien, un bien ha llegado a mi casa, un bien ha llegado a mi vida, un bien ha llegado a mi corazón, un bien ha llegado a esta tierra. El bien, el bien que admiramos, ese bien que admiramos se convierte en palabra de gratitud cuando pasa por nuestro corazón. Qué tal aprovechar este Evangelio. Y qué tal aprovechar este día para cultivar esos ojos capaces de admirar y para que tengamos esa boca capaz de agradecer. Empezar por admirar el don de la vida. Empezar por admirar el don de la salud, que seguramente en muchos de nosotros no es perfecta. Pero te has concentrado en lo que sí puedes hacer.
A mí siempre me han cuestionado positivamente aquellas personas que tienen una limitación física, pero que más allá de esa limitación física, logran cosas maravillosas. Me acuerdo de una religiosa que murió hace unos pocos años. Esta religiosa quedó ciega. Cualquiera podría pensar que la ceguera es motivo para hundirse en la frustración y en la tristeza. Pero esta mujer ciega impulsó maravillosamente un movimiento de los misioneros por el sufrimiento. Y a pesar de su ceguera. Y yo no sé si debo decir, a través o gracias a su ceguera, con una sensibilidad exquisita, tuvo tantas palabras de consuelo para tantas personas, enseñándoles a ver sus limitaciones. No como paredes, no como muros, sino como puertas hacia nuevas oportunidades, porque ella lo vivía en primer lugar. Admirar y agradecer la vida, la salud, la fe. Poder creer en Dios, poder proclamar su gloria, poder alegrarnos en Él. La fe, la fe, la fe bendita, la fe que nos hace nuevos, la fe que nos transforma, agradecerla. Agradecer el don de la esperanza.
Dice la Escritura, busca ese texto, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Hay mucha gente que vive sin esperanza. Nosotros, alimentados, enseñados por Dios, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva. Esperamos, no es que nos ilusionamos. Esperamos, no es que soñamos. Esperamos, no es que imaginamos. Esperamos, es que sabemos. Esa es la fuerza del don de la esperanza. Admira las bendiciones, pero entre todas, admira sobre todo la presencia del Hijo de Dios encarnado. Y no solo lo que sucedió hace dos mil años. Admirale en la humildad de la Eucaristía. Admirale cuando se acerca a ti, que eres católico y escuchas de manos del sacerdote esa declaración del amor divino: Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre. El Cuerpo de Cristo. Amén. No te parece que ese es el momento, sobre todo ese momento, el momento de la comunión. Es el momento para decirle con infinita humildad y con infinita gratitud al Señor. ¿De dónde a mí, que Tú vengas a mi vida? Que la gloria sea para Cristo. Amén.

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