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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Alegría: Cristo, el Amado, ya viene!
Homilía v21d018a, predicada en 20191221, con 29 min. y 44 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, con esta Eucaristía, abrimos nuestro hermoso Congreso. Le damos gracias a Dios que nos reúne y pedimos también por los que están en camino. Sabemos que hay personas que irán llegando a lo largo del día. Es hermoso pensar que la Buena Noticia del Evangelio nos convoca, nos reúne. Si lo pensamos bien, el que nos está reuniendo es el Señor y si lo pensamos mejor, es su amor el que nos congrega. De amor habla la primera lectura de hoy. Es uno de los libros de la Biblia que más habla de amor.
La primera lectura fue tomada del Cantar de los Cantares. Este libro, relativamente breve, tiene solo ocho capítulos. Habla mucho de amor. Nos presenta conversaciones entre un amado y su amada. En este diálogo aparece la hermosura del amor que Dios ha querido que exista entre el hombre y la mujer. Pero es que, además, en este diálogo también aparece el diálogo de amor que Dios ha querido tener con su pueblo. Ya los profetas muchas veces hablaron del amor, y hablaron del amor que Dios le tenía a su pueblo. Como un hombre que estuviera absolutamente fascinado por alguna chica, así Dios parece perdidamente, rotundamente enamorado de su pueblo. Y por eso los profetas presentaron muchas veces el amor de Dios como el amor intenso, ardiente, celoso incluso, de Dios por su pueblo, como el de un hombre por una mujer.
Así que, el libro del Cantar de los Cantares lo podemos mirar por lo menos de esas dos formas. Podemos mirarlo como una celebración del amor humano, el bello amor que Dios ha querido que exista entre el hombre y la mujer. O podemos verlo también como una metáfora, como una comparación del amor que Dios tiene por su pueblo. La tercera forma, como podemos ver al Cantar de los Cantares, es como una historia del amor con que Dios nos ha amado a cada uno de nosotros. Si quieres leer el libro del Cantar de los Cantares desde este ángulo, entonces, debes tomar el lugar de la amada, porque la amada es también la deseada. La amada es la que el Señor ha querido y ha buscado. Este lenguaje no es ajeno a la Escritura. Así, por ejemplo, en algún lugar del profeta Jeremías leemos esta bella expresión Me sedujiste, Señor, como un hombre enamora y seduce a su doncella. Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Jeremías era muy varón. No se trata de afeminamiento. No es un hombre afeminado, pero hace una comparación muy bella. Así, como un hombre enamora a una mujer con los detalles que tiene, con la manera como la trata, con las palabras que le dice. Así, también Dios ha querido que cada uno de nosotros, seamos hombres o mujeres, sea también enamorado. Desde esta perspectiva, el libro del Cantar de los Cantares nos hace mucho bien. Cuando nosotros, repito, seamos hombres o mujeres, tomamos el lugar de la amada y reconociéndonos en la amada, reconocemos a Dios que nos ha ido buscando. Que podemos decir, ha querido enamorarnos. Ese es el tercer modo de leer el Cantar de los Cantares.
Entonces, le repito los tres modos. Podemos leer el Cantar de los Cantares como una celebración del amor humano, y es algo muy valioso. Nunca debemos olvidar que toda la belleza, la dulzura, la fecundidad que tiene el amor humano, es un invento de Dios. Y es absolutamente normal que una persona sienta ese impulso como mujer de quererse, amada por su hombre o como hombre de amar a la mujer y sentirse amado por ella. Esa es la primera forma de leer el Cantar de los Cantares. La segunda forma es Dios amando a su pueblo. Dios, que ha buscado a su pueblo, lo ha enamorado. Dios, que ha perseverado, perseverado en el amor, a pesar de que su pueblo muchas veces le fue infiel. Pero Dios está perdidamente enamorado de su pueblo. En tercer lugar, cada uno de nosotros, si toma el lugar de la amada, puede también decir esto que cuenta el Cantar de los Cantares, es la historia de mi vida de fe.
Con esa explicación general, vayamos juntos por un momento al texto de hoy, está tomado del Capítulo Segundo del Cantar de los Cantares.
Y vamos a tratar de leerlo de la tercera forma, es decir, vamos a tratar de ponernos en el lugar de la amada, lo cual no es difícil en el texto de hoy, porque es precisamente ella la que está hablando. Dice esta mujer: Aquí viene mi amado saltando por los montes, retozando por las colinas. Mi amado es como una gacela. Ella se siente feliz, se siente feliz porque viene su amado, se siente feliz porque él tiene gracia y porque él tiene prisa. Tres son las razones de su alegría. Entonces, ella está feliz porque se siente amada y porque su amado es gracioso, es bello, tiene gracia, como ver saltar a una gacela o a un cervatillo, tiene gracia, es bonito y además tiene prisa. ¿Cómo podemos aplicar eso, a lo que Dios ha hecho en nuestra vida? En primer lugar podemos recordar aquella frase que es la más conocida de toda la Biblia. Está en el Capítulo Tercero del Evangelio según San Juan. Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Esa frase nos habla del amor que Dios nos ha tenido y cada uno debe aplicarla a sí mismo, como la aplicó el apóstol San Pablo en el Capítulo Segundo de su carta a los Gálatas. San Pablo toma el lugar de la amada. Fíjate lo que dice Pablo. Dice Él me amó y se entregó por mí. Si el texto de San Juan habla en general del amor que Dios tuvo a la humanidad, San Pablo hace suya esa frase. No quiere quedarse en una afirmación general, sino que quiere aplicarlo a él mismo. Y por eso en Gálatas Dos, leemos Me amó y se entregó por mí. Esta frase es enormemente consoladora. Es una frase que puede levantarte en momentos de depresión y que puede traer salud en momentos de enfermedad.
¿Qué otra cosa le fascina a la amada del Cantar de los Cantares? Le fascina que su amado tiene gracia. Es hermoso, es bello. Esta frase también la podemos aplicar a nuestro verdadero amado, que es Jesucristo. Efectivamente, hay un salmo en la Biblia que es el Salmo número Cuarenta y cinco. Es un salmo real, es un salmo para la realeza, para el rey. En ese Salmo Cuarenta y cinco encontramos las siguientes palabras tan hermosas. Me brota del corazón un poema bello. Recito mis versos a un rey. Mi lengua es ágil, pluma de escribano. Y luego dice, eres el más bello de los hombres. Así se le habla al rey de Israel. Eres el más bello de los hombres. En tus labios se derrama la gracia. El Señor te bendice eternamente. Estas palabras, eran propias de la celebración que el pueblo de Israel hacía. Por ejemplo, en la coronación o en la boda del rey. Pero esas palabras valen particularmente para Jesucristo. Es importante ver a Jesucristo, es importante saciarnos de su rostro y decir eres el más bello de los hombres. En tus labios se derrama la gracia. Efectivamente, la belleza, según nos enseña Santo Tomás de Aquino, es el don propio de aquellos que tienen armonía. Lo que a nosotros nos gusta en un rostro bello es la armonía. Como que cada cosa tiene su tamaño y su lugar exacto. Pues la vida de Cristo, el cuerpo de Cristo, la obra de Cristo, es bella sobre toda hermosura. Es bella la vida de Cristo, porque todo en Él tiene su lugar, su proporción exacta.
Muchos de los que estamos aquí recordamos partes de nuestra vida que quizás nos avergüenzan. Son los pecados que hemos cometido. Y si te das cuenta, ¿un pecado qué es? siempre es un exceso o es un defecto. Por ejemplo, el pecado de la gula va a consistir en que he comido mucho más de lo que debía comer. Pero la persona que destruye su cuerpo, porque tiene una patología de anorexia, esa persona está comiendo mucho menos de lo que debería comer y eso tampoco le agrada a Dios. Entonces, fíjate que el pecado siempre es o un exceso o un defecto. ¿Entonces, la vida correcta y hermosa como es? Que cada cosa tenga su proporción exacta. Y esa es la vida de Cristo. Por eso decía con emoción aquella santa que todos hemos de querer. Santa Catalina de Siena decía: Eres bello, eres dulce, le decía a Cristo, dulce sin mezcla de amargor. En Cristo todo tiene su proporción exacta. En Cristo todo tiene su lugar preciso. Y por eso, cuanto más contemplamos el rostro de Cristo, cuanto más conocemos la vida de Cristo, más nos enamora el esplendor, la hermosura, la armonía que hay en Él. Por eso, si la amada del Cantar de los Cantares queda extasiada por la belleza de su amado, que se acerca, mucho más nosotros y mucho más en este hermoso tiempo de Navidad.
El tercer elemento que fascina a esta amada, es que el amado tiene prisa. Gracias a Dios hay una cierta proporción del auditorio que está atenta, gracias a Dios. Y otros están listos tomando sus apuntes como debe ser. El amado tiene prisa. Podemos aplicar también esta característica. Pregunto ¿Podemos aplicarla a Cristo, podríamos decir que Él también tiene prisa? Al principio parece que no, cuando pensamos que entre Abraham y el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo hubo casi mil ochocientos años. Entonces, decimos no parece que tuviera tanta prisa. Pero las razones de su retraso, no están de parte de Dios. Las razones del retraso de la obra de Dios, están de parte nuestra. Somos nosotros los que frenamos y retrasamos la obra de Dios. Por eso dice la segunda carta del apóstol San Pedro, lo dice claramente. Dice que para Dios, mil años son como un día y un día es como mil años. Y dice no es que Dios tarde en cumplir sus promesas, sino que aguarda pacientemente porque no quiere que nadie se condene. Entonces, la culpa de los retrasos, no hay que buscarla en Dios. La culpa de los retrasos está en nosotros. Pero de alguna manera, el hecho de que Dios se someta a los retrasos que nosotros le ponemos es solamente una expresión más de todo lo compasivo que Él es. Porque según la expresión de Pedro, Él nos está esperando, porque Él no quiere que nadie se pierda. A veces uno se pone a pensar, qué hubiera sucedido en mi vida si en ese momento, el momento peor, el momento de mayor rebeldía, el momento de mayor incredulidad, hubiera sido el momento de mi muerte.
El día de ayer recibí una noticia muy bonita. Una noticia preciosa. Resulta que me han contado lo que sucedió en una familia. Una señora tenía cáncer. Un cáncer muy grave. Como siempre uno lo siente con esa enfermedad. Y esta mujer estaba haciéndose sus tratamientos, buscando por supuesto, recuperar la salud. Ella católica y muy creyente. El papá de ella, absolutamente ateo. Uno de esos hombres que creen que porque tienen una cabeza muy pensante, eso los excluye de tener un corazón muy creyente. Y resulta que la cabeza pensante no riñe con el corazón creyente, porque Dios no me dijo que no pensara. Dios me dijo que si creyera. Pero este es un hombre ateo. Pero ahora debo decir algo bonito. Era ateo. ¿Y qué fue lo que le pasó? Pues resulta que mucha gente estaba orando por la enfermedad de su hija. Su hija querida. Una señora joven. Por supuesto, todas las vidas nos duelen, pero ver partir de esta tierra con una enfermedad tan agresiva a una persona relativamente joven es algo que nos duele mucho más. Así que este hombre ateo, absolutamente ateo, veía con pavor el progreso de la enfermedad de su hija, pero había mucha gente que estaba haciendo oración. Yo les invito a que nunca dejen de orar por más desesperadas que parezcan las situaciones, nunca dejen de orar. Y usted ya sabe para dónde va esta historia.
Resulta que le hacen un examen y el tumor del cáncer había desaparecido completamente. Pero lo bello no es solamente que haya desaparecido el tumor. Lo bello es que ninguno de los médicos especializados. Ellos se llaman oncólogos, los del cáncer. Ninguno de los médicos especializados, podía explicar cómo había desaparecido ese tumor. Porque ellos tenían todos los exámenes, todas las pruebas. Y ellos sabían que iba a ser necesaria una operación. Pero cuando ya van a preparar para la operación y tienen que hacerle las medidas de anestesia y todas estas cosas, resulta que ya no estaba el tumor. Nadie puede explicar cómo desapareció el tumor. Absolutamente nadie. De modo que los mismos médicos dijeron. No hay una explicación científica. No hay manera de entender cómo desapareció el tumor. Claro, los que somos creyentes, sí tenemos una explicación. Es que hay un Dios que está por encima de toda ciencia. Nosotros queremos a los médicos. Queremos a los enfermeros. Hágame el favor de querer a los enfermeros y a las enfermeras. Nosotros queremos a los médicos y a todo el personal de salud, pero sabemos que la última palabra no la tiene el médico. La última palabra la tiene el Señor. Y sabe usted, este hombre muy racional, muy lógico, muy pensante, este hombre se pone a mirar lo que ha sucedido en su propia hija. La hija descaradamente le da la gloria a Dios. Y el papá tiene que quedarse callado, porque ningún médico puede explicar cómo desapareció el cáncer. Finalmente, el día de ayer o de anteayer, este hombre ha dado su brazo a torcer. Ha tomado la mejor decisión de su vida, se ha rendido frente a la evidencia y entonces, ha dicho sí hay un Dios y Dios ha obrado en mi familia. Denle un aplauso al Señor.
Y ahí es donde yo hago esta pregunta ¿Qué hubiera pasado si ese hombre, que ya hoy no es ateo, ese hombre que en estos días está buscando un sacerdote para confesarse porque duró muchos años negando a Dios, qué hubiera pasado si a ese hombre, Dios se lo hubiera llevado hace un año, hace cinco años o hace diez años? Hubiera sido una tragedia. No sé si se hubiera condenado, porque yo no soy el que tiene que disponer eso, pero reconozcamos que hubiera sido una tragedia si se hubiera muerto en su ateísmo. O sea, que ¿qué hizo Dios? Lo espero. Entonces, pregunta. ¿Dios tiene prisa? Sí, claro que tiene prisa. Dios tiene prisa porque Dios quiere que tú llegues a su amor. Que tú llegues a su verdad. Que tú llegues al don de su Espíritu. Dios tiene prisa. Pero Dios, aunque tiene prisa, también tiene paciencia. ¿Y por qué el Dios que tiene prisa también tiene paciencia? Porque además de tener prisa y tener paciencia, tiene amor, tiene misericordia. Bueno, ¿pero dónde encontramos una prueba de que Dios tiene prisa? Hay un texto de la Escritura que lo dice. Es un texto que puedes leer en el Evangelio según San Lucas. En algún momento Jesucristo hace esta confesión, suelta esta confidencia, a sus apóstoles. Fuego he venido a traer, al mundo a la tierra, y qué sufrimiento, hasta que arda. Cristo, ya quisiera, que el mundo entero estuviera ardiendo. Ardiendo en el fuego del Espíritu Santo. Ustedes se acuerdan que en Pentecostés aparecieron lenguas de fuego. Esas lenguas de fuego las pidió Cristo. Ese es el fuego que pidió Cristo. Pero Cristo no quería solamente doce lenguas de fuego para los doce apóstoles. Cristo quería fuego para todos sus discípulos. Y Cristo quiere que todas las Naciones lleguen a la obediencia del Evangelio. Y San Pablo dice en la primera carta a Timoteo Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
¿Cuáles son las tres alegrías de esta mujer del Cantar de los Cantares? Que ella se siente amada, que su amado es muy hermoso y que su amado la busca con prisa. Aquí, entre paréntesis, eso que describe la Biblia suele describir lo que también desean las mujeres. Así que yo sugiero, me van a agradecer un día este consejo. Yo sugiero a los novios y a los esposos que no se les olvide que así es el corazón de la mujer. Es decir, la mujer quiere sentirse amada. Que no se te olvide tener detalles con ella. A veces pasa el tiempo y a los novios y sobre todo a los esposos, se les empieza a olvidar tener esos detalles. Entonces, hay que rodearlas de amor, hay que quererlas, no hay nada que hacer, hay que quererlas. Luego la mujer, quiere que su esposo, quiere que su amado sea bello, sea bello, bueno, a veces los genes no ayudan. Pero, la belleza que quieren las mujeres no es solamente la belleza física. La belleza que quiere la mujer es siempre encontrar algo admirable en ti.
Entonces, estos son consejos colaterales, consejos gratis para hombres que tienen su novia, que tienen su esposa. Fíjese, primero, tenga detallitos con ella, rodéela de amor. Segundo, sea admirable, que ella siempre encuentre en usted algo para admirar. Y tercero, muestre que tiene prisa. ¿Y cómo se muestra esa prisa? Bueno, de muchas maneras. Una de las maneras es cuando usted quiere encontrarse con ella, tener un tiempo a solas con ella. Cuando usted, por ejemplo, se gana un ticket en la autopista porque va a toda velocidad. No, ese no, ese no lo siga. Ese no, no sé por qué dije eso. Ese no lo sigue. Es que no tengo que entrar en tantos detalles. Los hombres me entienden. Muéstrele que usted la desea. Muéstrele que usted quiere estar con ella. Saqué un tiempito para estar a solas con ella. Dígale, mire, vamos a organizar las cosas. Tenemos un fin de semana juntos. Vamos a tener nuestra segunda luna de miel. Eso le gusta mucho a las mujeres.
Bueno, ahora volvamos a nuestro tema principal. Entonces, a ellas les gusta, y a esta amada le gusta que se siente amada. Y nosotros nos sentimos amados por Cristo. Ella admira a su amado y le parece bello y le parece lleno de gracia, pues así también nosotros encontramos en Cristo al más bello de los hombres. Y ella sabe que su amado tiene prisa, ya viene saltando, viene corriendo, para ella eso es una señal. Mire todo lo que me quiere. Tiene prisa, pobrecito él como corre, viene fatigado, viene sudoroso porque viene con prisa, porque me ama. Eso es lo que nosotros sentimos con Jesucristo, Él que tiene prisa para que se incendie el mundo con el fuego de su amor.
Mis hermanos, es muy importante que nos sintamos como se sintió esta amada y es muy importante que cuando mires el día de Navidad, cuando mires a ese niño en el pesebre, hagas un momentito de silencio. Pero antes de hacer el silencio hay que hacer el pesebre. Porque aquí en este país se hacen muy pocos pesebres. Eso me da pesar. Muy poquitos pesebres. Sí, se hacen, pero muy poquitos. Nosotros, los hispanos, tenemos que ayudar a que crezca el amor al nacimiento, al belén, al pesebre, como lo quieras llamar. Hay que ayudar a que crezca. El Papa Francisco hace poco sacó una carta muy bonita, hablando sobre el pesebre y cómo el pesebre nos da el verdadero espíritu de la Navidad. Porque el gordito ese de rojo jo, jo, jo, jo, jo, jo, jo, jo. Ese gordito no ayuda al espíritu de la Navidad. Ese gordito ayuda para las deudas. El gordito ese ayuda para las deudas, no ayuda para la Navidad. En cambio, el pesebre, sí ayuda para la Navidad. Entonces primero hay que hacer el pesebre. Y después de que haga el pesebre, haga silencio. Cuando usted ponga ese niño en el pesebre el día veinticinco, haga silencio y acuérdese de esta homilía y váyase al Capítulo Segundo del Cantar de los Cantares y vuelva a leerle a Cristo cuando lo vea y vuelva a leerle. Y dígale, tenías prisa por encontrarte conmigo. Aquí me tienes, Jesús, aquí me tienes, estoy para recibir tu amor y estoy para amarte. Amén.

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