Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Cantar de los Cantares nos invita a ver el misterio de la Encarnación como la visita última y perfecta del amor de Dios a nuestras vidas.

Homilía v21d015a, predicada en 20171221, con 13 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Las lecturas de este día nos hablan de dos visitas. En el Evangelio vemos a la Santísima Virgen, portadora de Cristo en su vientre, que va a visitar a su prima Santa Isabel. Pero también la primera lectura nos habla de una visita con un lenguaje muy poético. El texto del Cantar de los Cantares nos presenta la visita de un amado que llega a la casa de su amada. Desde muy antiguo, los grandes santos y predicadores a los que llamamos los Padres de la Iglesia, han hecho una comparación entre esos personajes del Cantar de los Cantares, el amado y la amada. Los han comparado con la obra que Dios quiere hacer con su pueblo, que de hecho quiere hacer con cada uno de nosotros. Podemos decir que el alma es como esa amada y el amado, que ha hecho un largo camino ¿quién es? pues es el que viene a visitarnos. Cuando Jesús hacía esos milagros realmente bellísimos, grandiosos, la gente exclamaba ¡Dios ha visitado a su pueblo! ¡Un gran profeta ha surgido entre nosotros! También, el papá de Juan Bautista, llamado Zacarías, tiene un cántico en el que dice Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.

O sea, que tenemos dos visitas en las lecturas de hoy, la de la Virgen, pero también esa visita del amado y el Amado es Jesucristo. Y el momento de su visita y su presencia es particularmente este tiempo de Navidad. Por eso dice la Carta a los Hebreos en su prólogo. Durante mucho tiempo y de muchas maneras habló Dios por medio de los profetas. Ahora nos habla a través de su hijo. Y es que el mismo Dios había anunciado. Yo en persona llevó mi salario. Yo voy a dar a cada uno según sus obras. O sea, que era una visita anunciada. De esa visita nos habla ese texto tan hermoso del Cantar de los Cantares. Como este libro, que es muy poético, podríamos decir muy místico, se escucha muy poquitas veces. En la Santa Misa, se oye una o dos veces al año. Aprovechemos el día de hoy y saquemos así, apenas como espigas, algunas enseñanzas para nosotros, aplicando el texto por supuesto, a la visita de Dios, que es perfecta y plena en Jesucristo.

La primera enseñanza es que toda la vida de Cristo, empezando por la Encarnación, es una historia de amor. ¿Por qué está Cristo en el pesebre? Como expresión del amor de Dios. ¿Por qué su vida oculta en obediencia a sus padres en Nazaret? por amor. ¿Por qué se une a la multitud de pecadores en el Jordán para recibir el bautismo de Juan? por amor. ¿Por qué vence al demonio en el desierto? Por amor. ¿Por qué los milagros? Por amor, amor y amor. Amor que tiene su máxima expresión, por supuesto, en la cruz. Entonces, ¿qué celebramos en Navidad? La entrada del amor con pie firme a la historia humana. Y es necesario que cada uno se alegre al saberse amado. Como se alegraba San Pablo y lo dice en el Capítulo Segundo de la Carta a los Gálatas. Es una frase que todos debemos repetir y aplicarnos cada uno a sí mismo. Decía San Pablo, Cristo me amó y se entregó por mí. Entonces, es la primera enseñanza el amor.

Segunda espiga que tomamos de ese texto del Cantar de los Cantares, dice la amada que su amado se detiene a la puerta. Como ante las rejas que protegen la casa. Esto nos recuerda el texto del Apocalipsis donde leemos he aquí que estoy a la puerta y llamo. Dios no ha querido entrar a nuestras vidas aplastando nuestra libertad o suprimiéndola. Él llega discreto y humilde, y toca la puerta. Se detiene ante la verja porque quiere que nuestra respuesta no sea una respuesta desde el miedo ni desde la obligación, sino desde el amor, la alegría y la gratitud. Por eso toda esta historia de amor es una historia de oferta y propuesta de Dios y ahora nos toca a nosotros responder. El misterio de la salvación se completa con la respuesta humana. Por eso decía San Agustín El que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Entonces, ahí está la segunda espiga. Dios llega y toca a la puerta de la voluntad humana.

Tercera espiga que tomamos de este texto. Con Cristo empieza un tiempo nuevo. Por eso dice en este lenguaje poético, acabó el tiempo duro de las lluvias y el invierno, ha llegado la época de cantar. Cristo abre una etapa nueva, entendámoslo. Entendamos que Cristo, así como ha partido en dos la historia de la humanidad, también quiere inaugurar un tiempo nuevo, una historia nueva en cada uno de nosotros y también en las parejas, las familias y las comunidades. Y en ese tiempo abunda la alegría. ¿Alegría de qué? De sabernos amados. Por eso también la alegría aparece tantas veces en las parábolas de Cristo; la alegría del pastor que encuentra la oveja extraviada, la alegría de la señora que había perdido una moneda muy valiosa y la recupera, la alegría del padre de familia que le puede dar un abrazo al hijo pródigo. Pero también la alegría, del que encuentra la perla del Evangelio, la alegría del que encuentra el tesoro abundante. Fíjate cómo hay alegría de parte de Dios, pero también hay alegría de parte del hombre, alegría del hombre por saberse amado. Dice Santo Tomás de Aquino: La alegría es la respuesta natural del corazón humano frente a un bien presente. Entonces, hay alegría en el hombre, pero atención, también hay alegría en Dios. Por eso nos dice el Señor: Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que creen que no necesitan conversión.

Y el último punto, termina el texto tan poético de hoy, con una especie de súplica del amado, déjame ver tu rostro, déjame oír tu voz. Esto es muy propio de los que aman. El que ama, quiere ver, quiere oír, quiere saciarse con la presencia del amado o de la amada. Eso sucede aquí. Pero lo hermoso de esta especie de súplica del amado, es que viene a ser como el complemento de un texto que encontramos en el Pentateuco. Después de mucho caminar por el desierto, después de muchísima oración, un día se le ocurre a Moisés hacer una súplica. Le dice al Señor: Por favor, déjame verte. Moisés, viene enamorado del Dios Altísimo, pero nunca lo había visto. Y le dice déjame verte. Pues aquí es Dios el que le dice a su criatura déjame verte. Cómo podemos entender esa expresión si Dios lo conoce todo. Para comprenderlo hay que ir al Capítulo Tercero del libro del Génesis. Ahí recordaremos cómo Adán y Eva, después del pecado, pretenden esconderse, se meten en la espesura del bosque del Edén y pretenden que su rostro quede oculto por aquellas hojas. Es propio del pecador eso, tratar de esconderse. Pero aquí es Dios el que le dice a ese pecador, sacándolo de su escondite, déjame verte. Déjame verte para sanarte. Déjame verte para curarte, para liberarte. Y déjame verte porque solamente en ese encuentro profundo podrá hallar su sosiego, el amor que te tengo. Es muy impresionante pensar esto, porque, que el hombre quiera ver a Dios ya es una cosa grande y admirable que podemos incluso encontrar en algunos filósofos. Pero que Dios tenga tanta misericordia como para decirnos a nosotros: Yo quiero verte, no te escondas de mí, no agaches tu rostro, no desvíes la mirada, quiero verte. Al fin y al cabo somos imagen y semejanza suya. Y así como la mamá no se cansa de ver al bebé, así como el novio no se cansa de ver a la novia, así el Dios enamorado de nosotros quiere vernos y nosotros también queremos verle.

Por supuesto, este encuentro de miradas sólo tendrá plenitud más allá de los límites de la existencia en esta tierra. Eso es lo que en teología llamamos la visión beatífica. Beatífica quiere decir la que da plena felicidad. Solamente en el cielo mismo se podrá cumplir ese doble deseo del hombre que quiere ver a Dios y de Dios que ha querido ver plenamente al hombre redimido por su gracia. Pero mientras llega ese tiempo. Podemos ciertamente encontrar la mirada de Dios en Jesucristo. Primero en el pesebre, luego en su ministerio público y luego en la cruz. No se nos olvide lo que dijo el Señor en la última Cena: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. O sea, que en Él tenemos ya un verdadero anticipo de lo que significa esa visión beatífica de la gloria del cielo. Hermanos, estas son algunas de las profundidades y bellezas que tiene la Biblia para estos días de Adviento. Y si comento todas estas cosas, ¿para qué es? Para que sintamos más deseos de ver a Jesucristo, de celebrar a Jesucristo, de amar a Jesucristo con todo nuestro ser. Porque por amor y solamente por amor quiso venir hasta nuestra tierra.

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