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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
María Santísima es el arca de la nueva alianza porque ella lleva en sí el misterio de la salvación de la humanidad entera, en ella y a través de ella descubrimos a Jesucristo.
Homilía v21d014a, predicada en 20171221, con 6 min. y 20 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy nos presenta el bellísimo pasaje de la visita de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel. María lleva en sí el misterio de salvación de la humanidad entera. En sus entrañas vive y reina Jesucristo. María lleva a Jesucristo. Esta imagen, está, que debe quedar grabada en nuestros corazones, ha hecho que se compare a la Santísima Virgen con el Arca de la Alianza. Así como los israelitas en otro tiempo portaban en esa arca la señal permanente del pacto entre Dios y el pueblo, así también María lleva en su corazón y en sus entrañas a Aquél en quien se sella la Alianza nueva y eterna. Como decimos en cada Eucaristía. Es provechosa la comparación entre el Arca de la Antigua Alianza y esta Nueva Arca, María Arca de la Nueva Alianza.
En efecto, ¿qué era lo que se llevaba en el Arca de la Antigua Alianza? Según los relatos más creíbles, había tres cosas. Estaban las tablas de la ley, estaba un poco del maná que había sostenido al pueblo en el desierto y estaba la vara que había florecido, la vara de Aarón, señal del poder de Dios y señal también de la santidad del sacerdocio en Israel. La ley, el maná y la vara florecida. Estas tres realidades, estas tres cosas que estaban en la Antigua Alianza, se encuentran todas en Cristo.
Porque Cristo es aquel que va a traer la ley nueva. Como se nota especialmente en el Sermón del Monte. La bendita predicación de Jesucristo, que tiene su encabezado con las Bienaventuranzas, es de algún modo la nueva ley para nosotros, pero sobre todo, según nos enseña Santo Tomás de Aquino. Esa nueva ley va a venir con la efusión del Espíritu Santo. Y sabemos de quien brota ese Espíritu, porque el Evangelio de San Juan nos dice en labios de Cristo: Os conviene que yo me vaya, porque si yo me voy, enviaré desde el Padre, el Paráclito. Es Cristo el que nos da el regalo del Paráclito, ese que Santo Tomás llama Nueva Ley para nosotros. O sea, que hay un paralelo entre las tablas de la Ley y la realidad de Jesucristo, la verdad de Cristo, en quien recibimos la ley santa del Evangelio, la ley santa del amor perfecto a Dios y al prójimo.
En la Antigua Alianza estaba el maná que sirvió de sustento en el desierto al pueblo de Dios, pues Cristo es nuestro maná. Lo dice Él mismo: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El pan que ha dado mi Padre soy yo. Yo soy el pan de la vida. Él es nuestro maná. De modo que se cumple a la letra, que el hombre comió pan de ángeles. Porque así como los ángeles del cielo no solo contemplan, sino que se alimentan del Hijo de Dios, así también nosotros, ya desde esta tierra, mientras vamos en el desierto de tentaciones y dificultades de esta tierra, ya nos alimentamos del maná que es Cristo. O sea, que también María llevaba este maná, llevaba este pan del cielo bendito.
La vara de Aarón. La vara florecida es señal del sacerdocio y es señal del poder, y en ambos sentidos se cumple esta imagen en Jesucristo, se cumple en Él, porque como dice la carta a los Hebreos, en Él tenemos el sacerdote que necesitábamos. Con razón lo celebra la Iglesia como el sumo y eterno sacerdote. Pero también Él es la expresión misma del poder de Dios. Como dice Cristo en una disputa con algunos judíos. Si yo realizo las obras de mi Padre, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Es Cristo, aquel que arranca su presa al pérfido demonio, le quita lo que el demonio creía seguro. Porque como dice San Pablo en la carta a los Colosenses, nos ha Cristo, nos ha arrancado del dominio de las tinieblas, y nos has llevado al reino, al reino de su Hijo querido. Dios Padre, nos ha arrancado del dominio de las tinieblas y nos ha llevado al reinado de Jesucristo. De modo, pues, que la expresión del poder de Dios está fundamentalmente en esa cruz ante la cual desaparecen y se deshacen los pecados. Frente a la cual tiemblan los demonios.
Así que, el Arca de la Antigua Alianza tiene perfecto paralelo en el Arca de la Nueva Alianza, que es la Santísima Virgen. Acojámosla pues, recibámosla como han enseñado grandes santos. Y entre ellos, quiero recordar a San Luis María Grignon de Monfort. Si Dios escogió que llegara Cristo a nuestra tierra a través de María, no hay camino que sea más expedito, que sea más fácil y que sea más provechoso para nosotros que acercarnos a ella y en ella y a través de ella, descubrir a Jesucristo.

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