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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El largo camino que Dios, el Amado, ha hecho, nos mueve a salir a su encuentro.
Homilía v21d010a, predicada en 20131221, con 15 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Todo el Adviento es tiempo litúrgico, de espera y de esperanza. Hay una pequeña diferencia entre esas dos palabras: la espera y la esperanza. Porque esperar es simplemente aguardar que pase el tiempo. En cambio, en la esperanza hay otros dos elementos. La esperanza puede ser activa, como cuando uno se prepara para recibir una visita. Uno no se queda quieto, está arreglando las cosas. Quizás está preparando algunos alimentos. Es una esperanza activa. Yo no puedo acelerar el bus que trae a ese amigo que me va a visitar o a ese hermano, pero lo que sí puedo hacer es preparar las cosas para cuando llegue. Entonces la esperanza puede ser y debe ser esperanza activa. El otro elemento es que la esperanza supone en el corazón una alegría anticipada. Pensemos en una mamá que sabe que el hijo la va a visitar para el año nuevo. Todavía faltan unos cuantos días, pero de solo pensar que el hijo va a venir, esa mamá ya sonríe, tiene una alegría anticipada. Así que nosotros en el Adviento somos invitados a una esperanza activa y a una alegría anticipada. La parte activa de la esperanza, se nota muy bien en el Evangelio que hemos oído. María ya lleva a Jesús en su seno, pero ella no se queda pasivamente esperando a que el niño nazca. Ese niño que ha cambiado ya la vida de ella, está destinado a cambiar muchas otras vidas y María se pone completamente al servicio de esa obra del Hijo. Ya ella en su visitación es la gran colaboradora del Redentor. Por eso la Iglesia Católica se atreve a llamarla Corredentora. Ese es el aspecto de esperanza activa. Nosotros también preparando el camino para Jesús, no solamente aguardamos, sino que también oramos, meditamos la Palabra, hacemos algunos ejercicios de penitencia y de caridad. Esperanza activa. Pero es también esperanza alegre. Todavía no está con nosotros. Pero la certeza de su visita ya trae un mensaje de alegría. Eso es lo que aparece en la primera lectura de hoy. Se trata de una amada que está para recibir la visita de su amado. Disfruta, podemos decir el camino que él realiza. Disfruta esa expectativa. La disfruta porque promete un encuentro, pero también porque ya habla de un amor. Al pensar en todo el camino que tiene que recorrer el amado, se da cuenta que cada uno de esos pasos es un testimonio del amor que le tiene. Así también nosotros hemos de meditar en el camino largo, en los montes y collados que ha tenido que recorrer el Hijo de Dios para llegar a nosotros. Esos montes y collados son toda la historia del Antiguo Testamento. Es el camino que se recorre cuanto ha recorrido Dios. Cuando pensamos en la historia de los patriarcas, cuando pensamos en Israel en Egipto, cuando pensamos en el tiempo de los jueces, la época de los reyes, el destierro, un poco después la época de los Macabeos, todo eso es ya preparación. Y todo eso era presencia cada vez más clara del Hijo de Dios. Por citar únicamente un ejemplo, hacia el año cincuenta, antes de Cristo se escribió el Libro de la Sabiduría, probablemente el último de los libros del Antiguo Testamento que se escribió cincuenta años antes de Cristo. Y la manera como se habla de la sabiduría en ese libro ya anticipa de un modo cercanísimo lo que luego nos dirá Juan: La palabra estaba con Dios, la Palabra era Dios. Ese lenguaje que podrá decir el evangelista, ya tiene una anticipación en el libro de la Sabiduría. Es decir, el amado estaba mucho más cerca en la época de la sabiduría que en épocas anteriores. Esta mujer se alegra pensando en el recorrido que ha hecho el Amado, porque ese recorrido habla de su amor. Se goza también sintiendo su mirada dice: Se ha parado detrás de la tapia, atisba por las ventanas, mira por las celosías. Es una gran alegría para una mujer saber que gusta, saber que agrada, saber que es deseada por aquella persona que ella ama. Es una alegría profunda, porque si hay ese gusto, si hay ese deseo, entonces también hay esa atracción que llevará a una unión. Y esa atracción ¿cómo la podemos percibir nosotros? Porque es evidente que nosotros somos los que tomamos el lugar de esta amada y es evidente que el Amado no es otro sino Jesucristo. Independientemente de que seamos hombres o mujeres, en este pasaje todos tenemos que identificarnos con la parte femenina. Entonces, ¿cómo podemos aplicar esto a nosotros? Es evidente que ella sabe que gusta a su amado. Y es evidente que se alegra de saber que le gusta al Amado. Entonces, para aplicar esa parte del texto a nosotros, tenemos que preguntarnos ¿en dónde puede estar aquello que guste a nuestro amado, que guste a Jesús? Y encontramos una primera respuesta en nosotros. Jesús ve la imagen del Padre Celestial, del Padre Eterno. La redención en buena parte, es la recuperación de la imagen de Dios que está sepultada por tanta hojarasca de nuestros pecados, por tanta basura que ha entrado a nuestra vida. Podemos decir que la obra que realiza Cristo es algo así como limpiar toda esa basura, quitar toda esa hojarasca, porque él quiere que brille esa imagen divina que está en nosotros por creación. Y entonces una primera explicación del amor que Cristo tiene por cada uno de nosotros está en el hecho de que somos imagen y semejanza suya. Otra parte de la explicación la encontramos en su corazón compasivo en dos o tres oportunidades. Los evangelios nos dicen que Jesús, viendo a la gente, se conmueve. Hay un verbo griego que retrata ese sentimiento traducido literalmente, es algo así como movérsele a uno las entrañas. A Jesús se le mueven las entrañas. Él siente profundo dolor porque tiene profundo amor. Es decir, que su compasión hace que quiera acercarse a nosotros. En esto sí que hay una diferencia con el amor de pareja, porque con mucha frecuencia el amor y el deseo en la pareja son amor y deseo de satisfacción propia. El hombre que se acerca a la mujer usualmente quiere encontrar en ella un gusto, un gusto para sí mismo, porque le gusta la figura de ella, el perfume de ella, le gusta acariciarla, le gusta lo que él siente. El amor de Cristo nos describe algo distinto. No es el amor que busca la propia satisfacción, sino es el amor que se goza en la obra que puede realizar. Se goza en el bien que puede traer. Quizás se parece más en ese sentido al amor de una enfermera, al amor de una madre al amor de un jardinero. Ese jardinero que sabe que gracias a sus cuidados aquella planta va a crecer derecha y va a florecer. Ese jardinero que quiere ver en todo su esplendor esa planta. Algo parecido. Luego está la voz. La voz es tan importante para el amor. Habla mi amado y me dice: Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí. Observemos que él se ha acercado a ella, pero al hablarle le pide a ella que se acerque a Él. Esto tiene que ver con lo que mencionamos antes de la esperanza activa. En el Adviento, el camino largo, el camino grande lo ha hecho él, pero también nosotros tenemos que dar unos cuantos pasos. En el Cantar de los Cantares este amado se ve que ha recorrido muchos kilómetros. Ella tiene que recorrer unos cuantos metros, pero tiene que recorrerlos. Tiene que levantarse. Tiene que abrir la puerta. Parece poco lo que ella camina en comparación con todo lo que él ha tenido que caminar. Y sin embargo, si ella no hace su parte, jamás habrá ese abrazo. Jamás habrá ese beso. O sea que eso nos recuerda lo de la esperanza activa. Pero está el poder de la voz. La voz que en su tono ya es mensajera de amor. No interesa simplemente lo que se dice, sino cómo se dice. Es la famosa musiquita, el tonito, el tonito. Pero con mucha frecuencia, cuando uno se queja de la manera como le hablan. Cuando uno habla del tono de voz de otras personas es para indicar algo negativo. Deberíamos recordar que el tono también tiene la capacidad de llevar un mensaje profundamente positivo. Es algo imposible de reproducir. Es algo que tiene que ver con la profundidad de lo que nosotros somos. Efectivamente, la voz está unida al conjunto del cuerpo humano. Me llama la atención algo que aprendí sobre cómo si un cantante o una cantante cambia demasiado drásticamente su cuerpo, por ejemplo, perdiendo muchísimo peso o ganando muchísimo peso, su voz cambia porque uno no habla únicamente con las cuerdas vocales. Uno habla con toda la resonancia que trae el cuerpo y por eso el tono de la voz no es solamente la expresión de un sonido, es la expresión de todo un ser. Y al escuchar la voz de Dios, nosotros sentimos precisamente eso que nos ama con todo su ser. Y también Él quiere escuchar nuestra voz, dice hacia el final del texto: Déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz. A mí por lo menos me conmueve bastante que Dios nos diga esto, porque es evidente que el hermoso es Él y no nosotros. Es evidente que es su voz la que es grata y melodiosa y no la nuestra. Sobre todo si tenemos un poco de resfrío. Pero Dios nos dice: Déjame ver tu figura. Y Dios nos dice: Déjame escuchar tu voz. Nosotros le dejamos ver nuestra figura a Dios. Cuando nos hacemos presentes en su asamblea en medio de la asamblea te alabaré. Tiene que verse tu cara en la casa de Dios. Tiene que verse tu alegría en la asamblea de los creyentes. Tiene que verse la luz de tu mirada convencida cuando pronuncia su nombre. Y tiene que escucharse también tu voz. Tiene que escucharse como alabanza, como súplica, como agradecimiento, y tiene que escucharse sobre todo para que puedas decir, como dijo María: aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

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