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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Viene Cristo a despertarnos de los varios sueños y pesadeces que quieren hundirnos y aislarnos de su amor.
Homilía v21d008a, predicada en 20121221, con 38 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Mis amados hermanos. Las lecturas de hoy nos hablan de visitas, la visita de un amado a su amada con toda la expectativa que ella tiene y con todo el anhelo de ese enamorado. Y luego en el Evangelio, otra visita, la visita de María a su prima Santa Isabel, pero que es también la visita de Jesús a esa casa, porque Jesús ya está en el vientre de la Santísima Virgen. De modo que donde va ella, lo lleva a Él. ¡Qué agradable es recibir una visita! En esta época del año, son muy frecuentes las visitas y los visitantes. Hay personas que están a muchos kilómetros y sin embargo recorren toda esa distancia por darle el gusto al papá, a la mamá o a una novia, que tienen unos amigos que hace tiempo no ven. Qué agradable que es poder encontrarse, poder sonreír, recordar buenos tiempos, darnos un buen abrazo, compartir una comida sabrosa. ¿Qué es lo que hace tan especiales las visitas? Si lo pensamos bien, es el amor. Nosotros no esperamos con ansia que llegue el cobrador de los impuestos ¿Cuándo vendrá? No, eso no nos produce una alegría especial. Ni siquiera una persona que va a hacernos un bien. Si ese bien está motivado únicamente por su trabajo. Por ejemplo, si hay un daño en la casa y estamos esperando el plomero. Pues lo recibimos únicamente con la alegría, de aquí se va a acabar el problema que había en la casa, pero la persona misma no es la que nos va a despertar. Gran alegría, señor plomero. Pero qué maravilla que usted haya venido. Venga, un abrazo. No, no lo recibimos así simplemente. Pues bueno, aquí está el problema. Arréglelo y arréglelo pronto. Gracias. Eso es lo que esperamos de él. Entonces, la alegría, la alegría de la que nos hablan las lecturas de hoy es la alegría del amor. Y de lo que se nos está hablando. Es de un amor que pone en movimiento, que lleva a un encuentro. Esas son las tres palabras importantes en las lecturas de hoy. El amor pone en movimiento para llegar a un encuentro y por eso ese enamorado, ese amado y amante de la primera lectura tomada del Cantar de los Cantares, por supuesto, en la Sagrada Escritura, ese amante, ese enamorado, viene en camino, está en camino porque ama y su amada siente ya alegría porque ama. Es el amor el que hace que ella espere con tanta ansia, y es el amor el que hace que Él venza todo obstáculo y esté presuroso. Se le compara a un cervatillo. Él está presuroso. El amor tiene prisa. El amor nos pone en movimiento. El amor es la fuerza misma de la vida. Y por eso, para los que aman los obstáculos, nunca son finalmente una barrera. El amor se goza en vencer obstáculos. El amor supera las barreras. El amor hace cortas las distancias porque tiene ese anhelo que se describe tan preciosamente en las palabras que hemos escuchado. El invierno ya pasó. Las flores brotan. Ha llegado la estación de los cantos. Levántate, amada mía. Ven. Paloma, que anidas en las hendiduras de las rocas. Déjame ver tu rostro. Finalmente. Todo ese movimiento es para llegar a un encuentro. Y ese encuentro se describe con tanta poesía en las palabras del amado. Déjame ver tu rostro. Hazme oír tu voz. Y eso es verdad para el que ama, no hay un paisaje más hermoso que el rostro del amado. Para el que ama no hay un sonido más grato que la voz de la amada. Eso es lo que produce el amor. El amor nos pone en movimiento hacia el encuentro. ¿Y eso qué tiene que ver con el tiempo que estamos celebrando? Tiene todo que ver. Porque el Adviento es el movimiento, el movimiento que la Iglesia adquiere, el movimiento que la Iglesia recupera. En realidad, la voz de Cristo es la que hemos escuchado en la primera lectura cuando dice: ¡Levántate! Se lo está diciendo a la iglesia Levántate, levántate, amada mía. Ahí están las palabras de San Pablo en la carta a los Efesios cuando dice: Cristo amó a su iglesia y se entregó por ella. La Iglesia es la amada de Jesucristo, y en el Adviento Cristo le está diciendo a la Iglesia Iglesia que somos todos, o sea que nos está diciendo a cada uno de nosotros, nos está diciendo levántate, y a la Iglesia la llama la amada levántate amada mía, hermosa mía, y ven. Observa cómo Él está llegando y sin embargo le dice a la Iglesia: Ven. Porque espera que también ella se ponga en movimiento. Hay una cosa paradójica con respecto a esta amada del Cantar de los Cantares. Ella tiene gran expectativa. Se ve que está realmente gozosa con la visita del amado. Aquí viene mi amado saltando por los montes. Mi amado es como una gacela. Y sin embargo, ¿por qué le tiene que decir que se despierte? ¿Por qué la tiene que llamar como de ese sueño? ¿Cómo es eso que a la vez ella ama y tiene prisa, pero también está recostada y tiene sueño? Pues esa es la contradicción, esa es la paradoja. Pero esa paradoja o contradicción la vive también la Iglesia. Y esa paradoja y contradicción la vivimos también nosotros, porque al mismo tiempo sabemos que todo nuestro bien está en Cristo, pero somos como perezosos, somos como lentos para responder, como que estamos adormilados. Una parte de nuestro corazón permanece en vela. Una parte de nuestro corazón tiene perfectamente claro: Mi bien es Jesús. Pero otra parte de nuestro corazón. Y esa es nuestra tragedia que estamos divididos. Otra parte del corazón está como adormilado. Hay como una pesadez. Y esa pesadez que se adueña de nosotros hace que seamos lentos. Pero Cristo quiere que nos sacudamos esa pesadez. Y por eso le dice a su amada que es la iglesia: Levántate, hermosa mía, y ven. Levántate y ven. Bueno, ¿qué es lo que nos tiene adormilados? Hay varios pasajes en la Escritura que nos muestran en qué consiste ese sueño. Hay un sueño como el que tuvieron los discípulos en Getsemaní. Es el sueño de la tristeza. Efectivamente, cuando una persona está en depresión profunda, llega un momento en el que no desea otra cosa sino dormir. Y ese sueño, ese sueño, no es verdadero descanso. Porque ese sueño es el cansancio de huir y huir y huir. Por eso la persona deprimida no descansa. Es como otra contradicción, no. Por qué una persona deprimida puede dormir y dormir y dormir tanto ¿y sin embargo no descansa? Tuvimos el fin de semana pasado un retiro espiritual muy hermoso en la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Bernardsville, donde está nuestro querido padre Antonio, y ahí escuchamos algunos testimonios. Una señora que estuvo durante años enferma de depresión, decía: Yo llegaba el día viernes, me acostaba cansadísima el viernes por la noche. Esto parece increíble. Y dormía todo el día sábado y dormía todo el día domingo y me levantaba el domingo por la tarde para ir a trabajar otra vez el domingo por la noche. Es increíble que una persona pueda dormir tanto, pero ese sueño no descansa, ese sueño no descansa, sino que fatiga el alma. Porque ese sueño es el sueño del que está decepcionado, deprimido, del que está huyendo. Y ese es uno de los sueños que tiene la amada del Cantar de los Cantares. Es el sueño del que se siente demasiado cansado, del que se siente triturado por la vida, del que siente que sus esperanzas no se van a realizar, del que siente que sus esfuerzos no cuentan. Esa persona siente una modorra, siente una pesadez, pero Cristo le está diciendo a esa persona: Levántate, levántate y ven. Cristo le está diciendo. Ese es un tipo de sueño. ¿Tienes tú esa clase de sueño? Es el sueño de la persona que perdió el impulso. Es el sueño de la persona a la que, como decimos en algunos lugares y países, se le acabó la gasolina, se le acabó el ánimo, se le acabó el impulso. No le ve sentido a las cosas. ¿Rezar para qué? Yo creo que Dios ya ni me oye. Quién sabe si habrá o no habrá un Dios. Es el momento en el que la persona se siente tronchada. Ahora, qué pasó, este huracán que hizo tantos daños, sobre todo materiales, En esta zona no se puede recorrer una carretera sin ver esos árboles partidos por todas partes. Pues hay gente que está así. Hay gente que está rota, está fracturada porque tenía unas esperanzas. Tal vez tenía el sueño americano y tal vez creía que todo iba a salir muy bien. Pero la vida como un huracán, le tronchó esas esperanzas. Y están así, caídos. Como esos arbolitos que ve uno por la dos ochenta y siete y que ve uno por la setenta y ocho y por la doscientos dos. Están esos arbolitos así, todos caídos. Y hay gente que está así, con sus esperanzas tronchadas y siente esa pesadez que era la pesadez de los apóstoles y esa pesadez es terrible. Y en esa pesadez, en esa pesadez, se nos puede ir, se nos puede perder la hora de Dios. Hay otro tipo de sueño que es muy parecido a este. Este sueño que acabo de describir es el sueño de la depresión. Pero hay otro tipo de sueño que está bien representado por un gran personaje del Antiguo Testamento. Ese personaje se llamaba Elías. Resulta que Elías era profeta de Dios, pero en una época muy difícil, en una época en que la mayor parte de los profetas eran falsos, eran profetas de las deidades cananeas, de los baales de aquella época. Y hubo un momento en el que Elías se quedó solo. Era el único profeta de Yahvé. Era el único que seguía creyendo en la ley de Moisés. Era el único que quería ser fiel a la Alianza y todo el resto de la gente detrás de los dioses falsos, detrás de los baales. Todos. Todos detrás de los baales. Todos prostituyéndose unos y otros, mintiendo los unos a los otros. Dándole la espalda a Dios. Y Elías se siente solo. Y Elías siente que ya no puede más. Y Elías siente que es absurdo continuar. Y entonces también se queda sin fuerzas. Y nos dice la Sagrada Escritura que Elías, sintiendo el absurdo de su misión, tuvo que ir huyendo porque lo estaban buscando para matarlo. La perversa reina Jezabel, esposa del rey Ajab. Pero ese rey no reinaba. La que reinaba era la esposa que era una idólatra de siete suelas. Y esta mujer, Jezabel quería acabar con el único, con el último profeta que quedaba. A todos los demás ya los había quitado de en medio. Solo quedaba uno y ese era Elías. Y esta mujer que manejaba todos los hilos. Una mujer perversa, una mujer descompuesta, podrida por dentro, no tenía otro anhelo que acabar con Elías. Y Elías, muerto de miedo, sin fuerzas, se enfrenta con el absurdo y ya no puede más. Y después de huir y tratar de poner a salvo su vida, encontró por allá una cueva, una retama, y se echó y se echó debajo de la retama y le dijo a Dios: Basta, basta, no puedo más. Yo no soy mejor que mis padres. Y diciendo estas palabras y deseándose la muerte se quedó profundamente dormido. El primer sueño que he descrito, el de los apóstoles, es el sueño de la depresión. El segundo sueño que estoy describiendo es el sueño, la pesadez que se siente frente al absurdo. No tiene sentido. Parece que yo soy el único tonto que sigue creyendo en la sinceridad. Parece que yo soy la única tonta que sigue creyendo en la fidelidad. Parece que yo soy el único tonto que todavía cree en la honradez. Parece que yo soy la única tonta que todavía cree en un hogar feliz. Como soy la única, como soy el único, me parezco a Elías. Elías también se quedó solo. Elías quedó solo y él sintió que solo ya no podía más. Sintió que era absurda su lucha y por eso se quedó profundamente dormido. Llevamos dos tipos de sueño. Espero que mientras hablamos del sueño, no les dé sueño. Llevamos dos tipos de sueño. El sueño de la depresión y el sueño del absurdo. Me quedé solo. Es un sueño. El sueño del absurdo es el sueño de la soledad. Algunos de ustedes están viviendo esto que yo estoy diciendo. Algunos de ustedes están preguntando: ¿Oye, pero es que ya nadie cree en un matrimonio para toda la vida? Algunos de ustedes están sintiendo. Oye, pero es que. Es que ya voy a ser yo el único católico en mi grupo de amigos, porque todos los demás se fueron a otras religiones. Y muchos jóvenes sufren, sobre todo si tienen una conciencia despierta y viva. Muchos jóvenes sufren porque sienten. Parece que yo soy el único que todavía cree en la pureza cuando todo el mundo corre tras los vicios fáciles de la carne, cuando todo el mundo busca como si fuera la cosa más trivial y la más natural del mundo la pornografía, las relaciones sexuales irresponsables. Esas no las podemos llamar prematrimoniales, porque esa gente nunca se casa, prematrimoniales antes del matrimonio y como nunca se casan, entonces toca llamarlas relaciones irresponsables. Y entonces la gente siente: Yo soy el único tonto. Yo he conocido jóvenes. Yo he conocido jovencitas que sienten eso. Padre, yo creo que yo soy la única estúpida que todavía cree en la virginidad. Se sienten tontas. Sienten que no tiene sentido. Sienten que la pureza no tiene significado. Pero es un absurdo muy terrible. Porque si renuncian a lo que les pide la conciencia, sentirían que se están traicionando a sí mismas. Y si permanecen fieles a su conciencia, entonces sienten que se quedan solas porque todas sus amigas se han vuelto promiscuas. Todas sus amigas se han vuelto irresponsables y no solo cuentan las cosas que hacen, sino que parecen ufanarse del número de parejas que tienen y de estar ligando y desligando. Y eso hiere la conciencia de ésta. Pero ella siente que es la única que todavía cree en eso. O sea que si tú sientes que eres el Llanero Solitario porque eres el único que todavía cree, entonces entiendes esa pesadez y esa pesadez hace que uno se sienta tan absurdo que a veces ni siquiera le encuentra significado a orar. Y eso es muy duro. Hablemos de otro tipo de sueño. Encontramos otra clase de sueño en aquella parábola que describe el Señor Jesucristo, la parábola de aquellas vírgenes que eran invitadas a un banquete de bodas. Resulta que el novio, y obviamente sin el novio, no se iba a hacer la fiesta, tardaba en llegar y tardaba en llegar. Y dice Jesús: Les entró sueño, les entró sueño. Este es el sueño ¿de qué? Este es el sueño de la persona a la que se le acaba la esperanza. Si podía esperar. Pero. Pero eso de estar posponiendo la recompensa, eso de estar posponiendo el precio que uno espera recibir. Eso es muy duro. Y resulta que uno sí espera un premio. Uno espera una retribución. Claro, uno quiere ser bueno, pero uno quiere que se vea que ser bueno sirve para algo. Y uno quiere ser honrado y quiere ser sincero y quiere ser piadoso, pero uno quiere que se vea, que se vea la retribución. Si soy un buen trabajador, si soy un buen papá, si soy una persona honrada, pues eso tiene que verse, que se vea. Y a veces en esta vida esa retribución tarda y tarda y tarda. Y cuando la retribución tarda demasiado, entonces uno se cansa de ser bueno, uno se cansa de que se demore tanto la retribución, porque uno va por el camino de la honradez, pero por el camino de la honradez para poder asegurar una buena riqueza y una cierta estabilidad. Eso tarda mucho tiempo y en cambio resulta que hay unas vocecitas, unas vocecitas tenebrosas que le dicen a uno mire, si usted hace esto, usted ya tendría su riqueza. Son los atajos. Usted sabe que el demonio es el maestro de los atajos. Mira lo que quieres tener. Lo puedes tener y lo puedes tener ya. Y entonces uno trata de resistir a esa tentación. Le voy a contar, por ejemplo, algunos de los atajos. La droga. La droga es un atajo. Yo quiero sentirme feliz. Todos queremos ser felices. Entonces la droga es un atajo. En vez de tener que esperar cuarenta años más a que me muera para ir al paraíso. Espere, hermano. Yo le hago sentir el paraíso. Ve. Entonces. El paraíso. Ya, ya en este momento no. Lo mismo. Pensemos en un muchacho que tiene diecisiete, dieciocho años y es un muchacho que tiene mucho gusto por las niñas y él quiere bastante placer y quiere sentir y sentir fuerte, bien fuerte. Y resulta que él se pone a pensar bueno, de aquí a que haya una novia con la que yo me pueda casar, con la que no se qué, eso se puede demorar tres, cuatro o cinco años y entonces ahí es donde el demonio le dice: Le tengo un atajo, hermano, le tengo un atajo. Mire usted, en vez de estar esperando cuatro o cinco años a ver si esa tal Fabiolita o Adrianita o Claudita al fin resulta o no resulta. Yo le tengo un atajo. Entonces el pecado es un atajo. El pecado es impaciencia. Una de las muchas descripciones del pecado es esa. El pecado es impaciencia, mientras que la virtud es paciencia. Pero la virtud a veces se ve puesta a prueba, porque entonces la persona que quiere ser casta, la persona que quiere ser honrada, la persona que quiere ser sincera, que quiere ser persona de fiar, como dicen en inglés Reliable. Quiero ser una persona de fiar. Pero construir una reputación y ser fiel a mis principios requiere paciencia. Y la siembra de la virtud requiere paciencia. Y entonces hay un momento en el que uno siente que se le acaban las fuerzas. Y ese es el sueño del cansancio. Me cansé de ser bueno, me cansé de ser humilde. Yo antes, yo antes perdonaba y yo era lo más noble del mundo. Pero me cansé, me cansé de que la gente me humillaba y me trataban como cualquier cosa. Entonces ahora ya no, ahora ya me cansé y ahora sí, ahora sí llego pisando fuerte y hay una cantidad de mujeres que se cansaron. Por ejemplo, yo estuve unos años en Irlanda y allá me encontré con la Sociedad Irlandesa de Mujeres Cansadas. De que se cansaron las irlandesas, se cansaron de que los esposos se iban a la taberna y tomaban. Entonces ellas se cansaron de estar esperando en la casa. Entonces dijeron: Salgamos nosotras también. Entonces se cansaron. Y entonces ahora sí es bonita la vida, porque ahora sí llega el podrido de la borrachera. Pero ella llega media hora más tarde que no puede ni sostenerse. Ahora sí estamos empatados. Ya ¡se cansaron! La gente se cansa, No. Entonces la gente se cansa. Usted es infiel. Mire, yo le fui siempre fiel, dice la Sociedad Irlandesa de Mujeres Cansadas. Mire, yo le fui fiel a usted. Siempre le fui fiel. Usted no salió con nada. Pues entonces yo tampoco. Entonces salga usted con sus amigas. Yo salgo con mis amigos y felices los cuatro. Y ahí quedamos todos tranquilos. Esa es la gente que se cansó. Se cansó de ser buena. A veces nos cansamos de orar. Es el primero de los cansancios. La Iglesia siempre nos llama a orar. Orar, por ejemplo, con la liturgia de las Horas, orar con el Santo Rosario, orar con la Misa dominical, por lo menos la Misa dominical. Me cansé, me cansé de que la Misa, que toca ir a la misa, que ir a la misa, que eso qué misa ni qué nada. Una buena barbacoa con los amigotes y ya está arreglado el domingo. Me cansé. Uno se cansa. ¡Qué pesar eso! Y uno se cansa porque uno tiene muy poquito amor. Entonces ese es el tercer tipo de sueño. El sueño, el sueño del cansancio. Ustedes están siguiendo los tipos de sueño. ¿Cuántos llevamos? Tres. Esta gente es maravillosa. El primer tipo de cansancio. Esto de sueño es el sueño de la depresión, de la decepción, de la tristeza. Segundo tipo de cansancio, el sueño de la soledad, del sueño, del absurdo. No le veo sentido. Tercer tipo de cansancio. El sueño del cansancio. Me cansé. Padre, yo. En una época yo era una persona responsable. Yo era una persona. Yo era una persona honrada. Yo era una persona casta. Pero me cansé. Y entonces, ahora pues, pues me gané mi sida. Padre. ¿Qué hacemos, Padre? Ve, porque me cansé. Y el último tipo de sueño que vamos a ver hoy es el sueño de la muerte. Jesús dice cuando le hablan de una niñita que estaba muerta. Dice: La niña no está muerta, está dormida. Pero Jesús le da el nombre de sueño a esa muerte que experimenta la familia de la niña, y a la niña misma la llama dormida. O sea que Jesús combina hace como un juego de palabras y pensamientos entre la muerte y el sueño. Fíjese que eso existe en la lengua griega. La palabra Coime Ethereum de donde viene cementerio es una palabra griega que significa o que hace alusión a los que duermen. Qué significa cementerio? Etimológicamente quiere decir el lugar de los que duermen. El lugar de los dormidos. Entonces hay personas. Hay personas que están, están ya muertas. Es decir, no es solamente que se deprimieron o que se sintieron solas o que se sintieron cansadas. Son personas que ya renunciaron, ya perdieron todo. Están muertas. Pero incluso en ese caso, la voz de Cristo es capaz de despertarlos, como sucedió con el hijo de la viuda de Naín. Como sucedió con Lázaro. La voz de Cristo es tan potente que penetra la barrera de la muerte y de las garras de la muerte. Es capaz de sacar al que está allá. Y eso fue lo que hizo Cristo con Lázaro. La voz potente del Señor llama a Lázaro. Lázaro, sal fuera. Y esa palabra de Cristo es capaz de obligar a la muerte a que suelte sus muertos. Y lo mismo encontramos en el capítulo veintiuno o veintidós del libro del Apocalipsis, donde Dios le manda a la muerte que suelte sus muertos, porque tienen que ser presentados a juicio. La voz de Dios es capaz incluso de vencer ese sueño. Hermanos, son distintas clases de sueño, pero en el fondo, en el fondo, nosotros somos como la amada de esa lectura de hoy. En el fondo nosotros sabemos que nuestro bien es Jesús. Y esa alegría, esa expectativa, esos nervios de gozo que experimenta la amada, eso también lo tiene que sentir el cristiano, sobre todo en Adviento. Viene mi amado saltando por los montes. Es como un venadito. Se detiene detrás de la celosía, de la reja, de la tapia espía por las ventanas y mira a través del enrejado. Jesús viene, Jesús viene y la proximidad de Cristo hace que esa pesadez, esa pesadez de la depresión, de la derrota, de la soledad, del absurdo, esa pesadez que puede llegar incluso a ser muerte. Esa pesadez se espanta con la sola voz del Amado, con los pasos del Amado se siente ese gozo. Los evangelios nos cuentan de personas que sintieron ese gozo porque llegó Jesús. El Evangelio de hoy nos cuenta que Juan el Bautista sintió, presintió a Jesús y como era un feto, Juan Bautista era un feto, un hermoso feto. Imagínate Juan Bautista siendo feto no podía hablar, no podía manifestar de otro modo su alegría. Pero saltó de gozo porque sintió la proximidad de Jesús. Y a veces nosotros estamos en esa condición. Nosotros estamos así como adormecidos y estamos así como resguardados. Pero hay que sentir la proximidad de Cristo y hay que saltar de gozo, porque Cristo llega y hay que sentirse feliz porque está próximo. Ahí viene Jesús. Esa es la alegría del Adviento y ese es el gozo grande de la Navidad. Viene Jesús a mi vida y entonces se tiene que espantar esa modorra, tiene que quitarse ese sueño, esa pesadez. Y tenemos que sentir que ya viene Jesús, que Jesús está próximo. Hubo un hombre que estaba ciego y que pedía limosna en el camino, por allá en la puerta de Jericó, y oyó un barullo, un barullo grande, y empezó a preguntar ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Y entonces le dijeron: ¡Es Jesús! ¡Es Jesús! ¿Que pasa? Y este hombre, como la amada del Cantar de los Cantares, sintió gozo. Se puso tan contento que arrojó el manto que era la única posesión que tenía. Este mendigo arrojó su manto y dando tumbos. Y aunque la gente lo criticara. ¡Déjenme! ¡déjenme! ¡déjenme! que tengo que hablar con él. Esa santa prisa del amor. Esa es la que tenemos que sentir nosotros hoy que Jesús viene y tenemos que no detenernos. Y tenemos que quitar todos los que nos pueda, todo lo que nos pueda amarrar. Tenemos que quitarlo, dejarlo a un lado. Déjenme, déjenme. Tengo que verlo. Tengo que verlo. Pero si usted es ciego por eso, por eso, por eso tengo que llegar donde él. Para que me devuelva la vista y para que yo pueda verlo. Esa es la prisa santísima. La prisa santísima que se siente. ¡Qué hermoso! O como le pasó a María, la hermana de Lázaro, María de Betania. María de Betania, estaba llorando, estaba metida en su tristeza. Ella quería como encerrarse en esa tumba donde estaba ese hermanito que ella quería tanto. Ella estaba como atada a esa tumba, como atada a ese dolor. Pero entonces le dijeron. El Maestro está aquí y te llama. Y con esas palabras ella dejó su duelo. Ella dejó su lugar de lágrimas y se fue a encontrarse con Jesús. ¡Qué cosa tan hermosa! El Maestro está aquí y te llama. Hay que sentir esa prisa, esa prisa por encontrarse con Cristo. Hoy es el día, mis hermanos, para que sintamos estas palabras que Jesús nos dice: Levántate, ven, ven. Y nos dice: Déjame ver tu rostro. Hazme oír tu voz. Claro, cuando uno no es muy poeta y cuando uno además es hombre. Y este texto evidentemente se refiere a la amada, pues si uno no es poeta, entonces uno dice bueno, pero ¿qué será lo que Cristo quiere ver en mi rostro? ¿Qué es tanto lo que Cristo quiere ver en mi rostro? ¿Sabes una cosa? ¿Sabes una cosa? Eres único. Dios no ha hecho otro como tú. Eres único. No existe otro como tú. Explica muy bien Santo Tomás de Aquino que la diversidad de criaturas habla de la infinita riqueza de Dios. Como Dios es tan grande como Dios, es tan bello, y su belleza no cabe en una sola criatura, por eso ha hecho tantas. Y cada uno de nosotros es una sílaba de un poema precioso. El poema de la Creación. Y cada uno de nosotros brilla de una manera única. Nosotros, todos, formamos como un diamante colosal y cósmico en el que se refleja toda la hermosura del Creador. Y Cristo quiere ver esa faceta porque Cristo sabe que estás hecho a imagen y semejanza de Dios. Pero la manera como se refleja Dios en ti no se repite en nadie más. No se ha dado en nadie más y no se repetirá en nadie más. Tu belleza es única y por eso Cristo, esto no tiene nada que ver ni con hombres ni con mujeres. Y por eso Cristo quiere ver tu rostro. Por eso Cristo quiere ver tu rostro. Por eso Cristo quiere que brille la imagen de Dios. Tú eres imagen de Dios y la imagen de Dios tiene que brillar en ti, y el brillo que tú tienes no lo tiene ni tu vecino de atrás, ni adelante ni de al lado. Tú tienes un brillo único, el brillo único de Dios en ti. Ese lo quiere ver Cristo, ese lo quiere sacar Cristo. Cristo quiere sacar esa luz, esa luz que no va a morir, la luz de la gracia eterna del Padre en ti. Y Cristo quiere oír tu voz. ¿Cuál es la voz que quiere oír Cristo? Cristo quiere oír esa voz de la que dijo Pablo: Si crees en tu corazón que Jesús es el Señor, y proclamas con tus labios que Él es tu Señor, que Él es tu Salvador, serás salvo. Eso es lo que Cristo quiere oír de tu voz. Cristo quiere oír en tu voz la profesión de la fe. Cristo quiere oír esa voz, porque esa voz no la puede reemplazar nadie. Cristo quiere que tú le digas, tú le digas que confías en Él. No basta con que lo diga el cura, que el cura ya se montó en su púlpito. Y allá desde el púlpito, el cura dijo Dios nos ama. Bueno, ya lo dijo el cura, al fin y al cabo es su oficio. A él le toca decir esas cosas. No, señor, tú tienes que decirlo. Tú tienes que decirle a Jesús. Jesús, yo confío en ti. El acento de tu voz es único y tiene que oírse en tus labios. Lo que abunde en tu corazón y lo que abunda en tu corazón en este momento tiene que ser la fe, la fe absoluta en el Cristo Salvador. Y tú vas a decir con tus labios Yo confío en ti, Jesús. Ese es el rostro que Cristo quiere ver. El rostro que Cristo quiere ver es la luz única del Padre Celestial en ti. Y la voz que Cristo quiere escuchar es la palabra con que le entregas tu confianza y tu corazón. Yo confío en ti. Esta es la historia del amor de Dios. ¿No le parece a usted muy bello el Adviento? El Adviento es bellísimo. La Navidad es hermosísima. Vamos al encuentro de Jesús. Él viene a nuestro encuentro. El amor se siente en el aire. A veces, por tantas prisas, por tantas carreras y tantas compras, parece que en el aire solo estuvieran las propagandas, las tarjetas de crédito, las facilidades de pago. No para el cristiano. Hoy el aroma que se siente en el aire para el cristiano, el perfume que hay en el aire es el perfume del amor. Mi amado viene y yo voy hacia él. Siente, siente, hermano mío, siente hermanita, siente el perfume del amor. Siente que Jesús está próximo. Siente que quieres ir a Él. Siente que Él desea contemplar en tu rostro la hermosura de Papá Dios y quiere escuchar de tus labios: Yo confío en ti.

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