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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Descubrir los distintos sabores que trae la alegría de la Navidad.
Homilía v21d003a, predicada en 20041221, con 31 min. y 20 seg. 
Transcripción:
Podemos tomar como hilo que une las dos lecturas de hoy a la alegría. Es tan bella, tan poética, la expresión de la alegría en ese texto del Cantar de los Cantares es una invitación a gozarse porque está cerca, porque se aproxima el Amado. Y se muestran los distintos aspectos de los distintos sabores, de la alegría de esperar al que ya está cerca. La alegría no es de un solo sabor. Hay alegrías de varios sabores. Hay alegría de varios colores también. Saber que ya viene pero que no ha llegado. Crea una deliciosa expectativa. Ese es un sabor de alegría. Saber que llama escuchar su voz es otro aspecto de la alegría. Ver lo que pide y encontrar la manera de complacerle es otro modo de alegría. Saber que podemos agradarle. Saber que somos de su agrado, es otro aspecto de la alegría. Todos estos aspectos o sabores o colores de la alegría tienen que ver con el amor, que ha sido como nuestro tema central de reflexión hoy. La alegría acontece precisamente porque el Amado viene. Mi amado, así le llama. Es una gacela. Es como un cervatillo. Descubrir los sabores de la alegría. Es por eso descubrir la potencia, la fuerza del amor. Y así termina el Cantar de los Cantares. El que quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa se haría despreciable. Hay que descubrir las dimensiones, colores y sabores de la alegría para descubrir la potencia del amor. Nosotros somos unos soñadores. Yo los miro con un cariño que no se pueden imaginar porque el Espíritu de Dios les ha puesto el anhelo de la santidad. Que parece como la locura de las locuras en este mundo. Y sin embargo, esa especie de locura. Encuentra su fuerza en la medida en que experimentamos amor. Las señales de amor que vamos recibiendo nos hacen creer que esa locura es posible. Es muy importante entonces, darle atención a estos aspectos de la alegría. El Cantar de los Cantares los describe como una relación entre una mujer y un hombre. Nosotros valoramos esa poesía, pero también queremos aplicarlo a nuestra manera de ser amados y de amar a Dios. Saber que Él viene. Hay que sentir ese gozo. Él viene. Jesús dijo una vez a los discípulos: Dichosos vuestros ojos, porque ven vuestros oídos porque oyen. Y dijo: Porque muchos profetas y reyes quisieron ver lo que veis y oír lo que oís. No lo vieron y no lo oyeron. Sentir la alegría de Jesús que viene. Viene, Él viene de una manera nueva. Es interesante ver que en el Apocalipsis Jesús se llama a sí mismo el que viene. Él es el Adviento. Y mientras estemos en esta tierra somos predicadores de un Cristo que es Adviento. Él es el Adviento. ¿Qué significa alegrarnos de que Cristo viene? Pues que viene en nuestro auxilio, que viene nuestro alimento, que viene nuestra luz. Él vendrá y me rescatará. Hay una cosa tan bonita en el texto de la samaritana. La samaritana tenía una vida muy complicada, una vida muy triste, pero ella tenía un pedacito de Adviento en su corazón. Fíjate lo que ella le dice a Jesús: Si, pues, no sabemos si hay que adorar en este monte o hay que adorar en Jerusalén. Sabemos que cuando Él venga nos aclarará todo. Esa es una frase que también nosotros podemos decir. Hoy hemos hablado de ignorancias, hemos hablado de dudas, hemos hablado de miedos, de resentimientos. Todo eso es lo que hoy le presentamos al Señor y le decimos: Cuando tú vengas, Jesús todo se va a aclarar. O como le pasó a los discípulos allá en la Última Cena, ustedes se acuerdan, que entonces le dicen ahora sí nos hablas claramente, ahora sí te entendemos. Cuando ya Jesús estaba en las últimas palabras, como en su testamento, ahora sí te entendemos. Jesús viene, las dudas se van a disipar, Jesús viene, los odios se van a acabar. Jesús puede sanar mi resentimiento, Jesús puede aclarar mi indecisión. Jesús puede vencer sobre mi pecado. Jesús viene. Hay que alegrarse de eso, de que él viene. La samaritana tenía un pedacito de Adviento en el corazón y la parte que a mí más me gusta de ese pasaje tan tierno es cuando ella precisamente le dice eso a Jesús: cuando venga el Mesías y le dice Jesús: soy yo. El Adviento se le volvió todo, se le volvió presencia, se le volvió Navidad, ahí. Soy yo. Si ella no hubiera tenido hambre, no se hubiera alegrado del alimento. Si ella no hubiera tenido anhelo, no se hubiera alegrado del encuentro. Tener hambre es buen síntoma y es ya un motivo de alegría. Feliz el que tiene hambre, nos dice Jesús: Ese será saciado. Ojo feliz hoy el que tiene hambre, aunque solo mañana será saciado. Hay que saber ver alegrarse ya del hambre. Hay que saber alegrarse del Adviento. Hay que saber alegrarse, por ejemplo, cuando uno siente arrepentimiento del pecado. Cuando sentimos arrepentimiento del pecado, ya tenemos de alguna manera a Jesús en nosotros. ¿Quién nos puede conceder detestar al pecado si no es Dios? Ese es un sabor de la alegría y hay que disfrutarlo. Hay que tener un pedacito de Adviento en nosotros y decir como la samaritana: cuando Jesús venga, todo quedará claro. Luego, saber que el que el Amado llega, que llama. Oír la voz de Jesús. Recordemos lo que algunos discípulos de Juan fueron a preguntarle al Señor: ¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro? La amada de esta lectura está como metida en su casa, que además es una casa que tiene reja o que tiene verja. Se ha parado detrás de mi tapia, atisba por las ventanas, observa por las rejas. Esta es una casa tapiada y enrejada, como somos nosotros, que también estamos asustados por la gente que nos ha decepcionado. Estamos asustados por la gente que nos ha confundido, por la gente que nos ha traicionado. Tenemos muchos miedos, muchos sustos y por eso tenemos rejas y tapias. Y por eso uno le cuesta trabajo abrir el corazón y llegar a confiar en alguien. Y uno se puede imaginar ese juego de miradas. No. Dice la amada: Mirad, se ha parado detrás de mi tapia. No es difícil imaginarse a esta joven que quiere ser amada, pero que no. Quiere ser lastimada como es el alma humana, no quiere recibir amor y no quiere volver a recibir dolor o traición. Entonces ella se asoma por su ventanita y ve que él se asoma por la reja. Ese cruce de miradas es otra alegría. Ese cruce de miradas, por ejemplo, sucede en la capilla cuando uno a veces viene al sagrario y uno mira y tiene por un instante tiene la sensación de que él lo está mirando a uno. Es una sensación tan impresionante. Sentir el cruce de miradas es el lenguaje del amor. Se entiende muy bien en el caso de la pareja, pero no solo en el caso de la pareja. Sucede siempre que encontramos amor, también con los amigos, también con papá y mamá. Ese cruce de miradas es el momento de la visita. Esta se protege detrás de la ventana y el otro se asoma detrás de la reja. Detrás de la ventana ella mira, detrás de la reja él mira y en un momento se encuentran esas miradas. Ese es el momento en el que encuentro alguien que quiere venir a mí. No para utilizarme, no para destruirme, no para humillarme, no para juzgarme, sino este es otro que trae el siguiente lenguaje: Yo no he venido para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve con ese lenguaje. Me habla del amado y esa es como la llave de la puerta. Cuando él dice eso, entonces yo entiendo a este, a este sí le puedo abrir. Tal vez soy una persona tímida, tal vez soy una persona asustadiza porque sé que el ser humano hace daño, pero este ha sabido tocar mi corazón. Este tiene la llave para mi puerta. Mi amado me habla así. Levántate, hermosa mía. Ven a mí. El invierno ha pasado. Entonces ¿por qué estaba ella encerrada en la casa? Por el invierno. Se ven flores en los campos. ¿Por qué estaba ahí encerrada en la casa? Porque no encontraba alegría. Se acerca el tiempo de la poda. ¿Por qué estaba ella encerrada en la casa? Porque no encontraba fecundidad. Como el invierno ha pasado, el peligro está lejos. Y eso lo sentimos cuando nos encontramos con Cristo. Si hay una cosa impresionante en esta tierra es recibir la confesión de una persona que lleva mucho rato sin confesarse. Yo creo que es de las cosas más bellas que le pueden suceder a un sacerdote. Oír una buena confesión de una persona, sobre todo cuando estaba mucho tiempo alejada del Señor. Y la parte más bella, sobre todo si las circunstancias lo permiten, es el final del sacramento, la paz. Muchas veces esa paz se da con un abrazo. Eso es impresionante para uno. Yo creo que uno tendría que ser de bronce para no sentir nada. Cuando la persona te abraza. Gracias. Un gracias que sale de las entrañas. Gracias. En ese abrazo no están buscando tanto a este ser humano, sino que han encontrado uno que no hace daño. He encontrado uno que me puede defender. He encontrado una belleza en la que puedo confiar. He encontrado a alguien que puede hacer fecunda mi vida. Eso es encontrar al amado. Él me habla y me dice eso. Pero hay una cosa muy hermosa aquí, y es que ella está esperando que él entre. Y él está esperando que ella salga. Ustedes, como son poetas, seguramente se dieron cuenta de ese detalle. Fíjate. ¡Mirad Se ha parado detrás de mi tapia! Ella está dentro de la casa. Está esperando a que él entre. Pero él desde afuera le habla. Y ¿qué le dice? Levántate, ven a mí. Él la invita a ella a que salga. Las dos cosas son interesantes. Invitar a Jesús a que entre. Porque él dijo que si alguno le abría la puerta, entraría y cenaría con nosotros. Pero también es bello aquel nos invite a salir. Sal de tu caparazón. Ya no lo necesitas. Yo te protegeré. Así le dijo Dios a Santa Catalina, porque Santa Catalina de Siena vivía como en una celda. Bueno, vivía literalmente en una celda. Y el Señor me concedió este año conocer esa celda allá en Siena. Ella vivía allá, encerrada en una celda, haciendo vida de ermitaña, pura oración y pura penitencia. Pero Dios la invitó a salir, como en el Cantar de los Cantares le dijo: Catalina Amada hermosa, levántate, sal. Pero ella sintió miedo, porque ella, resguardada ya en su piecita como la monja en su monasterio, se sentía protegida. Y lo que le dice Dios es: Yo seré tu monasterio. Es que yo te voy a defender. Sal significa es que yo, yo te defiendo. Yo entiendo que tú te quieras proteger, pero ya no necesitas esa protección porque yo seré tu protector. Por eso la invita a que salga. Pero sobre todo la invita a que salga, porque la casa de ella es muy pequeña y la casa de él es muy grande. La casa de ella, aunque ella procuró arreglarla lo mejor posible, es pobre. En cambio, la casa de él mira todo lo que tiene. Hay flores en los campos. Es tiempo de la poda. Hay frutos en la higuera. Hay cantos de tórtolas y de aves. La casa de él es inmensa. Ven a mi casa, dice él. Entonces ya no tienes que resguardarte en tu miedo. Ya no tienes que protegerte tanto. Yo te voy a proteger y tú vas a vivir en mi casa. Y mi casa es grande y en mi casa hay cosecha. En mi casa hay flores y perfumes. En mi casa hay tórtolas y cantos. Esa es otra dimensión de la alegría. Pero luego viene otra parte que si se quiere, es más profunda. Déjame ver tu figura dice él. Déjame oír tu voz. Hasta ahora solo se habían cruzado las miradas. Y él dice: Quiero verte, quiero oírte. Para quienes saben de amor, para quienes han tenido la experiencia de enamorarse. Yo sé que esto significa demasiado. Le intereso a alguien. Alguien quiere conocerme. Alguien quiere saber de mí. Eso es maravilloso. Es una alegría maravillosa. Porque es muy poco. Ser bello o mejor. Este lenguaje está más en clave femenina, aunque el alma humana es siempre femenina. Es poco ser bella si no hay para quien ser bella. Alguien se interesa en mí. Esa es otra alegría. Alguien quiere saber de mí. Alguien quiere conocerme. Pero es una alegría que también va acompañada con un temor, con un cierto nerviosismo. Esto lo ve uno cuando invitan a una jovencita, por ejemplo, a salir. Es la primera cita. Es el primer baile. Es la primera fiesta. Y entonces ella duda y piensa mil veces y se cambia ochenta vestidos y mira si le quedan bien estos zapatos y si el cabello de una manera y de otra. Muchas veces los hombres nos impacientamos ante ese tipo de vanidades femeninas. Pero la Biblia muestra que hay también como un sentido espiritual en todo eso. Es el deseo de agradar. Tiene interés en mí, pero ¿cómo podré yo agradarle? Esta también es una alegría espiritual. Cuando nos sentimos llamados por Jesús, nos sentimos iluminados por Jesús, y cuando nos sentimos iluminados por Él, entonces ahí descubrimos todo el mugre que llevamos. Ustedes recuerdan la pesca milagrosa, no. Cómo Jesús hace ese tremendo milagro. Y cuando la barca casi se hundía, también se hundió. Pedro cayó postrado delante de Jesús y le dijo: Apártate, yo soy un pecador. La luz del poder de Jesucristo, la luz del amor de Cristo. Tanto iluminó a Pedro que Pedro se sintió desnudo, se sintió desnudo y desnudo, se sintió sucio y por eso cayó ante él. Es la experiencia que vive aquí la amada. Déjame ver tu figura. Déjame oír tu voz. Le gustará el perfume que me quiero echar. ¿Será que le gusta a él? ¿Este vestido será muy audaz, será muy conservador? ¿Le gustará este color? ¿Le gustará? Esa es la gran pregunta. Pero no es una pregunta que seca el alma. Es una pregunta que le da vida. La persona se siente llena de vida. La muchacha se siente llena de vida y vive esas carreritas de cambiarse el vestido y ponerse otro zapato y otra hebilla y otro anillo. Y cómo quedo mejor, todo ese correr lo vive con alegría. Él se interesa en mí. En la historia de los santos también encontramos esto. A Pedro le pasó cuando lo de la barca. Pero hay muchos otros que les ha pasado eso. Que Jesús nos diga: Oye, tú. ¿Yo? Bueno, la canción aquella del pescador de hombres lo dice de una manera tan hermosa, no. Has dicho mi nombre. Pero creer que Jesús ha dicho nuestro nombre no es tan fácil. A mí podría ser otro. Creo que hay una confusión. Al profeta Amós le pasó eso. No. Amós era un campesino, un cultivador de higos. Y le dice Dios. Bueno: nos vamos, nos vamos a profetizar. ¿Yo? Yo creo que ese mismo. Yo creo que ese mismo sentimiento lo ha tenido alguna gente por aquí. ¿Por qué yo? podría ser otra persona. ¿Por qué yo? ¿Qué tengo yo? ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué intereses te sigue Jesús mío? Dice allá la poesía. ¿Qué tengo yo? ¿Por qué yo? Pero en esa pregunta hay gozo. ¿Y qué tal que sí? ¿Qué tal que Jesús quiera llamarme a mí? Uno tiene que hacer las dos preguntas Bueno, ¿pero por qué yo? Y haz la otra pregunta. ¿Y por qué yo no? ¿Por qué tendría que ser otra persona? Yo personalmente me he sentido llamado algunas veces llamado a la vocación dominicana, la vocación sacerdotal, llamado a la predicación, y parece que Dios me llamara a ayudar a que nacieran algunas cosas en la iglesia. Últimamente he optado por ya no alegar. Ya, ya, yo no. Ya yo trato de no protestar para no correr el riesgo de volverme protestante. Ya yo no alego, pero yo sí alegaba antes. Y bueno, el Señor sabe que yo alegaba con razones y la razón era, que yo sabía que eso traía dificultades y yo sabía la poca virtud que había y que hay en mi alma. Y yo sabía todas las calumnias y problemas, porque uno algo conoce de eso. O sea que esta experiencia la conocemos cuando cuando el Señor nos dice mira, es que quiero verte a ti. Cuando uno le dicen quiero verte a ti, uno se acuerda de todos los lunares, verrugas gordos, deformidades, todas las imperfecciones que uno tiene. Quiero verte a ti. Quiero oírte a ti. Ahí es cuando uno no le sale la voz, pero se siente alegría. El Señor me ama. El Señor me llama. Podría llamar a otra persona. Pero ¿por qué no me va a llamar a mí? Y el cuarto y último sabor de la alegría, es cuando él muestra que le agrada el corazón. Dice el amado: Tu voz es dulce. ¿Cómo le puede gustar algo mío a Dios? Tu voz es dulce. Tu figura es hermosa. En ese momento ocurre una sanación de la autoestima. El Señor no sana. El Señor no sana. Le gusto a Dios. A Dios le gusta mi voz. Le gusta oírme. Él echaba de menos mi voz cuando yo no iba a la iglesia. Él echaba de menos mi canto, aunque yo no supiera cantar. Él echaba de menos mi oración. Aunque soy un pecador. Él me echaba de menos y me estaba esperando. Y le gusta cuando hablo. Le gusta cuando oró. Y le gusta cuando canto. Sentir que le agradamos a Dios. ¿Qué haremos, amigos? ¿Qué haremos? ¿Cómo podremos orar? Para que en la iglesia se prediquen las cosas con más hermosura, con más belleza. ¿Saben de qué estamos hablando? Estamos hablando de vivir en la gracia de Dios. De eso estamos hablando. Pero estos temas se predican. Me perdonan que lo diga así. Y si es un juicio injusto en parte, pero se predican de una manera tan aburrida. Cuando yo era niño me sentía tan aburrido de la religión que ahora no me explico cómo llegué a ser un religioso. Me aburría tanto la religión, pero tanto, tanto, porque toda la religión. Mire, mi problema con la religión era el mismo que tuvo un niño que fue más avispado y más espontáneo y más libre que yo. Ese niño, cuando tenía nueve años, le dijo a la mamá yo no vuelvo a misa. La mamá le preguntó ¿Por qué? El niño: dijo Porque el padre siempre dice lo mismo que nos portemos bien. Ese niño resumió un problema gravísimo de la Iglesia Católica El padre siempre dice lo mismo que nos portemos bien. El Evangelio es mucho más que repetir pórtense bien, pero pórtense bien. Ojo, portarse bien, Ojo. ¿Qué pasó? Portarse bien. Dejen de portarse mal, pórtense bien. El Evangelio es mucho más que esa campanita. A ver, portarse, portarse bien allá. Allá usted se me porta bien. Y aquí déjeme. Descuide. Portarse bien. Oiga, esas son todas las predicaciones. Portarse bien, portarse bien. Mira, tenemos que aprender a predicar. Tenemos que aprender a evangelizar. Mira como lo dice la Biblia. Tu voz es dulce, tu figura es hermosa, Tu le agradas a Dios vestido de la sangre de Cristo, ungido con el Espíritu. Tu tienes el vestido y el perfume de la fiesta. El vestido es la sangre del Señor. El perfume es la unción del Espíritu. Ya estamos perfumados y bien vestidos para el banquete. Yo le agrado a Dios. Entonces el tema de vivir en la gracia de Dios no es solamente a ver portarse bien, portarse bien es una cantaleta. Tenemos que pasar de una iglesia, a veces cantaletuda a una iglesia que sepa ser poetisa, que sepa enamorar. Tu voz es dulce. ¿Cómo puede decirme eso Dios? ¿Cómo le puede gustar a Dios mi voz? Y le gusta a Dios: Le gusta oír eso. ¿Y cuál es la voz más dulce? Este no es un asunto de entrenamiento musical o artístico. Se puede describir de la siguiente manera. Una mamá tenía problemas con sus hijos que parecían competir a ver quién era más ingrato que otro, y había especialmente uno o una que era muy duro, muy, muy duro, que no hacía sino juzgarla y condenarla a ella. Los otros no eran modelos de hijos, pero algunas veces tenían palabras amables. El día de la Madre, aquella tarjetica: Gracias, mamá, por todo lo que me has dado. Te quiero mucho, mamá. Cosas de esas. Este hijo, en cambio, parecía absolutamente empecinado en su dureza. Pero un día algo pasó en la vida de ese hijo. Y ese hijo se acerca a la mamá. Tal vez en Navidad y le da un abrazo, un beso en la mejilla y le dice: Nunca te lo he dicho, mamá, pero te quiero muchísimo y me haces mucha falta. La voz tal vez es ronca, tal vez es una voz sin entrenamiento, pero es la voz más dulce que esa mamá se podrá llevar al sepulcro, el día en que por fin ese hijo desagradecido, ese hijo duro, le dijo: Sabes, te quiero mucho, te agradezco mucho, te necesito. La voz es ronca, la voz esa maltrecha, es la voz de todos nosotros que hemos sido pésimos hijos. Pero el día en que nosotros, por ejemplo, confesándonos, le decimos a Dios. Sabes qué? Dios mío, te quiero. No te lo he dicho mucho, pero te amo. Te necesito muchísimo y quiero servirte el resto de la vida que tú me des. Eso es dulcísimo a los oídos de Dios. Y Dios dijo: Hay más fiesta en el cielo por una de esas voces que por noventa y nueve voces que nunca tienen de qué arrepentirse. Amigos, estas son las alegrías. Estos son algunos de los sabores de la alegría. La alegría tiene sabor. La alegría tiene muchos sabores. Es un banquete de alegría el que nos ofrece la Navidad. Todo nos llega con Jesús y en el pan del cielo, que también ahora vamos a comulgar. Ahí está la vida para nosotros. Y ahí está la alegría para nosotros y el mundo entero.

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