Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

María Santísima nos muestra el verdadero rostro del amor, de la mujer y de la fe.

Homilía v21d002a, predicada en 20001221, con 13 min. y 30 seg.

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Transcripción:

Hermanos muy amados. Ya está cerca la fiesta de la Navidad. Está cerca y Dios aumenta nuestra esperanza y nos trae mucha alegría a través de estas lecturas que precisamente nos cuentan cómo fue que nuestro Señor Jesucristo llegó a este mundo. Ayer escuchábamos el relato de aquella maravillosa aparición en la que Dios, por medio de su ángel, le comunicaba la noticia de su amor a María Santísima. Porque el amor es la gran noticia. El amor es la buena noticia para el corazón humano. Hoy vemos a María en una actitud hermosa de servicio, de ayuda. Ella, movida por el amor, se convierte en mensajera de amor.

Y por eso la primera enseñanza del día de hoy está en esa palabra, la palabra amor. Porque nosotros creemos que amamos cuando nos están amando, decimos que amamos porque nos gusta sentir amor. Hablamos del amor, pero es casi siempre del amor que otras personas deberían tener. Tendrían que tener por nosotros. Yo me atrevo a decir que la inmensa mayoría de las canciones, las poesías y las palabras que hoy se dicen sobre el amor se refieren al amor que nosotros queremos recibir. La Biblia nos presenta un rostro distinto del amor. Ese rostro está hoy en la sencillez del servicio, en la sencillez de la solidaridad, la ayuda, la colaboración que María le presta a su pariente Isabel. El amor nos pone en camino. El amor tiene prisa y por eso dice el relato: que María va de prisa. El verdadero rostro del amor está en esas tres palabras: prisa, camino, servicio.

Porque el verdadero rostro del amor es la búsqueda del bien de la persona que se ama. Y por eso, cuando el amor verdaderamente llega a nosotros. También nosotros sentimos prisa, sentimos ese afán, esa urgencia de llegar a otros corazones para que también ellos vivan lo mismo que nosotros hemos vivido. Y el amor nos pone en camino y el amor nos hace servidores de nuestros hermanos. Sin embargo, nunca debemos olvidar que la fuente del verdadero amor no es una cosa que nosotros tengamos dentro de nosotros, sino es una cosa que Dios nos regala. Solo cuando Dios nos visite con su amor, nosotros podremos visitar a otros con amor y por eso hay que pedir a Dios en esta Navidad visítame con tu amor, visítame Señor, con tu amor. Visitan mi hogar con tu amor. Visita mi pasado con tu amor. Visita mi trabajo con tu amor. Visita mi casa con tu amor. Solo si tú me visitas también yo podré, Señor, visitar a otros dándoles amor. Esa es la primera enseñanza para el día de hoy.

La segunda enseñanza la tomamos de las palabras que Isabel le dice a la Santísima Virgen María. Son palabras que nosotros los católicos conocemos muy bien, porque se las decimos a la Santísima Virgen, recordando con agradecimiento las obras que Dios hizo en ella. Porque son obras que han dado fruto en nuestra propia salvación. María en efecto, no se queda con nada, así como vemos que recibe amor y da amor, así también María, con una actitud de absoluto desprendimiento, no se queda con nada. Ella comunica, transmite, es eco de la misericordia de Dios para nosotros y es eco de nuestras alabanzas ante Dios. Por eso nosotros le podemos decir sin temor alguno, una y mil veces, esas palabras de Isabel bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Esas palabras son bíblicas, como es bíblico todo el Santo Rosario.

Algunos cristianos no católicos consideran que el Rosario es una repetición de palabras que nos aleja de Dios. Nada más falso. Los misterios del Rosario y las oraciones del Rosario están tomados de la entraña misma de la Sagrada Escritura. Mis hermanos. De ahí de la Biblia, tomamos nosotros el Rosario. Ese saludo a María: Te saludo muy amada. Eso que escuchábamos ayer, eso no se lo inventó persona humana. Eso viene de lo alto del cielo como palabra de amor para María y a través de María, como anuncio de salvación para nosotros. Y eso otro que decimos: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. No es invento nuestro, está en la Sagrada Escritura. Es la palabra que Isabel le dice a María.

Esa palabra, mis hermanos, tiene una enseñanza para nosotros, una doble enseñanza. Primero lo que ya dijimos alegrémonos proclamando las obras de Dios en María, porque no hay obra comparable a lo que Dios hizo en María. Segundo. Reconozcamos en María a la mujer bendecida y por lo tanto podríamos decir lo que Dios quiere, lo que Dios espera de la mujer. El verdadero rostro de la mujer está en María Santísima. ¿A dónde buscamos nosotros el rostro de la mujer? En las carátulas de las revistas de modas, en las sonrisas repetidas convencionales, de las reinas de belleza, en los cantos obscenos de aquella actriz o cantante extranjera que alborota a las jovencitas y a los muchachos en la actriz que ya lleva cuatro o cinco o diez matrimonios. Hermanos, ¿es ahí donde estamos buscando el rostro de la mujer? ¿Es ese el ideal de mujer? Hay que tener cuidado. Hay que andar con prudencia, mis hermanos, porque lo que uno mira en eso se convierte. El que solo mira el dinero se le vuelve la cara de metal, el que solo mira la vulgaridad, se le vuelve la cara a un pantano, el que solo mira la idolatría se convierte en estatua muerta. Si una muchacha, si una niña solo mira a las cantantes, a las actrices, con la vida tan desordenada que casi todas llevan, llevara también una vida desordenada, solo que a ella no le van a pagar los millones que le pagan a la actriz o a la cantante. Llevará una vida desordenada y seguramente no tendrá hogar ni será una verdadera mamá ni una verdadera esposa. Será simplemente una mujer desordenada y promiscua, tal vez con dinero, pero sin un corazón en donde pueda habitar Dios.

La bendición de Isabel no es solamente una felicitación es un dedo indicador que nos dice: miren a María, ella es la bendita entre las mujeres, esa es la mujer bendecida, esa es la mujer a la que hay que mirar. María es camino, alegría, sonrisa. Buena noticia para todas las mujeres, las niñas, las jóvenes, las religiosas, las casadas, las viudas, las que les han matado los hijos. Todas pueden mirar hacia María y aquello que esté de acuerdo con el corazón de María, eso es lo que hará bien a su corazón. Y lo que no quepa en el corazón de María es algo que hace daño a tu vida.

Ahora le hablo a las niñas que están aquí, a las jovencitas que están aquí. Lo que no quepa por los oídos de María. Ella, que sí sabe discernir cuáles son las voces del cielo. Lo que no quepa por los oídos de María, lo que no quepa en el corazón de María, es algo que te hace daño. Si una amiga, si un amigo, si un novio o una amiga o quien sea, te hace una propuesta que no cabe en el Corazón Inmaculado de la Virgen, es una protesta que no va contigo, que tu camino, que tu modelo sea la Santísima Virgen María. Esa es la segunda enseñanza.

Y la tercera y última enseñanza de este día. Está también en las palabras que Isabel le dijo a la Santísima Virgen. Observemos que la felicitación que le dais Isabel a María, porque. Porque le quedó bonito el peinado, porque esa falda le luce, porque tiene un cuerpo escultural, porque adquirió el perfume de moda, porque tiene muchos títulos académicos, porque se tapó de plata. ¿Por qué felicita a Isabel a María? Por la fe. La fe. La fe es la que nos abre al universo de Dios. La fe es la que nos abre al mundo de Dios. La fe es la que hace posible que una historia de pobreza, de postración y de muerte se convierte en una historia de gloria, una historia gloriosa, una historia perfumada y pascual. La fe. Nuestra última palabra en esta predicación, es una invitación a creer. Creer radicalmente lo que Dios nos dice, aunque todo el mundo lo niegue. Aquello que Dios nos manda, esos santos mandamientos de Dios. Hay que darles fe. Créele a Dios. Cree la Palabra de Dios. Créelo profunda, radicalmente a Dios, aunque parezca imposible, aunque parezca improbable, aunque parezca inútil. Cree, Cree porque solamente con la fe viva en Dios, podrás contemplar el tamaño, la hermosura y la fecundidad de lo que Él quiere hacer contigo.

Pidamos entonces para todos, para las mujeres, claro, pero es que todos lo necesitamos. Pidamos el don de la fe, la fe que nos hace felices, la fe que nos abre puertas. La fe. ¿Fe en qué? Pues en Dios en primer lugar. Fundamentados en esa fe en Dios. Luego podremos aprender qué significa creer en nosotros mismos, creer en nuestro pueblo, creer en nuestra cultura, creer en lo que sea, que no todo hay que creerlo tampoco. Pero lo primero es la fe en Él, en Dios, estar seguros de Él, estar confiados en Él, estar entregados en sus manos. Esa es la fe que nos hace felices.

Feliz la que ha creído, dijo Isabel. Felices los que crean, nos dice la Iglesia en este día.

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