Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cuidado con la amargura que nos vuelva incrédulos. Cuando un corazón está reservado para Dios y le ha dado entrada y señorío a Dios las mayores bendiciones le esperan.

Homilía v20d019a, predicada en 20221220, con 6 min. y 17 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, ayer hacíamos la comparación entre dos anuncios, el anuncio del nacimiento de Sansón y el anuncio del nacimiento de Juan Bautista. Hoy hacemos también la comparación entre dos anuncios, el de Juan Bautista, que se escuchó ayer en el Evangelio y el anuncio a María Santísima por el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Vamos a comparar en particular cuál es la actitud de Zacarías y cuál es la actitud de la Virgen María. Porque, un mismo mensajero del cielo, según nos cuenta San Lucas, llamado el Arcángel Gabriel, un mismo mensajero fue enviado a Zacarías y fue enviado a María.

¿Cuál era la historia de Zacarías? Zacarías estaba casado con Isabel. Ellos habían llevado una vida recta delante de Dios, así nos dice el evangelista. Pero tenían una tremenda frustración, y yo me atrevo a decir, una gran amargura. Y esa frustración y amargura es que no habían podido tener hijos. Zacarías cumple una función sacerdotal, entra en el templo y en el contexto del templo se le aparece el arcángel Gabriel, es ahí donde le anuncia que va a tener la alegría de un hijo y ese hijo será Juan Bautista. Juan Bautista es el precursor de Cristo y el anuncio de Juan difiere en 6 meses del nacimiento de Cristo.

Bueno, pero cuando el ángel Gabriel le anuncia esta noticia, que es la mayor alegría que podía llegar al corazón de Zacarías, nos dice el texto que Zacarías no le dio fe, no le creyó al mensajero. Esa es la verdad, de hecho, por eso quedó castigado. Y el castigo que sufrió fue que, bueno, pues quedó mudo hasta el nacimiento de Juan. Ahora bien, el otro anuncio, que es el que aparece en el texto de hoy, es el anuncio del mismo Arcángel Gabriel a María Santísima. ¿Quién es ella? Una jovencita casada con un hombre llamado José.

Entonces, el primer anuncio es a un hombre, el segundo anuncio a una mujer. Zacarías era un hombre muy mayor, María, una jovencita. Zacarías conocía la amargura de la esterilidad, María vivía el don perfumado de la virginidad. Zacarías no creyó y quedó mudo, María dio fe a las palabras del arcángel y no solo no quedó muda, sino que pronto la escucharemos en su visita a la prima Isabel la escucharemos cantar, proclamar las grandezas de Dios, porque ese es el cántico de María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor».

Es decir, que hay un paralelo y a la vez un gran contraste entre estos dos anuncios. Y ¿qué podemos aprender de ahí? Vamos a sacar dos lecciones. Vamos a tratar de aprender algo de Zacarías y aprender algo, sobre todo de nuestra bendita Madre del Cielo, María Santísima. De Zacarías, ¿qué quisiera yo que aprendiéramos hoy? Que tengamos mucho cuidado con la amargura, mucho cuidado con la tristeza, porque a veces nos dejamos sepultar en la amargura y llegamos a volvernos incrédulos.

Es decir, ver tantas cosas malas que suceden en el mundo, ver tantas cosas deprimentes que pasan en esta tierra, ver tantas decepciones y frustraciones que seguramente se van acumulando a lo largo de nuestros años. Todo ello puede volvernos duros, duros de corazón, todo ello puede volvernos duros para creerle a Dios. Zacarías entonces, queda para nosotros como una advertencia: Cuidado, que las cosas malas que te suceden, que las amarguras que llegan a tu vida no te vuelvan incrédulo.

Segundo, segundo punto. Y ahora ¿qué pasa con respecto a María, qué podemos aprender especialmente de ella? Podemos aprender que cuando un corazón está reservado para Dios, cuando un corazón le ha dado entrada y señorío a Dios, las mayores bendiciones le esperan. Te has puesto a pensar que nuestros pecados son puertas que le cerramos a las bendiciones de Dios, te has puesto a pensar que nuestra dureza hace lenta la obra divina en nosotros.

Allí donde el corazón está dispuesto, como el corazón virginal de María, allí donde el corazón está limpio y abierto a Él. ¡Qué cosa tan bella, qué obra tan grande puede hacer Dios! Corazón cerrado para las insinuaciones del demonio, corazón abierto para la fe y la bendición de Dios. Y el Señor hará contigo y conmigo obras grandes, así como lo proclama María. Que el Señor te bendiga.

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