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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios no se impone por la fuerza, su fuerza es el amor que se ofrece y toca a la puerta y así como Él tocó a la puerta del corazón de María, toca a nuestra puerta solo debemos responderle como ella con total fe, confianza, entrega y obediencia.
Homilía v20d018a, predicada en 20211218, con 5 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Estos días finales del Adviento nos conducen a aquellos acontecimientos felices que precedieron al nacimiento del Señor. Como hemos comentado en su momento, el Adviento como tiempo litúrgico tiene dos grandes momentos, dos grandes etapas. En la primera etapa, recordamos como Iglesia que el Señor va a venir, podemos decir que el centro de atención está en el retorno de Cristo. La segunda etapa del Adviento, en la que ya estamos de lleno, es aquella en la cual recordamos los acontecimientos que precedieron al nacimiento de Cristo.
Hoy, por ejemplo, recordamos la Anunciación, es decir, la declaración del amor de Dios a la humanidad en la persona de María Santísima. El saludo que le da el ángel es el tono que ha de tener para nosotros el tiempo ya próximo de la Navidad: Alégrate, alégrate María, llena de gracia. De hecho, el nombre de ella no aparece, lo reemplaza la expresión: «Kejaritomene», es decir, llena de gracia. «Jaire Kejaritomene», alégrate, llena de gracia. Y quisiera que hoy destacáramos, como nos enseñan los santos, en particular Catalina de Siena.
Quisiera que recordáramos la grandeza de la humildad de Dios, que no realiza el milagro de la encarnación, sino solamente cuando María ha dado su sí. Es el sí de María el que abre la puerta a la encarnación. Esto es conmovedor porque es el Dios omnipotente, es el Dios poderoso que, sin embargo, se detiene, por así decirlo, a las puertas de la voluntad de María y espera que ella dé una respuesta antes de realizar la encarnación. Momento grandioso, momento que nos remite indudablemente al comienzo de la salvación, porque una vez que ella ha dado ese sí, y una vez que se realiza la encarnación, el camino de nuestra salvación está abierto.
Pero recuerda, Dios esperó el sí de ella. Dios no arrasa, Dios no aplasta, Dios no se impone por la fuerza. La fuerza suya es la fuerza del amor que se ofrece, es la fuerza del amor que toca a la puerta. Y así como Dios, con tanta humildad, tocó a la puerta del corazón de María, así también toca a nuestras puertas, según dice el libro del Apocalipsis, en el capítulo tercero: «Estoy a la puerta y llamo». La respuesta de María fue de total fe, de total confianza, de total entrega y obediencia. ¿Cuál es nuestra respuesta?
El Señor nos está llamando a nosotros, el Señor está tocando a nuestra puerta, el Señor trae para nosotros bendiciones inesperadas que nos sobrepasan, que están, como dice San Pablo en el capítulo tercero de la Carta a los Efesios: Más allá de nuestra imaginación. Tal vez, la razón principal por la que tardamos en responderle a Dios es porque no caemos en cuenta que lo que Él nos ofrece no es lo que nosotros alcanzamos a pensar o a imaginar. Dios nos sobrepasa, permíteme que lo repita, Dios nos sobrepasa. A veces, no queremos dar ese paso porque no sabemos a dónde nos va a llevar Dios.
A veces tenemos nuestra idea de felicidad, nuestra idea de libertad, nuestra idea, nuestras ideas. Por favor, no aprisiones a Dios en tus ideas, en tus esquemas, en lo que tú crees que sería lo mejor para ti. Que el sí a Dios sea como el de María. ¿Acaso ella podía entenderlo todo, acaso en el momento en el que dijo sí, podía tener la certeza completa, el mapa completo, la ruta completa de lo que iba a suceder? Ella no lo tenía, pero confió y se entregó.
Bendita seas, María Santísima, y enséñanos a decirle sí a Dios, aún en medio de la claridad que no podemos tener, pero que Dios irá trayendo a nuestra vida. Amén.

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