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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Guardemos el precioso nombre de Jesús en nuestro corazón y entendamos que el propósito de toda la vida de Nuestro Señor es salvarnos. Dios Salva ¡Aleluya!
Homilía v20d016a, predicada en 20181220, con 5 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Hace unos pocos días escuchábamos en la Santa Misa cómo Dios le decía a José: Tú le vas a poner el nombre de Jesús a ese hijo que va a nacer, ese que viene por la obra y la gracia del Espíritu Santo. Lo vas a llamar Jesús, porque Él salvará al pueblo de sus pecados. Palabras muy semejantes encontramos en el pasaje de hoy, es decir, la Anunciación del Arcángel Gabriel a María Santísima: «Lo llamarás Jesús, porque Él salvará al pueblo de sus pecados». Claramente hay una asociación entre el nombre y la misión.
Yeshua es un nombre, es el nombre de nuestro Señor, dicho en hebreo o en arameo, Yeshua. Pero ese nombre tiene dos partes, la parte que suena como ie que podría ser también ia, hace referencia a Dios, a Yahvé. Y la parte que nos suena como shua es la parte que hace referencia a la salvación. O sea que propiamente el nombre de Jesús es: Dios salva. Este mensaje lo recibió José, este mensaje lo recibió María. En orden cronológico, primero ella, porque fue ella la que concibió. Y luego José se da cuenta que la mujer con la que se ha desposado está embarazada y luego él mismo recibe el mensaje.
O sea que primero fue ella y luego él. Pero el mensaje es idéntico, Dios salva. Guardemos ese nombre, guardemos el precioso nombre de Jesús en nuestra memoria, en nuestro corazón, porque necesitamos que ese nombre de Jesús se convierta como en los anteojos con los que miramos el precioso misterio de su vida. ¿Por qué él predica como predica? ¿Por qué? Porque Dios salva, es decir, en su palabra, en su preciosa y sapientísima predicación, Dios nos está salvando. Y esos milagros de sus manos, ¿por qué?
Los miramos a través de este lente, los miramos a través del nombre que hemos escuchado en el Adviento, y al escuchar ese nombre sabemos que esos milagros son anuncio y ya, presencia de salvación. Pero, sobre todo, vamos a necesitar esos lentes, estos lentes benditos del nombre de Jesús, los vamos a necesitar cuando llegue el momento casi incomprensible de la Pasión y de la Cruz del Señor. ¿Por qué ese dolor, por qué la agonía en Getsemaní, por qué esa muerte ignominiosa, por qué sus manos traspasadas, por qué su costado abierto, por qué las lágrimas de la Virgen, por qué?
Sólo hay una respuesta, y la respuesta es, porque Dios salva. Dios salva, Yeshua, Jesús, esa es la explicación de todo. Y por eso, al acercarnos a la ternura del pesebre, al acercarnos a los años de la infancia del Mesías, al verlo, por ejemplo, entre los doctores de la ley, al contemplarlo hecho un adolescente en su silencio, en su oración, en su pureza, al verlo también cuando camina hacia el Jordán para recibir el bautismo, debemos entender que solo hay un hilo que une todos los días de su vida y todas las noches de su oración. Y ese único hilo es: Dios salva, Dios salva.
Todos los días de Cristo han de ser como una cobija de amor que envuelve mis días. Y todas las noches de Cristo, como una cobija de amor que envuelve mis noches. Y todos los dolores de Cristo, como una cobija de amor que arropa mis dolores. Y todas las lágrimas y los sufrimientos de Cristo, como una cobija de amor que envuelve, que rescata, que levanta, que da sentido a todo lo que yo vivo. Dios salva, Dios salva. Aleluya.

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