Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

María Santísima madre de Cristo y madre nuestra en el orden de la gracia, pide para nosotros el regalo de tu fe para ser fieles y discípulos del Señor como lo fuiste tú. Amén.

Homilía v20d015a, predicada en 20171220, con 6 min. y 7 seg.

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Transcripción:

Grandes elogios hace la Sagrada Escritura de la Santísima Madre de Jesucristo, entre ellos destaca una palabra que Isabel le dirá a la Virgen: «Dichosa tú, porque has creído». Este aspecto de la fe es necesario recordarlo muchas veces cuando hablamos de la Virgen, porque la misma fe que abrió el corazón de ella y que hizo posible que en sus entrañas se hiciera carne el Hijo de Dios, esa misma fe es la que nosotros tenemos, necesitamos y deseamos. Con alguna frecuencia, al hablar de la Virgen María, exaltamos sus virtudes, proclamamos sus dones y privilegios.

Esto es verdad, esto es cierto, pero hay que tener cuidado porque, junto a esa multitud de bienes, hay que recordar cuál es el camino que los hace posibles. Y el camino, tanto para ella como para nosotros, es el camino de la fe. Les invito a que reflexionemos un momento sobre cómo la fe acompaña la vida de María, particularmente el día de la Anunciación, pero luego en toda su existencia. El día de la Anunciación porque lo que se le está predicando supera completamente el orden de la naturaleza, es un milagro en toda regla. Es algo que está más allá de las posibilidades de las fuerzas humanas, de la comprensión humana incluso, ahí se necesita fe.

Y fe es la que ella ejerce cuando dice: «Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra». Pero después de ese pico alto en la fe, no disminuye la altura. Efectivamente, la vida de la Virgen va a estar sellada por esa misma fe. Pensemos solamente en esto, de aquellas palabras que el ángel le dice a María, algunas se cumplirán muy pronto, como, por ejemplo: «Concebirás y darás a luz un hijo». Eso, de hecho, sucede en el curso de unos pocos meses. Pero muchas otras palabras de las que dijo el ángel parecen quedar completamente contradichas con el paso de los años.

A ver, el ángel le dijo: Será grande. Qué grandeza podía tener una vida humilde de labor de carpintero en una aldea minúscula perdida en Galilea. Podríamos, quizás con un poco de dureza, hacer esta clase de pregunta: ¿Qué grandeza es esa? Es decir, si María fuera tentada, la tentación podría ser esa ¿dónde está la grandeza de mi hijo? Aquí, haciendo oficio de ayudante, del artesano que es José, haciendo oficio de ayudante en una aldea perdida, ¿esta es la grandeza? Todavía más, el ángel le dice: Va a heredar el trono de David, su padre.

Posiblemente, María tenía conciencia de que su esposo José, era descendiente de David. Sí, ella podía tener esa conciencia, pero pasan los meses, pasan los años y ¿dónde está el trono de David? Ella hubiera perfectamente podido decir: Al que yo veo reinando no es a mi hijo, al que yo veo reinando es a Herodes. ¿Dónde está entonces el trono de David, su padre, cuándo se cumple esa promesa? Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, ¿reinará este que está metido entre tablones y aserrín, reinará para siempre sobre la casa de Jacob, cómo se va a cumplir aquello?

Te das cuenta por estas preguntas casi irreverentes que estoy haciendo, te das cuenta que la vida de María fue un permanente ejercicio de fe. Y esa fe, esa fe que ya había manifestado su altura en la Anunciación, que no disminuyó esa altura donde durante la vida y ministerio público de Cristo alcanza su cumbre más alta, sin duda, en la cruz. Porque en la cruz no solamente parece que esas promesas ya no se van a cumplir, sino que lo que le ha sucedido al Hijo bendito, es exactamente lo contrario de lo que se anunciaba.

Se le anunció un trono y tiene una cruz, se le anunció grandeza y es humillado, se le anunció reconocimiento y es despreciado. Pero ahí estará María, ahí estará esa fe. María Santísima, madre de Cristo, madre nuestra, en el orden de la gracia, pide para nosotros el regalo de esa fe. Esa es la fe que necesitamos, esa es la luz que necesitamos para ser fieles al Señor como tú, y para ser discípulos del Señor, como tú.

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