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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Meditación sobre el lugar único de San José en al concepción virginal de Jesucristo.
Homilía v20d011a, predicada en 20131220, con 20 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Hace un par de días escuchábamos un texto del Evangelio según San Mateo. Un ángel del Señor le dice a José: «No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo». Hoy nos encontramos con el relato que hace Lucas. El ángel le dice, refiriéndose a la concepción: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra».
Mateo pone de relieve la figura de José, Lucas destaca el papel de María. Mateo presenta estas palabras, el ángel le dice a José: Tú le pondrás por nombre Jesús. Lucas nos dice estas palabras del ángel a María: Le pondrás por nombre Jesús. En ambos casos encontramos la intervención de un ángel, en ambos casos se hace referencia a la fuerza del Espíritu Santo, en ambos casos se habla de imponer un nombre y es el mismo nombre, por supuesto, el nombre de Jesús. ¿Qué podemos aprender de este paralelo entre los dos textos? Sobre todo, llama la atención aquello de que ambos le dan el nombre a Jesús.
También llama la atención en el relato de Mateo, el que oímos hace dos días, que el ángel le dice a José esto: «No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer». María, tu mujer. Y la razón que le da para que no tenga reparo es ésta: «La criatura viene del Espíritu Santo». Con humildad, acerquémonos al misterio que está implicado en estas palabras. El ángel le está diciendo: Porque la criatura viene del Espíritu Santo. Ello no elimina, sino que confirma que María es tu mujer. La intervención de Dios no supone una distancia entre José y María, no supone el debilitamiento, ni mucho menos la disolución del vínculo entre José y María.
Y la criatura, es decir, nuestro Señor Jesucristo, recibe nombre de ambos. Es decir, que la Escritura nos está presentando que Jesús es un don de Dios para el amor de una pareja. La Escritura no deja la menor duda sobre el hecho de que la concepción sucede de modo excepcional o milagroso, si queremos usar ese término. Está claro que Jesús no es el fruto de la unión corporal de ellos, pero está claro también que es el fruto de ellos. Y ese es el corazón de lo que quiero enfatizar. Jesús no es el fruto corporal, es decir, fruto de unión como hemos sido nacidos, engendrados, quiero decir, todos nosotros.
Jesús no es el fruto de unión corporal de ellos, pero sí es el fruto de ellos. Y Jesús es bendición para ellos y Jesús es la fecundidad de ellos. Y por eso Jesús recibe nombre de José y de María, porque es fruto de ellos. Para nosotros resulta extraño que se hable de Jesús como fruto de una pareja. No estamos diciendo, subrayo por tercera vez, no estamos poniendo en la menor duda la concepción virginal. Todo lo contrario, eso está clarísimamente afirmado en la Escritura. De hecho, si nosotros vamos al texto nos encontramos que Jesús nace y explícitamente dice el evangelista: sin que hubieran tenido relaciones.
Entonces el misterio completo es cómo es que Jesús es fruto de ellos, pero no fruto corporal de ellos. Puede parecer más natural en el caso de la mujer, porque evidentemente la mujer tiene la criatura desde el primer instante. La mujer cuando concibe, tiene ahí al bebé desde el primer instante. Y entonces, se ve muy bien que Jesús es fruto de ella. Dice Santo Tomás de Aquino: «Ex purissimis Sanguinibus Beate Virginis», de las entrañas de la sangre de María, ahí parece muy claro. Pero el misterio no se disminuye por el hecho de que Jesús esté, en primer lugar, en el vientre de María y solo después esté, por ejemplo, en los brazos de José.
Este es un tema delicado, discutido, pero la enseñanza de la Iglesia no da lugar a dudas. Estamos hablando, por una parte, de una concepción virginal y, por otra parte, afirmamos la plena humanidad de Cristo. Si Cristo tiene plena humanidad, quiere decir que genéticamente Cristo es como nosotros. Si no, no sería humano, sería otra cosa. Entonces, quiere decir que Jesucristo no puede ser el fruto de una célula germinal de María. Porque si es la sola célula germinal de María, Jesús no tendría el mismo código genético que nosotros, tendría la mitad.
Si Dios aportara esa otra parte, otro código genético, estaríamos hablando de una criatura que es mitad Dios, mitad hombre, a la manera de los héroes de los que habla la mitología griega. Por ejemplo, el famoso Aquiles era el fruto de una unión entre diosa y hombre o cosa parecida, mitad dios, mitad humano. Ese no es Cristo, Cristo es plenamente humano. Entonces, ¿qué es lo que sucede ahí? La única comparación bíblica que podemos hacer es con la obra de la creación. Lo único que se parece a la encarnación es la creación. Pero hay esta diferencia, cuando Dios crea el universo de la nada, precisamente lo crea de la nada.
En cambio, en la concepción de nuestro Señor Jesucristo, Cristo es tomado de una nueva nada, es formado de una nueva nada. Esa nueva nada es María, quien, por su humildad, es absoluta disponibilidad al poder de Dios. Por su amor, por su gracia, por su docilidad, por su humildad, María es dócil como el barro del que nos habla simbólicamente el Génesis, ese barro que es dócil y que permite a las manos divinas formar al ser humano. María es el nuevo barro, María es la nueva nada y en ella empieza la nueva creación.
No se trata entonces de una célula germinal, no se trata de una clonación, porque entonces Jesús no podría ser masculino, no se trata de que Dios complete el código genético, porque entonces no sería realmente humano como nosotros. Entonces, ¿de qué se trata? Se trata de que Dios ha tomado una carne que es la carne de María, pero que es también la carne de José. ¿Por qué? Porque precisamente los desposorios lo que otorgan es el derecho y la posesión al cuerpo de la persona que ha sido desposada.
Es decir, a partir de los desposorios, la carne de María, su cuerpo santísimo no es solamente de ella, a partir de los desposorios, el cuerpo de ella es el cuerpo de José. El hecho de que no se haya dado y nunca se dio unión corporal entre ellos no cambia ese factor. El cuerpo de María es cuerpo de José, le pertenece a José, según la palabra eficaz de Dios en la ley. De hecho, cuando San Pablo habla del matrimonio, dice expresamente eso, dice: El hombre no es dueño de su cuerpo. La dueña del cuerpo del marido es la esposa y el dueño del cuerpo de la esposa es el esposo.
Entonces, debemos pensar hasta dónde es posible pensar, estos misterios tan bellos, debemos mirar la concepción de Jesucristo de esa manera, a partir de un nuevo barro, a partir de una nueva nada, a partir de una nueva realidad llena de amor, obediencia, docilidad y humildad llamada María, Dios inicia la creación, como dice hermosamente uno de los Padres de la Iglesia, empezando el mismo de nuevo en María. Qué cosas las que dicen los santos, para que el universo pudiera volver a empezar, Dios quiso volver a empezar Él mismo en María. Esa frase no es mía, así nos hablan los padres de la Iglesia.
Entonces, la concepción de Cristo es una obra del poder de Dios que, a partir de la naturaleza humana de María, realiza un acto solamente comparable con la creación en una carne que no es solamente la de ella, sino la de José, por eso Jesús es regalo también para José. Si no se interpretan las cosas de esta manera, no hay modo de entender el texto de San Mateo, porque el ángel le dice a José: Recíbela, recibe a tu esposa, porque el niño es del Espíritu. Si Dios hubiera tenido alguna intervención que suplantara o reemplazara la parte masculina, entonces José hubiera sido excluido.
Si Dios reemplazara la parte masculina en la concepción de Jesucristo, entonces quiere decir que el matrimonio de ellos quedaba invalidado porque Jesús no sería, en ese sentido, no podría, en ese sentido, ser considerado un don para José. Esta frase hay que tomarla en serio: «No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer». Es tuya, ahora es más tuya que nunca, ahora. Ahora que el amor de Dios la ha visitado, ahora que el amor de Dios los ha visitado a ustedes, ahora que son fecundos, ahora ella es más tuya que nunca. Qué cosa tan bella. Ahora, porque es el amor de Dios el que hace posible esta nueva creación, ahora es realmente tu mujer.
Y por eso para Mateo, José tiene autoridad de poner el nombre. Recordemos que en la Biblia el nombre solo lo pone Dios o solo lo pone el legítimo papá. Por eso, realmente las expresiones que se utilizan sobre José no sirven, las que suelen circular: Padre adoptivo, que adoptivo. Eso no se compadece decir padre adoptivo no se compadece con esto. Si fuera padre adoptivo quiere decir que María ya no es tu mujer, sino que a ti te toca proteger el hijo de ella. La idea del José guardaespaldas es insuficiente, no se corresponde con el dato bíblico, padre adoptivo, no.
La otra expresión, padre putativo, que viene de un verbo latino y que quiere decir el que se pensaba que era papá, putativo quiere decir lo que está en la opinión de la gente, lo que la gente creía. Entonces, es decir que José es padre putativo de Jesús, quiere decir la gente pensaba que era el papá de Jesús, tampoco sirve porque no está de acuerdo con lo que nos dice aquí la escritura. Tampoco está de acuerdo con lo que dice María en el capítulo segundo de San Lucas, cuando la pérdida y hallazgo del niño en el templo: «Tu padre y yo te estábamos buscando».
María no tendría razón para decirle a Jesús: Tu padre y yo. Si es simplemente la opinión que la gente tiene, por qué tendría que decirle a Jesús: Tu padre, no le hablaría así. Por supuesto, Jesús recuerda que hay una paternidad que está por encima de la paternidad de José, pero eso también nos pasa a nosotros. Cada uno de nosotros es más hijo de Dios, que hijo del papá que lo engendró a uno en esta tierra, eso está clarísimo. Entonces, fíjate que la expresión padre adoptivo no sirve, la expresión padre putativo no sirve.
En todos los años que he podido reflexionar, orar, estudiar sobre este misterio, sólo hay una expresión que me parece suficiente, José es padre virginal de Jesús, así como María es madre virginal de Jesús. Eso es lo que es José. Y la palabra virginal está aludiendo exactamente a lo que hemos meditado hoy, que Jesús es fruto, no fruto corporal, no es fruto corporal de José, no es fruto corporal de María, porque no entra célula germinal de José, ni célula germinal de María, entra únicamente el cuerpo de María, que legal y verdaderamente le pertenece también a José. Eso es lo único que entra ahí, ahí no hay más, como una nueva creación.
A mí me parece que si se toman en serio estas cosas suceden tres, se dan tres consecuencias. Primera, una nueva valoración de la santidad de José. Jesús es fruto del amor virginal de José, eso habla mucho del corazón de ese hombre, eso sitúa mucho mejor a José en la economía de la salvación. José es fecundo virginalmente, como María es fecunda virginalmente. Entonces, esa es una primera consecuencia. Una segunda consecuencia, este modo de presentar las cosas nos ayuda a relacionar mejor la primera creación y la nueva creación, porque nos habla la Escritura de que con Cristo han empezado todas las cosas de nuevo.
Colosenses, capítulo 1: Él es el primogénito de toda criatura, en Él empieza el universo nuevo. Eso se entiende mucho mejor cuando vemos que el milagro de la encarnación solo tiene un paralelo en el milagro primero primigenio, que es el milagro de la creación misma. Y, en tercer lugar, esto habla de la santidad de un matrimonio, porque en la idea tradicional de José y de María lo que aparece es que María es una madre soltera con un guardaespaldas al lado. Esa no es María, María está felizmente casada. Que ella no tiene ni necesita tener ni tuvo intercambio corporal con José, estamos de acuerdo, nadie está diciendo que eso sea así, no hay un intercambio corporal.
Pero es una mujer casada y no llega a Dios a destruir, debilitar, disolver un matrimonio, qué es lo que más me fastidia de la manera, entre comillas, tradicional, de presentar las cosas. No, Dios no llega a debilitar el matrimonio de ellos, llega a santificarlo, llega a bendecirlo y llega a hacerlo fecundo de una manera sublime, una manera virginal, eso me fascina. Para que entendamos cómo el Dios que ama, no es un Dios que desarma, o que destruye, o que debilita o que disuelve el amor.
El Dios que ama, toma el amor y lo eleva y lo fecunda y lo consagra. Y en ningún caso más visible que en este caso el de la concepción de nuestro amado y adorable Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

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