Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

No importa qué tan lejos te ha extraviado el pecado; de allí puede sacarte la mano de tu Dios.

Homilía v20d007a, predicada en 20111220, con 4 min. y 6 seg.

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Transcripción:

Podemos decir que nuestro Adviento se encuentra en su recta final. Y la verdad es que la recta final del Adviento tiene nombre propio, porque los días que van del 17 al 24 de diciembre recuerdan los puntos más sobresalientes de esa historia que lleva finalmente al nacimiento de Jesucristo. Ya hemos comentado en otra ocasión que el Adviento tiene dos partes. En la primera parte, nuestra atención se concentra en el retorno de Jesús, es decir, su segunda venida, su venida gloriosa, final.

Pero en la segunda parte del Adviento, es decir, en esta recta final en que nos encontramos, de lo que se trata es de recordar los eventos inmediatamente anteriores al nacimiento de Cristo. Y en el 20 de diciembre, en esta fecha, el evento que recordamos es ni más ni menos que la Anunciación, es decir, cómo Dios declara su amor a María Santísima, cómo, a través de ella, nos cuenta cuánto nos ama y cuán importantes somos para Él, y cómo este Dios no solamente nos da su Palabra en el sentido en que decimos que alguien hizo una promesa, sino nos da su palabra, porque nos entrega a su Hijo, que es la Palabra.

Este es el Cristo que estamos recibiendo, este es el regalo que nos viene del cielo. Qué hermoso mirar en este texto de la Anunciación el lenguaje de amor y de unión, tanto más hermoso este lenguaje, porque lo que nos ha venido contando la Escritura con tanta claridad en el Antiguo Testamento es cómo el ser humano ha creado un abismo profundo que le separa de Dios. Y lo que encontramos es un Dios que quiere tender un puente sobre ese abismo, el puente se llama Jesucristo. Es decir, que el lenguaje de la división, el lenguaje de la separación, el lenguaje de la ruptura, debe quedar atrás.

Y el nuevo lenguaje, el lenguaje que se inaugura con la Anunciación, es el lenguaje de la reconciliación, el lenguaje de la unión. Dios nos está mostrando, como lo dijo claramente el ángel: Nada es imposible para Él, ni siquiera nuestra ingratitud, ni siquiera nuestra irresponsabilidad, ni siquiera nuestra manera cruel de destruir esa imagen que nosotros somos. Nuestra crueldad no destruye su bondad, nuestro orgullo no ha agotado su humildad, nuestra dureza no le ha contagiado. Sigue siendo ese Dios compasivo, ese Dios abierto a la ternura, que nos ofrece en la ternura de su Hijo, en la ternura de su bebé, en la ternura de su niño, nos ofrece la verdad sobre lo que Él es.

Mis hermanos, agradezcamos, alabemos, bendigamos a este Dios santo, este Dios grande y poderoso, que con su manera de obrar, que con su cercanía, que con su poder nos está gritando que es posible una vida diferente, que nosotros no estamos confinados ni condenados a donde nos llevaron nuestros pecados. Allá, no importa qué tan lejos te haya llevado el pecado, allá hay mucho más, puede llegar la mano de Dios. Que este sea tiempo de esperanza, tiempo de alegría, tiempo de agradecimiento. Bendito Dios y bendito sí de María que hizo posible la salvación.

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