Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo es la Buena Noticia.

Homilía v20d005a, predicada en 20081220, con 24 min. y 12 seg.

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Transcripción:

Hay muchos títulos que le podríamos dar a este Evangelio que ha sido proclamado. Uno de los más hermosos es: María evangelizada. Evangelizar es anunciar el Evangelio. Evangelio significa buena noticia. La buena noticia no es cualquier buena noticia. No es, por ejemplo, que el América se coronó campeón, cosa que puede ser una buena noticia para los fanáticos de ese equipo de fútbol. Los demás se preguntan ¿de qué estoy hablando? Yo no digo si favorezco ese equipo o, por ejemplo, el Junior de Barranquilla. El hecho es que la buena noticia no es cualquier buena noticia.

No es la buena noticia de un triunfo político, de un descubrimiento científico, no es la buena noticia del que se ha ganado un pote de dinero o no es la buena noticia del que ha vencido en un certamen deportivo. Es una buena noticia que merece el título de la Buena Nueva, la buena noticia. Y esa buena noticia es la noticia que recibe María en el momento de la Anunciación. Y por eso decimos que María es evangelizada en la Anunciación. Luego vamos a encontrar a esta misma Virgen, que sale presurosa para visitar a su prima, que era ya una mujer mayor, su prima Isabel.

Y María, que lleva a Jesús en su vientre, pasa de ser evangelizada a ser evangelizadora. Y ese cambio o ese avance, esa evolución espiritual, es la misma que debemos tener también nosotros, estamos llamados a tenerla. Primero, a ser evangelizados, para luego ser evangelizadores. No se puede llegar a lo segundo sin lo primero, es difícil ser evangelizador si uno no ha encontrado la buena noticia. Solo cuando uno encuentra la buena noticia y cuando la buena noticia es capaz de llenarlo a uno de gozo, un gozo desbordante. El saludo que le da el ángel a María, según el texto griego, es «Chaire».

«Chaire» es un saludo común en griego, pero es un saludo lleno de significado. «Chaire» significa alégrate, solo cuando uno ha encontrado la alegría de la Buena Noticia uno puede evangelizar. No se puede evangelizar sin alegría, la alegría es indispensable. Y por eso, una de las cosas que yo le voy a pedir al Señor en esta Eucaristía es que tengamos esa alegría. ¿Hace cuánto no sientes una gran alegría, hace cuánto, hace cuánto no llega a tu corazón una gran alegría, pero grande, grande? Y todavía no hemos dicho en qué consiste la gran noticia, la Buena Nueva, en qué consiste.

Esa buena Nueva está bien descrita en la primera lectura del día de hoy. Isaías lo anunció proféticamente según la traducción de la Biblia de los 70: «Mirad, la Virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros». Esa es la buena noticia, Dios con nosotros, esa es la buena noticia. Lo que necesitamos es percibir, descubrir, Dios está conmigo en mi angustia, en mi enfermedad, en mi soledad. Ese descubrimiento, ese es la buena noticia, llegar a descubrir eso, llegar a experimentar eso, porque no es un descubrimiento solo con la cabeza, es una, es una percepción real.

Hoy hablábamos de los sacramentos y el poder de los sacramentos, terminamos diciendo es el poder del cuerpo de Cristo, es el poder de la presencia real y verdadera de Cristo. Solo cuando esa presencia es presencia para ti, cuando tú experimentas, Dios con nosotros, Dios en mi vida, Dios en mi historia, Dios en mi camino, ahí existe la Buena Nueva. ¿Por qué? Esa es una gran noticia, una noticia más grande que el triunfo magnífico del América coronándose campeón del certamen de la Copa 2008. ¿Por qué es un gran triunfo? Porque ganar el campeonato de fútbol no arregla muchas cosas en la vida y además hay campeonatos cada año.

Entonces, bonito ganar un año, pero viene otro año y el otro año pues será, tal vez, otro equipo. Es decir, son cosas pasajeras, lo mismo que sucede con una reina de belleza. El problema de las reinas de belleza es que cómo hacen para envejecer, debe ser muy triste ser una reina de belleza, a mí eso no me ha tocado, pero debe ser muy triste, porque claro, todas las fotos hablan de una perfección que ya uno no va a tener, ¿cierto? Ya el tiempo va a pasar y esa belleza que se tuvo una vez, ya no se va a volver a tener. Y lo mismo pasa con otros bienes, muchos bienes son muy relativos.

Tal vez lo que más se parece al Evangelio sería algo así como la filosofía, como la conquista pura de la verdad, llegar a verdades absolutas, eso también sería bonito. Decía Platón que la vida más perfecta es la vida del filósofo, porque se ocupa, porque llena la parte más noble de su ser con la parte más noble del ser. Bonito, bonito eso. La parte más noble del ser se supone que es la inteligencia, y llenarla de la parte más noble de lo que es, es llenarla de la verdad. Entonces, que nuestra inteligencia se llene de la verdad de Dios, eso trae alegría.

Pero eso no soluciona muchas cosas, porque los mismos filósofos también han dicho que la filosofía sirve para resolver los problemas que están lejos. Pero cuando uno tiene, por ejemplo, un dolor de muela, leer a Platón no es agradable, no produce mucho sosiego. Cuando una persona está en una soledad profunda, cuando una persona está triste, abandonada, traicionada, muchas veces la sola razón humana para lo único que sirve es para profundizar la conciencia de lo mal que uno está. Entonces, uno se siente, por ejemplo, abandonado, se pone a leer por ahí un filósofo.

Y los filósofos dicen que la naturaleza humana está, está abandonada y nos dicen que el hombre es lobo para el hombre. Y entonces dice uno: Claro, yo sí me lo temía. Entonces yo soy, claro, yo soy un desgraciado, pero no soy el único desgraciado. En realidad, todos son unos desgraciados. Mi vecino un desgraciado, el señor de la tienda otro desgraciado, el chofer otro desgraciado, ahora ya sé que todos somos unos desgraciados. Pero ya, por lo menos lo sé, lo sé, especialmente la gente que lo cierra a uno cuando uno va manejando y le echa el carro encima y con esa altanería. Bueno, ya sé que son unos desgraciados, ya sé, todos desgraciados.

Ese descubrimiento es una verdad, pero ¿quién va a sentir alegría de eso? Descubrir que la naturaleza humana es triste, traiciona, miente, engaña. Descubrir las miserias del ser humano no ayuda. San Pablo decía que él podía descubrir lo que debía hacer, pero que luego no lo hacía. Eso lo dice San Pablo en su carta a los Romanos, capítulo 7, él dice: Descubrir el bien está en mí, realizarlo no está en mí. Ese es el problema que uno no tiene la fuerza, uno no necesita solo conocimientos, uno necesita la fuerza. Uno necesita una fuerza por dentro y esa fuerza es la que uno no tiene.

Entonces uno mira, por ejemplo, la persona que se está envenenando con el cigarrillo y uno le dice: Te estás matando lentamente. Y la persona dice: No tengo afán. El cigarrillo, el cigarrillo está matando a las personas y la gente sabe, y sabe la verdad, la gente sabe la verdad. Por ejemplo, las botellas de cerveza dicen ahí en letra chiquita, que cada vez la hacen más chiquita. No, es una letra diminuta que toca verla casi con microscopio: El exceso de alcohol perjudica la salud. Eso lo pone en una letra tenue, chiquita, por allá, que nadie lo vea. Y efectivamente, nadie lo ve, sobre todo, si la persona está en una fiesta, está en un bar y eso ni que tuviera ojos de lince, podía ver ese letrerito.

Pero están sacando cada vez letreros más grandes, por ejemplo, hay un proyecto de ley en Inglaterra que dice que las cajetillas de cigarrillos no solo deben decir que el tabaco es malo o que el tabaco envenena, sino que ahora el siguiente paso es que las cajetillas van a tener fotos, fotografías mostrando el daño que causa el tabaco. Entonces, usted compra su cajetilla y la cajetilla trae una foto pulmón afectado por enfisema pulmonar, ahí aparece. Es un espectáculo grotesco, por supuesto, todo el daño que hace el alquitrán, produce asco, es el alquitrán que se ha acumulado.

Mire, lo que le están diciendo a la persona es: Mire, mire cómo le va a quedar. Mire, este va a ser su pulmón. Siga fumando y este va a ser su pulmón, de todas maneras ¿quiere comprar la cajetilla? Y la persona dice: Sí, véndame, véndame un cartón, por favor. Y la cajetilla le está diciendo: Te estás envenenando, te estás envenenando. Y lo mismo sucede con muchas cosas cuando la gente advierte en cuántas familias, la mamá le advierte a la hija: Mire hija, usted sabe lo que hemos sufrido, usted sabe que hemos sufrido tanto porque no hemos tenido verdaderamente un hogar.

Usted sabe que yo lamentablemente, yo quedé embarazada, pero yo no quise abortar. Yo quise tenerla a usted. Pero usted, por favor, cuídese. Y la hija es consciente más que nadie es consciente de lo malo que es quedar embarazado estando soltero, de lo malo que es no poder brindarle un verdadero hogar a la criatura que va a nacer. La hija sabe eso y la hija sabe eso y la hija sabe eso. Y la hija se embarazó. Y llega donde la mamá: Bueno, mamá, ya, ¿ya qué? Yo ya, ya, ya. Y la hija sabía la historia, lo sabía, pero le faltaba la fuerza, la fuerza para decir: Esto no.

Esa fuerza interior, esa presencia interior, esa acción interior de Dios es lo que ha venido a esta tierra con Jesucristo. Antes de Cristo ya existía la claridad sobre el bien y el mal, la ley de Moisés ya trae esa claridad. La ley de Moisés ya dice: Mire, no mienta, no mienta, mentiras no, no mienta, no robe, no adultere, no calumnie, no envidie, no lo haga, no lo haga, no es buena idea, evítelo. Pero, ¿qué le faltaba a la ley de Moisés? Lo que dice San Pablo, la gracia. Gracia es uno de los nombres que tiene la presencia eficaz del amor de Dios, transformando nuestro ser para que evitemos lo que tenemos que evitar y para que practiquemos lo que tenemos que practicar, esa es la gracia.

Y esa gracia ¿cómo nos ha llegado? El apóstol San Juan nos dice una cosa bellísima: «La ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo». Entonces la ley, la ley ya existe, la ley ya existe, la ley de Moisés. Y aunque no existiera la ley de Moisés, uno tiene una conciencia y esa conciencia que San Pablo dice que opera como ley para los paganos, esa conciencia ya le cuenta a uno dónde está lo bueno y dónde está lo malo. Y eso a mí no me vengan con historias que no, no, yo no sabía, yo no sabía, hasta que de pronto quedé embarazada. Yo no sabía, no sabía nada, de pronto quedé embarazada. No sé cómo será eso, pero quedé embarazada.

Sí sabe, si sabe lo que le sucedió. Pero ¿qué pasa? Pasa y acontece que la ley sola no basta. Uno necesita una presencia, una acción interior. Entonces, Dios ya nos había dado la ley y esa es una gran cosa, la ley le ayuda a uno a aclarar la mente y saber dónde está el bien y dónde está el mal. La ley es el despertador de la conciencia, pero la ley no es suficiente. La ley lo único que hace es mostrar la triste condición en la que está el ser humano por su incoherencia, esa es la ley. Pero hay que avanzar. Y ¿cómo avanza uno? La ley nos fue dada por Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Entonces, viene Cristo, y esa venida de Cristo significa que ahora Dios no es allá lejano, contándome qué es lo bueno y qué es lo malo. Y yo diciendo: Sí, todo muy bonito, quién pudiera, pero, pero no ve que la feroz risa no dejó. Todo muy bonito, todo lo que usted dice. Pero no tengo la fuerza, no tengo la fuerza. Sí, veo que mis pulmones se van a envenenar, ya deben estar así dañándose. Pero, pero, tengo que encenderlo, pero tengo que encenderlo. Ese estar en cadenas, eso es lo que ha venido a romper Jesucristo, esa es la victoria de Jesucristo.

Y ¿cómo es esa victoria de Jesucristo? Cristo llega a nosotros y realiza operaciones maravillosas. El Dios con nosotros, Dios con nosotros, operaciones maravillosas. La primera, Cristo irradia el color de la benevolencia y con ese color de la benevolencia crea una sensación de paz, una sensación de consuelo, de autoaceptación, de aquella situación en la que uno se encuentra. Cristo llega a nosotros con su benevolencia y lo primero que hace es quitar el pánico. Recuerda tantos pasajes del Evangelio, por decir algo, el de esa mujer que iba a ser apedreada por adúltera.

Esa mujer estaba bastante preocupada, ¿cierto? Era una situación tensionante. ¿A dónde irá a caer el primer ladrillazo? Eso, uno se tensiona, yo creo que uno se tensiona. Que uno le digan: Lo vamos a apedrear, hombre, es tensionante. Yo creo que eso es no es fácil relajarse en esa situación. Esta mujer estaba asustada y Cristo lo que viene a traer es una profunda paz a esa mujer. Y le hace esta pregunta: «¿Dónde están los que te condenaban?» Y ella dice: «Se han ido». ¡Qué cosa tan bonita! Lo que me oprimía, lo que me angustiaba, lo que me ahorcaba, lo que me hundía, lo que me acusaba, se ha ido, se ha ido, se ha ido.

La palabra Satán o Satanás lo que significa es el acusador. Y el Apocalipsis nos dice que el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche, ha sido vencido, ha sido expulsado. Ellos vencieron en virtud de la sangre del Cordero. Entonces, Cristo llega a nosotros y Cristo crea un ambiente nuevo, crea una atmósfera nueva en la cual nuestros acusadores, es decir, Satanás y toda la baja autoestima que uno tiene y toda la conciencia que uno tiene, su propia miseria y esa sensación que uno tiene de: Realmente yo no me merezco nada, es que esta es la puerca vida que tengo, porque esta es la puerca vida que me merezco.

Esa sensación de autoataque, de odio a uno mismo, esa sensación la destruye Cristo con los rayos bienhechores de su benevolencia. Y por eso, cuando llega Cristo cerca de uno, uno siente que esa autoacusación cesa y uno siente que la acusación externa de Satanás y sus satélites desaparece, y uno siente que ese temor se aleja y uno empieza a sentir que puede respirar. Nos dice en otra parte el profeta Isaías que Jesús no apaga el pábilo vacilante, que Cristo, aunque solo te quede. Imagínate lo que es una cosita esta es que ya apenas le queda una lucecita, Cristo no apaga eso, Cristo protege.

Cristo, nos dice Isaías que Cristo no viene a quebrar la caña resquebrajada, la caña cascada. Imagínate un bambú, una cosa de estas que está resquebrajada. La tentación de uno es: Ya empezamos a romperla, acabemos de romperla. Ese no es Cristo, Cristo ve que tu vida está tronchada, Cristo ve que tu vida matrimonial está tronchada, que tu vida afectiva está rota, que tu vida intelectual está en ruinas, Cristo ve que tu vida financiera da es pena, Cristo ve que tu vida biológica, que tu salud da es risa. Y entonces, Cristo dice: Y ahora ¿qué hacemos con todo este saco de miserias?

Y Cristo no apaga el pábilo vacilante, Cristo no rompe la caña cascada, Cristo protege ese poquitico que te queda, esa esa luz tenue que te queda. Cristo te la protege y empieza a reavivarla y Él es el médico divino y Él es el amigo fiel, y Él es el Buen Pastor. Y Cristo toma ese trisito, ese nada que tú tienes. Muchos de los que se acercaron a Cristo tenían muy poca cosa para darle. Acuérdate ese hombre que tenía el hijo enfermo y le dice: Señor, si puedes haz algo por él, y le dice Jesús: Pues todo es posible para el que tiene fe.

Pero este hombre había sufrido tanto, había llorado tanto por ese hijo, le dolía tanto ver a su hijo así, había intentado tantos tratamientos, lo había llevado a tantos médicos. Y entonces él dice, le dice Jesús: Todo es posible para el que cree. Y el hombre dice: Yo sí creo, pero ayúdame, ayúdame a mi poquita fe, ayúdame a mi poquita fe, porque ya lo que le quedaba era nada apenas, ya estaba humeando, ya le quedaba era un mechito, un mechito humeante, ya no le quedaba nada. Pero llega Jesús, el Dios con nosotros y protege ese mechoncito que apenas humea.

De pronto la fe tuya es así, de pronto la esperanza que tú tienes en tu matrimonio es así, de pronto la esperanza que tú tienes para tu salud es así, de pronto la esperanza que tú tienes para tus finanzas es así, algo muy pequeño y tú dices: Ya no fue en esta vida. Y como dicen que no hay reencarnación, ya lo que fue, fue ya esto se acabó. Aquí ya no hubo nada más. Porque hay gente que dice: Si hubiera reencarnación por allá en otra vida, quién sabe cómo me iría. Pero como no hay reencarnación y ya estoy tan mal de salud o tan mal en mi familia, tan mal en mi psicología, mi vida es así como un mechoncito que ya humea, ya ni siquiera saca luz.

Y Jesús llega y protege ese poquito y lo defiende y lo reanima y lo restaura. Y Jesús infunde su Espíritu y hace brillar, hace florecer el desierto, Jesús hace florecer el desierto. Él preparó un banquete en el desierto, con cinco panes y dos peces organizó un banquete gigantesco para para los que lo estaban siguiendo en el desierto, y así mostró que él es capaz de un poquitico, de una semillita, de casi nada. Él es capaz de hacer maravillas, esa es la buena noticia, ha llegado Dios con nosotros. Pero su benevolencia no acaba ahí, porque esa es una benevolencia que viene a cambiar mis circunstancias o viene a cambiar mis dolores.

Pero lo más fuerte de la benevolencia de Cristo no está en eso. Lo más fuerte lo reservó para el final de su vida cuando dijo a los apóstoles: Ustedes no se vayan de Jerusalén, ustedes sigan orando, porque va a venir la promesa del Padre. Y así cumplieron los apóstoles, obedientes al mandato de Cristo resucitado, se pusieron a orar, y vino a ellos el poder del Espíritu. Y ese poder del Espíritu es el regalo máximo, es el regalo ultimate de Cristo, ese es el regalo máximo y total de Cristo, el regalo del Espíritu. ¿Por qué es el regalo máximo de Cristo?

Porque con ese regalo Dios no solo cambia mi condición exterior, por ejemplo, mis finanzas, mis afectos, mi salud, sino que cambia mi voluntad, la raíz de mis actos, me hace capaz de amar el bien, me hace capaz de realizar el bien, lo que la ley jamás podía realizar. Eso es lo que viene a hacer Jesús en mí, eso se llama una transformación interior. Y esa clase de transformación interior es la que hace que uno pueda amar lo que antes no amaba, hacer lo que antes no hacía. Esta transformación interior, esta que, en realidad, es divinización.

El apóstol San Pedro nos dice que nosotros somos partícipes de la naturaleza divina de Cristo. Es Dios mismo obrando en nosotros, Dios mismo haciendo posible que tú hagas lo que antes no podías, por ejemplo, dando el perdón que no podías, quitando el orgullo que tenía raíces tan profundas en ti. El orgullo se había adueñado de ti y tú ya no sabías qué hacer, y llega este Señor y Él tiene nuevas herramientas, lo que tú no podías, eso sí lo puede el Señor. Y el Señor arranca esa raíz y ve uno cosas asombrosas. Uno ve hombres grandes, viejos, gordos y calvos llorando como niños chiquitos y diciéndole al Señor: Dame tu abrazo, dame tu amor, dame tu amor.

Y eso es maravilloso, cuando uno ve a los hombres llorando y a las mujeres riendo. Bueno, ahí salió como rara esa frase. Pero claro, los hombres lloran porque se sienten tremendamente amados y las mujeres ríen porque se sienten tremendamente bendecidas. No es que las mujeres se rían de que los hombres lloren. No, no, no, no, de ninguna manera. La mujer es un ser muy noble la mayor parte de las veces. Bueno, en todo caso, esa es la buena noticia. La buena noticia es Dios con nosotros.

Dios con su benevolencia, ayudando a que yo me acepte en mi historia, protegiendo ese pabilo vacilante, rescatando ese mechoncito humeante que era el trisito de fe que me quedaba, y luego transformándome interiormente para que yo pueda obrar de acuerdo con su designio, con su voluntad y con su ley. Por eso dice San Pablo: Lo que era imposible para la ley, ahora es posible en el Espíritu que nos da Jesús.

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