|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Acerca de las señales de Dios.
Homilía v20d003a, predicada en 20041220, con 34 min. y 17 seg. 
Transcripción:
De tantas cosas bellas, profundas, útiles, que podemos meditar ante los textos de hoy, yo quisiera detenerme en la palabra señal. Dios, por boca del profeta Isaías, le dice al rey Acaz: «Pide una señal». El ángel Gabriel, hablando de parte de Dios, le da una señal a la Virgen María: «Ahí tienes a tu pariente Isabel, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo». Señal, una señal en la primera lectura, una señal en el Evangelio. Yo creo que si comprendemos bien lo que significan las señales que Dios da, podemos también apreciar mejor en qué consiste la fe.
La fe no es plena luz, pero la fe tampoco es oscuridad. Si la fe fuera completa oscuridad, entonces sería una pura apuesta, yo supongo que, yo hago de cuenta que. La fe no obra en la oscuridad, a pesar de que hay oscuridad y hay momentos oscuros de los que nos han hablado los santos. La fe no acontece en la pura oscuridad. Nos enseña el apóstol San Pablo que cuando Dios habla, merece la obediencia de la fe. Y con esto nos está indicando que la fe nuestra es fundamentalmente una respuesta. Si la fe sucediera en la completa oscuridad, quiere decir que la fe tendría que salir de mí.
Pero la fe no sucede en la completa oscuridad, sino que en medio de la oscuridad de este mundo hay algo que me llega y yo respondo con la fe. La fe es una respuesta. ¿Respuesta a qué? A una señal, lo que Dios me da es una señal, la respuesta a esa señal es la fe. La fe, entonces, no sucede en la oscuridad. Pero la fe tampoco sucede en la plena luz, observemos que la Santa Virgen hace una pregunta: ¿Cómo será eso? Además, notemos que María se extraña del saludo que recibe del ángel. ¿Esto qué indica? Esto indica que hay una distancia infinita entre lo que Dios quiere proponer y lo que nosotros estaríamos dispuestos a comprender, a aceptar y a obedecer.
Por este motivo descubrimos que la fe tampoco sucede en la perfecta claridad. Si la fe sucediera en la perfecta claridad, uno nunca necesitaría explicaciones. Y si la fe sucediera en la completa claridad, tampoco tendría ningún mérito. La fe no sucede ni en la completa oscuridad ni en la completa claridad. La fe se mueve, acontece en el terreno de la penumbra, en el claroscuro. Y vivir en la fe es vivir en una penumbra, las cosas no son completamente claras, pero tampoco son completamente oscuras. Y por la misma razón, vivir en la fe no es ni tan sencillo ni es imposible.
Si la fe fuera en la completa oscuridad, sería imposible. Si la fe fuera en la completa claridad, sería sencillísima. La vida en la fe no es ni sencilla ni imposible, no sucede en la claridad ni en la oscuridad, sino en la penumbra. Este es el primer punto que deseo que nos quede claro. Caminar en la fe, peregrinar en la fe es siempre estar en una especie de penumbra. Y mientras estamos en esta vida, nos dice San Pablo, apenas vemos como en un espejo, vemos como borroso. Así es en la vida de todos los cristianos, pero especialmente así es cuando se quiere iniciar una obra en la Iglesia.
Todo cristiano que quiera tomar en serio su bautismo, tendrá que afrontar caminar en la penumbra. Pero, nunca es esto tan cierto como cuando se quiere iniciar una nueva obra. Si nosotros miramos un poco la vida de los fundadores, descubrimos que tenían ciertas cosas claras, pero montañas de cosas que no entendían y que no estaban en absoluto claras. Solo en el desarrollo de los acontecimientos y solo mirando, mirando ¿qué? Señales, mirando señales, leyendo señales, Jesús las llamaba: signos de los tiempos. Leyendo los signos de los tiempos, guiándose por señales, avanzaron.
Y así, pudieron hacer un camino que de alguna manera simplifica, aunque nunca resuelve completamente, el camino de otros. Entonces, fue más difícil para san Francisco que para los franciscanos y más difícil para santo Domingo que para los dominicos, y más difícil para Jesús que para los jesuitas. Evidentemente, el camino del fundador requiere más penumbra si se quieren, porque hay más preguntas que están sin resolver. Esto indica no que sea imposible, sino que cuando estamos abriendo camino dependemos más del cada día, dependemos más de la Providencia.
Cuando se inició, por ejemplo, este camino, cuando empezó este peregrinar de lo que hoy se llama el movimiento Sanctus, ustedes no podían saber con quién se iban a encontrar, quién les iba a ayudar, qué clase de retiros, qué clase de lecturas. Y así también hay muchas preguntas que hoy podemos hacer y que no están resueltas hoy. Las preguntas de ayer no estaban resueltas ayer, algunas están resueltas hoy. Y las preguntas de hoy no están resueltas hoy, algunas estarán resueltas mañana. Esto también nos indica que caminar en la fe es caminar en la indigencia.
Como dice la traducción usual del Padre nuestro, es el pan de cada día. No se puede guardar, en el libro del Éxodo, se le advirtió a los hebreos que no se puede guardar el maná para el día siguiente, esto es como depender cada día del alimento. Ustedes se imaginan lo que era eso, estar en el desierto y ver uno se acabó el alimento y otra vez no hay nada. Mañana llegará, el milagro tendrá que repetirse mañana. Si queremos realmente abrir un camino de servicio en la Iglesia, necesitamos esa clase de espiritualidad, el milagro se repetirá mañana.
Mañana llegará otra respuesta, mañana también Dios seguirá siendo Dios, mañana Dios seguirá amando, mañana Dios seguirá vivo, fuerte, generoso, compasivo, mañana me podré volver a fiar de Dios. Este es el segundo punto de la enseñanza de hoy, todos los caminos requieren de fe y de penumbra. Pero cuando estamos abriendo un camino nuevo, necesitamos ejercitar aún más esa fe y ese ejercicio se convierte en una confianza redoblada en la Providencia y en el uso de esa convicción, mañana Dios seguirá siendo Dios.
Yo estaré más débil o más enfermo, más tentado, más ignorante o más confundido, o de pronto estaré mejor. Pero lo importante no es eso, lo importante es mañana Dios seguirá siendo Dios. Así se avanza un día más y otro día y otro día. Cuando uno empieza a mirar de para atrás, empieza a leer lo que Dios ha ido escribiendo. Es como si a uno le dieran un telegrama cada día y ese telegrama cada día solo tuviera una letra. Entonces, le llega a uno la letra D y luego la letra I y luego la letra O y luego la letra S, ah Dios y así letra por letra se va construyendo algo, hasta que uno lee la frase completa: Dios en verdad me ama.
Uno lee hacia atrás y dice: Sí, es cierto, Dios en verdad me ama. Cuando leo lo que ha acontecido en mi vida, encuentro que hay un hilo, que hay una lógica, que hay una historia, y entonces reconozco el paso del Señor. Pero cuando ya reconozco lo que Él ha hecho, todavía no entiendo lo que está haciendo. De manera que el telegrama sigue, la secuencia, sigue, las señales siguen. Llevamos esos dos puntos, la fe es como una especie de penumbra. Y, en segundo lugar, fundar es depender aún más de Dios con una convicción que es: mañana Dios seguirá siendo Dios.
Pasemos al tercer punto. Y ¿qué hacemos para leer estas señales? A veces uno se siente inseguro. Eso le pasó a Acaz, él no se sentía capaz de leer señales, estaba asustado, estaba confundido. Y además, tenía demasiado claro el tamaño de los enemigos, oprimido por el norte, por los asirios y oprimido por el sur, por Egipto, dos gigantones enemigos, este pobre Acaz no sabía qué hacer. Pues bien, la confusión es la receta maravillosa para no leer nada, para no entender nada. Confundido, asustado, Acaz no quiere una señal: «No la pido, no quiero tentar al Señor».
¿Por qué dice eso? Porque su corazón está demasiado débil, porque su corazón está demasiado asustado. El miedo, la confusión son recetas extraordinariamente eficaces para no leer las señales que Dios nos da. Pero es interesante que Dios le diga: Pide una señal. Esto, esto no es obvio. ¿Será que Dios también nos dice a nosotros eso, será que es lícito pedirle señales a Dios? Aparentemente es más meritorio no pedir ninguna señal, yo simplemente te seguiré, eso suena como más meritorio, no te voy a pedir ninguna señal, eso suena como más meritorio.
Pero, hagámonos esta pregunta, el que no pide ninguna señal, ¿con qué criterio va a caminar? El que no pide ninguna indicación, el que no pide ninguna dirección ¿a quién va a seguir realmente? Pues va a seguir su propio criterio, su propio capricho o su propio miedo. De manera que el primer criterio para leer señales es acostumbrarnos a que, sí podemos y, aún más, debemos pedirle señales a Dios. Sí, podemos y sí debemos. Y quiero contarles tres razones por las que podemos y debemos pedirle señales a Dios.
La primera, ya la dijimos, el que no pide señales, ¿a quién va a seguir? Ah, yo seguiré mi conciencia. Bueno, pues es que tu conciencia es también señal. Yo seguiré lo que me manda la Iglesia, la voz de mi Iglesia es también señal. De manera que señales siempre necesitamos, porque el que no acepta las señales de Dios quiere decir que pretende seguir su propio capricho, su propio estilo o sus propias razones. La primera razón entonces es, sí debo y sí puedo pedir señales, porque no quiero ser guiado por mi capricho, porque no quiero ser guiado por mis pasiones o por los intereses de otras personas que me estén manipulando. Sí puedo y sí debo pedir señales.
La segunda razón es esta, reconocer que necesito indicaciones o direcciones es un acto de humildad. Cuando estoy en una ciudad a la que creo que conozco bien y me mandan unas indicaciones de cómo llegar al lugar de la convivencia y yo boto las indicaciones, ¿qué estoy diciendo? Soy capaz de llegar yo, pero resulta que no me resultó tan sencillo. ¿Qué aprendo de eso? Aprendo que necesito aprender más. Pedir señales y aceptar señales es un acto de humildad y es un acto de sensatez. Yo, Señor, yo, yo no soy Dios. No lo sé todo, no lo comprendo todo, en muchas cosas me confundo, necesito tu ayuda.
Pedir señales es también una manera de pedir ayuda. Realmente, si lo miramos bien, quién pide señales lo que está pidiendo es guía, sabiduría. Pedir señales es lo mismo que aparece tantas veces en los Salmos: Muéstrame el camino, muéstrame el camino, guíame, Señor. En los Salmos encontramos muchas veces expresiones como estas. Es un acto de humildad y es un acto de sensatez. El tercer motivo o razón por el que es bueno pedirle señales a Dios es porque nosotros queremos que sea Él quien guíe. Hay muchas personas y hay muchas fuerzas, y hay muchas tendencias y espíritus que quieren guiarnos.
Cuando nosotros le pedimos a Dios, Dios responde. Esta es una petición, pedir una señal es una petición. Jesús dijo: «El que pide, recibe». Si yo le estoy haciendo una petición a Dios, Dios me escucha. Y, además, en la misma Biblia hay una garantía de que este género de petición le gusta a Dios. Nos dice la carta de Santiago: «Si alguno está falto de sabiduría, que la pida a Dios». Y ahí el apóstol Santiago no está hablando de si alguno está falto de comprender cómo funcionan los motores a reacción o qué estructura tiene el Código Penal en Inglaterra. No se trata de si alguno está falto de conocimientos, es si alguno está falto de sabiduría.
Y en la Biblia la palabra sabiduría siempre se refiere al saber vivir. Luego la misma Biblia nos está avalando con promesa que si alguno necesita guía, la pide a Dios y Dios la concede. Además, es lo más natural del mundo. Si yo le pido a Dios que me ayude y que me guíe, ¿cómo podría Dios negarse a eso? Como dice San Pablo: Él que nos dio a su propio Hijo precisamente para que fuéramos salvos, cómo nos va a negar el auxilio que nos conduzca hacia la voz del Buen Pastor, hacia el regazo de nuestro amigo y Señor, hacia la sangre que nos redime, ¿cómo podría Dios negar eso? De manera que sí tenemos derecho y deber de pedir señales, este era el tercer punto.
Bueno, pero ahora pasemos al cuarto punto. ¿Por qué tienen mala fama las señales? Tienen mala fama porque uno pretende imponerle señales a Dios. Entonces vamos a ver qué clase de señales son las que uno le puede pedir a Dios. Porque, a ver, en la Biblia hay de todo, ¿no? Ustedes recuerdan el caso de Gedeón, que estaba descorazonado y que le dijo a Dios que quería una señal y pidió una señal como caprichosa, ¿no? Él era una especie de campesino, una especie de una especie de pastor. Entonces él decía, bueno, él obviamente utilizaba el cuero de las de las ovejas.
Entonces él dijo: Bueno, voy a poner este cuero aquí, cuero ahí lanudo en la noche. Y ahora le voy a pedir a Dios que, si verdaderamente el mensaje que me trajo ese ángel es de Dios, entonces que mañana haya rocío en todo menos en el pedazo de cuero. Y así sucedió, al otro día todo estaba húmedo por el rocío, menos el cuero. Pero él, como si fuera un científico escéptico, dijo: Momento, para la siguiente noche, señal contraria. Ahora solo debe haber rocío en el cuero y que todo lo demás esté seco. Y maravilla de maravillas, al otro día, rocío en el cuero y todo lo demás seco. Entonces, él dijo: Está la señal, me puedo fiar de ese ángel.
Uno podría pedir esa clase de señales actualizadas al siglo XXI. Uno podría decir, por ejemplo, en Bogotá: Bueno, si yo debo ir a esa vigilia, que pase la ruta 90 de Transmilenio en los próximos tres minutos. Si no pasa en los próximos tres minutos, quiere decir que Dios no quiere que yo vaya a esa vigilia, sino que más bien me dedique a tomar ron con unos amigos. Claro, cuanto más es el gusto, cuanto mayor es el gusto por el ron, menor será el número de minutos que yo le ponga de margen a Dios, ¿no? Esa clase de señales, aunque alguna vez aparezcan en la Biblia, como está el caso de Gedeón, esa clase de señales no es la que nosotros debemos pedir.
Está claro que nosotros debemos, bueno, dicho en orden, podemos y debemos pedir señales, pero eso no significa que podamos pedir cualquier señal, porque muchas de esas señales están más gobernadas por nuestra propia concupiscencia, gusto, conveniencia, como en el caso ese del ron que acabo de decir. Y Dios no tiene por qué complacerme en eso. ¿Cómo le puedo pedir, cómo le puedo pedir una señal a Dios, qué clase de señales le puedo pedir a Dios? En esa pregunta estamos. Esto tiene varias respuestas.
Algunos santos simplemente dejan la pregunta abierta: Señor, muéstranos. O muéstrame, muéstrame, tú me mostrarás cómo. Por ejemplo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles vemos que cuando ya Lucas estaba trabajando y evangelizando con San Pablo, algunas veces escribe el mismo Lucas: El Espíritu Santo nos impidió entrar en tal parte. El Espíritu Santo no quiso que entráramos en tal parte, sino que fuimos para tal otra parte. También en los Hechos de los Apóstoles aparece esa otra expresión: El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido que...
Entonces, ¿cuáles pueden ser señales finalmente? Algunos santos dejan la pregunta abierta: Dios me mostrará. ¿Dios quiere que yo sea religiosa? Esa es una pregunta que alguien se puede hacer. Dejo la pregunta abierta, dejo la pregunta abierta, es posible que si, es posible que no, Dios dará señales. Esa es una manera de preguntar. Y efectivamente, Dios da muchas veces señales. El mérito que tiene esa manera de obrar es que le damos como total libertad a Dios, como que le dejamos las manos totalmente desatadas. Tú me mostrarás si eso es así o no es así.
Y, más o menos, lo que queda implícito tácitamente es, si todas las puertas se cierran, pues quiere decir que no era por ahí, más o menos es el criterio que se utiliza. Esa es una manera de buscar señales, dejar totalmente abierto. Otra manera es esta, cuando dentro de un proceso hay un paso que es especialmente difícil, que incluso parece improbable o casi imposible. Y uno dice: Si eso se da, quiere decir que verdaderamente Dios lo quiere, esa es una especie de señal. Por ejemplo, para una determinada obra o actividad se necesita la autorización del obispo y solamente del obispo. Y el obispo tiene la agenda ocupadísima y no da citas a nadie.
Parece muy difícil tener la entrevista con el obispo y parece muy difícil que el obispo entonces pueda dar ese permiso, o sea que parece muy difícil que eso se dé. A veces se utiliza como señal eso, cuando algo que parece extremadamente improbable, pero que uno sabe que es necesario para un buen fin, se da, entonces uno dice: Uy, sí parece que Dios realmente quiere que esto se realice. Esa es otra manera de pedir señales. Otro tipo de señales tienen que ver con la actitud interior. Por ejemplo, nuestra amiga Santa Catalina de Siena habla del caso de los sueños o incluso visiones que tienen algunas personas.
Cómo saber si un determinado sueño, por ejemplo, yo sueño que me fui del movimiento católico Sanctus, me fui. Y en ese momento, cuando yo me despedí ya del último integrante de Sanctus y ya dejé eso atrás, me llegó una noticia: Se ganó la lotería. Y entonces yo digo: Esto es maravilloso y yo disfruté ese sueño y me gocé. ¿Cómo hago para discernir esa clase de sueños? Entonces, Santa Catalina dice: Mira, cuando las cosas son de Dios, dejan una serie de frutos, por ejemplo, dejan una paz duradera, dejan humildad en el corazón, dejan fecundidad, traen un fruto, traen un bien para otras personas.
Normalmente cuando son engaños del enemigo o engaños de nuestra naturaleza humana, no dejan esa clase de paz. Entonces, yo me despierto pensando: Uy, ya no tengo ninguna de las responsabilidades que tenía en Sanctus. Eso me puede hacer sentir feliz por un instante, pero después pasa el tiempo, yo digo: Realmente he sido un cobarde. Lo que viene de Dios deja una sensación de paz que se afianza en el corazón, que se va como confirmando como día a día y deja una sensación de humildad, no hay vanidad en la persona, no hay retaliación, no hay venganza, no hay desquite.
La persona más bien siente como un recogimiento, una actitud de humilde gratitud y, a la vez, va descubriendo que ese camino por el que se orienta o por el que lo orientó esa determinada visión o sueño, ese camino se va convirtiendo en un camino de fecundidad. Esa es otra manera de buscar señales. Cultivemos en nosotros esas virtudes, cultivemos en nosotros ese paladar. ¿Cuál paladar? El paladar de la paz, disfrutemos lo que significa la paz de una buena conciencia y descubramos lo que es mantener la conciencia en paz.
Saber lo que es la paz interior, la paz espiritual es muy importante, porque normalmente cuando uno trata de hacer locuras o cuando el enemigo trata de inducirlo a uno a hacer tonterías, la paz se pierde y uno tiene que estarse como justificando. Es, más o menos, lo que le suele suceder a la persona cuando hay una separación, una pareja que se divide, se separan, ¿no? Casi siempre los primeros días o semanas son agotadores. Y ¿sabe por qué? Porque la persona está como resolviendo el juicio continuamente en su cabeza.
Y está sintiendo: No, no, pero es que él sí se merecía eso. Pero si yo hubiera hecho esto otro, no, pero es que sí se lo merecía. Pero ¿y si yo hubiera luchado? Pero es que sí se lo merecía. Y tiene la persona que estarse como repitiendo, y muchas veces, no hablo de siempre, la persona no alcanza paz ¿Por qué no la alcanza? Porque tiene que estarse repitiendo y convenciendo, mala seña, por ahí no es. Normalmente cuando las cosas son de Dios, la persona no tiene que estar haciendo ese ejercicio mental como sugestionándose, como autoconvenciéndose, sino simplemente la persona siente como un regalo el camino que el Señor le ha mostrado.
Esto es muy interesante, la persona crece en la paz y como crece en la paz, crece también en la alegría, siente humildad y siente agradecimiento, humildad y agradecimiento. Cuando uno siente que las cosas las ha conquistado, por fin lo logré, mala señal. En las cosas espirituales, mala seña. He conocido un par de casos de hombres que se han ordenado porque se habían puesto la meta: Yo me ordeno sacerdote porque me ordeno sacerdote. Mala seña, es una conquista de una voluntad humana, probablemente incluso esas ordenaciones sean inválidas, eso es gravísimo. La persona se lo propuso como una conquista: Ya me ordené. Ya soy sacerdote.
¿Con qué corazón, habrá humildad ahí, habrá agradecimiento ahí, habrá sencillez de corazón? Muchas veces lo que hay en ese caso es que la persona ha tratado de demostrarle a otros, un sacerdocio logrado en esas condiciones si no es inválido, va a ser muy difícil que sea fecundo. Entonces, hay una serie de sentimientos, son más que sentimientos, pero llamémoslos sentimientos interiores que nos orientan mucho, como eso de la paz, la humildad, el agradecimiento. Júntele a eso, la misericordia y la fecundidad.
Es muy difícil que, si una persona está en buena conciencia, le pide a Dios que le muestre el camino, está abierto al querer del Señor y además cultiva la paz, la humildad, el agradecimiento, la misericordia y la fecundidad, es muy difícil que una persona así sea engañada. Todavía podría suceder, pero es muy difícil que sea engañada. ¿Por qué? Porque precisamente esa persona está poniendo todo de su parte para recibir las señales que Dios quiera dar. Una última palabra sobre esto de las señales que nosotros podemos pedir.
Antes de las señales que podemos pedir, asegurémonos de estar recibiendo las señales que Dios quiere dar. Es verdad que uno puede pedir señales, como lo que dijimos en la dificilísima entrevista con el obispo. Uno puede pedir esa clase de señales, pero ese camino, por más que sea, es resbaloso. Más interesantes que las señales que nosotros queramos pedir, son las señales que Dios nos quiere dar. Y ¿cómo nos las suele dar? Pues a través de su Palabra, a través de nuestros legítimos pastores.
Si yo veo que la voz del Papa, que la voz de mi obispo, que la voz de mi superior, en el caso de una comunidad religiosa, es clara en una determinada dirección, es muy difícil que yo esté buscando legítimamente la voluntad de Dios en una dirección opuesta, es muy difícil que eso sea así. Pues puede haber casos, obviamente, pero, a ver, como regla general es muy difícil que yo pueda encontrar la voluntad del Señor contradiciendo a las mismas personas que Dios me ha dado para que de alguna manera me guíen. De manera que, a través de la Palabra, a través de la voz de la conciencia, a través de estar atentos.
Jesús, Jesús más que decir pidan señales de los tiempos, dijo lean las señales de los tiempos, como diciendo: Mire, es que ya el mensaje está. A veces uno lo puede pedir, pedir: Señor, ayúdame a ver. Sobre todo, ese tipo de oración: Señor, que yo vea. Eso es más interesante, Señor, que yo vea, porque las señales normalmente ya están. Y cuando uno empieza a descubrir las señales que ya estaban, uno dice: Me demoré demasiado en descubrir el agua tibia, porque eran cosas que siempre estaban ahí, cosas que en realidad eran obvias. Normalmente los obstáculos están es en nosotros, caprichos que tenemos, apegos que tenemos, miedos que tenemos.
En la medida en que somos liberados de miedos, de caprichos, de apegos y en que buscamos y rogamos al Señor que nos muestre su querer, permanecemos en su gracia, suplicamos el don del Espíritu, nos dejamos y hacemos acompañar por nuestro Ángel Custodio, cultivamos la paz en el alma. Una buena conciencia, la humildad, el agradecimiento, la misericordia, la fecundidad. Estamos muy bien provistos realmente para ir encontrando la voluntad del Señor. De esa manera, pues vamos también encontrando lo que va a ser nuestra plenitud.
Porque hay una cosa que es cierta y es que solo seremos plenos con la plenitud de Dios, no alcanzaremos nuestra plenitud en ninguna otra forma. No nos realizaremos, no seremos personas realizadas, plenas, sino en el plan de Dios, en el camino de Dios, a la derecha o a la izquierda no lo vamos a encontrar, solo ahí, en el camino de Él, solo ahí estará nuestra plenitud, nuestra alegría, solo ahí estará nuestro gozo.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|