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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El misterio de la Navidad: descubrir la verdad del Dios único.
Homilía v033001a, predicada en 20041215, con 5 min. y 15 seg. 
Transcripción:
Hermanos muy queridos, la expresión más repetida en la primera lectura de hoy nos da como la clave y el sabor de esta liturgia, cuando ya se aproximan los días santos de la Navidad. ¿Qué es lo que nos repite el profeta? O mejor, ¿qué es lo que nos repite Dios por boca del profeta? «Yo soy el Señor y no hay otro». Fíjate que, en el fondo, es el mismo contenido del primer mandamiento de la ley de Dios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas». Ese amor que solamente Dios merece, proviene de lo que estamos oyendo el día de hoy: «Yo soy el Señor y no hay otro».
Y qué hermoso eso que se nos dice: «Vuélvete hacia mí para para salvarte». Que es un solo Dios y que solo en Él está la salvación. Porque, en efecto, si solamente Él es Señor, solo hay una condenación, que es apartarse de Él, y solo hay una salvación, que es volverse hacia Él. Vuélvete hacia mí y serás salvo. Vuélvete a mí y encontrarás salvación. Ese lenguaje tan vigoroso en la palabra de Isaías, es el mismo lenguaje que vamos a encontrar, repleto de ternura y de humanidad en el pequeño, en el niño pequeño y bello del pesebre.
Ese niño que dentro de pocos días vamos a mirar con arrobo, con amor, con gratitud, ese niño nos está repitiendo las palabras que dijo Isaías de parte de Dios, ese niño nos está diciendo: Vuélvete a mí. Porque ese niño va a crecer y ese niño cuando sea grande, va a predicar en nuestras calles y un día nos va a decir: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». En Él está nuestro descanso, en Él está nuestra salvación.
Lo maravilloso de la Navidad, sin embargo, no es el anuncio de la salvación, porque eso ya venía de antes. Fíjate que Isaías ya lo decía: Vuélvanse a mí y serán salvados. Esa no es la parte nueva. La parte nueva es que ese llamado se ha revestido, de tal manera se ha revestido de dulzura, de humanidad, de humildad, de cercanía, que en este Jesús, al que vamos a llamar con toda verdad Dios con nosotros, el llamado de la salvación está cercano a nosotros, está muy cerca. Vuélvete a mí, decía Dios. Pero ese Dios lo sentíamos de pronto lejano, ahora ese Dios se ha hecho cercano. Por eso lo llamamos Dios con nosotros, que fue el nombre que, precisamente, Él se dio en el libro del profeta Isaías.
Y eso es lo nuevo, no que se anuncie la salvación, sino que se anuncie tan cerca de nuestro oído, tan cerca de nuestros ojos, tan cerca de nuestras manos. Es lo mismo que nos va a decir el apóstol San Juan al comienzo de su primera carta: Lo que vimos, lo que oímos, lo que palpamos, no podríamos haber palpado si Él no se hubiera hecho palpable. No podíamos haber visto si Él no se hubiera hecho visible. Y no podíamos haberlo escuchado si Él no se hubiera hecho audible para nosotros. Este es el misterio de la Navidad descubrir la verdad del Dios que es único, el Dios que merece todo nuestro amor y sentir que su llamado es tan cercano y que, a través de su presencia en nuestra tierra, nos está verdaderamente llamando con la fuerza irresistible que llamamos la gracia. A Él sea el honor y la gloria. Amén.

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