Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El pobre de Yahvé pone a Dios primero y reconoce que lo terrenal pasa y puede engañar. Lo mismo el Adviento, que nos llama a vivir sin apegos y a confiar únicamente en el Señor.

Homilía v032013a, predicada en 20251216, con 7 min. y 47 seg.

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Transcripción:

Una cosa impresionante sucedió en el pueblo de Dios hacia el siglo sexto antes de Cristo. Estamos hablando básicamente del pueblo judío, porque ya lo que quedaba en ese momento era la tribu de Judá. Por eso nosotros hablamos tanto de judíos, es decir, los descendientes de la tribu de Judá. Las otras tribus que quedaban hacia el norte, las tribus del norte, pues prácticamente habían sido devastadas, habían sido extintas por una invasión del pueblo asirio unos dos siglos antes, es decir, siglo octavo antes de Cristo. Bueno, ¿Qué fue lo que pasó en el siglo sexto?, ¿Y qué tiene que ver con las lecturas de hoy? En el siglo sexto antes de Cristo, otro imperio que fue el imperio de los caldeos, cayó sobre los judíos, capital del reino de los judíos, Jerusalén.

Los caldeos cayeron sobre los judíos y los caldeos, pues realmente llevaron las cosas al extremo porque sitiaron la ciudad de Jerusalén. Eso se debió a muchas circunstancias que son interesantes, pero que aquí no las podemos explicar todas. Había, por ejemplo, un rey caprichoso y traidor llamado Sedecías. Pero bueno, el hecho es que cayeron los caldeos ahí y entonces destruyeron Jerusalén, destruyeron los muros, destruyeron, arrasaron el templo, lo incendiaron y se llevaron a prácticamente todos los judíos, o una gran parte se los llevaron para la ciudad de Babilonia. Babilonia era la capital de los caldeos. A mí me gusta decir que ese acontecimiento lo podemos describir como una muerte, es decir, el pueblo de Dios conoció la muerte, supo el sabor de la muerte.

El sabor de la muerte se encuentra en la Biblia, en el libro de las Lamentaciones, prácticamente en todo el libro Las Lamentaciones, aunque hay uno o dos versículos que traen un tono de esperanza. Pero casi todo el libro de las Lamentaciones es básicamente a qué sabe la muerte, eso es lo que cuenta. Entonces, el pueblo judío experimentó la muerte, experimentó el morir, lo que es morir. Experimentó, por consiguiente, la humillación, el abandono, el sinsentido, el dolor, el absurdo. Quedaron despojados de todo, y lo maravilloso aquí es donde empiezan las buenas noticias. Lo maravilloso es que, por una parte, hubo sobrevivientes, no quedaron totalmente destruidos, de las de los reinos, o mejor dicho, del Reino del Norte, casi que no quedó nada, pero de los judíos sí hubo sobrevivientes.

Número dos siguieron sobreviviendo como pueblo, es decir, estando en Babilonia por decisión de los caldeos, ellos pudieron seguir siendo un pueblo compacto. Esto no hay que darlo por garantizado, porque en muchos pueblos antiguos, cuando invadían, cuando vencían a otro pueblo, lo que hacían era eliminar a los varones o meterlos a la fuerza en los propios ejércitos y tomaban a las mujeres para prostitución o para esclavas o para esposas forzadas. Y esas mujeres que eran obligadas a ser esposas o a ser concubinas o hacer prostitutas. Obviamente ya no podían conservar la unidad de raza. En cambio, los judíos en el destierro sobrevivieron número uno, sobrevivieron como pueblo número dos. Y lo más impresionante, logró sobrevivir la fe de ellos, en esas circunstancias espantosas que son todas del siglo sexto antes de Cristo.

Logró sobrevivir la fe de ellos. Esa fe, esa lamparita de fe, ese seguir afirmando a pesar de todo, Dios es Dios. A pesar de todo, Dios es el único, a pesar de todo, Dios es el Poderoso, aunque nosotros estemos en manos de un pueblo idólatra. Y aunque los pueblos que nos tienen oprimidos digan que sus dioses son mejores que nuestro Dios, Dios es Dios, ese es un milagro muy grande. Logró sobrevivir la fe de ellos.

Aquí es donde viene lo precioso, si una persona lo pierde todo, si una persona pierde hasta la seguridad que tenía en sí mismo. Y si esa persona, a pesar de eso, sigue creyendo, su fe se transforma completamente. Esa persona que llega a ese punto aprende a esperarlo todo, todo de Dios y solo de Dios. Y esa persona que aprende a esperarlo todo de Dios y solo de Dios. Eso es lo que se llama pobre de Yahvé. Esos son los pobres de Yahvé, de los que nos habla la primera lectura de Sofonías.

Y esa es la gente que le puso cuidado a Juan Bautista. Esa es la gente que escuchando a Juan Bautista, entendía la lógica que había detrás de esas palabras tan rudas, tan fuertes, a veces incluso tan crueles, de Juan Bautista. Ellos sí le entendían, ¿Sabes por qué le entendían? Porque ellos habían puesto a Dios en primer lugar y se daban cuenta de que todas las cosas de este mundo, incluyendo el dinero, incluyendo el poder, todo eso engaña, todo eso llega y todo eso se va. Ese es el pobre de Yahvé, el que entiende que las cosas de este mundo uno las puede usar y ojalá las use bien, Por ejemplo, usarlas para propiciar un bien en otras personas. Por ejemplo, yo pienso gente que tiene talento empresarial y que dedica su talento a crear mejores condiciones de vida para sus empleados y sus familias, eso es utilizar bien el dinero.

Entonces, los pobres de Yahvé son aquellos que se dan cuenta de que las cosas de este mundo nos pueden atrapar fácilmente, que hay que saber utilizarlas, que no hay que apegarse demasiado a ellas y que el único que siempre estará, porque las cosas van y vienen, la fortuna va y viene, el poder va y viene, las alianzas van y vienen. El único que permanece es Dios. Esa es la espiritualidad de los pobres de Yahvé. Dato curioso la expresión pobres en hebreo se dice anawim. Y si tu alguna vez oyes los anawim, los anawim son estos los pobres de Yahvé, los que aprendieron a confiar solamente en él. Esa es la espiritualidad del Adviento.

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