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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El pecado que Dios más detesta es la soberbia, su providencia es tan grande que puede utilizar unos pecados para derribar otros y cuanto más exterior es el pecado más le sirve a Él para nuestro proceso de conversión.
Homilía v032012a, predicada en 20221213, con 6 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Hay una frase muy impactante que tiene San Agustín y que tiene que ver con el Evangelio de hoy. Porque el Evangelio de hoy nos muestra una de esas conversaciones tensas entre Jesucristo y los fariseos. Y la imagen que dan a Jesucristo es que estos fariseos se parecen a un hombre que tenía dos hijos. Y uno dijo sí voy a ir, a trabajar en la viña o en el campo, pero al fin no fue, y otro dijo no voy, pero al fin sí fue. Y la clave, por supuesto, está en esa expresión al fin. Lo que hay que preguntarse es quién hace las cosas al fin, quien las hace al final. Empezar bien es encomiable, pero lo que realmente importa es cómo terminas. Es lo mismo que nos dice Cristo en otra frase cuando habla de que el que persevere hasta el final, ese se salvará hasta el final. O sea que la clave está no en cómo empezamos, sino en cómo terminamos. Pero no he dicho todavía la frase de San Agustín. La frase de San Agustín tiene que ver con el modo como el pecado, óigase bien, hasta el pecado puede entrar en el plan de Dios. ¿Y cómo es la frase? La frase es ésta: A veces permite Dios la impureza para derribar la soberbia. ¿Es que Dios no detesta el pecado de impureza? Por supuesto que sí. Incluso otra santa Catalina de Siena dice que el pecado de impureza es repugnante, incluso para los demonios, que ellos utilizan ese pecado pero lo detestan, les produce asco, desprecio, o sea, es un pecado repugnante hasta para el demonio. Pero es tanto el odio que Dios le tiene al pecado de impureza, al pecado de soberbia que a veces utiliza un pecado contra otro pecado. Es decir, que la vergüenza y la humillación del pecado de impureza le sirve al pecador para darse cuenta de qué es lo que está haciendo, y para salir de ahí, para salir de ahí. Dios, en su providencia, nos enseña San Agustín, utilizando un pecado para derribar a otro pecado. Lo cual demuestra cuál es el pecado que más detesta Dios y es el pecado de la soberbia. ¿Qué tiene que ver esto, con este evangelio? Cristo dice que cuando Juan el Bautista estaba predicando los publicanos y las prostitutas sí le prestaron oídos, porque tal vez sus pecados eran más visibles. Como suele suceder con los pecados propios de los vicios, entre ellos los pecados de impureza. Es decir, en la medida en que precisamente son pecados corporales, en la medida en que son pecados exteriores, como que es más fácil ver el pecado. En cambio, la persona que se recome de envidia, como es algo que es tan fácil de disimular, o la persona que tiene un resentimiento y lo está cultivando y lo está alimentando como una fiera, como un áspid que va alimentando a y secretamente en su corazón, pero eso no se ve. Entonces, ¿Qué podemos aprender de San Agustín? Podemos aprender dos cosas, cuál es el pecado que Dios más detesta, que es la soberbia. Podemos aprender que la providencia de Dios es tan grande que hasta puede utilizar unos pecados para derribar a otros. Y podemos aprender de San Agustín que cuanto más exterior es el pecado, hasta cierto punto, más le sirve a Dios para nuestro proceso de conversión. ¿Por qué? Porque en esos pecados tan exteriores, Dios, en su bondad, nos permite conocernos más a nosotros mismos. Y el que se da cuenta de su pecado más pronto, usualmente más pronto, se arrepiente. O dicho de otra manera, cuidado con los pecados escondidos, cuidado con los pecados fáciles de disimular, cuidado porque podrás engañar a otros. Hasta es posible que vivas engañado tú mismo, pero a Dios jamás lo podrás engañar. Cuidado con el pecado oculto, cuidado porque ahí muchas veces está la raíz de la resistencia frente a la obra de Dios en nosotros. Por eso también decía San Agustín, ya que lo hemos mencionado en esta reflexión. Por eso también decía San Agustín Señor, que yo me conozca y que yo te conozca, que yo me conozca, porque es muy fácil uno decirse mentiras, es muy fácil engañarse. Dios nos preserve y nos conceda un santo Adviento. Amén.

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