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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Este Adviento es tiempo para desechar a los ídolos de este mundo, poniendo la alegría en el Señor con un corazón dispuesto, permitiendo que se cumpla su plan bendito en nosotros.
Homilía v032009a, predicada en 20161213, con 6 min. y 21 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del capítulo tercero del profeta Sofonías. Uno de los doce profetas llamados menores. Ciertamente no porque sea menor su importancia, sino porque estos doce profetas nos dejaron un contenido escrito que es menor en volumen que lo que nos dejaron los cuatro profetas llamados mayores. Los mayores son Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel. Así que hoy tenemos a Sofonías, lo cual es notable porque en la mayor parte del Adviento ha sido el profeta Isaías el que nos ha acompañado, el que nos ha enseñado. Este texto del capítulo tres de Sofonías es bien importante, sin embargo, porque trae para nosotros una de las características más hermosas del Adviento. Lo podemos llamar la conversión a través de la humildad, o lo podemos llamar la humildad a través de la conversión. Hay que notar que el profeta Sofonías se está refiriendo, se dirige al pueblo de Dios, por supuesto, y está haciendo una referencia a cómo el pueblo que ha pasado por el destierro, el pueblo que ha sufrido grandemente, es también el pueblo que ha aprendido a distanciarse de todas sus soberbias. La traducción que acabo de leer dice sus soberbias bravatas. Es decir, muchas veces hemos sido ante Dios como niños rebeldes, que cuando no recibimos el juguete que queríamos, cuando no se cumple el deseo que consideramos indispensable en nuestra vida, entonces nos quejamos de Dios como como decía un muchacho que fue compañero de escuela de mi papá, se puso como bravo con Dios y entonces decía bueno, ahora, ahora no le voy a sumisa como si Dios perdiera algo porque nosotros no fuéramos a misa. Entonces esa soberbia con la que nosotros queremos organizar nuestra vida a nuestra propia manera, esa manera, esa actitud altiva y autosuficiente, es la que fue destruida en el pueblo de Dios a través de esa experiencia tan terrible, esa experiencia tan dura, la experiencia del destierro. De manera que después del destierro se cumplió lo que dice Sofonías, quedó un pueblo pobre y humilde. Y sobre todo, hay que destacar un pueblo que había aprendido a desconfiar de lo que quizás en una época había sido tan importante. Porque cuando uno no tiene a Dios en el centro de la vida, cuando Dios no está en el trono de tu existencia, algo más está usurpando ese trono. Y eso quiere decir que cuando nosotros no tenemos a Dios, entonces tenemos ídolos que están llenando ese espacio. Pero cuando esos ídolos caen, cuando la fuerza de las circunstancias nos llevan, nos lleva a despertar y a darnos cuenta en qué estamos. Entonces tenemos la conversión a través de la humildad o la humildad a través de la conversión. Es la misma idea que encontramos en el lenguaje duro también de nuestro Señor Jesucristo, tomado del capítulo veintiuno de San Mateo. ¿Qué es lo que tenemos en San Mateo veintiuno? Pues una de las expresiones más fuertes de Cristo. Cristo dice los publicanos, es decir, los que cobraban impuestos para el imperio romano, los publicanos y las prostitutas, van delante de vosotros al reino de los cielos. Pero Cristo explica muy bien por qué no es por los pecados que hayan cometido, no es que Cristo esté diciendo que el pecado no es importante o que el pecado no cuenta. Muy al contrario, es tan grave el pecado de los publicanos y las prostitutas que precisamente ellos, movidos por la gravedad de sus culpas, fueron los primeros en acoger el llamado al arrepentimiento que venía por la predicación de Juan Bautista. Es decir, fueron los primeros que, movidos a conversión, tuvieron un corazón humilde y dispuesto para recibir la palabra, palabra de consuelo, palabra de salvación, pero también palabra de exigente santidad que viene de nuestro Señor Jesucristo. O sea que en Mateo veintiuno, en el pasaje que hemos escuchado, lo que hay es la profunda certeza de que solamente acogiendo el llamado a la conversión y a la humildad podemos recibir a Cristo. Está ya muy cerca la celebración de la Navidad y conviene que nosotros nos preguntemos, nos preguntemos a fondo si de verdad estamos teniendo ese corazón, si estamos preparando el corazón para recibir a Jesús. Las lecturas de hoy nos están dando claves muy importantes. Es necesario desechar el pecado, es necesario darle espacio a la humildad, es necesario dejar la bravuconada, dejar la altanería, dejar la arrogancia, dejar el orgullo, dejar la soberbia, dejar todo eso que hace que nos pongamos demasiado seguros de nosotros mismos y por consiguiente, quitemos a Dios la gloria que solamente a Él pertenece. Este es el tiempo, este tiempo de Adviento es el tiempo para eso. Es el tiempo para decirle al Señor muéstrame el camino, muéstrame qué debo dejar. Y este es el tiempo para asociarnos a los pobres de Yahvé. Los anawin, que son así como son conocidos en la lengua hebrea. Este es el tiempo para acercarnos a la espiritualidad de los pobres de Yahvé, aquellos que han aprendido a desconfiar de los ídolos de este mundo y que, por el contrario, han aprendido a poner toda su alegría en el Señor. Esa es la manera de aprovechar el Adviento para que cuando llegue el Señor encuentre en nosotros un corazón bien dispuesto, un corazón que Él llenará de su consuelo, de su bendición y de su maravilloso plan para nosotros.

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