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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La arrogancia pronto engendra hipocresía; la humildad pronto conduce a la conversión.
Homilía v032008a, predicada en 20151215, con 16 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, las lecturas de hoy nos presentan contrastes. Un contraste es como una comparación entre dos cosas que son contrarias. Así, por ejemplo, si ponemos el color blanco al lado del color negro, ahí se produce un contraste. Si vemos una persona muy alta junto a una persona bajita de poca estatura, notamos el contraste. En algunas de nuestras ciudades, se dan contrastes muy agudos porque hay personas que tienen casas muy lujosas y hay otras personas que no tienen prácticamente un lugar donde vivir, o están viviendo en la calle los sin techo que en inglés llaman homeless, entonces ahí hay un contraste. Esos son contrastes, pero el contraste que nos presentan las lecturas de hoy es distinto de los ejemplos que acabo de dar. Así, por ejemplo, en la primera lectura que fue tomada del profeta Sofonías, se ve el contraste entre aquellos que viven en el orgullo y se apoyan en sí mismos, en comparación con otros que han aprendido la lección de la humildad y ya no se apoyan en sí mismos, sino en Dios. El profeta Sofonías quiere presentarnos el contraste entre la soberbia y la humildad. El contraste entre aquellos que se sienten muy seguros de sí mismos y los otros que se sienten solamente seguros en Dios y se sienten seguros de Dios. Observemos cómo empezó esa primera lectura, hay de la ciudad rebelde, contaminada, potente, opresora. Está describiendo Sofonías la condición de aquellas personas llenas de soberbia, demasiado seguras de sí mismas, que por eso mismo terminan siendo opresoras, terminan siendo implacables con los demás. Y dice Sofonías: No ha escuchado la voz, no ha aceptado la corrección, no ha confiado en el Señor. La persona o las personas que se sienten demasiado seguras de sí mismas porque tienen mucha inteligencia, mucha simpatía, mucha juventud, mucha fuerza, muy buenos amigos, mucho dinero o mucha fama. Son tantas las razones por las que a veces el corazón humano se siente engañosamente confiado, pues las personas que caen en eso, las personas que cometen esa falta se vuelven impermeables a la voz de Dios. Así como cuando ponemos un plástico o un paraguas puede caer la lluvia, pero no pasa porque hay un impermeable. Así también la persona soberbia se vuelve impermeable, no le entra la voz de Dios, no le entra el llamado del Señor. Pero nos dice el profeta Sofonías: Dejaré en medio de ti un puñado de gente pobre y humilde. Este resto de Israel confiará en el nombre del Señor, no cometerá maldades ni dirá mentiras, observa entonces el contraste. Es como si nos presentará dos caminos, el camino de la arrogancia nos vuelve impermeables, sordos a la voz de Dios, duros con nuestros hermanos, es un camino que acaba en desastre. Por contraste, el otro camino es el camino de aquel que no pone su confianza en sí mismo. Sabe que le falta mucho y precisamente porque sabe que es necesitado y que le falta mucho, se apoya en el Señor. Como sabe que su fuerza viene de Dios y sabe que Dios es capaz de sostener a tantos, entonces no define su vida desde la perspectiva egoísta e individualista de sus codicias o de sus posibilidades, sino que define la vida desde una palabra mucho más bella la palabra comunidad. El que camina en la humildad, camina en la comunidad, camina en la comunión. Ese el humilde, el pobre que nos describe Sofonías, es aquel que ha aprendido a desconfiar de los imperios, las pretensiones, las codicias de esta tierra. Mira a la distancia todas esas codicias, mira desde la distancia todas esas ofertas engañosas de felicidad. Fíjate que esa mirada es muy necesaria hoy, porque hay muchas voces que nos llaman por la ruta falsa, la ruta de la arrogancia, la ruta de de la sordera. Quieren que seamos sordos a la voz de Dios y nos vuelven también sordos al clamor del hermano necesitado. Entonces necesitamos nosotros este mensaje de Sofonías, que en el fondo es el mismo mensaje que nos va a decir Cristo, especialmente en el pasaje de las Bienaventuranzas. Es especialmente en ese pasaje donde nos damos cuenta que Cristo llama felices a aquellos que no siguen el camino de arrogancia, el camino de la sordera, el camino de volverse impermeables a Dios, sino que siguen más bien el camino de la humildad y el camino de la escucha, la Palabra de Dios, el camino de la fraternidad y la comunidad. Eso, mis hermanos, eso es lo que nos trae esa primera lectura. El Evangelio también nos trae otro contraste, acuérdate que se trata de un papá que tiene dos hijos. Y estos dos hijos obran de una manera extraña, porque el papá le dice al primer hijo ve a trabajar a la viña y el muchacho instantáneamente responde sí, ya voy, pero luego no va, ese es el que promete pero no cumple. Al otro hijo le dice ve a trabajar a la viña, y el otro también responde muy pronto, pero en sentido contrario no quiero, pero luego se arrepiente, recapacita y sí, va. ¿Ves el contraste? Uno dice pero no hace, el otro se niega, pero recapacita. Y evidentemente Jesús lo que quiere es que la gente de su tiempo, particularmente los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, según dice el encabezado del evangelio de hoy, se den cuenta que ellos son como ese hermano mayor. Es decir, que por su condición, por su fachada religiosa, por su prontitud en el conocimiento de las cosas de Dios, se parecen al hermano mayor que dijo sí, voy, pero en el fondo, en el fondo no están siendo trabajadores de la viña del Señor y están siendo más bien rebeldes. Aunque su fachada es muy religiosa, su corazón es duro, distante, frío, estéril. Por el contrario, ¿A quién corresponde esa otra imagen del hermano menor? Cristo mismo lo dice son aquellos reconocidos como pecadores. Los más pecadores en la época de Cristo eran publicanos y prostitutas, y Jesús dice son los que tienen la peor fachada, pero muchas veces son los primeros en decirle que sí a Dios, porque entran por el camino del arrepentimiento. Entonces Cristo también nos está presentando un contraste. Esta vez el contraste es entre la fachada y el corazón. A veces la fachada es muy bonita y el corazón está corrompido, está corrupto y sucio. Y otras veces, aunque la fachada no es tan elegante, hay sorpresas porque hay personas que tal vez nosotros pensaríamos que no saben nada del Señor y quizás son las personas que por la humildad y por el arrepentimiento en realidad se acercan más al núcleo del mensaje de Cristo. Bueno, ya vemos que la primera lectura, lo mismo que la segunda, nos ha presentado, ambas nos han presentado contrastes. ¿Cómo se relacionan estas lecturas? Pues nos damos cuenta que la persona que tiene una fachada de bueno, la persona que tiene una carta de presentación de muy bueno, fácilmente es la persona que se vuelve también arrogante y en medio de su hipocresía se vuelve soberbio, y en medio de su falsedad se vuelve implacable con los demás. Efectivamente, los sumos sacerdotes, lo mismo que los escribas y los fariseos, eran personas que tenían una fachada muy bonita, eran muy mentirosos, pero desde esa mentira se habían llegado a engañar a sí mismos. No solo pretendían engañar a la gente, sino por lo visto se engañaban a sí mismos y llegaban a creer que en realidad sí eran buenos. Y desde esa creencia de su bondad que era falsa, se volvían implacables y se volvían opresores, es decir, se volvían finalmente arrogantes. Así que vemos el paralelo que hay entre los arrogantes de Sofonías y los hipócritas del tiempo de Cristo. Así como vemos, el paralelo que hay entre los humildes de Sofonías y los arrepentidos del tiempo de Cristo, ahora sí tenemos el cuadro completo. Vamos a poner en esta columna, en este tablero imaginario que tengo aquí delante de mí. Vamos a poner aquí donde está mi mano derecha en este momento. Vamos a poner a los arrogantes de los que habló Sofonías, que se vuelven impermeables y opresores. Y esos arrogantes del tiempo de Sofonías corresponde, corresponden con los de fachada bonita, pero que son hipócritas en el tiempo de Cristo. O sea, hay una relación entre la arrogancia y la hipocresía. Arrogancia en Sofonías, hipocresía en el texto del Evangelio que dijimos que era tomado de San Mateo. Arrogancia e hipocresía. En el fondo, la arrogancia es una especie de mentira que nos decimos a nosotros mismos. Porque si uno de verdad se conoce a sí mismo, si uno vive en la verdad, uno se da cuenta que uno no es ni tan bueno, ni tan generoso, ni tan sabio, ni tan poderoso como uno mismo se lo cree. Entonces en esta columna tiene que quedar la arrogancia de la que nos habla Sofonías y tiene que quedar la hipocresía de la que nos habla Mateo. Pero luego aquí, con esta otra mano arriba, estoy representando qué va con la, en contraste con la arrogancia de Sofonías, la humildad de ese puñado, de ese pequeño resto, de ese pueblo humilde. Entonces la arrogancia de Sofonías va con esta humildad de Sofonías que estoy representando aquí y que corresponde a los hipócritas o a la hipocresía que denuncia Cristo en el Evangelio. Corresponden los arrepentidos, porque la única razón por la que Cristo destaca el comportamiento de publicanos y prostitutas no es por el oficio que prestaban con el Imperio romano, ni mucho menos por la vida, pues lamentablemente sucia que tenían las prostitutas. Cristo no está exaltando ni la labor de las prostitutas, ni la labor de los publicanos, Cristo está diciendo, fueron los primeros en arrepentirse. Entonces ahora te puedes imaginar aquí el tablero y en esta columna tenemos arrogancia y tenemos hipocresía, y en esta otra columna tenemos humildad y tenemos arrepentimiento. Y nos damos cuenta que Sofonías es el que nos habla de la arrogancia y nos habla de la humildad y el Evangelio nos habla de la hipocresía y nos habla del arrepentimiento. Ahora, si ves el cuadro completo, esa es la ventaja de tener estos tableros modernos donde se puede estudiar perfectamente la Palabra de Dios. Y por supuesto, ¿Qué es lo que quiere esta palabra? Que nosotros nos demos cuenta que la arrogancia va con la hipocresía y la humildad va con el arrepentimiento. Cuando de verdad entramos en la verdad de lo que somos, entramos por el camino de la humildad y en el camino de la humildad, el camino del arrepentimiento, de la misericordia y de la conversión. Hermanos, este es el mensaje de Adviento, que dejemos esos falsos caminos de arrogancia, de hipocresía y que entremos por los caminos de la verdad, el camino de la humildad y del arrepentimiento. Arrepentimiento de nuestros pecados. Sigamos esta celebración dándole gracias a Dios, bendiciendo al Señor, porque nos llama a la conversión y porque nos muestra la verdad de nuestro corazón. Amén.

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