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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesucristo anuncia e inaugura el Reino de Dios, el cual empieza en mí al reconocer mi pecado, abriéndome al arrepentimiento y a la gracia transformante de Dios.
Homilía v032007a, predicada en 20151215, con 4 min. y 56 seg. 
Transcripción:
El texto del Evangelio de hoy está tomado de San Mateo en el capítulo veintiuno. La expresión que utiliza Cristo indudablemente nos impacta, casi podemos decir nos golpea. Los publicanos y las prostitutas van delante de vosotros al reino de Dios. Es una frase bien dura y debemos suponer que Cristo quiso que precisamente sonara así como una especie de latigazo que despierta, como una especie de trueno que nos hace recordar cuán equivocados podemos estar. Pero sepamos entender la frase de Cristo. Si estos despreciados de la sociedad de aquel tiempo, como eran las prostitutas y los publicanos, van delante, es por una sola razón, porque acogieron el mensaje de arrepentimiento de Juan. Es por eso sabemos bien que la predicación del reino de Dios es completamente central en el ministerio de Cristo. Se puede decir hasta cierto punto que todo lo que Cristo hizo con su predicación fue precisamente anunciar y también instaurar, inaugurar el reino de Dios. Así que es de máxima importancia lo que sucede en el evangelio de hoy, que Cristo nos diga que la predicación de Juan es la que da la delantera en el reino de Dios. Eso tiene que impactarnos, porque tal vez estamos entendiendo lo del reino de Dios completamente al revés. En particular, yo veo que en muchos escenarios, cuando se habla del reino de Dios, se habla de un conjunto de condiciones, de valores, de estructuras, modos de organizar la vida de las personas y de la sociedad. Y resulta que cuando hablamos del reino de Dios, solamente en términos de cuáles son los valores que corresponden a ese reino, tácitamente lo que estamos diciendo es que nosotros somos los que debemos conseguir interiorizar y poner en práctica esos valores para que ahí esté el reino de Dios. Casi podríamos decir que le quitamos el reino a Dios, aunque sigamos hablando del reino de Dios. Porque cuando enfatizamos simplemente los valores y cuando enfatizamos simplemente las estructuras y los modos de organizar la sociedad, lo que estamos hablando es de lo que nosotros vamos a hacer. O sea que ese reino de Dios de algún modo queda secuestrado con esa manera de actuar y de interpretar las cosas. El pasaje de hoy nos ayuda a resituar lo del reino de Dios. El reino de Dios no empieza con un ideal al cual yo debo acercarme. El reino de Dios empieza con una verdad que está en mí, una verdad que denuncia mi pecado, una verdad que me muestra lo equivocado que he estado, una verdad que me lleva al arrepentimiento, eso es lo que hace que aquellas mujeres prostituidas y aquellos publicanos lleven la delantera. Es la sensibilidad al arrepentimiento, es la capacidad de arrepentirse, eso es lo que marca la diferencia. Pidamos al Señor entonces, que este Adviento sea real en nuestra vida. Si queremos recibir a Jesús de todo corazón, si queremos que él reine en nosotros, el camino no es imaginar o describir la vida cristiana y luego decir yo tengo que ser eso. El camino no es empezar por lo que yo tendría que hacer, es empezar por la realidad del pecado que he cometido y del pecador que soy. A partir de ahí, por vía de arrepentimiento, me abro a la acción de la gracia transformante de Dios. Y es así como Dios ha de infundir en mí, ha de plasmar en mí el ideal suyo, no necesariamente igual al ideal que yo tengo. Caminos de arrepentimiento que se vuelven caminos de gracia. Potente mensaje del Evangelio de hoy.

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