Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Con el profeta Sofonías asoma un cambio grande de perspectiva en el Antiguo Testamento, que ya anticipa el mensaje de las bienaventuranzas.

Homilía v032006a, predicada en 20141216, con 5 min. y 53 seg.

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Transcripción:

La primera lectura del día de hoy está tomada del profeta Sofonías, es uno de los llamados profetas menores. El profeta Sofonías es recordado especialmente por el texto que hoy se proclama en la Santa Misa en el capítulo tercero de este libro, que no es muy extenso en la Biblia, Sofonías capítulo tres. La frase fundamental, la que quisiera que meditáramos un momento, es aquella que está en ese capítulo tercero. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde. Podemos decir que este es un cambio radical, un cambio bastante fuerte dentro de la lógica del Antiguo Testamento.

Por supuesto, Sofonías hace parte del Antiguo Testamento, pero su profecía, y en particular esta teología del pequeño resto, supone un cambio bastante fuerte que en realidad ya nos pone en la ruta de las Bienaventuranzas y nos pone en la ruta del Nuevo Testamento. Lo que sucede es que en el Antiguo Testamento la gran señal de la bendición de Dios es que las cosas salen bien, es decir, la señal de que Dios está conmigo es que hay prosperidad, hay salud, hay riqueza, hay bienestar.

Incluso hay un capítulo extenso en el libro del Deuteronomio, allá en la ley de Moisés, un capítulo que muestra cómo cuando Dios bendice, los demás pueblos tendrán que reconocer la bendición de Dios, porque Israel, el pueblo bendito, es el que va adelante. Dice la palabra del Deuteronomio, tú vas a ser cabeza, tú no vas a ser cola, los demás van a tener que pedirte prestado a ti, no tú a ellos. Fíjate, fíjate, la idea que hay ahí, es victoria, es triunfo, es prosperidad, es riqueza, digámoslo abiertamente.

Pero resulta que esa misma riqueza que es señal indudablemente del poder y del amor de Dios, esa misma riqueza entraña un peligro, porque el corazón humano tiene también la capacidad de envanecerse. Y lo que debería ser motivo de gratitud se convierte en motivo de soberbia. Esta enfermedad del corazón humano, la soberbia termina bloqueando nuestra mirada hasta el punto de que ya no reconocemos al Dios que nos ha dado todo, sino que empezamos a usurpar el lugar de Dios. Y no me estoy refiriendo únicamente a las riquezas materiales como decir el dinero o como decir el poder también el conocimiento, también los talentos artísticos, también la buena salud, también la fortaleza de la juventud, también la capacidad de experimentar alegría y placer. Todas esas cosas pueden convertirse en ídolos que eclipsan la gloria de Dios y que nos separan de los bienes que Dios quiere darnos. Y este es un desastre para nosotros.

Y eso le pasó a Israel, el corazón se envaneció y ellos pensaron que podían pagarle a Dios una especie de impuesto ridículo que es la honra de los labios. Pero no estaban entregando su corazón. Por eso dice Dios por medio de los profetas: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Ellos se han olvidado del Señor, ellos le han dado la espalda a Dios, y así no es. Entonces viene como un cambio en la tónica y en la técnica de Dios.

Y ese cambio es, yo necesito gente que pueda reconocer en mí su gran tesoro. Yo necesito gente que sea capaz de separarse de los ídolos. Porque aquel que se separa de los ídolos, ese tiene esperanza de encontrarse con el Dios verdadero, el que se queda atrapado en los ídolos, jamás podrá encontrar quién soy yo. Y por eso viene esta nueva lógica que ya es, como anuncié, la lógica de las Bienaventuranzas. Y en esta nueva lógica, pues es necesario. Es necesario que el pueblo aprenda otras lecciones y a través de la humillación va a descubrir la humildad y a través de la humildad va a descubrir cómo despreciar y liberarse de todas las cadenas del demonio, que es el soberbio por excelencia, y cómo unirse, cómo aferrarse a Dios.

Así que en nuestro camino de Adviento es necesario que demos también ese paso. Es necesario que nos demos cuenta que los corazones que saben descubrir la grandeza de Dios son los corazones que no compiten con Él, sino que le reconocen, le agradecen, le bendicen, le alaban, Como dice la Escritura, ante ese me inclinaré ante él que es humilde y sabe temblar ante mis palabras. Temblar quizás al principio por miedo, pero después de puro gozo, de pura alegría, de puro amor.

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