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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Adviento tiene música y perfume de bodas porque viene Cristo a unirse con nuestra humanidad.
Homilía v031017a, predicada en 20251215, con 16 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Queridos Juan David, Margarita, queridos amigos todos. Para vivir nuestra fe se necesita sensibilidad, ser sensibles a los signos de Dios. Dios, no suele tratarnos a los gritos, no suele tratarnos a la fuerza como imponiéndose o aplastando nuestra voluntad. Nos atrae con su voz, nos fascina con su amor, nos abraza con su ternura, nos convence con su verdad. Y empiezo diciendo esto, porque este mismo lugar en el que nos encontramos, estas lecturas que hemos oído y la celebración en la que estamos es para gente sensible.
Observe usted, por ejemplo, tenemos ese símbolo propio del Adviento, la famosa corona de Adviento. Si usted es detallista, se ha dado cuenta cómo están encendidas dos de las luces, Pero hay cuatro, cuatro cirios, cuatro velas solo están encendidas dos. ¿Será que a los jóvenes seminaristas se les olvidó que había que encender las otras dos? No, hay un sentido. Hay un camino que está representado por esas dos pequeñas lucecitas. Esas dos luces nos están contando que ya hemos pasado por dos Domingos de Adviento. El próximo será, por supuesto, el tercero y luego el cuarto. Y a través de ese sencillo signo se nos está hablando de la Luz que crece, la Luz que va llegando, la Luz que es Cristo, a quien Zacarías llamó el sol que nace de lo alto. Ese es un símbolo y es hermoso ser católico y es hermoso ver esos símbolos.
Estamos en un templo que para muchos de nosotros despierta cariño y bellos recuerdos. Como le he contado a muchas personas, este templo era casi mi parroquia, porque en mi infancia yo crecí en la parroquia vecina que es de la Anunciación, también de la Virgen, y veníamos con mi familia. Muchas veces veníamos a este templo. Siendo yo niño, esta fue la primera imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que yo conocí, la primera imagen. Años después, tuve la ocasión de ir a México y me pareció tan pequeñito el cuadro original porque yo estaba acostumbrado a esta imagen grande. Pero quiero decirte algo. Como muchos también saben, este templo con gran esfuerzo por parte de nuestros queridos padres Somascos y con una gran colaboración de mucha gente, se ha renovado, está lleno de luz, está lleno de belleza y está lleno sobre todo del amor y la dedicación de mucha gente, porque esto no lo ha hecho una sola persona. Quedémonos con esa palabra que brilla en este templo por todas partes. Es un templo renovado que invita a que se renueve también la vida de la parroquia, la vida de la comunidad. Pues resulta que nuestros amigos Margarita y Juan David, están también renovando, están renovando su amor. Todo lo que hubo que hacerle a este templo también hay que hacerlo en el amor de ustedes.
¿Qué trae una renovación? Muchas cosas. Hay que revisar los cimientos, hay que rehacer paredes. Hay que ver cómo está el techo. Hay que limpiar y embellecer esos vitrales. Eso también tiene que hacerlo cada uno en su propia vida. Cada uno de nosotros tiene que hacer lo que los padres Somascos hicieron en este templo. Tú también tienes que revisar los cimientos, dónde está apoyada tu vida. Tú también tienes que rehacer paredes, porque tal vez están un poco inclinadas. Entonces, hay que revisar la vida matrimonial. Es que sucede, que estos queridos amigos, hoy hace veinticinco años, en este lugar, estaban celebrando su matrimonio. Entonces, veinticinco años después, ellos que conocieron el templo antes de la renovación, ahora son invitados por Dios para que ustedes, Margarita, Juan David, hagan en su casa, hagan en su corazón lo mismo. Que lo resumo en cuatro momentos: Revisar los cimientos, rehacer paredes, cuidar el techo, limpiar los cristales para que entre mucha luz. Revisar los cimientos para que el fundamento de todo esté siempre en Cristo. Rehacer las paredes porque a veces hay decisiones que tenemos que corregir. Revisar el techo para estar seguros de aguantar los duros vendavales, los duros aguaceros que la vida trae por dificultades económicas, por dificultades de comprensión, por distintas tentaciones. Pero sobre todo limpiar también los cristales para que entre mucha luz, para que el hogar sea siempre un hogar lleno de la luz de Cristo.
Porque, en efecto, mis hermanos, y esto lo digo con conocimiento de causa por la amistad que nos une hace tantos años, ustedes han sido y queremos que sigan siendo luz. El día de ayer, en unas palabras muy sentidas nos decía nuestra querida Lina, ustedes son un punto de mira y una referencia para muchos jóvenes, no solamente sus hijos, que también los amamos en el corazón, sino para otros jóvenes que están viendo y que están diciendo oye, es posible. Ustedes son luz, pues que los corazones de ustedes, el hogar de ustedes, el servicio de ustedes, esté como este templo siempre lleno de luz, sea de día o de noche. Todavía hay otros símbolos que hay que estar sensible y presente. Voy a mencionar mi última comparación. Estoy aquí en el lugar de la predicación. Vamos a llamarlo el púlpito. A pocos metros tenemos el altar y frente al altar están ustedes renovando la gracia del sacramento del matrimonio. El matrimonio, la Eucaristía, la predicación. ¿Y qué es lo que se está predicando estos días? Pues el Adviento. ¿Sabían ustedes que el Adviento es la preparación para un matrimonio? Matrimonio es lo que se anuncia en Adviento. Matrimonio es lo que se menciona en el altar y matrimonio es lo que tenemos en la presencia de ustedes Juan David, Margarita. Matrimonio, expliquemos por qué. El Adviento nos habla de un matrimonio. Porque, como lo han expuesto muchos santos, entre otros, por decir un solo nombre, Santa Catalina de Siena, hay un matrimonio en la Encarnación. La Encarnación es el lugar de las bodas y el lugar donde sucedió esa unión estrechísima entre la naturaleza divina y la naturaleza humana, en la perfecta unión hipostática del Verbo Eterno de Dios. El lugar de las bodas, el templo de esas bodas fue María. En las entrañas purísimas de María, en la fe máxima y pura de María, se celebraron las bodas. El Adviento, tal vez no te lo habían dicho. El Adviento tiene perfume de bodas.
Vamos con el altar. En el altar, por supuesto, celebramos la Eucaristía. Tal vez el mejor teólogo en el estudio de la Eucaristía es Santo Tomás de Aquino. Por algo el oficio de Corpus Christi, el oficio litúrgico Corpus Christi, viene de Santo Tomás. Y Santo Tomás tiene algo muy bello. Cuando él se pregunta, ustedes saben que es un teólogo, es hombre de muchas preguntas. Cuando él se pregunta ¿Cuál es el fruto, cuál es el propósito de la Eucaristía? El altar, dice es que el fruto de la Eucaristía es la unión. Por eso hablamos de la Sagrada Comunión, porque es que el altar también nos habla de matrimonio. El altar también nos habla de la unión. En ese caso, ¿cuál unión? La unión que Cristo quiere tener con cada uno de nosotros. Y por eso grandes autores místicos, como por ejemplo San Juan de la Cruz, hablaban, desarrollaban, podríamos decir, aquella imagen bíblica de Cristo como el Esposo. Cristo se presenta en el Evangelio como el Esposo. Por ejemplo, una vez preguntaron bueno, ¿y por qué tus discípulos no ayunan? Y Él dijo es que mientras el Esposo esté con ellos, no pueden ayunar. Él es el Esposo. Y en otra oportunidad unos discípulos de Juan le decían oye, Jesús está bautizando por allá en otro lado. Y él dijo nadie puede darse lo que no recibe, ahora mi alegría es completa. Y Juan se definió a sí mismo como el amigo del Esposo. O sea, que el altar, lo mismo que el Adviento tiene perfume de matrimonio, tiene perfume de bodas porque Cristo quiere unirse con tu corazón.
Cristo quiere unirse con tu alma. Con la misma intensidad. Con el mismo fuego y aún mayor que siente un hombre enamorado de una mujer. Por eso hay un salmo que dice la alegría que encuentra el esposo con la esposa. Y ahí se refiere a toda la unión, también la unión física que hay entre hombre y mujer. La alegría que tiene el esposo con la esposa la encontrará tu Dios contigo. De manera que la Eucaristía tiene perfume de matrimonio y cada vez que comulgamos estamos precisamente afianzando esa unión entre Cristo Esposo y el alma de cada uno de nosotros. Porque el alma humana, seamos hombres o mujeres, es finalmente femenina. Así como Cristo es Esposo que se une a esa alma creada por Dios. O sea, que en el Adviento hay perfume y música de bodas. ¿Por qué? Viene Cristo. Y lo que se va a celebrar es la unión entre la naturaleza humana y la naturaleza divina. O debo decirlo en orden. Porque la iniciativa es de Dios entre la naturaleza divina y la humana, el altar tiene perfume de bodas, porque Cristo del altar sale como el esposo de su alcoba, contento, como un héroe a recorrer su camino, dice el salmo, para llegar a ti. Para unirse contigo. Para ser vida tuya. Y entonces, ustedes son imágenes también de lo que sucede en el altar y de lo que sucede en el Adviento.
Ese hombre que ustedes ven ahí. Juan David. Él es presencia de Cristo. Tú eres símbolo de Cristo, hermano. Tu querida Margarita, tú eres hoy para todos nosotros, símbolo de la Iglesia. Lo dice San Pablo en Efesios Capítulo Cinco. Gran misterio es este, la unión del hombre y la mujer. Y yo lo refiero a Cristo y la Iglesia. De manera que cuando una mujer quiera saber qué significa vivir su vocación de casada, lo que ha de ser es mirar a la Iglesia entera. Mirar a la Iglesia y saber, en mi casa yo soy la presencia y la bondad y la luz de la Iglesia. Y el varón, para casarse, lo que tiene que pensar es yo soy presencia de Cristo, yo soy Cristo en esta casa. Fíjate cómo se conectan hermosamente esos tres misterios; el Misterio del Adviento, el Misterio del altar y el Misterio del matrimonio. Yo estoy feliz. Muchos estamos felices. Es muy emocionante tener alguien que hoy, veinticinco años después. Ese eres tú, por supuesto, Juan David es símbolo y señal de Cristo en la comunidad cristiana y es hermoso ver en ti Margarita, símbolo y señal de lo que es la Iglesia y por tanto, de lo que todos nosotros hemos de ser como comunidad.
Seguimos esta celebración, seguimos viviendo nuestro Adviento, seguimos dando gracias a Dios y por supuesto, seguiremos rogando por ustedes y por sus hijos, y por sus amigos y por sus parientes, para que ustedes sean testimonio brillante de cómo el amor vence. Cómo la gracia es imbatible y por encima de todo lo que se pueda decir. El matrimonio, como Dios lo pensó y lo diseñó, es fórmula preciosa de felicidad y de santidad. Amén.

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